Caro diario (11)

A Helena, A Antom :  vi stimo così, così tanto.

Te escribo desde mi escritorio, en plena cuarentena. Me llegan llamadas, video-llamadas, whatsapps con links de todo tipo y e-mails preocupándose por mi estado de salud y el de los míos. Ni quiero, ni me apetece, ni voy contestar a ninguno. Menos aún si son de amantes o familiares, ya que amigos hace tiempo que no tengo.

Y tú, ¿qué tal te encuentras, mi querido, fiel e insobornable confidente?. ¡Cuanto estamos aprendiendo de esta dramática coyuntura!: El ruidoso y caótico tam-tam de los medios occidentales y sus esquizofrénicos tertulianos ansiosos por salir en la pantalla, la espiral imparable de inputs desinformativos colapsando las redes. Profetas del reino del a posteriori dando lecciones, ahora, de lo que debería haberse hecho y de lo que debe hacerse ahora. Monográficos, reportajes en profundidad, guiones proféticos para películas proféticas, ansiedad esquizoide por determinar que es el tiempo de callar a la filosofía y clamar por la voz de los especialistas – como si los especialistas fuesen Dios o no reflexionasen antes de ponerse a hacer ciencia -, masas de gente desesperada conectando con sus misas diarias on-line, buitres vestidos de corbata esperando el fallo de su adversario político para ver si pueden sacar tajada de sus errores, máquinas de expender papel-moneda gritando de nuevo avanti! para proceder a otro rescate bancario en una crisis económica que ya se barruntaba antes del estado de emergencia sanitaria globalizada, aullidos desesperados de la élite financiera y política euroamericana para aumentar el presupuesto militar con la intención de garantizar nuestra seguridad en tiempos de crisis, miedo, incertidumbre…; en fin, ¡qué quieres que te diga!, el dantesco y cómico espectáculo de un modelo civilizatorio destinado a un fulminante infarto sin posibilidad de reanimación. Coge entrada, caro diario, porque si bien es cierto que la revolución no será televisada, al colapso civilizatorio hace ya un tiempo que estamos asistiendo todos en directo, pero con 600 canales de televisión por hogar, y además, ¡ay!, sin alternativas sobre la mesa.

A pesar de todo este drama, no deja de ser cómico lo ridículos que somos los seres humanos. Antes de la llegada de la pandemia, el storytelling habitual de la política mainstream era, che, no se preocupen: a pesar de la dureza de la realidad cotidiana nunca hemos estado mejor, y puesto que nunca hemos estado mejor, sigan saliendo de sus casas a seguir trabajando o a buscar trabajo, puesto que mañana y pasado mañana estaremos aún mejor y recogeremos todos los frutos y así hasta al infinito, cari amici, que la senda lineal del progreso, la abundancia y el bienestar nunca descansan e incluso se multiplican exponencialmente. Amén.

Y ahora, ¡tachán!. Ahora, caro diario, el mensaje es: che, deberías estar extremadamente preocupado, muy preocupado. Es más, deberías estar aterrorizado puesto que lo peor aún está por venir. Después de que pase lo peor tendremos que prepararnos a posteriori para lo peor que viene, puesto que este virus es una fatalidad que bien podría convertirse en mecánico destino para no dejarnos nunca, jamás de los jamases, como no nos dejará nunca la pandemia socio-económica que está por-venir. Amén, habría que contestar de nuevo.

Obviamente, te dicen que todo esto es por tu salud, porque decirte, mira, amor mío, es que el sector sanitario está carente de medios para situaciones de emergencia como estas, así que si no gestionamos medianamente bien este caos podríamos perder las próximas elecciones… digamos que no es una justificación que de muchos resultados electorales, ya me entiendes.

¡Como si en situaciones normales el sistema sanitario hubiese estado sobrado durante estas décadas!. Porca miseria, caro diario. Porca miseria.

Resumiendo, que resulta más romántico decirte que confían en tu responsabilidad ética y moral quedándote en casa, o que salgas a las ocho de la tarde a la ventana a aplaudir a esos profesionales del sector sanitario de los que nunca te has acordado en vida y a los que nunca te has unido durante tantas décadas de cuchilladas de austeridad al sector por parte de los mismos buitres con diferentes plumas a los que has venido votando estas últimas décadas, o que te sientas parte de una romántica guerra contra un virus que no te afectará tanto como a todas aquellas personas que volverán a dormir a la intemperie después del estado de emergencia.

