Brotes verdes, autobuses y naranjas

“Estamos saliendo del túnel,” afirmó la Ministra de Finanzas Elena Salgado en octubre, cuando salieron las cifras sobre el paro en el tercer trimestre de 2009. 4.137.500 personas quedaron sin trabajo, el 17’93% de la población disponible para trabajar. La tasa oficial de desempleo en el Estado español es más alta que en cualquier otro país europeo excepto Letonia (19’7%). Estas cifras del gobierno excluyen a muchas mujeres e inmigrantes que quieren trabajar, pero que no firman en las oficinas del paro.

En los 12 últimos meses, se ha producido la pérdida de más de un millón y medio de trabajos. Más de un millón de familias tiene a dos adultos sin trabajo. En Andalucía, el desempleo alcanza casi el 30%. Salgado y el gobierno del PSOE basan su optimismo en que el desempleo “solo” subió un 0’5% en el tercer trimestre. Lo comparan con el salto del primer trimestre de 2009 desde el 13’9% al 17’4%, que hizo entrar en pánico a la clase dominante española.

La recesión en el Estado español comenzó en el segundo trimestre de 2008 y el PNB ha caído un 4% en los seis trimestres desde entonces. La mayoría de los analistas piensan que el Estado español se recuperará más lentamente que el resto de la UE, a pesar de ser la quinta economía de Europa. Hay razones estructurales que lo explican: el Estado español depende mucho de la inversión extranjera y no es un gran exportador. Necesitó más tiempo que el resto del continente para recuperarse de la recesión de los ’70 y sus tasas de desempleo han superado siempre las de los demás países de Europa occidental, incluso en épocas de boom.

Desde que el dictador Franco abrió el Estado español a la inversión extranjera en 1959, la economía ha dependido excesivamente de la construcción y el turismo. El colapso de la burbuja de la construcción en 2007-08, la primera manifestación de la crisis aquí, ha dejado un mogollón de bloques de pisos inacabados y un millón de casas nuevas sin vender, todo en un sector que representó el 9% de la economía hace solo dos años.

La industria de exportación más grande del Estado español ha sido la automovilística, pero las fábricas que abrieron hace décadas multinacionales como Ford, Renault, Fiat, General Motors o Volkswagen ya no son viables. Aunque estamos todavía ante una economía basada en salarios bajos en relación a Europa occidental, muchos capitalistas se están desplazando hacia países con sueldos aún más bajos en Europa del Este.

Gobierno socialista: ¿amigo de los trabajadores?

El Presidente Zapatero salió elegido en 2004 como consecuencia de las manifestaciones masivas contra la guerra de Irak y del rechazo general al PP y fue reelegido en 2008. Después del crac financiero, Zapatero insistía en que el modelo español representaba el camino que el capitalismo internacional debería seguir. Argumentaba que la mayor regulación de los bancos supuso una protección contra el tipo de colapsos bancarios que se vivieron en Gran Bretaña y EEUU. Es verdad que el Estado español no ha necesitado rescates tan enormes como en estos países, pero su economía tiene problemas más profundos. El nivel de deuda doméstica se triplicó durante la década anterior a 2008 y los bancos principales han sostenido pérdidas enormes por la morosidad de las constructoras. Un apoyo gubernamental ocultado y ciertas maniobras de contabilidad pueden mantener vivos a los bancos por ahora, pero sin mucha capacidad para invertir o prestar dinero para que la economía arranque.

El refrán recurrente de Zapatero es que “los trabajadores no pagarán las consecuencias de esta crisis”. Su gobierno ha utilizado subvenciones para emplear a 400.000 trabajadores de la construcción en proyectos públicos y ha estado pagando un subsidio de 421€ al mes al casi 25% de gente parada sin cobertura por el subsidio del paro. Los empresarios y el PP exigen reformas para que la mano de obra sea más “flexible”, argumentando que si el despido es más fácil, las empresas contratarán a más trabajadores/as. Ante estos argumentos y sus ataques rabiosos contra el gobierno “socialista”, en un estado donde las reformas laborales durante más de 20 años han ido dejando a los y las trabajadoras con poca protección y con unos niveles de precariedad muy altos (más del 80% de las personas de menos de 30 años que trabajan no tienen contrato fijo), ha sido bastante fácil para Zapatero aparentar ser “el amigo de los trabajadores”.

En 2003-04 se desarrolló en el Estado español el movimiento antiguerra más grande de Europa; y en junio de 2002 una huelga general derrotó la propuesta del PP de reducir el subsidio del paro. El desfase entre una historia reciente muy militante y los bajos niveles de lucha actuales requiere una explicación.

Respuesta sindical

Las medidas adoptadas por Zapatero han sido suficientes para mantener quietas a las dos principales federaciones sindicales, CCOO y UGT. Estos sindicatos utilizan el miedo y el odio de los trabajadores hacia la derecha para que nadie se pase de la raya. Sin duda, el PSOE es el gobierno que necesita ahora la clase dominante española: casi seguro que habría habido una resistencia más amplia si el PP mandara en el gobierno.

