Cambiar lo que no nos gusta empezando por lo propio

No nos gusta esa Europa ni esa España ni esta Cataluña de hoy en manos de los banqueros. Y porque no nos gustan, las queremos cambiar. Queremos cambiar el mundo y empezaremos por casa. No queremos maquillajes. No queremos apariencias. Queremos un mundo nuevo sin políticos ladrones y noticiarios embusteros. Queremos un mundo justo y vamos a empezar a hacerlo.

Nada se asienta en el aire salvo las ilusiones y las fantasías. Promesas que despiertan ensueños. Cantos de sirena que arrastran pueblos enteros hacia insondables despeñaderos. Pompas de jabón, burbujas flotantes que nos causan admiración y regocijo mientras ingrávidas flotan en el aire nos muestran de repente su vacuidad, su nada al explotar. Súbito desengaño, trémolo deseo insatisfecho de ver lo que no existe.

Es ahí, en esa ilusión, en ese anhelo, en ese cúmulo de fantasías que anida en toda alma humana donde se asientan el engaño y las mentiras y las falsas promesas de los demagogos profesionales. Hábiles especuladores, atentos al deseo del ciudadano medio, elaboran discursos cargados de tentadoras ofertas a sabiendas de que no las van a cumplir. Calidoscopios de lindos colores hábilmente manejados maravillan a las gentes que les creen porque quieren creer que alguien o algo los va a salvar de su mísera condición de consumidor insatisfecho, que les va a llover del cielo la felicidad ansiada sin que para lograrla tengan que hacer nada. Y así una vez y otra, encandilado por el deseo de fácil bienestar y la ilusión de poder llevar una vida poltrona, el pueblo da su dignidad a cambio de simples pedazos de cristal coloreado.

No es porque sí que ocurre eso. Una criminal limpieza ideológica de las más sanguinarias de Europa seguida de cuarenta años de dictadura y treinta y cinco de falsa democracia ha configurado esta ciudadanía pasiva, inerte, despolitizada e ilusa que hoy tenemos. Ha generado la idea de que lo político es algo impropio, ajeno, exclusivo de un estamento social inalcanzable formado por seres especiales pertenecientes a otro mundo, que no al propio. Ha secuestrado las mentes y las voluntades de los individuos hasta desarticular toda resistencia capaz de frenar la inhumana forma de vida que nos han implantado. Y para reforzar la castración que una tal configuración mental comporta, los ingentes equipos de especialistas en manipulación de masas han impuesto a través del consumo y de la publicidad el hábito de la distracción permanente, la cual a modo de droga evade al individuo de su realidad social y le incapacita para ejercer sus responsabilidades políticas.

En esa deshumanización del pueblo es donde radica el poder de quienes gobiernan. De aquí que la principal tarea a llevar a cabo para dar vuelta a la realidad política actual sea cambiar la forma de pensar, sentir y actuar del ciudadano medio, de modo que llegue a ser capaz de usar su inteligencia para elaborar estrategias capaces de defender sus derechos frente a quienes le roban.

Durante años, en aquellos ya lejanos tiempos de la desenmascarada dictadura, estuvimos soñando con ese país de las maravillas que era cualquier vecino nuestro europeo. Un día por fin ese sueño se hizo realidad con esa tan esperada Unión Europea. Ya no éramos tercer mundo, ya éramos ciudadanos de primera. Pero ahora una pesadilla nos despierta de repente con sobresalto y vemos que aquella Europa cuna de democracia y cultura no es sino el coto de caza de codiciosos especuladores financieros. Un coto del cual nosotros somos las piezas a cobrar.

Cesó el ensueño y nos dimos de bruces con la realidad. Se acabó la hora de la fantasía y llegó el tiempo de poner los pies en el suelo y empezar a caminar. Pero… ¿cómo hacerlo? ¿Cómo activar a gentes que llevan años, toda la vida las más de ellas, con el sentido de lo colectivo, de lo social, de lo político atrofiado? ¿Cómo hacer para animarles a poner en el primer plano su vida la dignidad?

La tarea parece imposible. El entorno humano mayoritario no quiere oír hablar de otros cambios que no sean volver al pasado, a la feliz época del consumo irresponsable, esa trampa mortal urdida por el capitalismo para llevarnos a donde ahora estamos. No obstante, entre esa gran masa de gentes derrotadas hay todavía quienes albergamos el ánimo necesario para dar la batalla. Es cosa de juntarse, unirse para actuar con cerebro y paciencia, al modo de los antiguos agricultores, que se unían para sembrar y cultivar, aguardando serenos y activos que llegase el tiempo de la cosecha.

Si queremos cambiar este mundo que no nos gusta, empecemos a actuar en el terreno que habitamos. Las casas no se empiezan por el tejado sino por poner cimientos. Y los cimientos de un pueblo están en la vecindad real, no en la lejanía, ni en la administración, ni en los partidos políticos… ¡No! Tenemos que movernos y actuar en el propio metro cuadrado que ocupamos, buscando con tesón y ganas todo lo que podamos compartir con nuestros vecinos, fijándonos en lo que nos une y dejando de lado las menudencias que nos separan.

No es necesario manejar mucho discurso ni mucha teoría revolucionaria para hacer una verdadera revolución. Basta con tener claro sentido de lo que es justo y lo que no lo es y poner la voluntad necesaria para entenderse entre iguales. Propuestas políticas hay varias y los principios básicos aceptables son tan elementales que están al alcance de todo el mundo: “todos para uno y uno para todos” y “lo que no quieras para ti no lo quieras para los demás”. Esa es la guía. A partir de ella, siguiéndola fielmente, podremos empezar a construir el cambio que queremos, podremos alzar un pueblo que se rija por los principios de LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD. 

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS