Brasil al borde del fascismo

El candidato de ultraderecha se impone en la primera vuelta con un impactante porcentaje de los votos. Bolsonaro obtuvo el 46,93 por ciento y quedó cerca de la mayoría absoluta necesaria para evitar el ballottage. En segundo lugar finalizó Fernando Haddad, del PT, que logró el 28 por ciento y consiguió su lugar en la segunda vuelta. Página 12

Más de 46 millones de votos obtuvo el ultraderechista Jair Bolsonaro, que lidera con un 46,93 por ciento las elecciones presidenciales celebradas hoy en Brasil. Con el 94 por ciento de las urnas escrutadas, Bolsonaro quedóí al borde de una victoria en primera vuelta, para lo que necesitaba el 50 por ciento de los votos.

Los datos del Tribunal Superior Electoral (TSE) situaron en segundo lugar, con 28,08 por ciento, a Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT) y escogido candidato en sustitución de Luiz Inácio Lula da Silva, quien fue arrestado y proscripto para la elección.

Como Bolsonaro, el postulante xenófobo, misógino, homofóbico y apologista de la dictadura militar, no logra superar la barrera del 50 por ciento, definirá las elecciones en una segunda vuelta el próximo 28 de octubre frente a Haddad, quien aparece muy distanciado del tercero, el laborista Ciro Gomes, que tiene un 12 por ciento.

La posibilidad de la segunda vuelta fue anticipada por una encuesta a pie de urna divulgada tras el cierre de las mesas por el instituto Ibope, que le adjudicó a Bolsonaro un 45 por ciento de los votos válidos, frente al 28 que habría obtenido Haddad.

“Se decide hoy», dijo tras votar Bolsonaro, a pesar de las encuestas que pronosticaban el escenario de ballotage. Con el pulgar levantado, declaró sonriente: «¡El 28 vamos a la playa!», en referencia al día previsto para la segunda vuelta. Haddad, por su parte, se mostró confiado en que habrá segundo turno.

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Le prestamos poca atención

Bolsonaro es un fascista.

Si lo es, resulta inevitable preguntarse cuáles son las razones que lo transformarán en el futuro presidente de uno de los diez países más poderosos del plantea. Una nación que, hasta hace sólo dos años, vivía un proceso de expansión y universalización de derechos ciudadanos, que comenzaba a conquistar algunas de las aspiraciones de justicia social y de igualdad consagradas en una innovadora y ambiciosa Constitución Nacional que acaba de cumplir 30 años.

Ocurre que Bolsonaro no es la causa de una democracia que agoniza, sino su consecuencia.

Cuando se siembra la desconfianza, el miedo, el odio y el desprecio hacia la institucionalidad democrática, por más fragilidades y defectos que ella posea, lo que se construyen son las bases éticas y políticas de regímenes totalitarios y despóticos. El titular del periódico O Globo, el día siguiente del golpe de Estado que dio inicio a la dictadura militar que asoló Brasil por más de dos décadas fue: «Resurge la democracia». Medios de comunicación y empresarios golpistas, políticos y jueces golpistas, militares e iglesias pentecostales golpistas, se vuelven más fuertes y convincentes cuando las sociedades se despolitizan, cuando la narrativa democrática se torna sospechosa y la sociedad se hace indiferente a una barbarie que se trivializa.

Bolsonaro fue un militar mediocre, retirado al alcanzar el grado de capitán. Hace 25 años ejerce un también mediocre mandato como diputado. Muchos, dentro y fuera de Brasil, lo conocieron cuando votó a favor de la destitución de Dilma Rousseff y le dedicó el voto a la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, que la había torturado cuando ella tenía 19 años. Ustra comandó el principal centro clandestino de detención durante la dictadura militar. Torturaba a sus víctimas y, cuando eran mujeres, además de violarlas, solía llevar sus hijos para que las vieran moribundas, ensangrentadas, desnudas, abrigadas sólo por su valentía y por su dignidad. Bolsonaro homenajea a Ustra cada vez que puede. No es un hecho aislado respecto del reconocimiento y el protagonismo que logró meteóricamente este militar sólo célebre por sus insultos racistas y machistas, por su apología de la tortura y por su permanente desprecio hacia los derechos humanos.

Los que rondan las mafias delictivas vinculadas al paramilitarismo, los que se cobijan a la sombra de las oligarquías empresariales antidemocráticas y los que sobreviven en el anonimato de un parlamento clientelista y corrupto, suelen mimetizarse con los excrementos en las cloacas del poder. Por eso los demócratas los despreciamos. Pero les prestamos poca atención. «Nunca llegarán a nada», pensamos. Son sólo grises funcionarios del horror.

Así fue siempre Jair Bolsonaro: un outsider, un inimputable, un loco, un idiota, un enfermo compulsivo y agresivo. Mientras tanto, siguió pregonando impunemente su odio a la democracia, valiéndose de la protección que la democracia le brindaba. Durante todos estos años, sólo algunas heroicas diputadas lo enfrentaron con coraje, recibiendo insultos y golpes. Cuando la democracia es así de generosa con sus enemigos, acaba masticando su propia aspiración de libertad, igualdad y justicia, debilitándose, volviéndose frágil, tenue, imperceptible.

Brasil salió de la dictadura sin realizar un ajuste de cuentas con 21 años de opresión y violación al estado de derecho democrático. Cuando esto ocurre, las naciones suelen estar condenadas a repetir el pasado. Pero el pasado nunca se repite de la misma forma.

Las democracias sólo sobreviven cuando la ciudadanía se vuelve activa, participativa, cuando el espacio público es ocupado por sus propios dueños, por el pueblo y sus organizaciones populares, cuando los derechos se multiplican, cuando las libertades florecen, cuando le perdemos el miedo a la felicidad, cuando luchamos por lo que es común a todos.

