Caro diario (6)

Salimos de Chantada a las cuatro de la tarde. El sol azota, pero tampoco araña. Vamos rumbo al Festival da poesía no condado. De camino a Salvaterra do miño, Antón y yo hablamos de todo y nada; a Antón le gusta más escuchar que hablar. Suele hacerlo con atención porque sabe que al final de mis seriedades siempre hay una conclusión que negocia con el disparate y el absurdo.

Antón nunca deja de sorprenderme con los chismes sobre mi persona en mi pueblo natal. En esta última ocasión he descubierto que el que aquí escribe es de familia rica y que hizo montones de dinero cuando trabajó en el departamento de comunicación del PSG-PSOE. Me escacharro de la risa mientras me lo cuenta y empiezo a descubrir que soy un hombre con menos amor propio y con menos sentido del honor de lo que pensaba : en verdad, me importa un pimiento lo que cualquier alma se lleve sobre mi persona a la tumba; contra la latinísima costumbre de chismorrear medias-verdades sobre la vida del vecino, lo más constructivo que se puede hacer es reír, reír mucho, reír hasta que te reviente el diafragma y sentir compasión por quien lo hace gratuitamente.

Al llegar al recinto, me encuentro con lo esperado : toneladas de merchandishing nacional-libertario y un sol de justicia. Me entero de que tendrá lugar una especie de charla que reza “Internacionalismo, a tenrura dos povos”, y allí me dirijo con Antón después de pulular un poco por el recinto. Él, escapando del sol como un murciélago. Yo, buscándolo con avidez, como los lemures.

Antes de finalizar la charla pregunto a Fahyed Badawi, delegado del FPLP en  Europa, si existe entre los palestinos de hoy cierta continuación del trabajo de Edward Said, en el ámbito de las humanidades y la crítica literaria, o de Mahmoud Darwish, en el ámbito de la creación poética, o de Ghasan Kanaffani, en literatura, o de Nur Masalha e Illan Pappé, en el ámbito de la historiografía medieval y moderna de Palestina. Su respuesta es seca, cortante y breve : algo tenemos, pero muy poco y ciertamente insuficiente.

No me sorprende en absoluto la respuesta de Fahyed, por otra parte; hace ya mucho tiempo que estoy persuadido de que no existe isomorfismo entre la edad biológica y la madurez vital de la persona. Para las sociedades, se puede aplicar el mismo mantra.

Como siempre, asisto a este tipo de charlas del mismo modo en que uno asiste a una cita con una ex que ya sabe lo que le va a decir después de años de convivencia. No es que me esté convirtiendo en un descreído, no, es que la lección – teórica – ya me la sé y en esta etapa de mi vida, sin renunciar al compromiso político ni a un pragmatismo transformador, ya sea desde las instituciones o desde la mugre del alcantarillado del activismo cultural y político más marginal – debo confesar que en ambos ecosistemas he visto impostura y esperpento suficientes para escribir un libro de relatos -, tengo otras energías a las que mimar, y son de carácter estético y creativo.

Sería una tarde-noche como cualquier otra si no me hubiese encontrado con un matrimonio muy especial antes del concierto de SES; llevaban en una silla de ruedas a una niña que, a lo lejos, me pareció que debía sufrir una enfermedad neurodegenerativa, en estado casi vegetativo. Se sentaron educadamente a nuestro lado en unas sillas de plástico, en la parte derecha del escenario, no sin antes ofrecerles nosotros, a ella y a su marido, nuestras sillas, después de haberme dicho éste que lo habían operado recientemente de siete hernias discales.

La mujer empieza a entablar conversación conmigo de un modo agradable y sencillo. Le pregunto, no sin cierto reparo a romper la línea entre la amabilidad y la indiscreción, qué le pasa a la niña. La niña resulta ser su hija. Tiene 14 años. Me dice que tiene un tipo de artritis múltiple muy poco común; el feto nace ya con deformaciones en las extremidades y en el resto de su estructura ósea, apenas desarrolla musculatura. La dependencia es total para todo tipo de actividades cotidianas. Comer, vestir, caminar : 24 horas de atención continuada.

