Carlos Taibo: «O decrecemos de modo racional o lo haremos por el hundimiento del sistema»

La suya es una voz a contracorriente y que se deja esuchar de punta a punta de la península. Llegó a Pamplona el miércoles en autobús desde Soria, hasta donde había llegado de Madrid. «No tengo coche», dice este teórico del decrecimiento, que reivindica otro tipo de mundo

La crisis llega, se sufre y también pasa. Pero, en opinión de algunos, es la señal de alarma de algo más grave que se avecina, de un punto y aparte en el modo de entender la vida y el trabajo. Carlos Taibo explicó en la capital navarra su visión sobre la realidad actual y desgranó la teoría del decrecimiento, invitado por el colectivo «Dale la vuelta», que trata de hacer llegar a los ciudadanos navarros su mensaje.

¿Es ésta una crisis económica o, como indica Vicente Verdú en El capitalismo funeral, algo más importante, como una falla en la historia de la cultura?

Nos hemos acostumbrado a utilizar la palabra crisis en singular para identificar lo que hemos llamado la crisis financiera, que es probablemente la menos importante de las que tenemos entre manos. En la trastienda hay otras crisis. Una se llama cambio climático, que es ya una realidad que no tiene ninguna consecuencia positiva. Otra es el encarecimiento a medio y largo plazo de los precios de la mayoría de las materias primas energéticas que utilizamos. La tercera es la sobrepoblación que acosa a una parte del planeta y la cuarta es el expolio de los recursos de los países pobres. Si cada una de esas crisis por separado es explosiva, la combinación de todas ellas es realmente inquietante. Estamos ante una crisis del capitalismo, tanto en su versión desregulada como en las reguladas, y esto implica que estamos ante una crisis de nuestra civilización, no sólo de un sistema económico que ha regido los destinos del planeta durante una u otra etapa.

¿De qué manera esta crisis del capitalismo se convierte a su juicio en una crisis de nuestra civilización?

Me parece que la quiebra del capitalismo es tal que su propia eficacia está en entredicho. La renta per capita de Estados Unidos es hoy tres veces superior a la de 1946, pero el porcentaje de ciudadanos norteamericanos que declara ser menos felices ha ido creciendo de modo espectacular. En 2005, un 45% declaraba ser cada vez menos feliz, frente a un 24% que declaraba lo contrario. Desde hace bastantes años, cada nueva generación que entraba creía que vivía mejor y era más feliz que la anterior. ¿Podemos afirmar esto de las generaciones que entran? ¿Van a disfrutar de un puesto de trabajo, se van a beneficiar de un subsidio de desempleo, de una sanidad pública, de una pensión? Pues ya no lo tenemos tan claro.

¿Ve semejanzas con otras crisis?

Aunque en los últimos tiempos lo hemos comparado con 1929, hay una diferencia sustancial: los límites del planeta. Cuando el presidente Rodríguez Zapatero señala que el camino para salir de la crisis pasa por construir carreteras y trenes de alta velocidad, tiene que explicarnos quién va a usar esas autovías cuando el litro de gasolina cueste seis, ocho o diez euros. Y esto lo tenemos a la vuelta de la esquina.

Tal vez con coches de hidrógeno. ¿La innovación no es la respuesta a las dudas acerca del crecimiento ilimitado?


¿Sería razonable que, sobre la base de la intuición de que seremos capaces de dominar la ley de la gravedad, empezáramos a construir edificios sin escaleras ni ascensores…? Hay que asumir un comportamiento prudente y conservador ante la naturaleza. Volcar nuestra esperanza en las nuevas tecnologías es un error. Si llegan, ya tendremos tiempos de revisarlo.

¿Y la nuclear?


A estas alturas conviene que no nos dejemos engañar. Si se multiplica por tres el número de centrales atómicas tendremos uranio para 15 ó 20 años. Nadie sabe qué hacer con los residuos, la energía es cara, porque requiere de subvenciones y la propia seguridad deja mucho que desear. La solución a nuestros problemas energéticos pasa por introducir renovables y reducir el consumo. Las dos al mismo tiempo.

Habla de reducir el consumo, pero aquella iniciativa de apagar 20 minutos la luz no tuvo mucho eco…

Cuando Cristina Narbona, entonces ministra, decidió apoyar esta iniciativa, al día siguiente escuchamos las quejas agrias de las empresas energéticas, que lo consideraban una intromisión en la lógica sagrada del mercado. Los gobiernos sólo han exhortado en serio a reducir el consumo del agua, que hasta el momento presente es una economía pública. El presidente del Gobierno, que se supone que es la punta de lanza de las estrategias más progresistas en este terreno, terminó su discurso en el último Congreso del PSOE diciendo: «A consumir». Es algo dramático.

¿No es muy duro pedirle a la gente que no viaje, que pase más calor en verano y frío en invierno, que viva de un modo muy distinto?

Se trata de parte de necesidad, porque el planeta se nos va. Pero es que creo que este escenario que reivindicamos es mucho más llevadero en términos de felicidad que el actual. Nos tenemos que preguntar si estos viajes magníficos que hacemos responden a que el resto del año somos profundamente infelices trabajando un millón de horas y siendo explotados. El horizonte que reivindicamos no es de infelicidad, sino todo lo contrario.

Usted extiende sus críticas a la apuesta por la alta velocidad ferroviaria, que genera amplio consenso…


No es un proyecto racional, está concebido para una minoría, tiene un gran impacto ambiental y desertiza el territorio al conectar grandes ciudades. Consume nueve veces más energía que un tren que se mueve a cien kilómetros por hora. Habría que mejorar la infraestructura actual ¿Quién precisa llegar a Madrid en hora y media? Los altos ejecutivos. Es una metáfora de nuestro modelo. La alta velocidad ferroviaria es un ejemplo de libro de cómo las clases populares celebran con alborozo que con sus impuestos se construyan líneas que van a ser utilizadas en exclusiva por los integrantes de las clases pudientes. Y esto es algo de lo que la gente empieza a percatarse cuando ya no tiene remedio.

Parece que la economía vuelve a carburar de nuevo. ¿Se mantendrá?

Aunque uno pueda imaginar una cierta recuperación, me temo que será a costa de una radicalización de las otras crisis de las que hemos hablado, lo cual dibuja un escenario que es mucho peor. Y empiezo a sospechar que este esquema cíclico va a dejar de servir. Tengo la impresión de que la nueva etapa de bonanza va a ser extremadamente breve y fuego de artificio.

El crecimiento está impulsado ademas por países como China que no representan precisamente un modelo más sostenible…


Claro ¿Y cómo les decimos que no alcancen nuestros niveles de consumo? De nuevo la respuesta es el decrecimiento. Además, tienen problemas medioambientales agudísimos y una explotación de los recursos humanos que recuerda al siglo XIX en Europa. Si no somos capaces de decrecer de un modo consciente, racional y paulatino, ecológico, social y solidario, acabaremos por decrecer de resultas del hundimiento sin fondo de los sistemas que padecemos. Yo no creo en el capitalismo. Alguien me dirá: estás de enhorabuena. El problema es que no sabemos qué viene después: puede provocar respuestas imaginativas, pero lo más fácil es que se traduzca en un sufrimiento ingente para la mayor parte del planeta.

Publicado en Diario de Noticias el 18/10/2009

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