Bolivia: Historias de Fuego. Pequeño relato en las jornadas de Octubre de 2003

 

Percibió que el mundo le revelaba sus secretos: «Todos dependemos de todos; los vivos de los vivos, los vivos de los muertos y los muertos de los vivos» (En el país del silencio, Jesus Urzagasti)

 

Están sonando las ametralladoras como escupitajos que retumban en los oídos de todas y todos, al mismo tiempo escuchamos no muy lejanos los gritos de la gente en La Portada y en la Autopista que lleva a la Ceja. Nos quedamos mudas, con el corazón galopeante que quería escaparse por la boca, mientras algo caliente sale de manera copiosa por los ojos. Todas lloramos en silencio mientras a la par escuchamos cada relato espeluznante que resuena en las transmisiones de las radios Erbol y Pachamama: la caravana de convoys de la muerte que envió Goni para llevar gasolina a las zonas jailonas de La Paz, está pasando sus ruedas sobre cuerpos inermes y ensangrentados de cientos de vecinos alteños. La abuela nos grita para que bajemos de la terraza porque los helicópteros que rondaban el cielo paceño podrían rafaguear a la gente.

Dijeron que en El Alto, la muerte le llegó a un niño de cinco años y le atravesó con la bala que le disparó ese militar… así se fue Alexis, no va a regresar materialmente hablando, ni tampoco lo hará doña Filomena León, compañera palliri de la cooperativa La Salvadora, quien tenía un como un hoyo provocado por un proyectil de arma de fuego en la espalda, por ahí se le estaba escapando la vida… cuando el ejército intervino la marcha minera que llegaba a La Paz el 15 de octubre, en apoyo al pueblo alteño y paceño, ella no pudo saltar de su camión y se murió lentamente en un hospital. Recuerdo ahora su voz cuando mis compañeras la entrevistaron, era como un hilo de agua muy dulce que casi salía tintineando a goteos.

¡Carajo! No sabemos qué pasa en El Alto, solo Erbol y Pachamama nos mantienen con los oídos pegados a la radio, sintiendo un sabor acre que llega al estómago cuando sabemos que hay gente que está pidiendo ayuda para recoger a los heridos. Hay casas que se convirtieron en hospitales, un hombre pide, a los otros vecinos, a través de la emisora, donar medicinas hasta que se le acaba la voz por el cansancio, la desesperación, la tristeza y la impotencia. Otro joven de profesión veterinario, dice que si los militares se acercan a su casa él los esperará con veneno para animales en la mano.

En el silencio de la noche del sábado 11 de masacre, escuchamos unos pasos y luego otros en la calle, salimos y de inmediato nos ponemos a ver y ayudar, siempre callados todxs, a arrastrar los grandes contenedores de basura para bloquear calles, reeeeeeeej, reeeeeeeeeeej, nadie dice nada, solo cuando hay que levantar algo en conjunto, porque se sabe lo que hay que hacer sin que nadie lo esté ordenando.

Los déspotas criminales se están paseando rechonchos y mofletudos en su palacio de gobierno, como patrones que creen mandar absolutamente en su hacienda, como los buenos burgueses que abrazaban niños y ancianos en sus campañas electorales..

El día domingo, que era curiosamente el 12 de octubre, fue el día de la “masacre de la raza”, como le llamaron lxs alteños, como un sarcasmo macabro pero cierto al “día de la raza”, porque lxs que fueron asesinadxs tenía rostro moreno y la mayoría de los 67 muertos tenían un apellido indio.La voz agusanada de Sánchez de Lozada resuena diciendo que no va a renunciar. ¿y entonces qué sigue?.

¡¡¡Hermanos, hermanas!! No se rindan, pedíamos todos a lxs alteñxs, porque de cada rincón insospechado estamos, están, saliendo, ríos de gente, con una bronca que se desparramó por todas las calles y todos los puños estaban iracundos. La demanda inicial por los hidrocarburos se transformó en algo más profundo e intersticial, algo que no pueden leer lxs poderosxs.