Aunque Zapatero no ha tenido que recurrir a rescates gigantescos de bancos, su gobierno ha puesto a disposición de entidades “con problemas” muchos millones de euros. No queda exactamente claro cuánto dinero han metido en las grandes constructoras para impedir quiebras espectaculares que tendrían un impacto negativo en el resto de la economía. Sin embargo, alguien tendrá que pagar estos regalos y está claro que se exigirán grandes recortes del gasto social, aunque el Estado español gaste en salud y educación una proporción menor que cualquier otro país de la UE-15. El malabarismo de Zapatero, “protegiendo” a los trabajadores mientras gestiona la crisis capitalista, está llegando a su fin. Ya en este octubre pasado, el gobierno anunció medidas para pagar la crisis que incluían una subida del IVA.

El servilismo de las burocracias sindicales y la debilidad de los sindicatos (solo un 15% de trabajadores/as pertenecen a algún sindicato) significan que la izquierda sindical, en parte en las bases de CCOO y UGT, pero principalmente en una multitud de sindicatos pequeños, se enfrenta a una lucha difícil para unir y movilizar a la clase trabajadora. El más grande de estos sindicatos pequeños es la militante CGT, de orígenes anarquistas. Sin embargo, es conocido por su preferencia a trabajar en solitario. Otros sindicatos pequeños se han desarrollado a partir de expulsiones de CCOO, como Co.bas en Telefónica. Otros tienen sus orígenes en la transición de los años 70, como el STE en la enseñanza. Hay sindicatos de la izquierda nacionalista, como LAB en Euskal Herria, que ahora sufre la represión policial. Es notable que el movimiento anticapitalista en el Estado español, capaz de movilizar a centenares de miles de personas mayoritariamente jóvenes, no se haya desbordado en activismo sindical. Muchos militantes anticapitalistas, dispuestos a confrontarse con la policía en las grandes movilizaciones de años recientes, todavía no ven la necesidad de luchar en sus puestos de trabajo.

La falta de una voz política fuerte a la izquierda de Zapatero es otra debilidad importante. Hay millones de personas en el Estado que forman parte de una “izquierda social”, muchas influenciadas por ideas autónomas o anarquistas, pero la izquierda política organizada es muy débil. Izquierda Unida, la coalición liderada por el Partido Comunista, se encuentra desde hace tiempo en un declive paulatino y solo conserva dos escaños parlamentarios. A diferencia de los vecinos Portugal y Francia, no ha surgido ningún partido nuevo del movimiento anticapitalista. En estos momentos, las fuerzas pequeñas de En lucha/En lluita están trabajando por la unidad con el grupo de la Cuarta Internacional, algo más grande aunque todavía pequeño, Izquierda Anticapitalista.

Autobuses y naranjas

Nada de este resumen tan poco prometedor implica que la clase trabajadora haya sido derrotada. Se trata más bien de una cuestión de cautela y perspectiva política. Una vez tras otra, las y los trabajadores amenazados con el despido salen y se manifiestan, pero los líderes sindicales intentan desviar cada lucha por la defensa de puestos de trabajo hacia la opción “realista” de negociar más indemnizaciones por las pérdidas de puestos de trabajo. No obstante, ha habido cierta cantidad de luchas en este año pasado; y una victoria clara en un sector importante podría transformar la situación.

La lucha reciente más emblemática ha sido la de las conductoras y conductores de autobuses de Barcelona. En 2008 ganaron el derecho a dos días de descanso semanales tras una larga serie de huelgas. La lucha se basó en asambleas de hasta mil trabajadores/as y la involucración de cualquier persona que quisiera participar, sin importar su afiliación sindical. A pesar de esta victoria, los jefes han maniobrado para recortar sueldos y personal a cambio de los dos días semanales de descanso. Ahora, los y las conductoras están negociando un nuevo convenio y han amenazado con una huelga indefinida. Antes o después, se divisa una nueva prueba de fuerza importante.

Una victoria más reciente la ganaron los y las jornaleras que recogen y empaquetan naranjas en el valle del Guadalquivir, en la provincia de Córdoba. El 5 de noviembre, estos trabajadores temporeros, principalmente mujeres e inmigrantes que trabajan en condiciones muy precarias, ganaron una huelga de 9 días. Sus reivindicaciones centrales eran que los jefes respetaran el convenio colectivo y pagaran 6’42€ por hora en lugar de los frecuentes 5€ y no obligaran a que se trabajaran horas extra. El acuerdo alcanzado incluyó el reclutamiento de 1.400 trabajadores/as adicionales. Un pequeño sindicato militante, el SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores) lideró la huelga de los naranjales. Como en el caso de los y las conductoras de Barcelona, resultó clave para la victoria la presencia de un núcleo activo que insistía en la necesidad de la democracia obrera, mediante asambleas diarias de hasta 1.000 trabajadores/as, y de los piquetes móviles para extender la huelga, además de tener la confianza política en que la lucha se podía ganar.

Los políticos hablan mucho hoy en día de los ‘brotes verdes’. Da placer citar a una de las líderes del SAT, Lola, refiriéndose al nuevo sindicalismo militante: “El árbol crece y cada día tiene más ramas”.

Mike Eaude, es militante de En Lucha

Artículo escrito en noviembre de 2009 y publicado en International Socialist Journal, en enero de 2010.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS