Bolsonaro, un espejo para Vox

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Por Luna Gámez

Los formaciones de extrema derecha utilizan su discurso de odio contra la educación por la diversidad y la tolerancia como una estrategia política para ganar popularidad. Para ello, llegan a a emplear en ocasiones informaciones falsas o descontextualizadas. Esta estrategia de comunicación, más incipiente en Vox, es la que Bolsonaro ha venido empleando en la última década hasta que ha conseguido la presidencia de Brasil con el innegable apoyo del lobby de las iglesias evangélicas. En consecuencia, la religión neopentecostal ha logrado imponer sus principios moralistas en la agenda política gubernamental brasileña.

La combinación de una imagen llamativa con un discurso pasional puede provocar un furor de masas. Aunque la foto esté sacada de contexto o el texto no le corresponda, los bulos se extienden rápidamente por las redes sociales y las opiniones deducidas suelen permanecer inamovibles aún cuando se demuestra la falsedad de la información. Este ha sido el caso, por ejemplo, de las recientes publicaciones en redes sociales de personas de la extrema derecha española atacando la educación sexual, diversa y tolerante en los centros públicos de enseñanza.

El vídeo que la semana pasada publicó en Twitter un militante de Vox y candidato a una alcaldía bajo estas siglas —y que posteriormente la cuenta oficial del partido compartió— muestra a una niña alrededor de un hombre desnudo tumbado en el suelo. Los subtítulos incrustados son una interpretación de la escena que no representa lo que en realidad sucedía: una performance sobre la obra ‘Bicho’, de Lygia Clark, que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderna de São Paulo (MAM) en septiembre de 2017. Nunca sucedió en una escuela y por tanto nunca podría haberse vetado con el llamado pin parental como este miembro de Vox proponía. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, también había sacado la foto de contexto hace dos años y la utilizó para esparcir el bulo de que la izquierda pretendía pervertir a las y los menores. El propio MAM tuvo que publicar una nota pública en aquella época en la que lamentaba “las malinterpretaciones, las manifestaciones de odio y la intimidación a la libertad de expresión que se extendieron en las redes sociales (…) como resultado de la desinformación y deturpación del contenido de la imagen”.

Otras de las informaciones falsas que han estado circulando estos últimos días en las redes sociales españolas contra la educación sexual han sido imágenes de una sexóloga de Cánada o de una drag queen en Estados Unidos como si ambas estuviesen sucediendo en España, así como conferencias sobre sexualidad para padres y madres presentadas como falsos discursos “adoctrinadores” de niñas y niños.

Apelando al sensacionalismo con este tipo de contenidos, Vox, el partido político más a la derecha del espectro político español, clama para que las actividades escolares vengan con prospecto y con espacio para la objeción de conciencia de las madres y padres. Lo que Santiago Abascal, líder de Vox, ha bautizado como “pin parental”. Pero en las entrelíneas de su discurso, Vox deja claro que su interés más profundo es el de instrumentalizar la educación sexual para ganar protagonismo político, como ya lo hizo Bolsonaro.

Noticias falsas para alimentar la homofobia

“En Brasil, la izquierda tuvo miedo de enfrentar las fake news y las conspiraciones, y no solo eso, sino que le dio ciertos puestos de poder a la iglesia evangélica en un momento político crítico”, declara en una entrevista con este medio Bruno Bimbi, analista político, periodista y escritor. Este momento crítico al que Bimbi hace referencia fue cuando Bolsonaro se dio cuenta de que el discurso homófobo le podría ofrecer un buen filón para aumentar su popularidad. El que había sido el “diputado de los militares” durante casi 30 años de carrera política de escaso éxito percibió que podía ser también «el diputado de los que odian a los gais”, según la opinión de Bimbi. “De esta forma, su popularidad dio un salto al mismo tiempo que crecían las iglesias evangélicas en el país comparando a los homosexuales con demonios”, añade este periodista que se desempeñaba como asesor político en aquel entonces.

Una de las mayores mentiras que Bolsonaro viene alimentando sin descanso desde ese momento fue el supuesto “kit gay”, como él mismo bautizó a un programa del Gobierno de Dilma Rousseff para combatir la homofobia en las escuelas propuesto en 2011. El material creado, que se constituía principalmente de informaciones para profesorado y algunos vídeos infantiles sobre diversidad para el alumnado, nunca vio la luz. Según el Ministerio, el material era “mejorable” pero nunca se mejoró. La propuesta fue abandonada a la sombra de la ofensiva conservadora que usaba falacias para alimentar el discurso del odio contra la población LGTBI en supuesta defensa de los valores morales de la “familia tradicional brasileña”.

Se inventaron biberones con forma de pene, imágenes sacadas de contexto o manipuladas con posiciones sexuales, usaron informaciones de salud pública contra el VIH para trabajadoras y trabajadores del sexo como si fuesen manuales escolares pornográfico, o demonizaron libros extranjeros que tratan de sexualidad, entre otras medidas que pretendían ilustrar un perverso programa escolar que nunca existió. El fantasma del “kit gay” no solo no se esfumó, sino que sirvió de abono para alimentar la semilla del odio que dio lugar al programa Escuela Sin Partido (ESP), de la ultraderecha brasileña. Lo que el ESP propone es un veto directo a cualquier contenido de igualdad de género, diversidad sexual o tolerancia religiosa en las escuelas, es decir, directamente prohibirlo. La propuesta, que aguarda para ser votada en el Congreso, no ha sido aprobada hasta hoy.

