Brasil. Comunidades del Río São Francisco: ni agua, ni tierra

Por Cibelih Hespanhol, Helen Santa Rosa, João Roberto Ripper

Además de las crecientes dificultades para el cultivo, los ribereños se preocupan por la falta de peces.

Niños y niñas empapados en su infancia, nos invitan a jugar en el San Francisco, en el norte de Minas Gerais. Nacidos y crecidos junto a sus márgenes, saben, que a pesar de lo mucho que se habla sobre la grandeza del río, éste ya no es el mismo. Arremangamos nuestros pantalones hasta las rodillas y entramos en uno de los brazos del Viejo Chico, utilizado por la comunidad Quilombo Lapinha, en el municipio de Matías Cardoso. Y nos damos cuenta que las aguas están tan bajas, que se pueden atravesar a pie sin demasiados problemas. Crislaine da Conceição, de 10 años, que juega en las aguas de San Francisco casi todos los días, cuenta. “Mas, el río está demasiado bajo. Antes el agua llegaba hasta aquí [pone la mano señalando a su pecho], ahora está aquí [señala a sus pies]. Ya no se puede jugar más, como hacíamos antes”, dice.

Crislaine es una niña vazanteira (habitante en la cuenca del río), es parte de la población tradicional que vive en zonas propensas a las inundaciones del medio San Francisco. En estas comunidades, el río es parte de la casa y la vida de cada uno. Cada día, los niños y adultos van hasta él para pescar, bañarse, aprovechar sus aguas para cocinar y lavar los utensilios. Pero hace ya unos años, los vazanteiros vienen teniendo dificultades para producir yuca, maíz y frijol, debido a la sequedad y la contaminación de San Francisco.

“El río significa para mí, mi vida. Sin el río, no soy nadie”, dice María Aparecida Paz, la Dinda, en su casa, en el Quilombo Lapinha. En seguida, Dermira Borges, la Deca, añade: “Así es, el río es un pedazo de nosotras. Nosotras nacimos y nos criamos en el San Francisco. Si el Río vive, nosotros vivimos. Si el rio muere, nosotros estaremos muertos”.

Crislaine da Conceição, de 10 años, ella vive en Quilombo Lapinha. Foto: João Roberto Ripper


Además de las crecientes dificultades para el cultivo, los ribereños se preocupan por la falta de peces. “Antes era así. La mujer estaba cocinando, y usted decía: ‘Voy a sacar peces. “Iba allá con la vara y el anzuelo, y rápidamente uno tenía pescado para el almuerzo y para la cena. Hoy en día, tenemos una gran dificultad para pescar. Uno llega a la orilla, mira, mira y no ve un pez, nada”, se lamenta Manoel Ferreira de Souza, más conocido como Manuel Sarué, vazanteiro y pescador.

Las comunidades vazanteiras combinan las actividades agrícolas, con de pesca, la ganadería y la extracción y se distribuyen en el territorio de acuerdo con los ciclos naturales del agua, tratando de mantener el acceso a regiones fertilizadas por la materia orgánica en las márgenes e islas. Se les llama “pueblos de las tierras y aguas crecientes”, porque están siempre acompañando al río, dispuestos a cambiar el lugar de sus casas y áreas plantadas, de acuerdo con los períodos de inundación y baja de San Francisco.

Llegar a ellos es ser pronto adoptados por los niños que nos dan la bienvenida. En medio de las conversaciones, los niños y niñas tiran nuestras manos, jugando y riendo, y pronto nos llevan al fondo de sus casas, donde vive el San Francisco.

Thaislaine Rodrigues, 11 años, vive en la isla de Pau Preto, también en el municipio de Matías Cardoso. Su vida cotidiana es como la de todas las niñas. A las seis ya está en pie, todavía adormilada, pero animada por el día que comienza. Desayuna y va a clase, que dice ser tan divertida, que casi no siente pasar el tiempo. Cuando regresa, ayuda a su madre en el almuerzo y la limpieza de la casa. Por la tarde, hace sus deberes escolares y juega con sus hermanos, los gemelos Gustavo y Breno, cinco años menores que ella.

