Bolivia: La batalla contra la pobreza en La Muela del Diablo

La comunidad Chiaraque se impone contra las hostilidades del lugar y los caprichos del clima. Detrás de una enorme montaña y situada en las faldas de la Muela del Diablo—el cerro más emblemático de la ciudad de La Paz y a casi cuatro mil metros de altura—, más de medio centenar de familias trabajan sin pausa ni ayuda para sepultar a los mil demonios de la pobreza y la marginalidad.

Capítulo I

Claudio vive donde las águilas hacen sus nidos. Nació en una casa de barro con patio cercado por rosales secos y pinos, en una esquina del cerro más alto de La Paz —la capital política de Bolivia— donde desde temprano cacarean las gallinas y las lluvias de diciembre llegan más rápido entre la niebla de la madrugada.

Como él, los niños de la comunidad Chiaraque (aymara) traducido al español como “Hombre Negro” conviven con vizcachas y lagartijas, con quelluas (pájaros andinos) convertidos, con la imaginación infantil, en “cigüeñas” revolando en el otoño alrededor del pantano del pueblito, en las faldas de la Muela del Diablo.

En esta época del año, las lluvias remojan todo el terreno y aunque todo es un barrial, los más pequeños se reúnen para planear los juegos y hablar del trabajo designado por los adultos, sobre las extrañas cámaras y grabadoras que cuelgan uno que otro forastero, además de los extranjeros que caen de improviso para desafiar los 3.897 metros sobre el nivel del mar.

En el mismo radio urbano de la ciudad de La Paz, la Muela del Diablo se impone hasta en la imagen satelital del mapamundi. Llegar a ese pequeño punto rojo casi invisible en la fotografía, significa una caminata de una hora y media desde el barrio El Pedregal en la zona sur, pasando por un pequeño cementerio, el paisaje desolador en las faldas de las últimas casas de ladrillos y después sólo ascender el cerro a través de finas sendas o lugares más empinados para tropezarse con la vista panorámica de la ciudad de La Paz, al borde de la última curva del camino carretero.

Chiaraque está ahí mismo, detrás de una pequeña loma, luego del pantano. La primera visión del pueblo, desde de la curva, es la casa de adobe de Claudio y su numerosa familia (11), al frente la escuelita pintada de amarillo fuerte y la popular canchita. Sobre las otras casas, la imagen parece que la pobreza las cortó por la misma tijera, con el mismo molde de barro y techos de calamina, una que otra con fachada de color vistoso y huecos a modo de ventanas.

Como otras cientos de comunidades semi urbanas de la ciudad de La Paz, ésta muestra las marcadas diferencias económicas y sociales que existen en este país andino, que paradójicamente cuenta con un territorio con grandes riquezas y recursos naturales, pero con una población total de casi 10 millones de habitantes de los cuales, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), 4 millones están en pobreza extrema y no disponen de ingresos suficientes para cubrir el costo de sus alimentos; otros 2 millones de personas están en pobreza moderada y cubren su alimentación pero no otros gastos familiares.

Chiaraque está al frente del barrio “La Florida”, en un lugar denominado “La Rinconada”, uno de los más residenciales de la zona sur donde hay condominios y casas cuyos precios oscilan entre medio a dos millones de dólares. Desde esas casonas, la gente jamás imaginaría que en las faldas del cerro más alto de este paisaje exótico que admiran, habitan como hormigas, seres humanos, bolivianos, “hombres negros” y sus hijos.Tampoco imaginarían que allí, en la Muela del Diablo, la comunidad batalla todos los días contra la marginalidad y la miseria, usando el ingenio, apelando al trabajo comunitario y a la decisión de vida de hombres y mujeres, de adultos, viejos y niños, que, sin creer mucho en la ayuda del Estado ni de la comunidad internacional, saben que sólo el esfuerzo y el trabajo de todos permitirá doblegar, poco a poco, a los mil demonios de la pobreza.

Samuel Mamani, secretario general del pueblo, relata que a sus padres les decían los “hombres negros”, los “hijos de la Muela”, “los hijos del Diablo” y “les tenían un poco de miedo porque eran bien morenitos, quizás por el fuerte sol, pero también les tenían mucho respeto. Nosotros estamos orgullosos de ser de la Muela del Diablo. Nos conocen y nos quieren”.