Pocos días antes de ser desposeída del cargo que hasta hoy debería ejercer, Dilma Rousseff le pidió a Tereza Campello, su ministra de Desarrollo Social, que hiciera una encuesta entre las mujeres que participaban del programa Bolsa Familia. Cuando les preguntaron si su vida había cambiado gracias a esta iniciativa, más del 90 por ciento de las mujeres consultadas dijo que sí, que había cambiado para mejor, mucho o muchísimo. Cuando les preguntaron por qué, más del 80 por ciento dijo: «Gracias a Dios». Fue estadísticamente irrelevante el número de mujeres que sostuvieron que su vida había mejorado gracias a la democracia, o gracias a la acción de un gobierno democrático.

En política no hay espacios vacíos. Y cuando los demócratas dejamos espacios vacíos, los ocupan los mercaderes de la fe, como las iglesias evangélicas pentecostales, los que trafican con la muerte, los profetas del odio, los fabricantes del miedo y de la desesperanza. Fueron esas ausencias y esas presencias las que parieron no uno, sino miles y miles de bolsonaros.

La democracia brasilera recibió un nuevo y duro golpe. Entenderlo es una de las condiciones necesarias para seguir luchando por ella. Los fascistas pueden tener victorias, pero éstas serán siempre pasajeras y mucho más efímeras de lo que ellos creen. Porque el fascismo está condenado a ser siempre derrotado por los que, a pesar de todo, seguimos convencidos de que la esperanza vence al miedo.

 

* Pablo Gentili. Secretario ejecutivo de CLACSO y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

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Nace un monstruo

 

En una taberna maloliente de los barrios bajos del Munich de la primera posguerra un cabo desmovilizado del ejército imperial austriaco –fracasado como pintor y retratista– trataba de ganarse la vida apostando con los borrachos del local a que no lograban acertarle sus escupitajos desde una distancia de tres metros. Si los esquivaba, ganaba; cuando no, debía pagar. Entre una y otra tentativa vociferaba tremendos insultos antisemitas, maldecía a bolcheviques y espartaquistas y prometía erradicar de la faz de la tierra a gitanos, homosexuales y judíos. Todo en medio de la gritería descontrolada de la clientela allí reunida, pasada de alcohol, y que repetía con sorna sus dichos mientras le arrojaban los restos de cerveza de sus copas y le tiraban monedas entre insultos y carcajadas. Años después, Adolfo Hitler se convertiría, con esas mismas arengas, en el líder “del pueblo más culto de Europa”, según más de una vez lo asegurara Friedrich Engels. Quien en esos momentos  –años 1920, 21, 23– era motivo del cruel sarcasmo entre los parroquianos de la taberna resucitaría como una especie de semidiós para las grandes masas de su país y la encarnación misma del espíritu nacional alemán.

Salvando las distancias algo parecido está ocurriendo con Jair Bolsonaro, quien encabeza cómodamente las encuestas de la primera vuelta de la elección presidencial de Brasil. Sus exabruptos reaccionarios, sexistas, homofóbicos, fascistas y su apología de la tenebrosa dictadura militar brasileña del 1964 y sus torturas provocaban generalizada repulsa en la sociedad. Por eso, durante dos años su intención de voto nunca superó el 15 o 18 por ciento. Las encuestas de las últimas dos semanas, sin embargo, muestran un espectacular crecimiento de su candidatura. La más reciente le asigna un 39 por ciento de intención de voto. Sabemos que hoy las encuestas de opinión pública tienen enormes márgenes de error; también que pueden ser operaciones mediáticas de la burguesía brasileña dispuesta a instalar en Brasilia a cualquiera que impida el “retorno del populismo petista” al poder. Pero también sabemos, como lo afirma una nota reciente de Marcelo Zero, en Brasil, que la CIA y sus aliados locales han desatado una apabullante avalancha de “fake news” y noticias difamatorias de los candidatos de la alianza petista que encontró un terreno fértil en las favelas y barriadas populares de las grandes ciudades de ese país. Esos sectores fueron sacados de la pobreza extrema y empoderados por la gestión de Lula y Dilma. Pero no fueron educados políticamente ni se favoreció su organización territorial. Quedaron como masas en disponibilidad, como dirían los sociólogos de los años sesenta. Quienes sí los están organizando y concientizando son las iglesias evangélicas con quienes se ha aliado Bolsonaro, promoviendo un discurso conservador duro, hipercrítico del “desorden” causado por la izquierda en Brasil con sus políticas de inclusión social, de género, de respeto a la diversidad, a los LGBTI y su “mano blanda” con la delincuencia, su obsesión por los derechos humanos “sólo para los criminales”. Uno de sus recursos para atraer a los favelados a la causa de la derecha radical es mandar supuestos encuestadores para preguntarles si les gustaría que a su hijo José le cambiaran de nombre y le llamaran María, para exacerbar la homofobia. La respuesta es unánimemente negativa, e indignada. La  prédica del ex capitán sintoniza nítidamente con ese conservadorismo popular hábilmente estimulado por la reacción. En ese clima ideológico sus escandalosos y violentos disparates, como los de Hitler, decantan como un razonable sentido común popular y podrían catapultar a un monstruo como Bolsonaro al Palacio del Planalto que, como dato adicional habría que recordar que le prometió a Donald Trump autorizar la instalación de una base militar de EE.UU. en Alcántara, cosa a la que se negaron los gobiernos petistas. Si llegase a triunfar sería el comienzo de una horrible pesadilla, no sólo para el Brasil sino para toda América Latina.

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