Lo que hace diferir la rutina de Thaislaine de tantas otras es la presencia silenciosa y constante del San Francisco, rodando con sus aguas en el fondo del patio. El café tomado por la mañana, apenas al levantarse, es hecho con sus aguas, con las que también, se lava la casa y se cocina el almuerzo familiar. ¡Bien a gusto en el San Francisco, ella dice que todos los días va a él, “Cuando a las 5 am el agua es tan tibia! Es muy agradable bañarse aquí”. Los cambios no pasan desapercibidos, ni ante sus ojos infantiles. “El río es más seco, lleno de arena. Y hay mucho allí, algunas ostras que no tenía antes. Además de cosas sucias “, dice.

Thaislaine Rodrigues, 11 años, juega en las aguas de San Francisco en Pau Preto. Foto: João Roberto Ripper


El Viejo Chico en crisis

El San Francisco es el mayor río que “nace” y “muere” en territorio brasileño, brota en la Serra da Canastra, Minas Gerais, y desemboca en el Océano Atlántico después de sus 2863 kilómetros de longitud. Su cuenca hidrográfica abarca 503 municipios de seis estados – Minas Gerais (36,8%), Bahia (48,2%), Pernambuco (10,9%), Alagoas (2,2%), Sergipe (1,2%) y Goiás (0,5%) – y el Distrito Federal (0,2%). Y sus aguas pasan por los biomas cerrado, caatinga y la selva [mata] atlántica, haciendo del Viejo Chico, una fuente esencial para la vida de personas y comunidades.

Hace unos años, alrededor de 13 millones de personas que viven de las aguas de San Francisco, vienen percibiendo que su Viejo está diferente. Para Rubén Fonseca, investigador y miembro de la Articulación São Francisco Vivo, es una evidencia, “incluso para aquellos que no quieren ver”, que el río está menguando. Tenemos el reservorio operando al mínimo, una mancha negra que surgió en la baja de Paulo Afonso, varios indicios de crisis”, afirma. La actual sequía del San Francisco es considerada como las peor de los últimos cien años

Lo que compromete el uso del río como fuente de alimentación, higiene y transporte de las comunidades que viven a su alrededor.

El río São Francisco ha pasado por esta zona, que ahora es el patio trasero de una casa en la comunidad de Pau Negro. Foto: João Roberto Ripper


En junio, el Comité de Cuenca de San Francisco lanzó la campaña ““yo pongo cara seria para defender al Viejo Chico”, como una manera de llamar la atención sobre el momento crítico. Claudio Pereira, coordinador de la Cámara Consultiva Regional del Medio São Francisco, recuerda que la situación problemática del río, ya fue advertida hace unos 30 años. Y la crisis actual es el producto de no dar seguimiento al problema.

“El gobierno, en las escalas municipal, estatal y federal, ha visto el río como un recurso infinito y no percibe de que no se trata tan sólo de agua, sino de un contexto social, cultural y económica vulnerable que puede terminar en cualquier momento. Además de la escasez de agua, el río sufre por la utilización de agro-tóxicos, por la producción agroindustrial, por recibir alcantarillado doméstico y de grandes industrias, por las demandas de riego. Son los intereses económicos que han prevalecido sobre la capacidad y condiciones del río São Francisco”.

En un informe publicado el año pasado, el Instituto de Minería de la Gestión de las Aguas trae los datos verificados sobre la situación del río, examinada en 258 estaciones de monitoreo. Entre 2013 y 2014, la cuenca del río São Francisco aumentó un 3% su nivel híper-eutrófico, que cuenta con alta concentración de materia orgánica, lo que compromete el uso de sus aguas. Y registró una densidad de cianobacterias mayor de 50.000 células por mililitro (el máximo permitido para el uso de la recreación y el contacto primario es de 10.000 células por mililitro). El San Francisco es uno de los que tienen las peores condiciones en relación con ensayos eco-toxicológicos, que detectan los efectos tóxicos causados en los organismos de prueba. En las muestras utilizadas del río, se observó la letalidad de los organismos, lo que apunta a un “efecto agudo” de toxicidad, que puede ser asociada con las aguas residuales domésticas y efluentes industriales.

