Camilo Torres Restrepo y el problema de la revolución en Colombia

Camilo Torres: “...he procurado por todas las formas que los laicos, católicos o no católicos, se entreguen a la lucha revolucionaria. Ante la ausencia de una respuesta masiva del pueblo a la acción de los laicos he resuelto entregarme yo”

Una reflexión crítica a cincuenta y cinco años de su sacrificio 1966 – 2021

Camilo Torres Restrepo durante el primer lustro de los años sesenta consagró sus preocupaciones esenciales a promover el debate en torno a la estrategia de la revolución colombiana. Su esfuerzo teórico y práctico ha tenido profunda influencia a lo largo de medio siglo. Distintos autores –entre los que sobresale Orlando Fals Borda (1925-2008)– dedicaron su periplo vital a dar continuum a este crucial propósito para intentar profundizar y mantener la vigencia del pensamiento de Camilo Torres Restrepo (1929-1966).

La experiencia práctica en este cometido se enfrenta al problema que crea la incongruencia entre la construcción de una propuesta programática –como discurso político– y la capacidad –en términos de gestión pública territorial– de producir las necesarias transformaciones que requiere la sociedad colombiana.

Lo concreto es que aún no se ha logrado decantar una propuesta sobre cómo producir el cambio inaplazable del régimen político y dar el salto hacia la paz con justicia social como expresión de la ética en la política, y la concreción de la idea moral del “amor al prójimo” a través del bien común, esto es, reiterar la idea moral del comunismo (cristianismo o comunalismo en Camilo Torres Restrepo) como respuesta a la crisis de la modernidad capitalista en Colombia y en el ámbito mundial para dar un ‘soplo de vida’ al humanitatis principium (principio de humanidad).

Sin lugar a dudas, Camilo miró la realidad desde la perspectiva religiosa, previa al Concilio Vaticano II, porque aunque este se anunció en 1959 (Camilo hizo parte de las Comisiones previas al desarrollo del Concilio y en la Exposición Universal de la Iglesia como delegado del CELAM estando en Lovaina). El Concilio se desarrolla entre 1962 y 1965, y Camilo ya andaba debatiéndose entre las primeras discusiones con el Cardenal Concha (1962) y su reducción al Estado laical e inicio de la fase agitacional del Frente Unido (1965). Cuando las conclusiones salieron y comenzaron a circular, Camilo ya había ofrendado su vida. Ese es, quizás, su valor en el mundo cristiano militante, que sirvió de antecesor a la Teología de la Liberación, como teoría, la cual comienza a desarrollarse recién en 1968, y el primer libro se edita en 1970 en Lima. La mezcla de Obispos Tercermundistas (como Helder Camara en Brasil o Gerardo Valencia Cano en Colombia), con las nuevas visiones del Concilio Vaticano II encuentra un poderoso refuerzo en el testimonio de Camilo Torres Restrepo. Esa combinación (junto a todo el ambiente de la década del sesenta) es lo que signará la vida y praxis del movimiento de Golconda en Colombia, los curas del Tercer Mundo en Argentina, las rupturas al interior de las Juventudes de la Democracia Cristiana en Chile (que se fueron al MAPU y la Izquierda Cristiana), en Dominicana (donde crearon los CORECATO), en Panamá, en Argentina (germen de Montoneros), en Uruguay (inicios de Tupamaros) y en Cuba (inicio del debate contra el dogmatismo del PC Cubano, promovido por los Bautistas).

La idea de comunismo de Camilo es la que viene del cristianismo como se leyó en el Concilio Vaticano II que luego madura y sistematiza en la práctica de Muniproc y que da sentido al libro La revolución imperativo cristiano que marcó la generación de religiosos de Golconda, de la formulación de la teología de la liberación y la reunión de Celam en Medellín en 1968.

Al referirnos a Camilo Torres Restrepo es preciso alcanzar un enfoque con rigor histórico –lejos de panegíricos y denuestos–; además, ubicar las tendencias y el sentido la época en que vivió Camilo, conocer el carácter de su destacada personalidad y enaltecer su condición de subvertor moral – como lo calificó Orlando Fals Borda–.

