Bwana, Bwana. Cine y colonialismo en África

Nuevamente, los amigos del L´Espai Marx que llevan adelante un esfuerzo tan necesario de recuperación y edición a través de Internet con Els Arbres de Farenheit, han añadido otro título sobre cine y el&nbsp colonialista en el África subsahariana….

Este trabajo fue realizado a lo largo de muchos años, podría decir que es producto de una “labor” cinéfila que comenzó por aquellos días en los que aluciné literalmente al ver Las minas del rey Salomón, por cierto una alucinación bastante común entre los chavales de la época como se puede comprobar echando un vistazo al Arrebato de Iván Zulueta, y además un título emblemático de cómo los europeos enfocaron en un inicio la historia africana, dando pro supuesto que sus mayores glorías no podían ser más que prolongaciones de las civilizaciones griegas, romanas o hebreas…Esto cuando en realidad, la “madre” de todas las civilizaciones occidentales fue el Antiguo Egipto, un producto africano por excelencia.

Al igual que el título anterior publicado, Grita libertad. El cine contra el apartheid en Sudáfrica, fue redactado soñando con una lejana edición en la creencia de que algún día los editores prestarían atención a las capacidades didácticas del cine, y su potencial para generar debates.

Sin embargo, estos editores no aparecieron más que muy ocasionalmente, y sobre todo en títulos representativos del ensayo universitario, y por lo tanto, lejos del lector común, de aquel que quizás sabía mucho más de África por el cine que por cualquier estudio o lectura. Inicialmente ese fue mi caso, lo que ocurrió es que luego dediqué mi tiempo a leer mucha literatura, y a repasar historias africanas como la de Basil Davidson, que fue la principal fuente de consulta en su redacción.

Sin previsión inmediata de edición, está hecho por el gusto de hacerlo, como una manera de ampliar y aclarar mis propias ideas. Eran los años noventa, la segunda mitad, en un tiempo en el que me venía de gusto hacer este tipo de cosa, como una suerte de escapada a otras realidades. Entre ellas la de ocupar la responsabilidad de regidor de urbanismo en el Ayuntamiento de Sant Pere de Ribes (1995-1999), representando a EUiA en una colación con la Unitat Municipal 9 (la “Nou” adscrita a las CUP).

Mi idea era abrir camino a un relevo generacional, y por lo tanto, aunque me ocupaba de todas los temas, siempre encontraba un momento para repasar una de aquellas viejas películas que disfrute en los tiempos de cine, y sobre las cuales me pesaba la conciencia desdichada de un aprendizaje racista del que me quería desprender andaban hacia atrás por el mismo camino.

De hecho, el cine no era más que una prolongación (y una magnificación, aunque también caben lecturas críticas), de una tradición de deseducación en el estereotipo, y no era otra cosa lo que, como tantos otros y otras, aprendimos en aquella “España eterna” que se creían por encima de los moros o los negros, la misma que bajo lenguaje más “progre” en los noventa hablaba con menosprecio del “tercermundismo”. Me lo recordó en un viaje a Túnez un señor que para hacer simpático contaba el “chiste” de que presidente del lugar se llamaba abalujamala o algo así. Le tuvo que recordar con mala uva que en el aquel país estuvo Cartago que tuvo colonizada parte de la península mucho tiempo, y que cuando ellos tenían unas libertades democráticas nosotros teníamos un dictador que daría vergüenza al más impresentable del llamado Tercer Mundo.

El esquema es el que he empleado en –este sí- en mi libro En nombre del padre y del hijo. El cine y la Biblia, o sea el propio de la preparación de lo que podía ser un buen cine-forum, una actividad que llevé con un grupo de amigos durante los noventa y en la localidad mencionada. Se trataba de reconocer lo que me había fascinado, y al mismo tiempo buscarle su potencial educativo, de reflexión…

En algún momento, he hecho alguna sugerencia a tal o cual editor, pero ninguna de ellos “han visto” la posibilidad de un libro de estas características, sobre todo considerando que, el interés sobre África era lamentablemente muy escaso, y su proyección escolar es muy exigua. Mis argumentos sobre el recrudecimiento de los estereotipos, y el papel del cine, así como sobre las posibilidades que este medio encierra para llevar África a través de la pantalla en casas, colegios y entidades, no han sido convincentes. Libros de este tipo –se me ha dicho- tendrían que tener un mayor soporte institucional, pero la verdad no sabría a qué puerta llamar.&nbsp

Por otro lado, las películas analizadas formaban parte de un tiempo lejano. Se puede considerar que las nuevas generaciones no llegan ni a Memorias de África, y que a partir de cierta edad, este cine solamente les ha llegado por la pantalla pequeña, lo que quiere decir que de ninguna manera lo han podido sentir como los que siendo críos nos quedábamos solos ante la historia hundidos en un asiento en medio de una pantalla enorme y de la más absoluta oscuridad.

He reunido los diversos capítulos escritos pero he dejado en el cajón numerososapuntes de otros (capítulos sobre los novelistas como Hemingway, la defensa de los animales como en Las raíces del cielo de Huston, y claro está, de otras como Cazador blanco, corazón negro, etc), por sí surge una oportunidad. Ya había de lado el apartado sobre el “apartheid” en Sudáfrica que –tal como he indicado- ha cobrado vida propia para ser publicado en Els Arbres de Fahrenheit. Igualmente he apartado algunos trabajos y apuntes sobre el cine anticolonialista, tema sobre el que publicado diversos trabajos (en Kaosenlared), específicamente sobre la revolución argelina, así como sobre el “affaire” Ben-Barka…Desde estas páginas pido disculpes sobre errores y posibles erratas, un trauma que al parecer no resulta tan singular, y que en el caso de escritores de mayor prestigio se suele solventar con una buen trabajo de los correctores.

Espero que, a pesar de sus límites y defectos, este libro sea de ayuda para todos aquellos y aquellas que quieren saber sobre África, y sobre cómo el cine, norteamericano e inglés sobre todo, nos la presentó con sus buenos nativos repitiendo aquello de Bwana, bwana.

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