Carnaval y censura: La persecución a la libertad de expresión en Cádiz

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La censura y las ofensas en el Carnaval de Cádiz se remontan a principios de s.XX. Si bien en sus comienzos se podría hablar de una censura no específica en base a una ley general, ya en los años 20, no tanto en la República, existía un control por el que las agrupaciones debían solicitar un permiso del ayuntamiento para poder salir, tras pasar la criba de una serie de censores que quitaban o prohibían las letras que estimaban que arremetían contra la moral, el buen gusto, que podían ser irreverentes o que atentaran a la creencia religiosa.

Sobre las personas que se dedicaban a la censura del carnaval no se conocen los nombres pues, como apunta, José Fernández, doctorando por la Universidad de Cádiz y antiguo miembro de agrupaciones de carnaval, “o bien su firma era ilegible o tal vez se conocieran pero no constaban como censores sino como intérpretes, técnicos o auxiliares de información”. Lo que sí se puede afirmar es que eran funcionarios del Ministerio de Información y Turismo, creado en 1951, encargado de la censura e integrado por civiles, militares e incluso algún cura, comenta Fernández.

Según explica el doctorando, “las decisiones de los censores eran bastante arbitrarias y las agrupaciones estaban obligadas a entregar tres copias del repertorio y un boceto en el que se reflejaba la vestimenta o el tipo”. Sin duda, el sexo era el tema más censurado, ya que los temas políticos durante el franquismo eran de alto riesgo para ser interpretados por una agrupación. Sin embargo, Ferndández indica que “existía una gran hipocresía, porque las mismas que se escandalizaban por un cuplé, llamémosle picante, luego, en fiestas privadas, pedían a las chirigotas que cantaran estas canciones”.

En principio, durante este periodo, si se transgredía una norma la agrupación era arrestada al completo y enviada a la Prevención Civill, aunque a juicio de Fernández, “existe mucha controversia sobre este asunto”. No obstante, el historiador recuerda que la Ley de Prensa, en 1966, también conocida como Ley Fraga, promovía la consulta voluntaria, es decir, el Ministerio de Información y Turismo “solo censura aquellas publicaciones que se presentan de forma voluntaria, con el riesgo de que si no se presentan y, una vez publicadas, resulta que no es del gusto de los censores, se secuestra la publicación y se condena al director del medio”, que llevado al terreno del carnaval, el responsable directo era el propio director de la agrupación y sería este mismo quien decidiera si una letra se cantaba o no para no verse perjudicado.

Como ejemplo ilustrativo, el caso de la chirigota “Las tontas del bote” (1968), que presentaron un boceto en el que se veía claramente que iban vestidos de mujer. Ferndández confirma que se les permitió actuar en el concurso de agrupaciones de aquel año, pero finalmente fueron descalificados “porque sus componentes iban vestidos de mujer”, en lugar de comunicarles previamente y con antelación que podían ir disfrazados de esa manera.

Lío de sotanas en los años 30: “El frailazo y sus tragabuches” 

Un salto en el tiempo nos lleva al 1 de febrero de 1932, cuando una agrupación entregó en el ayuntamiento la solicitud para cantar en las calles de Cádiz durante los días de Carnaval. Según la instancia recuperada por Santiago Moreno Tello, doctor en Historia por la Universidad de Cádiz, se resgistraron con el nombre de “El frailazo y sus tragabuches” y en el listado de comparsistas daban entender que “ Manuel Candorcio hacía las veces del Hermano Prior del imaginado convento”. Aunque se desconoce la autoría de las letras, distintos estudiosos del carnaval apuntan a Juan Sevillano y Manolo León como artífifices de las letrillas, explica Moreno, quien además revela que a pesar de no quedar rastro de las coplas en el Archivo Histórico Municipal de Cádiz (AHMC), lo cierto es que “según su propia instancia, ellos acompañaron a la misma con las coplas aprobadas por el Gobierno civil, por lo que pasaron la censura y participaron sin problemas en el Concurso de agrupaciones en el Teatro Cómico”.

Los frailes fueron convocados el lunes, 8 de febrero, para una nueva actuación en el patio del consistorio gaditano, donde finalmente obtuvieron el segundo premio, pero a partir de ese momento, algo sucede. Moreno advierte que “la prensa comienza a dar noticias sobre el mal gusto de dicha agrupación” y, ese mismo día, El Diaro de Cádiz en su edición de tarde, informa de que “por orden expresa del alcalde, recién habían salido a la calle con su indumentaria religiosa, fueron llevados de vuelta al ayuntamiento donde se les obligó a dejar el disfraz”.

La hipótesis de Moreno Tello le lleva a confirmar que, “si bien Los Frailes lograron pasar la censura en letras y tipo, fue la derecha reaccionaria de la ciudad la que presionó hasta lograr que la agrupación tuviera que ir por las calles de la ciudad sin sus hábitos carnavalescos”. Amen de estas conclusiones, se publica un artículo en La Información titulado “Señor gobernador, señor alcalde ¿Para qué se dan los bandos?” con una queja procedente de un joven partido llamado Acción Ciudadana. Como destaca el historiador, el texto diserta que “ante los rumores existentes en la ciudad de la posibilidad de aparación de una comparsa con hábitos monásticos fueron a protestar a las autoridades” y estos rumores, según comenta Moreno, “se hicieron más potentes en la noche anterior, dediciéndose por parte de la redacción mandar a un gacetillero al Teatro Cómico para que escribiese sobre la actuación de Los Frailes.

A continuación, el gacetillero muestra su escándalo al comprobar que la agrupación tenía licencia, un hecho que como apuntaba anteriormente Moreno Tello, “se sabía desde hacía días” y para más inri, se perturba al ver que la policía municipal no hacía nada ante la insitistencia de denuncia de “un querido amigo nuestro”. Finalmente, el texto tira una lanza a favor de la justicia frente a esta ofensa a la población católica, que decía así: “Hoy esperamos confiados que, por quien corresponde, se sabrá imponer el respeto a las disposiciones del Gobierno, fielmente transmitidas por él a la alcaldía, dar el necesario y debido desagravio al sentimiento religioso de los católicos gaditanos […] El ofender y agraviar los sentimientos de una gran masa de ciudadanos con disfraces y canciones soeces, es cosa que debe ser corregida por quien debe y puede, ya que si antes los que debieron no pudieron hacerlo, por falta de informes verídicos, hoy no pueden desconocerlo después de leídas estas líneas”.

Queda manifiesto que la amenaza se ejecutó, pues en la mañana del lunes 8, tras la actuación de las chirigotas finalistas en el patio del ayuntamiento, en la que Los Frailes se llevaron el segundo premio, tuvieron que salir a la calle sin sus disfraces de monjes, recuerda Moreno. Y por si fuera poco, el historiador añade que las quejas no quedaron ahí y que “no contentos con conseguir la prohibición de la agrupación, un aficionado criticó incluso al jurado del concurso criticando que “en esta clase de concursos […] el jurado que lo integra, casi nunca o por mejor decirlo, nunca, se encuentra presente en todas las actuaciones, y de ello que los premios se otorguen a cualquiera, o al que se escuche decir que es el mejor…”.

Imagen de portada: Varios de los componentes de Los Vendedores de Agua fueron represaliados o fusilados durante el franquismo

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