Brasil. Dominar en la fe y en la política: proyecto de poder de líderes evangélicos

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Son casi las siete y media de la noche en una de las unidades de la Iglesia Pentecostal Dios es Amor, en la región central de São Paulo. Después de una lluvia intensa, los fieles se demoran en llegar. Mientras el culto no comienza y los hermanos no llegan, Serafina Ribeiro de 36 años, anda de un lado a otro, poniendo las cosas en su lugar, pasando un paño húmedo por el suelo, limpiando los ventiladores y sonriendo a quien entra en el espacio.

Empleada doméstica, está allí desde hace cuatro años, desde que pasó por un proceso de depresión después de la muerte de su madre, en Bahía, mientras Serafina vivía en São Paulo – llegó a la capital paulista acompañada de su patrona, con quien siempre vivió. En la Iglesia, sintió el “amor de Dios”, dejó de sentir angustia y se siente “curada”.

Serafina es el rostro evangélico brasileño: mujer, negra y de bajos ingresos. En la Iglesia relativamente pequeña, si se la compara con el Templo Salomón de la Iglesia Universal, la mayoría allí presente confirmó los datos levantados en una investigación de enero de 2020, del Instituto Datafolha: un rostro femenino, negro, que gana hasta dos salarios mínimos por mes y con solo secundaria completa es rostro de la religión evangélica hoy.

Sin embargo, el perfil de los líderes evangélicos que deciden actuar en la esfera política es bien diferente, sea tras bastidores o bajo los reflectores.

Un ejemplo es el pastor Edir Macedo. Líder de la Iglesia Universal del Reino de Dios, fundada en el terreno de una antigua funeraria, en 1977, en Río de Janeiro, tiene una fortuna declarada de aproximadamente 2.000 millones de reales (478 millones de dólares), según la Revista Forbes. Él fue uno de los que apoyó la campaña de Jair Bolsonaro a la Presidencia de la República en 2018. Resultado: cerca de 70% de los evangélicos declararon haber votado por el candidato bendecido por la extrema derecha.

De 1982 para acá, el número de parlamentarios declaradamente evangélicos pasó de 12 a 90, según el Departamento Intersindical de Asesoría Parlamentaria (DIAP). El cambio se explica parcialmente por el aumento voluminoso de la población evangélica en Brasil, que en el mismo período, pasó de 7,8 millones a 26,2 millones. Pero no es sólo eso.

Jair Bolsonaro es bendecido por el pastor Edir Macedo (Foto: Iglesia Universal del Reino de Dios).

 

Un proyecto de poder

Especialistas y evangélicos consultados por Brasil de Fato explican que el avance de los evangélicos en la política responde a un proyecto de poder, instigado por los líderes religiosos y en alianza con la derecha brasileña.

“Con el crecimiento de los evangélicos, muchos más se presentarán a la política partidaria. Eso es natural y esperado. Con la Universal, sin embargo, eso cambió”, afirma el pastor Ariovaldo Ramos, de 64 años, líder de la Comunidad Cristiana Renovada y uno de los coordinadores nacionales del Frente de Evangélicos por el Estado de Derecho, formado en 2016. Para él, la iglesia de Edir Macedo se transformó en una “agencia política”, con una lógica de ascenso al poder.

En 2008, el pastor Edir Macedo publicó el libro “Plan de Poder”, citando a Maquiavelo, presentando a Dios como un estadista y a Adán y Eva como elementos de un estado de naturaleza o salvajismo. “Los cristianos necesitan despertar al toque de la alborada. (…) La emancipación comienza con la madurez individual, el inconformismo con ciertas situaciones, el consenso en un ideal y la movilización general.”

Diez años después, en las elecciones de 2018, el plan de poder estaba en plena marcha: fueron los pastores, apoyados por candidatos da derecha, que llevaron a parte de la población brasileña a las calles, defiende el pastor Ariovaldo Ramos. Aquellos que mejor supieron surfear la ola del crecimiento de los evangélicos fueron las siglas de derecha y extrema derecha.

“Es la religión que más crece en Brasil y en América Latina y que se alinea muy bien a ese proyecto de la derecha que pasa por la cuestión moral y por el conservadurismo”, afirma Andrea Dip, periodista y autora del libro “¿En nombre de quién?: La bancada evangélica y su proyecto de poder».

Como parte de la investigación para el libro, en 2015, Dip asistió a un culto evangélico en el Congreso Nacional, cuando Dilma Rousseff (PT) aún era presidente. “Hasta entonces no sabía que ocurrían cultos evangélicos en ese espacio. Eduardo Cunha estaba allá orando, con la Biblia en la mano. Allí percibí que había un proyecto de poder desarrollándose.” Entre los valores evangélicos y los de la derecha, nació la base necesaria para el desarrollo de ese proyecto de poder.

El pastor Ariovaldo Ramos relata la participación de evangélicos en la política partidaria desde el fin de la dictadura militar. Las Iglesias Evangélicas, no obstante, tendían a mantenerse distantes de la lógica partidaria. “Nunca pasó por la lógica evangélica asumir el poder, influenciar en la política. Hasta porque la fe protestante es la que más actuó en la construcción del Estado laico, justamente porque es un cristianismo tardío, que va a ser perseguido en la Cortina de Hierro y después en el mundo islámico”, afirma.

La lógica, entretanto, pasó a entender que “era preciso estar en el poder para garantizar el avance de la fe, principalmente por causa de las persecuciones”. Con la llegada de la Teología de la Prosperidad, explica Ramos, el cambio sería inevitable. Ahora, “si usted fue elegido por Dios, usted tiene prosperidad económica. Ahí se convirtió en la columna que usted ve en el mensaje de la Universal y de todas las neo pentecostales. Eso es el huevo de la serpiente, creó el ambiente que tenemos hoy».