La identidad histórica que basa la unidad de lucha entre Torres Restrepo y Fals Borda, se construyó entre 1958 y 1966, y comprende los siguientes elementos:

  1. Explicar el fenómeno de ‘La Violencia’ como una ‘revolución social frustrada’;
  2. Concebir la paz con justicia social como resultado de una planeación socioeconómica con base en la organización popular (la genuina acción comunal);
  3. Entender que la élite (la clase dirigente) no va a gobernar contra sus propios intereses (Torres, 1968: 228);
  4. Impulsar una reforma social agraria –para y con los campesinos–, este es, el primero de los diez y seis puntos de la plataforma del Frente Unido dada a conocer el 17 de marzo de 1965;
  5. Rechazar la ‘paz burguesa’ (último apartado del capítulo 7° del libro La subversión a Colombia) y crear un 5° orden: el socialismo raizal; así, la paz emana de la justicia que es el resultante consustancial al socialismo raizal; y
  6. Asimilar que el pluralismo utópico “…no es una condición, ni un sistema dentro del orden, ni sigue las actuales reglas del juego; sino más que todo es una herramienta o aparato para unir o fundir grupos diversos, inclusive los cristianos y socialistas, para moverlos hacia una misma dirección. Se diseña como una estrategia que busca cambiar las reglas del juego y que al hacerlo propende a alcanzar el cambio del orden social en que se ejecuta. Pero su meta final es el desarrollo socioeconómico concebido como la creación, resolución y superación de una subversión neo-socialista que deba dar por resultado una sociedad superior, en que las diversas tendencias progresistas se entiendan entre sí” cap. 8

Reiteración de la utopía, nacimiento del pluralismo utópico (Fals Borda, 1967: 208). Por ende para ponerlo en práctica: “El Frente Unido es la estructuración de un aparato político pluralista, no un nuevo partido, capaz de tomar el poder” (Torres Restrepo, 1966: 24-25).

Se requiere –entonces– un esfuerzo colectivo para precisar conceptual y organizativamente la acción y la utopía de Camilo, en sus complejas y profundas dificultades; por eso conviene ventilar los errores de apreciación en cuanto a la actitud y conciencia de las masas, y las valoraciones de la dirección política revolucionaria no solo en el hito de 1965, sino en el momento actual.

Reconocer que en 1965 apareció una antiélite revolucionaria con Camilo como cabeza de la estrategia y Orlando como cabeza de la metodología. En el fondo –sugiere François Houtart– se trata de «una síntesis entre las aspiraciones de Jorge Eliecer Gaitán, el sueño de Camilo Torres y los análisis de Orlando Fals Borda, para llevar el país a un futuro diferente».

Lo que queda claro –con base en los más recientes aportes– es la ingenuidad con que Camilo vio el panorama social y la sobrevaloración que hizo del sentimiento de simpatía en las masas. Puso la levadura, pero no pudo esperar que la masa creciera. La impaciencia era un rasgo de su personalidad, para abocarse a la acción y ejercer la suplencia de los laicos en la dirección del proceso social. El 30 de septiembre de 1965 declaró: “…he procurado por todas las formas que los laicos, católicos o no católicos, se entreguen a la lucha revolucionaria. Ante la ausencia de una respuesta masiva del pueblo a la acción de los laicos he resuelto entregarme yo” (Torres cit. Por Gomis, 1969: 67). Fue infortunado que esto ocurriera en aquel momento y que los que se encontraban a su alrededor para orientarlo o asistirlo se vieran envueltos en mezquindades (cada cual corriendo tras su pedazo de FU) –una trilogía contundente: pragmatismo, oportunismo y electorerismo, más los inevitables emocionalismos–, impidieron valorar de mejor manera la coyuntura. Porque –como lo recordase con perspicacia Luis Emiro Valencia, al referirse a Pléjanov en su estudio sobre el papel del individuo en la historia–, era un momento en el que estaba el pueblo y estaba el hombre, como en el caso de Gaitán.

La clave del pluralismo utópico sigue subvalorado, quizá seguimos encerrados en el círculo vicioso de aquella izquierda que recicla sus propios esquemas, comportamiento que subsiste tanto en los movimientos sociales de resistencia como en la dirigencia revolucionaria (de entonces y ahora…).

