Buenaventura Durruti: “Nuestro campo de lucha es la revolución”

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Por Ángel Luis Parras

La capitulación de los dirigentes de la CNT, su inclusión en el Gobierno de Largo Caballero, no se hizo sin embargo sin una tenaz oposición desde las filas del anarquismo. El drama para miles de militantes anarquistas se expresó en su oposición a los decretos gubernamentales de disolución de las milicias y en especial en los Hechos de Mayo de 1937. Mientras los García Oliver, Federica Montseny y compañía estaban en el Gobierno, miles de militantes anarquistas eran perseguidos y encarcelados. La muerte de Camilo Berneri en los hechos de Mayo del 37 simbolizó como pocos el drama de muchos de los mejores luchadores de la revolución.

Pero el hombre que mejor encarnó el heroísmo de la clase obrera, su tenacidad revolucionaria, su espíritu de sacrificio y la firme convicción de que guerra y revolución eran un binomio indisoluble, fue Buenaventura Durruti.

Durruti pasó su vida entre las cárceles y las luchas obreras. Su figura ha sido objeto de burdas y viles calumnias, como las del cineasta Vicente Aranda que en su película Libertarias sitúa a Durruti como máximo defensor del decreto de exclusión de las mujeres de las milicias, cuando en esa fechas desgraciadamente Durruti ya había muerto. O como aquella campaña estalinista que, utilizando la frase de Durruti “renunciamos a todo menos a la victoria”, pretendió asociarle a su teoría frentepopulista de “primero ganar la guerra”.

Algunos golpes espectaculares llevados a cabo en distinto lugares del mundo, acrecentaron la fama de un Durruti “atracador”. Sin embargo fue Durruti quien en 1935, en pleno bienio negro y estando encarcelado encabezó la oposición contra los que se dedicaban “a la industria del atraco”. Su posición “bandidismo no, expropiación colectiva, sí” le acabó llevando ser juzgado por la CNT a su salida de la cárcel.

La figura de Durruti fue muy polémica y hasta muy criticada por varios sectores del anarquismo, que lo acusaron de infantilista y anarcobolchevique. La razón de fondo es que Durruti, guiado por un “sano empirismo”, por un irreductible instinto de clase que nunca abandonó, jamás aceptó disociar revolución y guerra. Sus batallas en el interior de la CNT siempre fueron guiadas por criterios que chocaban, inconscientemente o no, con los elementos centrales de los postulados anarquistas. Como miembro del grupo “Nosotros” defendía y construía la “organización revolucionaria”, cosa que “encontraría opositores en muchos militantes (…) que confiaban más en las espontaneidad de las masas que en la organización revolucionaria”[1]. Esta concepción lejana al culto al espontaneismo fue clave para la organización de los Comités de Defensa, que fueron decisivos en los acontecimientos del 19 de julio en Catalunya.

En vísperas del estallido de la revolución, el 1º de Mayo de 1936, la CNT celebró su Cuarto Congreso. Después de duros debates con un papel destacado de Durruti y del grupo “Nosotros”, el Congreso aprobó una resolución sobre la Alianza Obrera Revolucionaria dirigida a la UGT, invitando a esta central sindical a formar “un bloque de acción para ir a la destrucción del régimen capitalista e instaurar un régimen socialista basado en la democracia obrera[2]

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Las polémicas que atravesaron el Congreso era “en el fondo (…) la cuestión del poder revolucionario, tabú que, al no atacársele directamente, contribuía a mantener equívocos, pues si no eran perjudiciales por el momento, lo serían tan pronto como los acontecimientos situaran a la CNT-FAI ante la realidad revolucionaria” [3]