Esta población está conformada por descendientes de inmigrantes que vinieron de tierras lejanas, de otras provincias de La Paz y especialmente del Altiplano, buscando mejores tierras y oportunidades para sobrevivir. Los habitantes de Chiaraque son herederos de ancestrales costumbres andinas replicadas especialmente en actividades como la agricultura. Comparten la misma cultura milenaria de respeto y veneración a la Pachamama (tierra madre), con ritos y sacrificios, y un propio calendario aymara que marca el inicio del año nuevo el 21 de junio, con los primeros rayos de sol que atraviesan la puerta del astro en la antigua ciudad de Tiahuanacu.

Aunque las autoridades de la comunidad no pueden precisar la antigüedad de Chiaraque, cuentan que sus ancestros fundaron el pueblo con un reducido número de personas y que posteriormente, y de manera paulatina, fue creciendo al mismo tiempo que sus necesidades. Según los lugareños, fue fácil organizarse y delinear sus propias reglas y normas, para tener una convivencia armónica y justa entre todos. Crearon un directorio, definieron sus obligaciones, deberes y derechos, además de establecer los roles de trabajo a través de la “acción comunal” para impulsar su propio desarrollo.

Allí, una o dos veces por semana, todos, excepto los niños de pecho y los muy ancianos, trabajan en la apertura de zanjas para los canales de riego, en la mejora del camino, en la habilitación y limpieza de sendas para atraer más turistas y más recursos. Todos trabajan y comparten la comida y el sudor se recompensa con un vasito de refresco frío. Todos juntos, también, realizan las gestiones para lograr paulatinamente electricidad, educación y servicios básicos de salud.

Según Pablo Quispe, secretario de Justicia, actualmente en esa comunidad viven alrededor de 60 familias, integradas aproximadamente entre cinco a ocho hijos y con un total cercano a las 500 personas. De ellas, las mujeres, generalmente, son las encargadas de administrar los recursos, ya sea del negocio del comercio o de las otras actividades económicas.&nbsp

Entre vegetales y cereales

La agricultura es la actividad más importante de los habitantes de la comunidad, y aunque la tierra de la Muela no sea apta para la siembra e imperen cambios bruscos de clima en toda la zona, los pobladores arrancan de las entrañas de la Pachamama una variedad —aunque pequeña— de productos biológicos (sin fertilizantes) que cubren gran parte de las necesidades de vitaminas y cereales que requiere el organismo, especialmente de los niños y las madres del pueblo.

Los últimos días de mayo y los primeros de junio, Chiaraque es todo un cuadro de arte salpicado por una gama de intensos amarillos en todo el paisaje. Es el trabajo de las familias que después de la cosecha de la avena, el principal cereal del lugar se expone ante el sol en pequeñas montañas para terminar el proceso. Luego de pisar el producto a modo de pelar, una parte es para la alimentación de los habitantes y otra para los animales.

Si bien en los últimos años la buena organización de los pobladores permitió acceder a los beneficios alimenticios de algunas verduras y cereales, aún hay un gran déficit de proteína animal, de carne, prácticamente no hay ganadería, son pocos burros, cerdos y ovejas y vacas que pastean en esta zona. Quizás las gallinas son las más privilegiadas en los pocos corrales que hay. La gente no cuenta con el capital necesario para la crianza sostenida de todos estos animales.

En reducidos terrenos, cada familia siembra para su autoconsumo productos como papa, oca, haba, papaliza, cebolla, lechuga, choclo, acelga y eso sí, milagrosamente, destaca don Pablo, el suelo es rico en nutrientes y permite producir casi de todo. Para ellos, la papa, que requiere muchos minerales de la tierra para lograr un buen producto, es la base de la alimentación de “Hombre Negro”.

La metamorfosis de la papa, el chuño de cada día

Durante todo el invierno, los niños de cara color cobre son guardianes del proceso del principal producto alimenticio de los lugareños: el chuño (papa deshidratada), congelado bajo bloques extensos de hielo natural, se muestra como una verdadera tarea del campesino andino y la fértil Pachamama. La familia entera de Chiaraque trabaja más de ocho horas, incluyendo los pequeños que comienzan a caminar en estas tierras, antes totalmente indígenas, para pastear los pocos animales que hay.

