Caníbal cautivo/6. ¿Cuánto vale la Gioconda?

Por Carlo Frabetti

Si la pregunta te sorprende (¿qué tiene que ver con el canibalismo?), es probable que la respuesta te sorprenda aún más: la Gioconda, el inmortal cuadro de Leonardo da Vinci, no vale nada. No me refiero a lo que los fetichistas del arte estarían dispuestos a pagar por él (como dice Machado, “todo necio confunde valor y precio”), sino a su valor intrínseco. Y el valor intrínseco del cuadro concreto que se exhibe en el Museo del Louvre (protegido por un grueso cristal blindado) es nulo.

Hace tan solo unas décadas, si la Gioconda hubiera quedado destruida por un incendio o por la agresión de un lunático (como estuvo a punto de suceder), la pérdida habría sido irreparable. Pero actualmente toda la información contenida en el cuadro original está disponible, digitalizada, para realizar cuantas copias queramos; copias indistinguibles del original y, por tanto, capaces de provocar las mismas emociones estéticas y susceptibles de ser objeto de los mismos estudios. Copias perfectas e incluso más que perfectas, puesto que en ellas se puede reparar informáticamente, con una precisión micrométrica, cualquier deterioro o desgaste sufrido por el cuadro a lo largo de los años. ¿Qué tiene el original que no tenga una copia perfecta (o pluscuamperfecta)? Nada: lo único que lo hace distinto es el fetichismo de quienes otorgan al original un valor ilusorio.

En el caso de un texto literario, está claro que su valor, si lo tiene, está en las palabras en sí mismas (en la forma en que están ordenadas, para ser más preciso), no en el papel y la tinta con que fueron escritas. Y en el caso de un cuadro, en la era de la reproducción perfecta, ocurre exactamente lo mismo: su valor está en la composición de formas y colores, no en las sustancias colorantes en sí mismas ni en el lienzo que les sirve de soporte. Aunque un cuadro original conecte con el fetichismo delirante de nuestra cultura más que un manuscrito o la pluma con la que el autor lo escribió, el mecanismo psicológico que le otorga un valor imaginario es el mismo. En última instancia, la única diferencia entre la filatelia y el coleccionismo de cuadros está en el tamaño de las estampillas, es decir, de los fetiches.

¿Y qué es un fetiche? En principio, es un objeto al que se atribuyen propiedades o poderes sobrenaturales, propiedades que pueden beneficiar al poseedor del objeto o a quien entra en contacto con él; los amuletos y las reliquias son claros ejemplos, así como las imágenes religiosas que son veneradas por sí mismas y no solo por lo que representan (como la Virgen del Pilar o el Cristo de Medinaceli). En un sentido más amplio y no necesariamente religioso (aunque siempre vinculado al pensamiento mágico), un fetiche es un objeto al que se atribuye un valor distinto o mayor del que intrínsecamente posee. En este sentido habla Marx del fetichismo de la mercancía: muchos de los productos que intercambiamos (mediante el dinero) en la sociedad capitalista tienen un valor ilusorio y relacional que poco o nada tiene que ver con su utilidad real.

Y la carne es uno de los grandes fetiches de nuestra cultura. “La alegría de la vida y la voluptuosidad consisten en tres cosas: comer carne, montar carne y meter carne en carne”, se afirma en Las mil y una noches. En una sola frase, la lujuria falocrática, la esclavización de los animales no humanos y su canibalística conversión en comida predilecta, sacralizadas como fundamentos de la “alegría de vivir”.

La carne es una aceptable (que no buena) fuente de proteínas, hierro y otros minerales, y probablemente la posibilidad de comerla salvó a nuestra especie de la extinción en algún momento crítico: sería absurdo negar que la opción del carnivorismo (y del canibalismo) es una ventaja evolutiva. Pero convertir una posibilidad de emergencia (como lo es para los demás primates) en opción prioritaria y entronizar la carne como reina de los alimentos es, desde todos los puntos de vista, una aberración, en la que confluyen al menos dos tipos de fetichismo, con todas sus connotaciones mágicas e irracionales: el fetichismo del cuerpo y el fetichismo de la mercancía enunciado por Marx.

(Continuará)

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