Tan pronto como se oye la pregunta “¿El río cambió?”, Los niños de la cuenca a la altura del Quilombo da Lapinha, dispararan su lista de impresiones: “Está seco, muy bajo. Anteriormente era profundo, y no había bosque en medio de él”, dice un grupo de chicos y chicas después de jugar en sus orillas. En Pau Preto, caminando por la extensa playa que la sequedad del río pone en evidencia, Thaislaine cuenta que hizo una investigación en la escuela sobre San Francisco.

“Yo también hice una investigación aquí con la profesora y mis compañeros de clase. Queríamos ver cómo está el río. Y está muy contaminado”, afirma. Su madre, Mary Edna Porto, se queja por el hedor del agua, que puede sentir en su hogar. “Es la primera vez que veo el río de esa manera. Estoy preocupada porque hasta ahora tenemos agua. Pero ¿Que pasará de aquí a unos diez años? Si el río se agota, los vazenteiros no tienen manera de sobrevivir “, dice.

Niños del Quilombo da Lapinha juegan en el São Francisco. Foto: João Roberto Ripper


En Pau Preto, la sequedad pone en peligro el transporte por balsas – medio utilizado por los niños para ir a la escuela. Ahora, ellos necesitan despertarse más temprano para hacer el camino por tierra, lo que suma al menos una hora en la ruta hasta la clase. El nivel de las aguas está tan bajo que muchas áreas guardan solamente un recuerdo de haber sido habitadas por el río, adivinado en la tierra húmeda y pequeñas conchas encontradas en el suelo. En estas zonas, playas extensas, Davi Rodrigues conduce su ganado a caballo. Debido a la dificultad en mantener la actividad de pesca, el padre de Thaislaine necesitó dedicarse a la cría animales para sostener la familia.

Iudi Rodrigues, 11 años, cree que los empresarios son responsables por la crisis del río. Foto: Cibelih Hespanhol

“¿Por qué el río São Francisco está tan seco y contaminado?”, preguntamos a los niños vazanteiros [que viven cerca de la salida del río]. Y ellos señalan la falta de lluvia, típica del semiárido minero, como motivo principal. Iudi Gonçalves, de 11 años, indica otra posible razón: “Es debido a los empresarios que nos toman el agua a nosotros”, cree. Y Cícero Lima, de la articulación Vazanteiro en Movimiento, da razón al niño: “Crisis toda la vida hubo, esta no es la primera. El río quedaba seco, pero se recuperaba. Hoy, si el río o un afluente consigue regenerar un metro de agua por la lluvia, los proyectos de irrigación quitan dos”, dice.

El proyecto al que Cícero y Iudi se refieren es el Jaíba, que, aunque ante la situación crítica del río, sigue desviando sus aguas – más específicamente, 410,3 millones de metros cúbicos al año. En actuación hace más de 40 años en el norte de Minas Gerais, el proyecto de irrigación es criticado pormovimientos sociales, que denuncian la tasación desigual entre pequeños y grandes productores.

Para los vazanteiros, el proyecto Jaíba es sinónimo de temores. Poco se sabe de las consecuencias de la desviación de agua de un río en crisis, la que necesitan para su supervivencia. Además, su actuación ha dejado marcas en la vida del pueblo de las llenas del río. En su política de compensación, el proyecto significó la expulsión de su territorio tradicional, cuando decenas de familias vazanteiras tuvieron que salir para que fueran creadas Unidades de Conservación.