A mediados de marzo, al mismo ritmo puntual de la madre tierra y la rueda cósmica andina de las estaciones, se inicia, como en todo el Altiplano boliviano, la cosecha de las más de 35 variedades de papa que hay en todo este territorio, siguiendo con fiestas y ceremonias mientras clasifican el mejor producto para el mercado, luego la recolección para el autoconsumo y finalmente la papa que es para la elaboración del chuño.

Esa papa estará guardada en lugares especiales de adobe y esperarán las noches de mayor frío del invierno, cuando llegue la helada. En Chiaraque, las familias trabajan durante tres madrugadas preparando el piso para extender la papa cuidadosamente con los pies descalzos, y aguardando las bendiciones de la naturaleza, de la noche y de las aguas que nacen de los cerros nevados para la deshidratación del producto. Cada familia utilizará los pies para exprimir el agua del chuño y después de pelar la cáscara, los niños lo secarán al borde del pantano del pueblo y bajo un majestuoso cielo azul, muy cerquita, explorarán como todas las tardes los novedosos bichos queacompañan sus juegos.

En pueblos o comunidades de Los Andes de Bolivia también se elabora un producto parecido al chuño, pero totalmente blanco: la tunta. Al igual que el chuño, la tunta es la papa deshidratada pero con el método del agua que corre por los nevados para que, durante un mes, cambie su color y sabor. El secreto de los campesinos es que, casi de manera natural, este producto se lave con las vertientes de agua casi congelada, sin que llegue ni un solo rayo de sol allí. Como dicen los lugareños “la tunta no tiene que ver el sol para se transforme en buen alimento”.

Para eso, los productores construyen canaletas con las que corre el agua de los cerros de Los Andes y hacen huecos donde se almacena la tunta. Junio será el mes de la recolección y posteriormente la distribución y comercialización del producto hacia los distintos mercados internos.

Debido a que la elaboración de la tunta es más compleja que la del chuño, el precio es mucho más alto, incluso en agosto que es el mes de mayor producción. La libra de tunta es de ocho bolivianos y de chuño cuatro, aunque se va depreciando en los siguientes meses hasta diciembre y vuelve a subir en meses de lluvia, enero y febrero.

En las ciudades del occidente, poco a poco el chuño se ha ido incorporando en la alimentación de las familias de clase media y alta, y está presente en la mayoría de la gastronomía típica de Cochabamba, La Paz, Oruro, Potosí y Chuquisaca.

Durante todo el año el campesino y sus familias, e inmigrantes de provincias del Altiplano que ahora viven en barrios periurbanos de La Paz, se alimentan especialmente de chuño y con menos frecuencia comen tunta. La realidad de la papa y sus milagrosos derivados, sacian gran parte del hambre de los pueblos andinos que con ancestrales ceremonias de agradecimiento a la naturaleza sacan hasta en último tubérculo que hay en los surcos. Eso y el cebo que, al igual que los “hombres negros”, compran por dos bolivianos un kilo que durante un mes flotará en las ollas de barro como sopa para alimentar a toda la familia entera.

En términos porcentuales, la pobreza afecta a la población en proporciones muy similares en el Altiplano, los Valles y los Llanos de Bolivia, pero es en el Altiplano donde se concentra la pobreza extrema (cuando la gente no tiene lo suficiente para comer). Los datos oficiales señalan que la pobreza extrema agobia al 43,4 por ciento de los que viven en el Altiplano, al 39,4 por ciento de los moran en los Valles y al 28,8 por ciento de la población de los Llanos.

Los datos oficiales muestran que, en promedio a nivel nacional, 6 de cada 10 bolivianos son pobres. En las ciudades, 2 de cada 4 personas son pobres (una de ellas tiene apenas lo indispensable para comer y la otra pasa hambre), mientras que en el campo casi 8 de cada 10 viven con grandes limitaciones y dificultades (6 viven en la miseria y 2 tienen sólo lo necesario para alimentarse).

La presencia de indígenas en Bolivia es mayoritaria y representa el 65,8 por ciento de la población nacional. El 62,2 por ciento de la población rural está en situación de pobreza y según los resultados de la Encuesta de Hogares (EH) del año 2006, la incidencia de pobreza extrema en nuestro país es más del doble entre la población indígena con el 48,8 por ciento, que en la población no indígena con el 21,3 por ciento.