Tanto el pin parental, como las falacias del “kit gay”, la Escuela Sin Partido o Con Mi Hijo No Te Metas -proyecto homólogo conservador que se ha dado en otros países latinoamericanos- comparten una terminología simplista y confusa que plantea como premisa que una niña o niño podría ‘convertirse’ en homosexual solo por el simple hecho de saber que existe la homosexualidad. “No hay pin parental que sirva para cambiar la orientación sexual de los hijos. Cada persona es como es, pero si por lo menos reciben información desde jóvenes podrán aceptarse si son bi u homosexuales o podrán ser personas más tolerantes con el resto si son heterosexuales”, añade este periodista autor de un libro titulado Matrimonio igualitario, donde aborda la homofobia en la conquista del derecho al casamiento homoafectivo. Bimbi considera que el único miedo que deberían tener las madres y padres es que sus criaturas sufran, que desarrollen traumas o que hagan a otras sufrir.

La protección de la infancia como instrumento político sensacionalista

La homofobia se convirtió en una de las muletillas del discurso de odio en la que Bolsonaro se apoyó para llegar hasta el palacio presidencial de La Alvorada. Con una estrategia parecida, Santiago Abascal se va abriendo camino en el espectro político español. La supuesta protección de la infancia frente a lo que las extremas derechas consideran como ‘aberrante’ —es decir los derechos LGBTI, la igualdad de género o la información sexual para prevenir violencias, enfermedades o embarazos no deseados, entre otras— es una estrategia política basada en el apelo del miedo, entre otras emociones.

De esta forma, estas figuras inventan un falso riesgo de perversión sexual de las niñas y niños para colocar el tema de la educación en el ojo de un huracanado debate político. Pero, ¿por qué plantean la información sexual como un peligro? “Porque es un tabú cultural desde hace siglos”, responde Bimbi, que explica que la estrategia política de la ultraderecha consiste en identificar prejuicios que ya existen en la sociedad, radicalizarlos y transformarlos en herramientas de marketing. “Calificar la homosexualidad como anormal y sembrar odio contra la colectividad LGTBI no es más que una estrategia para ganar poder”, añade este periodista.

Frente a esto, él defiende que no basta con desmentir las falsas informaciones, sino que hay que abordar la pauta que la extrema derecha está proponiendo, por ridícula que parezca, con contra argumentos sólidos. “Cuando las fake news comienzan a ser más brutales esto puede provocar un retroceso de la oposición, por pereza o por miedo, pero si retrocedes ante esta gente después es muy difícil pararlos”, explica Bimbi. Este escritor, que actualmente vive en España donde publicará una edición actualizada de su último libro El fin del armario, insiste en la necesidad de no cesar de cuestionar a Vox aunque sus presupuestos aún sean incipientes. “Si el eje del discurso de la ultraderecha es atacar a ciertas minorías y la izquierda lo ignora o no aborda firmemente el asunto, le deja toda la cancha libre y el único discurso que circulará sobre la minoría será el de la extrema derecha”, argumenta Bimbi.

Un consenso para la enseñanza pública española

“Este sería un buen momento para hincar el diente al tema de una nueva ley orgánica de educación, no solo porque la extrema derecha está cuestionando la universalidad de la enseñanza pública, sino porque necesitamos realmente un nuevo consenso que no sea alterado con cada gobierno de turno”, explica Isabel Aguilera, profesora recién jubilada de secundaria de matemáticas y antigua directora de un instituto rural en Orcera, un pueblo de la provincia de Jaén. Aguilera destaca la necesidad de abordar ciertos temas espinosos como es el de los centros de enseñanza concertados, gestionados por el sector privado -generalmente por instituciones religiosas- pero con recursos públicos.

“El pin le podrá servir a Vox para llamar la atención pero en la práctica tendría muy poca repercusión”, considera esta profesora. Aguilera defiende que el profesorado educa en el día a día: “Cuando los asuntos delicados florecen en medio de una clase de matemáticas o de ciencias es cuando mejor funcionan los debates sobre la transversalidad y la tolerancia”. Y añade que no es en una charla de 50 minutos —lo que Vox propone que los padres puedan vetar— donde el alumno adquiere espíritu crítico.

“Las chicas y chicos andan continuamente con un teléfono en su bolsillo, pueden consultar todo lo que quieran”, declara ella, y cuestiona “¿cuántas horas de charlas harían falta para deconstruir lo que transmiten ciertos programas de la televisión?”. Aguilera, jubilada desde el año pasado, tras 22 años como profesora más diez como directora de centro, admite que ni la escuela ni la familia lo pueden todo.

En Brasil, donde Bolsonaro ha incitado al alumnado en diversas ocasiones que graben con sus teléfonos móviles y denuncien al profesorado que aborden asuntos que él califica de “adoctrinantes”, los profesionales de la enseñanza pública no se dejan arrinconar por ofensivas que no pasan del discurso sensacionalista, que no se concretan. “Si un padre o una madre quiere que su hijo o hija sea machista o racista, no lo podemos evitar. No obstante, lo ideal en las escuelas públicas de cualquier país es intentar que las y los alumnos sean tolerantes”, concluye Aguilar.

Fuente: Pikara Magazine

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