Carlos Acosta, los no-natos primermundistas y una bruja rockera de las buenas causas

Nunca he tenido la satisfacción de ver bailar en vivo a Carlos Acosta. Aparte del excelente documental que se exhibió en un festival de cine de Chicago, no he podido disfrutar de su extraordinario arte, justificadamente comparado con el de Nijinski.

También escribe, y espero leer su autobiografía en español, con el sabor que nuestro idioma le imprime a las historias, y más a la suya, excepcional en muchos sentidos. Cabría preguntarse a cuántos niños más ha salvado en Cuba no solo el ballet y la música, sino también el deporte y la priorización de los recursos para la educación.

Y que los 4 mononeuronales cubanos virtuales no empiecen con lo de la ideologización en Cuba, por favor, elijan qué nombre ponerle al lavado de cerebro que le hacen a los no-natos, cuando las compañías ya están definiendo cómo se van a vestir y qué van a comer, en cariñosas cartas dirigidas a los progenitores.

Si hubiera tenido un hijo, claro que hubiera preferido que le inculcaran valores colocados por encima de las interminables necesidades del ego, que caen en un vacío que solo conoce el MÁS (además de sus aburridas conversaciones sobre el alza precio de la gasolina y de la falta de parqueo en South Beach).

Pero perdí la pista del asunto. A lo que iba.

El sábado por la noche, en el Stanley Park de Vancouver, la talentosísima Sarah Mclachlan convocó a Bryam Adams y a nada menos que a uno de mis grandes amores, Stevie Nicks (bruja rockera de las buenas causas), entre otros, para hacer consciencia sobre la importancia de la educación musical y recoger dinero para la escuela de música para niños de pocos recursos, que Sarah tiene en su ciudad natal.

Bill Clinton habló unos cinco minutos, y aseguró que probablemente no habría llegado a presidente si no hubiera asistido a una escuela de música de los nueve a los diecisiete años (juum). Y aclaró mejor su discurso al mencionar que la música le había hecho ver el mundo de diversas maneras, y que los asistentes al evento, al contribuir con su dinero, estaban abriendo esperanzas para los niños y los jóvenes del país.

Clinton cumplió bien con su rol de redescubridor del agua tibia, tarea anual e imprescindible porque  las distracciones no dejan que la política quepa en la azucarera (citando a mi manera a un trovador cubano).

Prioridades sociales y personales, ¿tienen que estar aisladas? ¿Todo consiste en hacerme sentir mejor una noche de concierto, con el $$ de la entrada que va para esta escuela? ¿Que nunca vaya a tener un hijo significa que me importan un bledo los muchachos? ¿Todo gira en torno al YO/LO MÍO?

Cada año se repiten los eventos de recaudación, las arengas para aflojar el bolsillo y los testimonios personales de los salvados, ahora cantantes famosos, en contraste con el pasar silencioso de aquellos niños cuya solicitud para ingresar en uno de esos escasos programas de enseñanza no fue aceptada por falta de cupo.

Cada año más distracciones para los no-natos, más libertad (inmensa) para trabajar-comprar-no-mover-las-neuronas (ni los cuerpos, oh, Santa Comodidad, bendita seas entre todas las mujeres). Cada año más producción y consumo, mientras las brechas se extienden y las sociedades no perciben su declive psicológico y espiritual (jamás espirituoso),  carcomidas por la cultura dominante.

Hay un gran movimiento de artistas que apoya la educación musical de los niños, lo cual es realmente encomiable (si consideramos que forman parte de una industria, obligada a producir-distraer como cualquier otra), pero no borra el tono entre surrealista e irresponsable que prima en ciertas sociedades ricas, al no garantizar a los niños la formación completa que merecen (y garantizarse a sí mismas la supervivencia), y en cambio permitir-exacerbar-casi imponer (porque se ve mal si no sigues) la programación (ya genética) de los compradores-vendedores desde su estado-no-nato o mal-nato.

¿Cuánto más se podría hacer en Cuba por los niños y los jóvenes si los artistas cubanos imitaran a Carlos Acosta y surgieran proyectos como el que se trae entre manos para reconstruir la escuela de ballet de Cubanacán? ¿Cuántos pianos y guitarras se pudieran comprar, cuántas tumbadoras o maillots, cuántas zapatillas?

La ventaja de los cubanos en la Isla sería que ningún político tendría que encaramarse a un escenario a recordar las bondades de la música en el camino y las aspiraciones presidencial, ni explicar-recordar-reiterar lo que pueblo y gobierno conocen de sobra.

Ernesto González, escritor cubano residente en Estados Unidos. Sus novelas están disponibles en amazon.com (EEUU) y lulu.com (Europa y Latinoamérica), y pueden ojearse en Google Books.

egonza_3399@hotmail.com

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