La preocupación actual de los campesinos es el impacto de los cambios climáticos en la actividad agrícola, la papa y del chuño y la relación estrecha de su producción con el deshielo de los cerros nevados, de los glaciares andinos. En Chiaraque esta temática es analizada ahora por todos los pobladores y tienen la iniciativa de reunirse con otras organizaciones para estudiar bien esa realidad, porque ellos viven alrededor de los nevados, como el Illimani que está al frente.&nbsp

Un comercio para la supervivencia

La construcción del camino hacia Chiaraque data de más de 15 años, hecho fundamental para intensificar el comercio en el pueblo y una actividad que desarrollan gran parte de las mujeres para la supervivencia. El comercio básicamente consiste en la venta de refrescos, galletas y sardinas enlatadas para los visitantes.

En las seis tiendas que funcionan de lunes a domingo, instaladas precariamente con mostradores improvisados de pedazos de madera o en las mismas cajas, se venden refrescos de marcas nacionales, trasladados por burros desde la ciudad La Paz hasta el centro del pueblo. La ganancia del negocio es mínima para no “ahuyentar a los forasteros”, dice doña Siberia, quien también instala su puesto de venta todos los fines de semana en una de las lomas que rodean la canchita de fútbol. Este lugar, estratégico para el negocio, es visitado por turistas nacionales e internacionales, caminantes que llegan cansados y con mucha sed buscando cualquier bebida refrescante. Por eso, desde muy temprano las vendedoras llenan con agua fría de los pozos los baldes en los que se conservan frescos los productos.

Ellas calculan que la venta de refrescos o gaseosas por los fines de semana es de más o menos 20 bolivianos, un monto de dinero que sólo aporta mínimamente a la liquidez de cada familia, por lo que los hombres además del trabajo de la agricultura, bajan a la ciudad de La Paz para incrementar los ingresos, especialmente como albañiles. Algunas jóvenes de la comunidad también combaten su situación de extrema pobreza empleándose en esa actividad, cuya renumeración por jornada es de 60 bolivianos. Los contratos pueden ser desde una semana, o en el mejor caso hasta un año, según la construcción. En los últimos diez años, la mujer en La Paz se ha incorporado masivamente a la fuerza de trabajo en el rubro de la construcción, representando el 40 por ciento del total.

La mayoría de las mujeres de Chiaraque se dedican al trabajo de la tierra, siempre como amas de casa, ayudando a sus hijos con las tareas y aportando así como los hombres en el trabajo comunal. En el descanso, a modo de refrescarse en la sombra, las que tienen ovejas (pocas), deslanan e hilan para tejer chompas para los niños; las que tienen las vacas, ordeñan y venden la leche; las dueñas de gallinas recogen los huevos y los comercializan; y las que no tienen ni un solo animal, bajan a la ciudad para lavar ropa o planchar (una docena tiene un costo de siete bolivianos o un dólar). En todo caso, todavía se mantiene el trueque de productos entre todos los habitantes.

Doña Paulina, la más antigua de “Hombre Negro”, con sus 80 años de vida y casi 30 de ser “la viuda de la lagunita”, se desvive por sus cinco vacas, “porque gracias a ellas y a la venta de la leche, tengo mi dentadura (postiza)”, dice. Alimenta a las vacas con el mejor forraje, producido por ella y las ordeña cada dos días. La leche la traslada en un botellón metálico cuya medida es de 5 litros, y lo carga en un aguayo(tejido por las mujeres del occidente boliviano) en su espalda para que sea más liviano en el viaje de bajada hacia los barrios de la zona sur. La subida es todo un sacrificio y por su edad es cada vez más difícil, aunque su recompensa sean los 20 bolivianos (2 dólares y medio), que los gastará para su comida y la fruta de estación para combatir el resfrío.

Las hierbas medicinales

Pese a que en Chiaraque la gente se levanta con un frío de menos cero grados centígrados, sus habitantes gozan de buena salud en general, sobre todo, explica doña Paulina, porque se alimentan con productos “puros” y porque les ayuda la madre naturaleza con las hierbas medicinales. “A mí nunca me han operado de nada y si me duele algo sólo tomo un mate de coca o de manzanilla”.