“Los cristianos necesitan despertar al toque de la alborada», afirma Edir Macedo, en el libro, «Plano de Poder» (Foto: Marcelo Camargo/Agencia Brasil)

 

¿Por qué el número de evangélicos crece tanto?

De acuerdo con Marco Fernandes, doctor en Psicología por la Universidad de São Paulo (USP) e investigador del Instituto Tricontinental de Investigación Social, para entender lo que llevó a que el número de evangélicos aumente tanto, es necesario estudiar los cambios ocurridos en la sociedad brasileña en las tres últimas décadas vinculados a la precarización de la vida de la clase trabajadora.

“Ante eso, ¿qué ofrecen las iglesias a las personas? Primero, la posibilidad de pertenecer a una comunidad. Las Iglesias funcionan como un centro cultural en las periferias. Si un joven quiere aprender a tocar algún instrumento, por ejemplo, va a la Iglesia Universal del Reino de Dios”, que actualmente tiene cerca de 15 programas sociales destinados a los fieles. De acuerdo con datos oficiales de la Iglesia, de 2018, cerca de 10,8 millones de personas fueron alcanzadas por esos programas.

Otra constatación listada por el investigador es el acogimiento emocional que esos espacios promueven. De acuerdo con un estudio hecho por la Asociación Nacional de Medicina del Trabajo (ANAMT), en 2017 los trastornos mentales están entre las mayores causas de separación del trabajo.

“¿Dónde van a procurar alivio esos trabajadores? En la Iglesia. Y de hecho, ellas mejoran de depresión, ansiedad. Quien cura el alcoholismo hoy en las clases populares son las Iglesias”, afirma Fernandes. De la misma forma, “donde van a encontrar también un alivio material, aunque sea una canasta básica alimentaria a fin de mes”.

Para Fernandes, las instituciones religiosas evangélicas acaban, de ese modo, por organizar la vida en sociedad, principalmente en espacios donde el Estado no llega, como en las periferias.

La mujer negra que está en la periferia no tiene acceso a cultura, salud ni educación. Allí la Iglesia trae salud, cultura y educación.

Al paso que la religión evangélica se expande por el país, el catolicismo pierde espacio.

Todavía de acuerdo con Datafolha, los católicos aún son 50% de la población, pero en 1980 eran 90%. La diferencia, según Fernandes, se explica por la mejor penetración de las iglesias evangélicas entre la clase trabajadora, con un discurso y un formato más próximo de su realidad que los de la Iglesia Católica.

Para tener una idea, apenas en la década de 1960 la Iglesia Católica dejó de dar misa en latín y de espaldas a los fieles. Por otra parte, los evangélicos difunden su narrativa por medio de música, de canales de radio y TV y en las pequeñas casas que transforman en templo, en todas las periferias.

La educadora social evangélica Rachel Daniel, de 24 años, dice que la Iglesia Evangélica acoge las personas “de una forma perfecta”. “Usted es abrazado, se siente acogido, las personas están preocupadas si usted tiene que comer en casa, sobre su salud, lo llaman en su cumpleaños”, afirma.

“La mujer negra que está en la periferia no tiene acceso a cultura, salud ni educación. Ahí la Iglesia trae salud, cultura y educación. Su hijo aprende a tocar un instrumento, hace teatro. Ella logra ir al médico, consigue los remedios. La Iglesia tiene un pre-universitario comunitario. Todo lo que el Estado no ofrece, la Iglesia lo trae.”

La mayoría evangélica es femenina, negra y de ingresos bajos, según Datafolha (Foto: Rovena Rosa/Agência Brasil)

 

La izquierda no hizo los deberes

“La izquierda no escuchó a Paulo Freire, no fue a enseñar al sujeto a escribir a partir del ladrillo, de la argamasa, que es lo que Paulo Freire ensañaba sobre la educación libertadora. La base quedó suelta y se fue volviendo religiosa”, argumenta Ariovaldo Ramos.

Para el pastor, el error de la izquierda es olvidar que “bajo de la línea del Ecuador todos somos religiosos». «Todo el mundo dice ‘Gracias a Dios’. Pensar que todo el mundo, a medida que gana su dignidad económica va a dejar la religión es solo imaginación. La fe es una cosa más profunda que eso, es una manera de mirarse en la vida.”

La política es afecto, es relación y la religión también. La izquierda dejó de hacer eso y la derecha utilizó a esos pastores.

Ramos alerta que mientras la izquierda no trate la dignificación de la mujer y del hombre negro, seguirá perdiendo votos ante cualquier movimiento que “dé a los pobres, a los negros y a los miserables un sentido de dignidad, que no tiene que ver con la plata que tienen en los bolsillos, porque van a poner agua en la sopa de cualquier forma. Lo que no van a aceptar es ser tratados como esclavos”.

“No se puede llegar donde la señora de 90 años que va a mi Iglesia y decirle así: sé que el pastor la llevó al médico cuando usted lo necesitó, conversó con usted cuando lo necesitó, visitó a su hijo en la prisión, pero él está equivocado, vote por otra persona. Porque hay una construcción de afecto. La política es afecto, es relación, y la religión también. La izquierda dejó de hacer eso y la derecha utilizó a esos pastores”, sentencia la educadora evangélica Rachel Daniel.

Edición: Rodrigo Chagas | Traducción: Pilar Troya

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