Carta abierta a los amigos de Izquierda Anticapitalista

Tras su reciente salida de IU, el grupo Espacio Alternativo decidía convertirse en el partido Izquierda Anticapitalista y presentarse a las próximas elecciones europeas. ¿Qué puede aportar esta iniciativa a las apuestas por la transformación social, a los movimientos sociales y al actual panorama político?

Ninguna institución de la Unión Europea es más desconocida para sus ciudadanos que el Parlamento europeo. Sus debates no suelen recibir mención alguna en los medios de comunicación y prácticamente se ignoran sus tareas y compromisos. En sus sesiones, un diputado tiene dos minutos para defender los temas más variopintos, ante una sala medio vacía y frente a la mirada ausente de colegas enterrados en grandes pilas de documentos redactados en las variadas lenguas de la Unión. Si algo ‘no es’ el Parlamento europeo es un escenario de debate democrático; más bien funciona como un auténtico cementerio de elefantes que congrega a grandes nombres de la política nacional que por una razón u otra han sido apartados de la política diaria.

Por eso me pregunto por qué habéis resuelto presentaros a esas elecciones en vez de empezar por unas municipales, autonómicas o legislativas en las que se juega algo de poder real. Aplaudo el que surja un nuevo partido en la izquierda española –y europea– y que ese partido se defina como claramente “anticapitalista”, pero desconfío de la capacidad que sus diputados puedan tener para cambiar algo en la política europea, la cual, si por algo se caracteriza, es por ser raquíticamente democrática. Tal vez el objetivo no sea conseguir algún diputado europeo, sino testar la acogida de los electores hacia la nueva formación política. Con lo que mi preocupación aumenta.

Por un lado me alegra poder votar a alguien sin tener que avergonzarme por ello. Os merecéis un voto de confianza y, visto el programa y la juventud de los portavoces, cabe augurar, o al menos desear, que aportéis una nueva forma de hacer política, y que la experiencia acumulada hasta ahora en los movimientos sociales, sirva de antídoto frente a las derivas despóticas y narcisistas de la política al uso.

Pero a la vez, la ligazón que queréis mantener con los movimientos sociales acrecienta mi desconfianza. Si algo ha caducado en este inicio de siglo es justamente la vieja visión de que los movimientos sociales se movilizan, plantean los problemas que afectan a los ciudadanos, debaten y critican, pero que son los partidos los únicos agentes políticos legítimos y los únicos llamados a traducirlos en proposiciones ante el Parlamento, debates legislativos y, en su caso, leyes y decretos. El hecho de reducir la intervención política legítima de los ciudadanos a su participación en partidos políticos y/o a la elección entre ellos, implica una despolitización tal que nos deja absolutamente inermes. ¿Cómo salvaguardar la participación política de los ciudadanos cuando los partidos son máquinas de poder al servicio de los políticos profesionales? ¿Qué es un político profesional sino alguien que ha hecho del ejercicio del poder su profesión, poder que siempre se ejerce sobre otros que están desprovistos de él? ¿Qué hacer cuando la población se moviliza y los poderes públicos –incluidos los partidos– hacen oídos sordos a las exigencias ciudadanas y se unen como un auténtico bloque, imposible de atravesar? ¿Cómo lograr transformar las reglas de la política si sólo puede hacerse delegando esta tarea en los mismos que la ejercen y que sólo saben de su eficacia sobre la sociedad? ¿Cómo convertir lo social en sujeto y no en objeto de la política, destituyendo a ésta de su función soberana? Obviamente esas preguntas nada tienen que ver, al menos en principio, con la buena o mala voluntad de los políticos sino con la dinámica de un sistema que tiene sus propias reglas y; una de ellas es que la política gobierna la sociedad, pero no es inmanente a ella. El reto de los últimos decenios para los movimientos sociales, reto todavía no resuelto, ha sido el de crear formas políticas novedosas para unas sociedades cuyos colectivos, grupos y redes han hallado formas nuevas de movilización social, pero no han sido capaces de desarrollar agentes políticos con incidencia en el plano general. Tal vez porque la política en tanto que tarea de gobierno tiene que ver con el poder de decisión de grupos particulares y su capacidad para presentarse como recolectores de la opinión mayoritaria, mientras que la política que se practica en los movimientos sociales tiene que ver con la construcción común de espacios de encuentro y de autogestión. Y esta experiencia está reñida con la forma tradicional de gestionar el poder.

Por eso la vieja distinción entre partidos y movimientos ya no nos sirve para enfrentar los conflictos actuales, pues no hay un espacio de lo general, donde actuarían los partidos y otro de lo particular, ocupado por los movimientos, estando el segundo subordinado al primero, sino que ambos están estrechamente entrelazados y esa mezcla pone en cuestión la sacrosanta “autonomía de lo político” sin lograr subordinarla a instancias de participación política directa con efectos decisorios.

Estas reflexiones aumentan mi desconfianza. Coincido con Izquierda Anticapitalista en gran parte de su diagnóstico. Pero no comparto la que considero una concepción demasiado clásica de la política. En su declaración se dice: “Pensamos que la resistencia social no basta. Es necesaria una alternativa política anticapitalista cuya única lealtad esté en las luchas y movimientos sociales, que nunca acepte participar en la gestión del sistema, que sepa escuchar y aprender, que merezca confianza. Necesitamos una izquierda basada en una perspectiva estratégica de ruptura con la lógica del capital, la independencia respecto a las instituciones y a los gobiernos socialliberales, el combate contra cualquier forma de opresión y dominación por razones de género, opción sexual, nacionalidad o cultura, y la ruptura con el actual modelo de producción, distribución y consumo”. Si, como es previsible, la nueva formación no va a arrollar sino que deberá contentarse con unos magros resultados, ¿cómo va a compaginar su ansia de cambiar la política con su inserción en un sistema en el que va a tener escasísimo margen de maniobra?, ¿cómo va a conseguir que la dinámica del sistema político no la arrastre a tener que secundar decisiones comprometedoras que no va a poder revertir?, ¿cómo podrá conseguir no “participar en la gestión del sistema” si justamente la dinámica política de las democracias europeas forma parte inescindible del mantenimiento del sistema capitalista?, ¿cómo no comprometer a los movimientos sociales en un horizonte que bloquee las transformaciones y que, al revés de lo que puedan ser las intenciones de sus promotores, acabe encarrilándolos en cauces imprevistos que no aumenten sino que debiliten su capacidad de acción?.

Una posible opción sería la de invertir la lógica y que el nuevo partido no hiciera nada que no hubiera sido previamente debatido y consensuado en los movimientos sociales, al menos entre aquellos que se definen como movimientos anti-capitalistas. Que en vez de instrumentalizar ellos a los movimientos los usáramos a ellos como ariete institucional. Que cumpliera a rajatabla la premisa zapatista de caminar preguntando, desbaratando en ese caminar la legitimidad política del actual sistema de poder. En ese caso, sí le daría mi voto.

MONTSERRAT GALCERÁN

Militante social, ensayista y profesora de Filosofía en la Universidad Complutense

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