Brexit, China, la Fed y la recesión global

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Tengo que decir que no esperaba que el referéndum sobre si Gran Bretaña debe abandonar o no la Unión Europea tuviese un gran efecto en los mercados globales. Y a largo plazo, no espero que tenga un gran impacto en la salud, relativa o no, del capitalismo británico. Hay que esperar daños mucho mayores de la próxima recesión global, que se está conjurando rápidamente en el horizonte como una tormenta. Ver mi post sobre Brexit.

Pero parece que la creciente posibilidad (no probabilidad) de que el Brexit se convierta en realidad está  ejerciendo un peso importante en las decisiones de los inversores internacionales (bancos, fondos de riesgo, etc.) en activos financieros. Los mercados de valores del mundo, después de una escalada importante hacia los máximos previos en los últimos tres meses, ya han comenzado a caer.

Hay tres cosas que están impulsando esta inversión de tendencia. En primer lugar, el miedo al Brexit: que provoque no sólo una grave recesión en la economía del Reino Unido en la medida en que comiencen las tortuosas negociaciones para la retirada de la UE (que durarían hasta 2019, según el campo pro-Brexit), si no que también desencadene una nueva recesión en el resto de Europa.

En segundo lugar, debido a la renovada preocupación de que China, la segunda mayor economía del mundo, está mostrando nuevas señales de desaceleración económica, con el riesgo de que estalle su burbuja de crédito.

Y en tercer lugar, porque la economía de Estados Unidos, por el momento con los mejores resultados entre las principales economías desde el final de la Gran Recesión, también está mostrando una mayor debilidad económica,  justo en un momento en que la Reserva Federal de Estados Unidos reconoce que necesita aumentar las tasas de interés para «bloquear» la inflación (y los aumentos salariales).  ‘Incertidumbre’ es la palabra del momento – y, como los economistas convencionales nos dicen continuamente, la «confianza» en el futuro es de suma importancia para la inversión.

Parece crecer la incertidumbre sobre el resultado del referéndum en el Reino Unido cuando solo falta una semana para que se celebre. Las encuestas indican una tendencia a la baja continua de quienes quieren ‘permanecer’ en la UE, lo que situa el resultado de la votación del próximo jueves en un 50% de posibilidades. La tendencia a la baja parece estar impulsado por el grupo de indecisos que finalmente deciden apoyar el Brexit y abandonar la UE. Es justo lo contrario de lo que suele ocurrir antes de votaciones decisivas, cuando suele aparecer un sesgo en la opinión pública a favor de mantener el status quo. Todavía creo que lo más probable es que ganen los que desean permanecer en la UE, pero como el Duque de Wellington dijo al final de la batalla de Waterloo contra Napoleón, «puede pasar cualquier maldita cosa”.

Lo que preocupa a los mercados financieros es que el triunfo del Brexit tenga un impacto perjudicial sobre la economía del Reino Unido. Y probablemente tienen razón – por lo menos a corto plazo.  Ha habido muchas estimaciones de lo que ganaría o perdería la economía del Reino Unido con el Brexit (ver mi nota sobre el tema). Pero la última estimación del Tesoro del Reino Unido es que el PIB del Reino Unido caería un 3.6% en dos años en caso de Brexit. El desempleo aumentaría en 520.000 nuevos parados y el valor de la libra caería un 12%. El Instituto de Estudios ha añadido que – en lugar de una mejora de 8 mil millones de libras al año en la posición fiscal si la contribución neta a la UE desaparece – el déficit presupuestario podría ser entre 20 y 40 mil millones de libras mayor en 2019-20. Estos temores han afectado ya a la libra esterlina, que ha caído un 5-6% frente a otras monedas importantes desde que la campaña del referéndum comenzó.

Pero la razón principal por la que la economía del Reino Unido sufriría es porque es débil de todos modos.  El capitalismo británico se ha convertido cada vez más en una economía rentista, que obtiene su plusvalía principalmente no de la producción de cosas y servicios para vender en el país y en el extranjero, sino cada vez más de actuar como banquero e inversor y asesor de negocios para otros capitales extranjeros, quedándose con un porcentaje en forma de intereses, rentas y minutas. Eso significa que la población británica tiene que importar más y más bienes de otras partes, que tienen que ser pagados con el dinero ‘ganado’ por los servicios financieros y de negocios. Y, lo más importante, depende de la voluntad de los capitalistas extranjeros de invertir su dinero en los bancos e instituciones financieras en la ciudad de Londres.

El Reino Unido tiene un gigantesco déficit por cuenta corriente en bienes y servicios con el resto del mundo (actualmente el 7% del PIB).

Y financia este déficit a través de lo que el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, llama «la bondad de los extraños». Con esto quiere decir el flujo de inversión extranjera directa, la compra de bonos del Reino Unido y acciones de empresas privadas por inversores extranjeros; y lo que se ha llamado “dinero caliente”, el movimiento de dinero en efectivo y depósitos a corto plazo en los bancos británicos.

Ahora bien, estos “flujos de capital” están girando de positivo a negativo también. El siguiente gráfico muestra la balanza de capitales del Reino Unido.

Los bloques amarillos representan la inversión directa en empresas británicas o la creación de empresas extranjeras en suelo británico. Es bastante constante; pero quién sabe si continuaría así después de Brexit.  La inversión de cartera (bloques azul oscuro) muestra que los extranjeros todavía quieren comprar y mantener bonos del gobierno del Reino Unido y acciones de empresas privadas (como un «refugio seguro»).  Pero los bloques de color azul claro representan el «dinero caliente» – y fluye hacia fuera a lo grande hasta el año 2015. Esta tendencia se ha acelerado en 2016. Si ese flujo continúa, habrá una gran presión a la baja sobre la libra, lo que puede ayudar a las exportaciones en última instancia, pero a corto plazo va a aumentar los precios de las importaciones y la inflación, erosionando los ingresos reales de las familias medias y aumentando los costes para la industria británica.