Las cuatro hijas que tiene doña Paulina también utilizan la medicina tradicional y pese a que ellas viven en El Pedregal, más cerca del movimiento de la ciudad y al acceso de centros médicos estatales, no gubernamentales y privados, asisten a estos lugares sólo en emergencias. “Como yo, ellas tienen miedo de los medicamentos, las vacunas y las inyecciones, dicen que a veces matan”, advierta la anciana.

En todas las familias de Chiaraque, las hierbas medicinales son la base fundamental para el tratamiento y, según ellos, la cura de diversas enfermedades o males que presentan esta población, la mayoría problemas del estómago.

Cuentan que la última persona que murió en este lugar, fue el suegro de doña Siberia, un anciano que sufría cáncer y que supieron que tenía esta enfermedad con los análisis, exámenes y estudios que le hicieron en el Hospital General. Esto significa que los habitantes del pueblo también están abiertos a la medicina convencional, occidental, sin embargo por los costos de los exámenes, radiografías, ecografías y otros, no acceden a controles permanentes y visitan al médico sólo para situaciones extremas. En general, la esperanza de vida de los de Chiaraque es de, más o menos, 60 años.

En el caso de las mujeres en periodo de gestación, actualmente asisten a sus controles a través del Seguro Materno Infantil (SUMI), de manera gratuita y sus bebés nacen en centros y hospitales definidos por este seguro. Además, desde mayo de este año, las mujeres embarazadas se benefician con el seguro “Juana Azurduy” cuyo monto de dinero es de 50 bolivianos por cada control prenatal, con un total de 200 bolivianos por los cuatro y 120 bolivianos por el parto, además de 125 bolivianos por cada revisión médica hasta que el niño cumple dos años. El beneficio para las madres es doble: tienen garantizada la atención de salud para los niños y, además, reciben un ingreso que les ayuda con los gastos del hogar.

Por otro lado, los niños de edad escolar de Chiaraque (primaria), más o menos 80, también cobraron este año el seguro infantil “Juancito Pinto” (200 bolivianos), con la presentación de su certificado de nacimiento o carnet, en la escuela. Con ese dinero, casi todos los pequeños compraron zapatos y material escolar. Otro incentivo para que nadie deje de ir a clases y para que todos completen la primaria.

La realidad de los niños en Chiaraque ha avanzado medianamente en términos de educación, acceso a mejores condiciones de salud y de vida. Hace diez años, las wawas de la comunidad nacían a través de una partera, sin los recursos adecuados y la higiene necesaria para todo el parto. Muchos murieron así, comenta doña Paulina. Está pendiente el gran desafío del agua potable. “Muchos niños se enferman por diarrea”, lamenta el secretario de la comunidad y explica que el agua que consiguen a través de las vertientes y de las lagunas del cerro, provoca “males (infecciones) del estómago”.&nbsp

Capítulo II

Evolución a medias

En 1996, Claudio, sus diez años y la promesa de ser el mejor futbolista de la selección boliviana posaban para una cámara fotográfica frente a la entrada de Chiaraque entre el movimiento de jugadores estrellas de domingo por la mañana.

En los siguientes años, en el pueblo cambiaron algunas cosas: la laguna se estrenó como pantano, los niños no sólo juegan con las colas de las lagartijas sino que también con los futbolines y partidos reñidos durante tardes enteras.

Desde hace dos años, después de arduas gestiones de la comunidad para “sensibilizar” a la burocracia local, se ha accedido a recursos de la Subalcaldía de Mallasa de la zona sur de La Paz para la instalación de la electricidad a “Hombre Negro” y con ello la llegada de la tecnología sobre todo con la televisión y sus programas infantiles.

Aunque todos los pobladores cavaron durante meses los huecos para la instalación de postes y el tensado de los cables, la electricidad por ahora sólo permite encender dos focos para cada casa y algunos, no todos, han accedido a televisores pequeños. Para las amas de casa de Chiaraque era una utopía tener un refrigerador, por los costos del mismo aparato y el consumo de electricidad, pero este año ya hay algunos, aunque pocos. Los menos privilegiados, como en tiempos de sus ancestros y como en la mayoría de las familias del área rural de Bolivia, conservan la carne y el cebo, con sal, en pedazos de charque para periodos prolongados. Para los días de escasez.

Samuel Mamani, destaca que la luz inauguró una nueva etapa para la comunidad y sus nuevos habitantes, pero también otro paso fundamental para el desarrollo fue la construcción de la unidad educativa del pueblo, financiada inicialmente por una organización no gubernamental y posteriormente por la ayuda del gobierno español.