Desde el principio no le pregunté el nombre de la niña. No me pareció lo importante. Me limité a escuchar con atención lo que me dijo de las sugerencias de los especialistas médicos para que abandonase toda esperanza de verla con vida, algunos de ellos, incluso, persuadiéndola para dejarla morir, como si fuera una especie de hombre elefante sin alma y con vida plenamente vegetativa.

Pero su madre quiso verla y sentirla con vida a pesar de su deformidad y de una vida totalmente dedicada a sus cuidados. Apenas 380 euros le han dado para ello, después de recorrer durante años los pasillos de la seguridad social y la burocracia hospitalaria. Con esos 380 euros, con la pensión de un marido prejubilado con siete hernias discales después de carretar mercancías como una mula toda su vida y con una asignación personal por dedicación completa a los cuidados de su hija, ha logrado sacarla adelante.

Y de repente, sucede uno de esos instantes en los que uno vuelve a convencerse de la inmensidad que media entre las primeras impresiones y la verdad, con toda su complejidad, con toda su perplejidad y, en este caso, con toda su carga de belleza; miro a los ojos de la niña y empieza a hablarme, me hace indicaciones para que coja su móvil y observe algo en él. Su mirada es la de un ser tierno e inteligente. Pregunto a la madre si, además de la enfermedad ósea existe enfermedad mental, y me dice que en absoluto. Y se lo pregunto porque en la mirada y en la sonrisa de ese ser puedo percibir a un ser inteligente : es una mirada y una sonrisa de alguien que está interiormente vivo. Es una mirada y una sonrisa que significan algo, que se dirigen a mí con gesto de complicidad y que me reconoce, agradeciéndomelo, como un ser curioso.

Cuando empieza a hablar percibo una voz dulce y también inteligente. Toda la impresión de la deformidad externa se convierte en lo contrario, en un sentimiento de serenidad y armonía. La de su mirada, su voz y su sonrisa desvelando la escalofriante disonancia entre lo que parece y lo que es.

La madre me observa, se da cuenta de que he descubierto que su hija no es el estereotipo que yo me había hecho sobre ella, concibiéndola como un ser con vida casi vegetativa; de repente, en menos de tres segundos, se abre una conexión intelectual entre la niña y yo : en su teléfono móvil tiene 4 aplicaciones, con esas aplicaciones dedica largas tardes y noches a observar las estrellas. Apunta con el móvil a cualquier lugar y aparece la figura de la constelación correspondiente y el nombre del planeta, el satélite o la estrella; con un botón se despliega información sobre la temperatura, la masa, la situación en el sistema solar y un largo etcétera de datos que sólo suelen interesar a los astrofísicos y que, al parecer, a ella, le fascinan tanto como su novela favorita, La historia interminable.

Pasamos 20 minutos observando las aplicaciones y, llevado por la curiosidad, le pregunto a la madre si tiene papel y boli para apuntar el nombre de las cuatro aplicaciones. Me responde que no. Mecachis, respondo, pues a ver si me acuerdo de ellas, qué lástima.

Y de repente, esa mirada, de nuevo, esa sonrisa, de nuevo, y esa voz, otra vez, me inquieren con picardía y complicidad, como diciéndome, ay, cabecita de chorlito, y la niña se queda mirando a mi cámara de fotos, diciéndome, con el dedo extendido :

  • apúntalas con tu cámara.

Así que esta cabeza de chorlito, que soy yo, mira a su madre. Su madre ríe conmigo, orgullosa de su hija, y con humildad y discreción en la mirada, me responden algo como : ¿ves?, hay tanta o más vida inteligente en este cuerpo deforme que en tu cabeza

Así que allí nos quedamos, la niña, la madre y yo, cabeza de chorlito, sonriendo y rascando la cabeza como un simio, apuntando el móvil hacia el firmamento con mi nueva confidente intelectual y extrayéndole información al polvo estelar con las aplicaciones de su móvil.

Pensé, para mí, caro diario, retén este instante, Dioguito, porque pocas veces tan pocos segundos te enseñarán tanto sobre esas cosas que no tienen medida.

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