Hablando de salidas de capital, lo mismo ocurre en China.  A medida que el crecimiento económico se ha desacelerado, de dos dígitos a menos del 7% anual (posiblemente menos), la moneda china se ha debilitado y los multimillonarios chinos han tratando de cambiar su dinero en dólares y situarlo fuera del control de las autoridades chinas. Las reservas de dólares han caído en picado.

En una nota anterior, argumenté que la desaceleración en China no arrastrará al mundo. Pero la renovada preocupación por el fracaso del gobierno chino a la hora de dar la vuelta a las cosas y los análisis del FMI en un informe reciente de los niveles peligrosos de la deuda china, particularmente de la deuda corporativa contraída con los bancos chinos, han reavivado la preocupación de que China pueda implosionar.

La señal más importante de que no todo va bien es la reciente caída en el crecimiento de la inversión en China.  Durante los primeros cinco meses de este año, la inversión aumentó «sólo» el 7,5%.  Puede parecer elevada en comparación con la tasa patética de las economías capitalistas más avanzadas (donde la inversión sigue cayendo), pero en comparación con el pasado, la tasa actual de China es demasiado baja para sostener el crecimiento económico incluso a los niveles actuales.  Aún más preocupante, la inversión de las empresas privadas se redujo a un mínimo histórico, con el crecimiento reducido al 3,9%, después de alcanzar dos dígitos el año pasado. La inversión privada supone alrededor del 60% de la inversión total en China.  Y esta inversión y la deuda están teniendo cada vez menos efecto en el crecimiento y la productividad.

El gobierno ha tratado de aumentar el gasto en infraestructura para compensar, pero no permite que el crecimiento del crédito se le escape de la mano y haga estallar la burbuja financiera.  Es un dilema que ha provocado desacuerdos en la parte superior de la cúpula comunista china, entre el presidente Xi y el primer ministro Li (responsable de la política económica).  El primero defiende «reformas estructurales», es decir, recortes en las empresas ‘zombis’ estatales, mientras que el segundo quiere más inyecciones de crédito.  Y se agudiza la batalla entre aquellos que quieren avanzar por el camino capitalista hacia la privatización y la economía de mercado (respaldados por el Banco Mundial y el FMI) y aquellos que quieren preservar el “socialismo con características chinas” con un mecanismo de planificación estatal y público, controlado por el Partido.

Pero el tercer vértice en el triángulo actual de preocupaciones es la economía de Estados Unidos.  Como Larry Summers -ex secretario del Tesoro de Estados Unidos, promotor de la “tesis del «estancamiento secular” , y columnista habitual en el Financial Times británico-, ha señalado «cualquier consideración de política macro tiene que empezar con el hecho de que la economía lleva siete años de recuperación y que la próxima recesión se vislumbra en un horizonte lejano.  Si bien la recesión ciertamente no parece inminente, la probabilidad anual de recesión para una economía que no está en la etapa inicial de la recuperación es al menos de un 20 por ciento. El hecho de que el crecimiento subyacente es ahora sólo de un 2 por ciento, que el resto del mundo tiene problemas graves, y que los EE.UU. tienen un grado inusual de incertidumbre política, hace que todo apunte a un mayor pesimismo. Con al menos alguna posibilidad percibida de que un demagogo sea elegido presidente o que la política gire a la izquierda, me imagino que a partir de ahora la probabilidad anual de recesión es de un 25-30 por ciento».

El informe de empleo en Estados Unidos del mes pasado fue particularmente débil y la propia estadística de las condiciones de empleo de la Reserva Federal está cayendo a un ritmo que a menudo presagia una recesión económica.

La Fed sigue dudando sobre la conveniencia de aumentar o no su tasa de interés política este año. Todavía está esperando desesperadamente que la economía de Estados Unidos se recupere en la segunda mitad del año. Sin embargo, como mucho, el crecimiento del PIB real no superará el 2%, como ha sido más o menos en los últimos cinco años. En el peor, podría enfriarse o incluso contraerse.

Y no se olvide mi indicador de batalla habitual de la salud de una economía capitalista: la rentabilidad de la inversión del sector empresarial y capitalista.  Los últimos datos muestran una caída de los beneficios empresariales.  Y por lo general eso presagia una caída de la inversión empresarial y, después, una recesión. Ver la correlación estrecha en el siguiente gráfico.

Así que si la Fed no sigue adelante con un alza de las tasas, eso podría sumar otro efecto negativo a la conjunción de eventos (Brexit, China) y empujar al mundo a una nueva recesión.

Como he reiterado en muchas ocasiones, la economía mundial está en una Larga Depresión con una tendencia de crecimiento económico a la baja, condiciones cercanas a la deflación, con la inversión empresarial estancada y el crecimiento de la productividad muy débil.  Más importante aún, el crecimiento del comercio mundial ha caído muy por debajo de la tendencia histórica.

Al mismo tiempo, la gran ‘globalización’ de la expansión del capital en todo el mundo se ha invertido. Los flujos de capital entre las principales economías habían alcanzado el 45% de su PIB en 2007. Ahora ha caído a sólo el 5%.

Y la última estimación de JP Morgan de crecimiento de la producción manufacturera global, el sector clave de la expansión productiva, muestra un nivel cercano a cero.

La votación sobre Brexit ha asumido una mayor importancia global de lo que pensaba en un principio.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2016/06/15/brexit-china-the-fed-and-the-global-recession/

Traducción:G. Buster

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