El 25 de julio poco antes de la partida para Aragón de la Columna que llevaría su nombre, un periodista canadiense entrevistaba a Durruti: “Todos los trabajadores de España saben que si triunfa el fascismo vendrá el hambre y la esclavitud. Pero los fascistas también saben la que les espera si pierden (…) Estamos decididos a terminar de una vez por todas [con el fascismo], y esto a pesar del Gobierno”, afirmó Durruti. “¿Por qué dice usted a pesar del Gobierno? ¿Acaso no está este Gobierno luchando contra la rebelión fascista?” le preguntó, un tanto sorprendido el periodista. La respuesta de Durruti sintetiza una visión de la revolución y una posición frente al Gobierno opuesta por el vértice a la que apenas unos meses después llevaría a los García Oliver y compañía a entrar en el Gobierno: “Ningún gobierno en el mundo pelea contra el fascismo hasta suprimirlo. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa de las manos, recurre al fascismo para mantener el poder de sus privilegios. Y esto es lo que ocurre en España. Si el gobierno republicano hubiera deseado terminar con los elementos fascistas, hace ya mucho tiempo que hubiera podido hacerlo. Y en lugar de eso, temporizó, transigió y malgastó su tiempo buscando compromisos y acuerdos con ellos. Aún en este momento, hay miembros del gobierno que desean tomar medidas muy moderadas contra los fascistas”. Y Durruti sentenció: “Quién sabe si aún el Gobierno espera utilizar las fuerzas rebeldes para aplastar el movimiento revolucionario desencadenado por los obreros”.

El periodista prosigue: “Largo Caballero e Indalecio Prieto han afirmado que la misión del Frente Popular es salvar la República y restaurar el orden burgués. Y usted, Durruti, me dice que el pueblo quiere llevar la revolución lo más lejos posible ¿cómo interpretar esta contradicción?” “El antagonismo es evidente –dice Durruti- Como demócratas pequeño burgueses, estos señores no pueden tener otras ideas que las que profesan. Pero el pueblo, la clase obrera, está cansada de que le engañen. Nosotros luchamos no por el pueblo sino con el pueblo, es decir, la revolución dentro de la revolución. Nosotros tenemos conciencia de que en esta lucha estamos solos y que no podemos contar más que con nosotros mismos. Para nosotros no quiere decir nada que exista una Unión Soviética en una parte del mundo, porque sabíamos de antemano cual era su actitud en relación a nuestra revolución. Para la Unión soviética lo único que cuenta es su tranquilidad. Para gozar de esa tranquilidad Stalin sacrificó a los trabajadores alemanes a la barbarie fascista. Antes fueron los obreros chinos que resultaron victimas de este abandono…” [4]

Por cuanto pueblo pasaba Durruti, paraba y decía: ¿Habéis organizado ya vuestra colectividad. No esperéis mas ¡Ocupad las tierras! (…) Tenemos que crear un nuevo mundo, diferente al que estamos destruyendo. Si no es así, no vale la pena que la juventud muera en los campos de batalla. Nuestro campo de lucha es la revolución.

El 4 de noviembre de 1936, pocos días después de que el decreto de militarización hubiera sido a aprobado por la Generalitat y el mismo día que los dirigentes de la CNT, Federica Montseny, Juan García Oliver, Juan López y Joan Peiró se incorporaban como ministros al Gobierno de Largo Caballero, Durruti dirigía por Radio CNT-FAI un discurso desde el Frente de Aragón. Miles de trabajadores paralizaron la actividad para escuchar el discurso por los altavoces situados a lo largo de las Ramblas barcelonesas: “No han de olvidar las organizaciones obreras cuál debe ser el deber imperioso de los momentos presentes. En el frente, como en las trincheras, hay un pensamiento, sólo un objetivo. Se mira fijo, se mira adelante, con el sólo propósito de aplastar al fascismo. (…) Es necesaria una movilización efectiva de todos los trabajadores de la retaguardia, porque los que ya estamos en el frente queremos saber con qué hombres contamos detrás de nosotros.

