Carta abierta a los guardianes de la fe

Señores obispos, arzobispos, sacerdotes de base y demás guardianes de la fe verdadera:


Como todos los asombrados ciudadanos, ya he notado que le han cogido el gustillo a eso de la manifa y la pancarta, y no hay protesta callejera ni sarao anti gubernamental que se precie, que no cuente con su divina presencia.


A mí personalmente no me parece mal que sus eminencias acudan a cuantas manifestaciones crean conveniente, además de aportar un puntito de glamour a la en otros tiempos tan denostada agitación ciudadana, es su derecho y hacen muy bien en ejercerlo. Pero… ¿saben una cosa?, no vimos alzacuellos ni sotanas aparecer en ninguna de las pacíficas y multitudinarias marchas en favor de la paz, exigiendo al Gobierno español que no implicara a nuestro país en una guerra a todas luces injusta y sustentada en mentiras; y se echan en falta representantes del clero en actos o iniciativas contra el hambre y la pobreza, el deterioro del medio ambiente, la precariedad laboral, la explotación infantil o la violencia de género. Aparecen a menudo en los medios de comunicación realizando sentidas declaraciones contra leyes gubernamentales que consideran atentan contra la moral, o destruyen la familia, o majaderías parecidas; desde que han descubierto las posibilidades mediáticas que ofrece la tecnología, las voces y la imagen de sus prelados se cuelan en nuestros hogares regodeándose en su victimismo, lamentándose de “la mentalidad inspirada en el laicismo” que, según ustedes, pretende imponer el Gobierno actual. Pero es curioso, no recuerdo que sus prelados recurran a canales de televisión, emisoras de radio o foros de Internet para reprobar sus prácticas a los responsables de las reiteradas torturas a presos iraquíes, del asesinato sistemático de civiles inocentes, o de la lamentable situación de los prisioneros de Guantánamo. Por más que trato de hacer memoria, tampoco me acuerdo de ninguna declaración procedente del episcopado condenando la pena de muerte. Porque ustedes, custodios de la fe, fervientes defensores de la vida, ¿estarán en contra del asesinato de Estado, verdad?


Señores de la Conferencia Episcopal Española, no vayan a suponer que esta pobre pecadora compulsiva pretende guiarles por el espinoso camino de la  dignidad (soy atea y por lo tanto no creo en milagros), o que trato de organizarles su apretada agenda. No por favor, nada más lejos de mi intención. Comprendo que aunque sean representantes de Dios no tienen la capacidad del Creador para abarcar tantos y tan espinosos asuntos, y puestos a priorizar, es mucho más trascendente evitar que dos individuos del mismo sexo formalicen su relación mediante un matrimonio civil, o que permanezca en el currículo escolar la asignatura de religión como materia computable. Si además de pecadora fuera mal intencionada, pensaría que este repentino ímpetu revolucionario que parece aquejarles desde que su grupo político afín fue derrotado en las elecciones legislativas, no es más que un toque de advertencia al Gobierno para que se prepare si, desde alguno de sus ministerios, se tiene en perspectiva recortar la generosa aportación que los Presupuestos Generales del Estado transfieren cada año a sus arcas celestiales. Pero a pesar de ser una descreída sin ética, ni principios, ni moral, prefiero suponer que, aunque vistan de negro, no son ustedes unos cuervos carroñeros que anteponen la codicia de bienes materiales a la salvación de las almas de sus feligreses. Nadie mejor que los hombres de Dios para saber que la avaricia es una grave pecado capital, y el precepto de no levantar falsos testimonios un mandato divino.


Pero a pesar de mi confianza en la integridad y ética de sus eminencias, permítanme que discrepe de sus métodos y no simpatice demasiado con su empresa. Comprenderán ustedes que cuestione la autoridad moral para dar lecciones de honestidad, de compasión, de decencia y mucho menos de humanidad, de una institución que a lo largo de los siglos se ha escudado en el nombre de Dios para expoliar, masacrar y exterminar pueblos enteros, responsable de persecuciones, caza de brujas y asesinatos; una organización que ostenta el dudoso honor de ser, junto a falangistas y militares, uno de los pilares en que se asentaba el franquismo, proeza de la que nunca se han retractado, ni han tenido la decencia de pedir perdón a las víctimas que ocasionó la dictadura que apoyaron ustedes tan apasionadamente.
 