Dinamitas y fusiles llegaron poco después por los caminos que conducen a La Paz. Dinamitas de los mineros asalariados y cooperativistas; fusiles máuser de las columnas del Ejército Indigena de Qalachaka desde Omasuyos. Dos memorias históricas de guerra que llenaron la ciudad de cánticos y detonaciones. Un dirigente achacacheño nos dijo que llegaron por caminos de herradura, que él tenía su amuleto y unas balas para su maúser… y los otros compañeros alteños contaron como los vieron llegar a las barricadas alteñas. Con el aliento entrecortado también supe de cómo alteñxs salieron delante de las tanquetas arrojándoles algunas molotovs que detuvieron el paso de los militares momentáneamente. Otros mineros nos contaban como habían logrado evadir a los milicos mientras traían el rostro cansado y con el polvo de los caminos. Todo era iniciativa y fuerza popular: se volcaron los vagones de tren y otrxs trataban de construir una catapulta casera con cuerdas y baldes para arrojar piedras.

¿Dónde estamos ahora?, ¿Qué es lo que pensamos por cambio social esos días?, ¿en qué escondrijo del alma se quedan los muertos?

¿Dónde están los muertos?…

…el pasado es un principio activo de la lucha del presente. Puede parecer oscuro, pero hablar de nuestrxs muertxs es hablar de las posibilidades de la vida ahora. Por eso octubre de 2003 y el pachakuti, la revolución o como le llamemos, no se puede institucionalizar. Si el pasado para el poder estatal puede encerrarse en un museo, por el contrario, para mí es el principio de lo que hacemos y proyectamos, de lo que seguimos soñando y buscando como emancipación.

Yo tenía varias historias para contar, de lo que hicimos esos días y lo que sabía que otrxs hicieron, cosas grandes y pequeñas, pero solo llegué a escribir ahora las primeras sensaciones del miedo o angustia que se arremolinaban ferozmente, en las marchas y en el enfrentamiento… Es escuchar y retornar a esas imágenes y recuerdos, es una memoria caprichosamente recurrente, pertinaz, como creo que la tienen los miles de vecinos alteñxs que estuvieron frente a las tanquetas y ametralladoras, o los mineros y palliris que llegaron junto a los antiguos guerreros aymaras.

Repito una y otra vez una frase de un libro que habla sobre la revolución del 52, que los muertos están cada vez más insumisos… porque, de nuevo, el principio activo es la historia y eso quizá se parece al viejo dicho aymara “quip nayr uñtasis sartañani” con un ojo mirando atrás y el otro adelante avanzamos y nos levantamos. El mundo aymara, asi como luego descubrí que lo era el mundo amazónico, son raíces de espíritus combativos, así como hemos heredado ese hálito vital de lucha desde los socavones mineros.

No es mucho, pero quiero mandarles lo que hice y rehice desde hace mucho y estos días, un audio casi cronológico de 11 minutos con grabaciones que hicimos directamente de la radio esos momentos y otras que luego sacaron en compilados de homenaje, sé que está un poco pesado, pero si pueden o quieren escúchenlo por partes o entero. Es una forma que hallé de transmitir la potente energía social que entonces se irradiaba y eclosionaba, es algo que se escribió, se vivió y se dijo en colectivo, gritando o calladxs, con los ojos encharcados por el llanto del dolor o los gases lacrimógenos, o cantando consignas desaforadamente en alguna avenida conocida.

Nadie puede despojarnos de nuestras luchas y menos a nombre del poder de ningunx, tampoco se puede traicionar esa lucha ni a sus combatienta-es renacida-os al caer.

Los días de octubre de 2003 fueron coléricos, llenos de muerte y de sangre en las calles, furibundos, llenos de amor por la vida, y yo los quiero recordar, revivir y volver a lucharlos.

Paloma. Octubre 2012

 

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