Sí, claro, caro diario, espera que voy a mi sala de estar por el violín, ¿qué te parece si empezamos con un lied de Schubert para agradecerle a Alemania su sublime sentido de europeísmo solidario en esta pandemia con nosotros, desarrapados e incivilizados latinos del sur de Europa, incapaces de entender convenientemente su ética del esfuerzo y el trabajo?. ¡Ah, no, espera!, es que Francia también habla una lengua latina y se dice católica y eso de la solidaridad a la europea también le ha importado tres pepinos, tanto como a mi incondicionalmente amado hermano Alberto el bacalao a la portuguesa: Francia sólo protege su lengua latina y su catolicismo y canta anacrónicamente la Marsellesa a ritmo de input financiero y redoble militar de tambores. Porca miseria, insisto, y mientras insisto, sonrío sobre la tumba de Robespierre antes de sus delirios deístas.

¿Y qué tal si le cantamos Yellow Submarine a Boris Johnson después de haber escupido siete veces siete hacia arriba para acabar en la UCI con una fiebre amarilla 2.0 apretando sus pulmones?. Los pangolines y murciélagos estarán retorciéndose de la risa en Wu-han. Yo mismo, mis padres y hermano y el perro pulgoso del barón rojo, también. Estoy esperando el fallo de la eficacia vírica de la bufanda de Donald Trump y algún que otro despiste en el sistema inmunitario de Bolsonaro.

Sí, hombre, ya sé que la muerte no se le desea a nadie y que esto es lo que suele decirse en Galicia, pero creo que te han informado a medias sobre ese dicho popular tan común, porque en ninguna constitución, estatuto o libro sagrado está escrito que el pueblo gallego, a pesar de no desear la muerte a nadie, no se alegre de la muerte de quien ha vivido su vida a costa de hacer sufrir a los demás. Me temo, querido confidente, que en este lúgubre sentimiento coinciden todos los pueblos del mundo.

En fin, me voy a ir ya a dormir, caro diario, y con mucha serenidad en el cuerpo. Serenidad antigua, clásica y latina. Serenidad de orden, proporción y medida contra la civilización del algoritmo desmedido. Serenidad que con tanta pasión -sabio oxímoron- debiéramos habitar los pueblos latinos del sur de Europa si realmente nos atreviésemos a entender y reconocer, de una laica y sagrada vez -sí, ambas-, cuáles son nuestras raíces culturales profundas, nuestros primeros cimientos, la célula madre de la Europa realmente deseable, rotunda antítesis de la realmente existente. Aún estoy a la espera de que los pueblos de Francia reconozcan las sombras y carencias de aquella ilustración que no podría ni empezar a andar, como copia de melodías ya cantadas en el pasado, si previamente en Grecia no hubiesen puesto esa semilla que todos conocemos y que tanto pisoteamos día tras día.

No me gustan los himnos, caro diario, nunca me han gustado. Quien me conoce sabe que siempre que ha llegado el momento de levantar el puño y cantar la internacional o el himno de Galicia, me he quedado callado, mudo y tranquilo, con las manos en los bolsillos. No me molestan en absoluto estos himnos, ni me creo especial o diferente por confesarte que mi indiferencia. No es, tampoco, una estética declaración de principios para darme una imagen de independencia intelectual que no tengo, puesto que todos interpretamos de algún modo voces, acciones y estilos que nos preceden.

Mis padres me llamaron Diego : yo escogí, con el paso del tiempo, llamarme Diogo. Mis amigos y familiares me preguntan muchas veces porqué, llegando incluso a intuir un motivo político, cultural o intelectual – por desespañolización y aportuguesamiento cultural del nombre, piensan – donde simplemente existe el motivo real, vital y trascendente : cambié el nombre escogido por los dos seres a los que más he amado y amo en mi vida –Ángel, mi padre, y Remedios, mi madre– porque quería demostrarme a mí mismo si era capaz de anteponer la voluntad razonada de una decisión personal a la voluntad sin razones del amor de otros. Aposté por lo primero y vi que lo segundo siguió sin resentirse en absoluto.

Desde esa ocasión, caro diario, sé que el afecto incondicional hacia quien toma decisiones que te desagradan, existe. Y sé, por tanto, que ese afecto, más allá del ámbito de los afectos de sangre, es muy probable que exista también.

¿No es esto, acaso, una batalla ganada al pesimismo y a la fatalidad de los pusilánimes?

Buenas noches.

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