Uno de los canales de irrigación del proyecto Jaíba, en la carretera en dirección a Matias Cardoso, en Minas Gerais. Foto: Cibelih Hespanhol


Cuando preservar es excluir

Construido para ser el más grande proyecto de irrigación en América Latina, el Jaíba tiene más de 18 mil productores beneficiados en el norte de Minas Gerais. Algunos de sus canales, que utilizan aguas del São Francisco, son más grandes que los propios brazos del río. Fruto de la colaboración entre los gobiernos federal (Codevasf) y de Minas Gerais (Ruralminas), su implementación tuvo inicio en los años 1950 y se expandió durante los años 1970 con el préstamo del Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (BIRD), institución financiera del Banco Mundial.

De allá para acá, fueron cuatro etapas de operación del proyecto. En la segunda de ellas, a fines de 1990, fue impuesta una política ambiental compensatoria por el Banco Mundial, debido a los daños causados en el cerrado brasileño. En octubre de 1998, los decreto 39.953/1998 y 39.954/1998 crearon, respectivamente, las Unidades de Conservación de los parques Verde Grandey Lagoa do Cajueiro. Y, en el año 2000, comenzó el proceso de desapropiación de las haciendas que conformarían el parque.

Davi Rodrigues atraviesa el São Francisco en su caballo en Pau Preto. Foto: João Roberto Ripper

Lo que no se considera, en todo el proceso compensatorio, es la existencia de comunidades que hace siglos vivían en aquella tierra y que fueron expulsadas para la construcción de los parques. En ese periodo, las comunidades tradicionales aún no se reconocían como tales, pero la violación de derechos sirvió de impulso para luchar por ellos. “No existe comunidad tradicional sin territorio. La Constitución dice que es deber del Estado proteger las manifestaciones culturales, porque ellas contribuyeron para lo que el pueblo brasileño es hoy, pero el Estado no cumple con esta obligación, afirma André Souza, asesor jurídico del Centro de Agricultura Alternativa del Norte de Minas, entidad de apoyo a los derechos de los pueblos y comunidades tradicionales.

En el Quilombo da Lapinha, cuyos habitantes se identifican como “vazanteiros quilombolas”, el proceso de autor reconocimiento ocurrió en 2005, certificado por la Fundação Palmares. Al año siguiente, la comunidad comenzó su primera retomada, recuperando área referente a la Hacienda Casa Grande, de 4.000 hectáreas, propiedad de la empresa Farevasp. En su informe antropológico, la comunidad se identifica con un territorio equivalente a 7.720 hectáreas, que también corresponde a parte del área del Parque Lagoa del Cajueiro. El Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra) se dedica actualmente a la elaboración del Relatório [Informe] Técnico de Identificación y Delimitación (RTID), previsto para finales de este año, después de lo cual se hará la identificación definitiva del territorio. La asesoría del Incra no sabe informar cuánto tiempo se tomará hasta la titulación definitiva del territorio del Quilombo da Lapinha.

Pescador pesca dos peces en el São Francisco en Pau Preto. Foto: João Roberto Ripper


En Pau Preto, el reconocimiento como “vazanteiros” no garantiza una fundamentación jurídica tan consistente como los quilombolas. La comunidad vazanteira depende de la asesoría jurídica de organizaciones y personas que buscan un camino para la regulación de su territorio. Con este apoyo, realizó su primera ocupación en julio de 2011, retomando el área de la Hacienda Catelda, propiedad de Agropecuaria Catelda S.A. A partir de ahí, se empezaron reuniones de negociación entre los vazanteiros y el Instituto Estadual de Florestas (IEF), organismo responsable por el Parque Verde Grande.

Estas negociaciones ya llevan más de ocho años. Para que la comunidad regrese legalmente a su territorio de origen, es necesario un proceso de des-afectación del área del Parque Verde Grande, pero el órgano responsable por la acción, el IEF se negó oficialmente a realizarla en el dictamen técnico divulgado en abril de este año. Procurado por el reportaje, el IEF no quiso pronunciarse sobre el caso.