Los del frente pedimos sinceridad, sobre todo a la Confederación Nacional del Trabajo y la FAI (…) hay que empezar por organizar la economía de Cataluña, hay que establecer un Código en el orden económico. No estoy dispuesto a escribir más cartas para que los compañeros o el hijo de un miliciano coma un trozo de pan o un vaso de leche más, mientras existen consejeros que no tienen tasa para comer y gastar. Nos dirigimos a la CNT-FAI para decirles que si como organización controlan la economía de Cataluña, deben organizarla como es debido. (…) El fascismo representa y es, en efecto, la desigualdad social, si no queréis que los que luchamos os confundamos a los de retaguardia con nuestros enemigos, cumplid con vuestro deber. La guerra que hacemos actualmente sirve para aplastar al enemigo en el frente, pero ¿es éste el único? No. El enemigo es también aquel que se opone a las conquistas revolucionarias y que se encuentra entre nosotros, y al que aplastaremos igualmente.(…) Si esa militarización decretada por la Generalidad es para meternos miedo y para imponernos una disciplina de hierro, se han equivocado. Vais equivocados consejeros, con el decreto de militarización de las milicias. Ya que habláis de disciplina de hierro, os digo que vengáis conmigo al frente. Allí estamos nosotros que no aceptamos ninguna disciplina, porque somos conscientes para cumplir con nuestro deber. Y veréis nuestro orden y nuestra organización. Después vendremos a Barcelona y os preguntaremos por vuestra disciplina, por vuestro orden y por vuestro control, que no tenéis”[5]

El día 15 de Noviembre de 1936 más de 3000 integrantes de la columna Durruti combatían ya en Madrid, con él al mando. El 19 de noviembre una bala le hirió en la Ciudad Universitaria, donde falleció al día siguiente. El domingo 22 de noviembre, en Barcelona, Durruti era despedido en forma multitudinaria. El cortejo estaba presidido por numerosos políticos aunque el protagonismo del acto público fue acaparado por Companys, presidente de la Generalidad, Antonov-Ovseenko, cónsul soviético y Juan García Oliver, ministro anarquista de Justicia de la República, que tomaron la palabra ante el monumento a Colón.

“Los tres coincidieron en ensalzar por encima de todo la unidad antifascista. El catafalco de Durruti era ya tribuna de la contrarrevolución. Tres oradores, excelsos representantes del gobierno burgués, del estalinismo y de la burocracia cenetista, se disputaban la popularidad del ayer peligroso incontrolado y hoy embalsamado héroe. Cuando el féretro, ocho horas después del inicio del espectáculo, ya sin el cortejo oficial, pero acompañado aún por una curiosa multitud, llegó al cementerio de Montjuic, no pudo ser sepultado hasta el día siguiente porque centenares de coronas obstaculizaban el paso, el agujero era demasiado pequeño y una lluvia torrencial impedía ampliarlo. La sagrada unidad antifascista entre burócratas obreros, estalinistas y políticos burgueses no podía tolerar incontrolados de la talla de Durruti: he ahí por qué su muerte era urgente y necesaria. Al oponerse a la militarización de las milicias, Durruti personificaba la oposición y resistencia revolucionarias a la disolución de los comités, la dirección de la guerra por la burguesía y el control estatal de las empresas expropiadas en julio. Durruti murió porque se había convertido en un peligroso obstáculo para la contrarrevolución en marcha”[6]

Con Durruti moría el dirigente que, a su manera, mejor expresaba cómo combatir al fascismo desde un criterio de independencia de clase, a diferencia del colaboracionismo frentepopulista de la dirección anarquista.

Durruti fue un factor de primer orden en el papel de la clase obrera en Catalunya en julio de 1936. Pero Durruti, como diría Trotsky refiriéndose al rol de las personalidades en la historia, no cayó del cielo. Personificaba la tradición revolucionaria de la clase obrera española. Su muerte fue sin duda un golpe objetivo al proceso revolucionario en marcha. Sin Durruti quedó mas libre el camino para que el estalinismo, con la complicidad del Gobierno del Frente Popular y de la dirección anarquista, terminaran en mayo de 1937 la tarea de liquidar la revolución.


[1] Durruti en la revolución española, Abel Paz. Editorial La esfera de los libros

[2] Idem

[3] Idem

[4] Todas la citas de la entrevista corresponden al libro de Abel Paz antes citado

[5] Agustín Guillamon. Balance Cuaderno nº 25, 2ª edición Barcelona 2002

[6] Ídem

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