Camino santo

En este Año Santo Xacobeo 2021, un andariego lugareño cuenta sus experiencias del camino

Hablaba un hombre maduro, a quien llamaban El Junco. Se trataba del andariego que más veces había recorrido El Camino de Santiago, sin compañía alguna.

Las palabras recogidas aquí son una sucinta parte de un todo de mayor extensión. He ahí lo contado: la mayoría de las gentes que vienen a recorrer el camino santo, lo hacen por lo que han oído decir. Que si ocurrieron cosas tremebundas en el pasado. Desde algún crimen por robo o el gemir de niños recién nacidos abandonados entre la maleza, como que las zagalas en edad de casar se dejan ver por los atardeceres, más el cuidado extremo debido a las tormentas de nieve no vayas a ser alimenticio de lobos, entre otros episodios corridos como la pólvora por albergues y posadas. Ahora bien, yo no voy a asegurar que lo dicho sea mentira. Solo diré que en cuarenta años pateando estos parajes, aparte lo de las zagalas, jamás mis ojos vieron nada de lo apuntado.

            Por mi parte mencionaré un par de cosas más. Una mala y otra buena. La primera más que mala es una rareza mía. De las muchas flores y florecillas del camino, una de ellas me da duelo verla, tan triste, pobre y sola, como es la amapola. Pero no me hagan caso. La soledad de esa flor es mi propia soledad. Pongan la atención en la parte buena. Mi alma danza de gozo al escuchar la música de los ríos y las canciones de los nidos. Eso es gloria bendita para los sentidos. Estará dentro de uno mientras haya vida. Y no digo más.

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