La comunidad parte ahora para la presión política, con el apoyo de la Articulación Rosalino de Pueblos y Comunidades de Tradicionales. “Yo acostumbro decir, que aquí en esta región, sobretodo en la comunidad de Pau Preto, es el pueblo de la resistencia, de la paciencia y de la esperanza renovada”, dice Maria Zilah de Mattos, quien hace 18 años acompaña los vazanteiros por la Comisión Pastoral de la Tierra. “Ellos hablan: ‘¿Cuál va ser el futuro de nuestros hijos mañana si nosotros no conseguimos garantizar el pez y el territorio?’. Es un pueblo que siempre vivió sin ninguna visibilidad y estuvo siempre luchando para permanecer aquí”.

Agua y tierra son las principales demandas de las comunidades tradicionales, que en la vida colectiva, manejan los pocos recursos naturales de que disponen. ¿«Ustedes están viendo esta belleza aquí en esta margen del río? Entonces, si todavía existe eso aquí da gracias a Dios y a nosotros que estamos aquí. Porque, si los empresarios estuvieran aquí, hasta el rumor del río ya estaría desmatado”, señala Manuel Saruê. “Hay veces que nosotros quedamos rebelados ante este tipo de leyes que ellos hacen, que son contra la sobrevivencia del ser humano en aquella área”. La conservación del medio ambiente, aliada al acceso al territorio por las comunidades tradicionales, es garantizada por la Constitución Federal y por la Convención de la Biodiversidad, de la cual Brasil es signatario. Sin embargo, la concepción conservacionista de los órganos estaduales en Minas Gerais refuerza la contradicción entre hombre y tierra. “Esta es la gran contradicción y la rebeldía de las comunidades. ¿Si han sido las que preservaron, por qué ahora tienen que salir? ¿Por qué no hay una compatibilidad (o coherencia) entre la comunidad y su forma de vida con la preservación ambiental? “, dice André de Souza.

“Playa” formada por la sequía del río en la comunidad de Pau Preto. Foto: João Roberto Ripper


Para los vazanteiros, el São Francisco es más que sus corrientes que pasan: llega a ser algo vivo. Hasta tiene su entidad protectora, el “compadre” del río (como se llama), descrito como un hombre negro de sombrero que vive dentro del San Francisco y comanda sus aguas, decidiendo quién de ellas recibe peces y cuidados. Los niños tiemblan de miedo tan pronto oyen hablar del “compadre”, pero los adultos ya se han acostumbrado a él. “Cuando éramos niños y quedábamos haciendo mucha juerga en el río, mi abuela hablaba: ‘ Oiga, puede parar. ¡El río tiene dueño!”, recuerda Dinda. “Y hay algunas cosas: usted no entra de sandalia dentro del río. Hay que pedir permiso para entrar. Si estuviera fumando, usted saca un poquito de humo y lo tira al río, para dar al ‘compadre’. Es una ciencia que nos hemos acostumbramos a tener, de respeto con el río”.

“Sin agua nosotros no vivimos”, saben los niños vazanteiros. Sin tierra, tampoco. Corriendo y jugando en las aguas del Río São Francisco, los niños no lo saben, pero encarnan esa silenciosa duda ante quien las observa: ¿ será que ellos, cuando adultos, aún llevaran los saberes transmitidos en la forma de sacar vida del agua, contando leyendas sobre el “compadre”, afirmando los pies en su territorio,reconociéndose cómo sus padres se reconocían? ¿Será que – Como el propio río São Francisco, van a resistir?

Este reportaje es resultado del concurso de micro-becas para reportajes investigativas sobre Niños y Agua promovido por el proyecto Prioridad Absolutadel Instituto Alana en asociación con la Agencia Pública

http://goo.gl/WawWqF

 

Por Cibelih Hespanhol, Helen Santa Rosa, João Roberto Ripper

Agência Pública de Reportagem e Jornalismo investigativo.

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