En su texto titulado “La desintegración social en Colombia: se están gestando dos subculturas” Camilo escribió el 5 de junio de 1964 con su usual clarividencia y estilo directo: “Mientras los líderes populares no acuerden un frente unido que descarte los personalismos que los hacen tan sospechosos ante el pueblo, la clase popular no marchará si no se acaba la palabrería de izquierda que es casi tan fatua como la de nuestra clase dirigente” (Torres, 1968: 166).

En este período –comprendido entre 1959 y 1965–, se puede observar:

  1. Camilo orientaba el proceso de construcción de la estrategia revolucionaria, quien junto con Orlando conformaban el núcleo duro de la antielite;
  2. Camilo sobrevaloró el estado de conciencia de las masas y su carisma como influyente líder revolucionario –tal como se comprobó en la gira nacional para promover el FU– se frustró con su muerte; y,
  3. La concepción orgánica del pluralismo utópico sobrepasó a la izquierda por estar sumida en el pragmatismo, el oportunismo y el electorerismo; en efecto, el Frente Unido era abstencionista por principio porque se trataba de combatir al Frente Nacional con una forma de lucha que entendía lo nugatorio de la farsa electoral («el que escruta elige»), el Frente Unido no admitía el oportunismo político ni el electorerismo: esa radicalización y coherencia no se logró.

Por su parte Fals Borda se equivocó –cuarenta años después– al confundir el Frente Unido con el Polo Democrático Alternativo, y los diez puntos de la Plataforma del FU con el programa de corte liberal del PDA. Distintas iniciativas en las regiones entre 2000 y 2004, que contaron con la inspiración y orientación de Orlando Fals Borda –en especial la de la Región Surcolombiana–, marcadas por la idea de transformación radical como rasgo en la formulación programática, se malograron en la práctica institucional (la burocracia difumina la radicalidad…).

Hacia el final de sus días Fals Borda quería sentir que su ciclo vital se iba cerrando a medida que se abría una luz de esperanza: el Kaziyadú. Tal vez por eso equiparó el PDA y el FUP, cuando no sólo no había un «hombre» (o mujer) como Camilo en el PDA, sino que su programa –en 2006– estaba lejos de profundizar la Plataforma propuesta por Camilo.

En efecto, ese optimismo impenitente –como rasgo de la personalidad de Orlando– ya se expresaba en diciembre de 1963 cuando escribió en la Introducción al Tomo II de La Violencia en Colombia (p. 52): “No nos abriga ninguna duda de que el país podrá superar esta etapa de confusión e ignominia. Tarde o temprano el sol de la nueva Colombia calentará nuestros huesos. A la pujante generación que debe redimirnos, la que corregirá la bíblica profecía, dedicamos con esperanza la presente obra”.

En el fondo de su ser Camilo vive una indignación ética y una necesidad cristiana, que como sociólogo ve cauce en el socialismo. Un socialismo en las formas económicas (dominado un poco por la interpretación «economicista» del marxismo de aquellos años) y de las relaciones sociales, pero guiado bajo los valores del cristianismo. Un humanismo integrador del marxismo con el cristianismo, así lo dice en uno de sus escritos: “hoy en día, cuando se está acabando el sistema capitalista, alguna gente cree que se está acabando la Iglesia. Y consideran, que el cristianismo no tiene suficiente virtualidad para cristianizar a un modo socialista hacia el cual parece que vamos” (Torres cit. por Gomis, 1969: 69-70).

Conmemorar los cincuenta y cinco años de la muerte de Camilo Torres Restrepo durante este año 2021 implica conjugar la metodología de Orlando Fals Borda con esta perspectiva de rescatar a Camilo en su pluralidad, su dimensión ética, política, organizativa y espiritual. En su trasfondo esta breve disertación quiere reiterar la pertinencia y consistencia de los esfuerzos desplegados de manera consciente y planificada a lo largo de más de medio siglo, y hace su resonancia para ser aplicados en el análisis y la acción en la coyuntura actual latinoamericana y mundial.

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