Puesto que no busco la redención de mis pecados ni deseo ser acogida en el seno de ningún Ser Supremo (aunque ustedes se empeñen en salvar incluso a los que no queremos ser salvados), puedo permitirme la licencia de ser pragmática y materialista, y si bien acepto con agrado que mi contribución al heraldo público se destine a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, a potenciar la investigación o aliviar las necesidades de los más desfavorecidos, me indigna que estas aportaciones sean empleadas para el apostolado de fieles de cualquier confesión religiosa, en la salvación de almas descarriadas, o en promover actos de protesta contra leyes o iniciativas que yo misma respaldo e incluso he avalado mediante mi voto. Opto por que mis impuestos (esos tributos de los que ustedes están exentos) se destinen a mejorar la justicia terrenal antes que la justicia divina; prefiero que se invierta económicamente en mejorar la sanidad y la educación antes que en financiar parcelitas en el cielo para disfrute de una vida eterna de los buenos católicos.


Entiendo, que para la Iglesia que representan, después de tantos años de ser juez y parte en la educación, las costumbres y la intimidad de las alcobas de las familias españolas, debe resultar traumático limitarse a ejercer su influencia en el ámbito de parroquias y monasterios, con la media de edad de sus feligreses cada vez más próxima a exigir el terrenito celestial prometido, y sus bancos cada vez más desérticos. Rememorando la historia de su institución, quizás sea más fácil comprender ese temor obsesivo suyo de perder su reducida influencia en las aulas, que les impulsa a tomar las calles para exigir que su asignatura permanezca en las escuelas manteniendo su estatus dentro del temario curricular. Resulta una misión imposible hacerles entender a ustedes, que pretenden imponer sus creencias incluso a los alumnos que han optado por no recibir clases de religión, que la escuela no es lugar para el adoctrinamiento religioso. Los centros escolares son territorios para la ciencia, los conocimientos, la cultura… Para establecer dogmas de fe y purificar almas impuras, existen los templos, las sinagogas y las mezquitas.


Pero en el fondo les admiro señores de clero. Resulta encomiable esa enardecida defensa que hacen ustedes de los privilegios que disfruta su organización desde que triunfó la rebelión militar que derrocó a la República que había ubicado el saber en la escuela y la fe en los templos. Es una pena que no muestren la misma determinación en la protección de los derechos humanos y la lucha contra las injusticias que azotan este mundo que pretenden salvar. Una pena, y una vergüenza.


En fin, eminencias, no puedo terminar esta misiva sin hacerles partícipes de mi perplejidad ante tanta hipocresía, y me siento en la obligación de rogarles una respuesta sincera a un par de cuestiones que me rondan desde que les veo tan nerviosos y alterados: ¿No les parece que el mundo sufre conflictos de tal magnitud que resulta ridículo, por no decir patético, que desperdicien su influencia con el Todopoderoso en discutir si las uniones homosexuales deben o no llamarse matrimonio, o si la asignatura de religión es o no computable? ¿De verdad que a su Dios le importan esas gilipolleces? ¿Cómo puede ser que al Padre Celestial le preocupe más como vivimos los humanos nuestra sexualidad, que las condenas a muerte que produce el SIDA, incrementadas por su frontal oposición a utilizar métodos anticonceptivos que eviten el contagio? Si realizan una profunda meditación al respecto, seguida de un sincero arrepentimiento y su correspondiente acto de contrición, es posible que logren detener las deserciones en masa de sus fieles, además de ganarse el respeto del resto de ciudadanos, seamos o no de su misma confesión religiosa. De lo contrario, lo que conseguirán es ser percibidos por la población como los avaros representantes de una institución caduca, que únicamente busca mantener los privilegios, las influencias y la posición que les permita mantenerse próximos a los aledaños del poder.

Ténganlo ustedes en cuenta antes de que llegue el momento de presentarse ante su Dios, y les pida cuentas de su arrogancia, sus mentiras y sus delirantes ansias de poder.

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