Claudio cuenta que cuando era niño se levantaba a las seis de la mañana para bajar al trote todo el cerro y asistir a la escuelita de Cota Cota (una caminata de una hora por lo menos). “Como otros compañeros, éramos los más puntuales para la entrada”. Al retorno, y con el sol en la cabeza, ascendían diariamente el mismo cerro y con la misma rutina. “No habían zapatos que aguanten”, dice don Samuel. Y “no habían autoridades que puedan cambiar esa situación. Nadie nos ha hecho caso, quizás porque somos una comunidad pequeña y porque la Alcaldía sólo piensa en embellecer la ciudad y no en lugares más alejados”.

Una vez construida la escuelita —esfuerzo conjunto de la comunidad, que puso mano de obra, mucho trabajo y gran parte de las esperanzas familiares— inicialmente tuvo el objetivo de ser multifuncional y años después, según explica don Samuel, a nivel de núcleo, para que todos los niños y niñas sepan leer y escribir, para que todos y todas cursen completa la primaria, para que nadie se quede en la ignorancia, para que nadie esté condenado de por vida a la pobreza.

Por ahora, la escuela ofrece sólo hasta el octavo grado, “y quisiéramos ampliar nuestra resolución ministerial para que funcione la secundaria, porque hay niños que bajan hasta la ciudad y es todo un sacrificio para ellos, llegan cansados y no rinden bien como deberían”.

El secretario general expone también el problema de la infraestructura, del espacio reducido de las aulas, además de las goteras que hay especialmente en la época de lluvias. También está preocupado por la necesidad de tener más ítems para profesores, porque actualmente sólo hay cuatro. A ratos, dice, está abrumado por tantas cosas que hay que hacer, pero también reconoce que muchos en la comunidad, y en especial las mujeres, están seguros que no tardarán en tener en casa la educación secundaria y el aprendizaje de oficios prácticos para aumentar los ingresos familiares y abrir mejores posibilidades para los más jóvenes.

Nelson, uno de los hermanos menores de Claudio, tiene 15 años de edad y se debate entre su delgadez y el cansancio de subir y bajar diariamente una montaña que nunca cambia su naturaleza de ser un desafío, ni las sendas empinadas que hacen transpirar a todos los caminantes. A las 6 de la mañana se levanta de una cama cubierta por seis mantas de lana de oveja, y se lava con el agua casi congelada del barril y luego se viste. Para que sus zapatos no se desgasten mucho, baja el cerro con los más viejos. Y una vez que está en El Pedregal, con los zapatos para la escuela, busca el minibús que lo lleve a su escuela “Juan Pablo II”, en Alto Obrajes (un barrio de la zona Sur), a media hora en movilidad. La odisea es la misma al retorno, con el cambio de zapatos, con sol o lluvia y la neblina que está siempre entre toda esta historia.

A diferencia de la suerte de Claudio, quien a sus 20 años colgó los cachos y los sueños, Bernardo y sus diez años, se montan todas las mañanas en su bicicleta “dando vueltitas en todo el pueblo, saltando en esas montañas y persiguiendo a los muti (corderos u ovejas macho)” con los amiguitos. Claudio se despierta muy temprano para bajar el cerro y llegar a tiempo a su trabajo de albañil en el centro de la ciudad. Bernardo ahora cruza sólo unos cuantos metros para asistir a la escuela.

Don Samuel está consciente de que para estos nuevos niños la escuela, ubicada en el mismo pueblo, significa mejores oportunidades y condiciones para estudiar. Bernardo tiene la firme meta de terminar la escuela y luego estudiar la profesión de maestro.

Su padre y su madre trabajan, igual que otros, todos los domingos en la “acción comunal” otra vez insistiendo con las cañerías, insistiendo por las bendiciones de la Pachamama y de la Muela, para que vuelvan a nacen las vertientes de agua para la comunidad y así tener mejores días para los niños.&nbsp

Capítulo III

Los poderes del cerro rojo

Además de tener la aspiración de concluir la escuela y luego seguir estudios profesionales, los niños del pueblo se dedican en general al deporte, al fútbol y los fines de semana trabajan como guías turísticas para ganar unas cuantas monedas, y ascienden con los forasteros hasta la misma Muela. Desde los más pequeños, cuentan las historias del diablo andino, de los que lo vieron, de los que se perdieron y los que se quedaron a medio camino, también los caminantes que subieron, sin pausa, con esfuerzo y oración hacia la cima del cerro para ver la escultura de la Virgen María, traída por el padre franciscano Rossi. Para neutralizar los supuestos poderes del diablo del cerro rojo, los lugareños construyeron una gruta para la Señora de la Muela, sin embargo, Fortunato Quispe denuncia que “jóvenes delincuentes, destruyeron hace unos dos años la querida Virgencita”.

