Cómo estamos la turba española

La misma transición hacia la democracia está cuestionada, ese lujo con el que se sacaba pecho y se reía a carcajadas en cualquier café de Europa, parece inconcluso y un planificado engaño.

El sistema de salud público, otro orgullo tirado a la cara de cualquier envalentonado, fuera de donde fuera, se discute y crítica por la mayoría de los españoles en el bar, casa o trabajo; las largas esperas a la atención médica en los ambulatorios y los 71 – 100 – 180 días de espera para una operación hospitalarias en Madrid no pasan por el ojo de la aguja: el Estado, dador de protección y beneficios, ha caído abrumadoramente en la percepción de los de a pie; se está convencido de que lo entregado y sacrificado ha sido demasía a lo recibido; que la proletarización es el objetivo final del capitalismo español y mundial.

La honestidad nunca se ha concebido como un rango característico de la alta sociedad, pero siempre fue valorada como soportable en España; sin embargo la crisis, Rodrigo Rato y la amnistía de Montoro a los evasores de impuestos convirtió a los de a pie, en observadores críticos de la historia, y para colmo, el CIS* acaba de decir que llegamos al 87% quienes pensamos que los que más ganan menos pagan y que el 94.8% defrauda.

La turba, siempre según el CIS, pensamos que nuestros iguales llegamos al 68% de honestidad con nuestros dineros y sumamos un 66.9% de convencidos de que Rajoy no hace nada para solucionar el fraude fiscal. Cabe incluir en la turba, a los descorazonados votantes del PP sin un duro en los bolsillos y subsistiendo en viviendas infradotadas: son brazos rotos de la verdadera utopía.

Sin llegar a la polarización que se vive en Venezuela, la sociedad española es ahora más política y comienza a posicionarse ideológicamente: un 36.6% se autodefine o sitúa en posiciones de derecha (conservador, democratacristiano, liberal o afines) y un 42.3% se sitúa en la izquierda (progresista, socialdemócrata, socialista, comunista o afines); una masa cercana al 79% que decidirá quién gobernará en las próximas elecciones europeas (2014) y municipales y generales (2015).

Ni que decir de lo que se piensa sobre la situación económica española: sólo Montoro, De Guindos, Rajoy, Pons, Wert o Santamaría la consideran muy buena, más del 88% la vive como mal o muy mala, muchos no ven que nada haya mejorado (38.1%) y muchos más (52.2%) que estamos peor; otros están convencidos que en 2014 estaremos igual de mal o empeoraremos y, un reducido 18.1% es optimista y cree que la luz del túnel se verá: me pregunto qué distancia queda para el final del túnel y de qué color será esa luz.

Todavía encontramos amigos que no están de acuerdo en calificar a este gobierno de mal intencionado, que se niegan a aceptar que Rajoy busca la formación de un ejército laboral sumiso y barato; amigos que insisten en pensar en la bondad del ser humano por naturaleza, olvidando lo mal que a la mayoría les ha tratado la sociedad del capital: nos invaden los ejemplos.

Muchos de nuestros compañeros de trabajo o vecinos continúan creyendo en una España que puede desobedecer a Alemania y a Estados Unidos, que guarda soberanía en sus decisiones, a ellos el CIS les dice que el 29.6% de los españoles califica la gestión del gobierno como de mala y el 39.8 de muy mala, casi el 70% de los opinantes.

La sumatoria compuesta por la crisis, el incumplimiento de compromisos y la invalidación de la calidad de nuestros líderes regionales y mundiales, se ha erigido como todo lo peor, aquí en España el discurso de los dirigentes del Psoe: disfrazado, embrollado y antiguo incluye a los mismos jóvenes socialistas, por ello el 70.5% dice que actúan mal o muy mal.

El tener un 25% de economía sumergida es, quizá, lo que salva a los dos primeros partidos españoles, a Rajoy nadie le cree, pero a Rubalcaba tampoco.

Pero el tema no es tan fácil como eso de no creerles, se trata de en quién creer, dónde está esa persona y en no tropezar por tercera vez. Todo indica que se encuentra en los lados de la izquierda, incluso en el lado de más allá de la devaluada socialdemocracia.

No obstante la izquierda tampoco es capaz de convencer de que una vez en el poder no pasarán, como Rajoy, a formar parte de esa nueva periferia colonial capitalista y a continuar funcionando como una prolongación de los brazos ejecutores.  

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