Con diablo o sin diablo, en Chiaraque todos los chicos y chicas, incluyendo las nuevas generaciones, conocen la historia de un ministro de Estado que, en los años ochenta, sufrió un infarto al corazón en medio camino hacia la Muela y que tuvieron que auxiliarlo a través de un helicóptero. La gente recuerda también el incidente de una monja que se perdió en una de las lomas que rodean al pueblo y la encontraron dos días después salva y sana, o la historia de un niño de 13 años que rodó todo el cerro y la tierra lo encerró, pero inmediatamente después su perro lo desenterró y lo salvó.

Doña Paulina cuenta que “hace años el diablo era muy malvado en este cerro. Como vivo frente a la Muela, las hacía correr como locas a las vacas y era difícil amarrarlas de nuevo. Pero después se ha vuelvo más manso y suben hasta las wawas (bebés)”.&nbsp


Un potencial punto turístico

La historia que relatan los comunarios en base a los cuentos de sus ancestros “es que el Illimani y el Mururata (dos cerros nevados) hacían competencias para saber quién era más alto y como el Mururata estaba creciendo en tamaño, con una carga de envidia, el Illimani le dio un hondazo a su contrincante y le sacó la cabeza. La cabeza rodó hasta el lugar donde está ahora la Muela del Diablo y los achachilas (ancianos andinos) que adoraban al Mururata, se trasladaron a estas tierras fieles a esa tradición”.

El secretario general, Samuel Mamani, dice que la comunidad tiene el objetivo de diseñar campañas de difusión sobre las leyendas, atractivos, paisajes y maravillas de la Muela del Diablo. “Pero pese a la falta de eso, muchos turistas visitan el lugar sólo con la publicidad de las agencias de turismo”.

Sin embargo, hay la necesidad, dice, de que por lo menos funcione el paradero turístico que está pensado para la unidad educativa. El desafío que se han trazado los hombres y mujeres de Chiaraque es construir una infraestructura adecuada a los turistas, con guías y mapas, fotografías, un centro médico, un restaurante con comida típica de “Hombre Negro” y otras comodidades.

La idea de los comunarios es tener un centro de turismo ecológico y de aventura, que dé ingresos a todas las familias, pero cuidando el medioambiente, sin dañarlo ni alterarlo, porque es la fuente de su supervivencia y de su identidad. Con este proyecto turístico, los de la Muela también creen que cobra vigencia y viabilidadla construcción de un centro médico para cuidar la salud de toda la población y en especial del binomio madre-niño.

Por ahora, éstos aún son sueños, aunque ya no parecen tan lejanos, dada la tenacidad demostrada por los hombres y mujeres de Chiaraque. Desde hace unos años, la comunidad organiza ferias gastronómicas con platos típicos del lugar en base a cereales, caya (tubérculos), tunta y algo de carne.Año que pasa son más y más los visitantes que llegan desde la ciudad atraídos por la magia de la Muela. En las casas de Chiaraque el chuño de cada día se cocina en leña, y la madera se almacena para todo el año desde noviembre a la espera de los visitantes.

Don Samuel cuenta también que otro de los atractivos de toda esta zona son los antiguos chullpares, las tumbas andinas. Hace unos años los comunarios encontraron un chullpar y por un tema de destino o suerte, lo volvieron a enterrar. “Estoy seguro de que en estos terrenos hay muchos más que son la prueba de que hubo algún pueblo más grande, posiblemente de hombres negros”.

A las seis de la tarde, Claudio y las águilas vuelven al mismo nido. Mañana, con sol, lluvia o más neblina, extenderán otra vez las alas y el albañil comenzará a construir otro piso más del edificio para ver desde cualquier lugar, su hogar en la Muela del Diablo.

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