Ben Hur en su 60 aniversario

Como suele ser sabido dada su enorme popularidad, Ben-Hur (MGM, 1959) es una “historia del tiempo de Cristo” como la subtituló el autor de la novela, Lewis Wallace, y cuyo desarrollo coincide cronológicamente con la vida de éste....

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Como suele ser sabido dada su enorme popularidad, Ben-Hur (MGM, 1959) es una “historia del tiempo de Cristo” como la subtituló el autor de la novela, Lewis Wallace, y cuyo desarrollo coincide cronológicamente con la vida de éste. Convertida desde el primer momento en un “best-seller”, pasó a ser por los empresarios Marc Klaw y Abraham Erlanger un aparatoso montaje teatral con las carreras de cuadrigas como centro del espectáculo que conoció un éxito multitudinario en Brodway. Sería dicha adaptación el referente básico para sus adaptaciones cinematográficas, la primera de las cuales tuvo lugar en 1907 por la Karlem Company, pero fue destruido en 1912 por un problema de derechos, de manera que el primer Ben-Hur que nos ha quedado sería el de 1925,  producida por la MGM después de una dura pugna  por los derechos.

Su realización, llena de complicaciones de todo tipo,  supuso el mayor desafío para la compañía desde que su fundación,  y significó a la postre un capítulo en la historia de la producción ya que sus “padres”, Louis B. Mayer e Irving Thalberg consiguieron transformar lo que podía haber sido una hecatombe en un auténtico triunfo. Filmada sin escatimar gastos y con el convencimiento de que la película dará prestigio al nuevo estudio, Ben-Hur rezuma ante todo espectacularidad, destacando dos momentos estelares: la batalla naval –filmada parte en el mar de Livorno, parte en una piscina–, y la carrera de cuadrigas, para la cual se reproduce en Hollywood el impresionante Coliseo de Antioquia, en lo que constituye el clímax final de la película. Dicha carrera, se efectúa realmente ante cuatro mil espectadores y es filmada en una sola toma con más de 40 cámaras, convirtiéndose en una de las secuencias más emocionante y dramática jamás presenciadas.  Sobre ella se insertaron posteriormente los planos de Novarro y Bushman. Esta versión contiene un detalle, el de la relación amorosa entre Judá  con la  seductora Irás (Carmen Myers), que desaparece en la más puritana de Wyler. Quizás la explicación sea para dejar más claro  que  en la versión de 1958 la única historia de amor importante es la existente entre Ben-Hur y Messala. Sin embargo, con todos sus méritos, sería anulada por el éxito multitudinario de la adaptación de 1959 que marcó, junto con  Los diez mandamientos, el punto comercial más alto de la historia del «peplum».

La historia es bastante conocida: Judas Ben-Hur (Charlton Heston) es un judío de alta alcurnia, parte de una de las pocas familias hebreas que se codean con las autoridades romanas, y que ha conocido hasta los frutos felices de dicha colaboración, de hecho la película comienza diferenciando entre un ayer feliz, y un ahora que se presenta incierto desde el momento en que el prepotente  Messala (Stephen Boyd), el antiguo amigo de la familia, que trae como regalo para Judá un caballo blanco que será todo un símbolo, del que la hermana de Judá (Cathy O´Donnell), está visiblemente enamorada. Cuando Messala pide a Judá que renueve su colaboración, ahora frente a los que hacen agitación contra Roma, Judas se muestra reticente, no son ni agitadores ni terroristas sino patriotas, una controversia plenamente contemporánea, y en Palestina sin necesidad de ir más lejos. Sin embargo, Messala no acepta las medias tintas, y le da a su amigo un tiempo para que se defina, pero cuando al pasar la comitiva del gobernador por debajo de la casa de la familia, y accidentalmente se desprenden unas viejas tejas provocando un pequeño alboroto, Messala no duda en aprovechar la ocasión para hacer un escarmiento, y condena a Judá a ser enviado por vida a galeras.

Una de las virtudes de Ben Hur fue ofrecer algunos detalles de otra de las formas de esclavitud más duras que se ha conocido en la historia, la de las galeras, un navío de guerra provista de remos y de mástiles para velas latinas. Su precedente más notorio es la “navis longa” romana que empleaban ya varias filas de remos como los que aparecen en la película. El galeote y los esclavos formaban la “chusma”, que eran los remeros forzados que carecían del más mínimo derecho. Los galeotes remaban al compás que les marcaba el comitre (que muere como el cancerbero de Espartaco), y permanecían sujetos por las cadenas y los látigos. Este incalificable sistema perduró hasta el siglo XVIII, y fue porque desapareció la flota de galeras.

El azar permite que, a consecuencia de una batalla naval librada por los romanos (que fue rodada por Richard Thorpe) con muchas maquetas), Judá se pueda librar de los grilletes, salvar a varios de sus compañeros, e incluso salvar la vida del patricio romano, Quinto Arrio (Jack Hawkins), el mismo que le adoptará como hijo, y que le permitirá convertirse en su protegido en Roma. En su camino de regreso a Jerusalén, Judá convertido en un poderoso romano, conoce nada menos que a un anciano rey Baltasar (el venerable Finlay Currie, el Pedro de Quo Vadis),  así como a un árabe, tratante de caballos (Hugh Griffith, inolvidable en Tom Jones, y Oscar como medida para contentar a los países árabes)  y se plante delante de Messala para exigirle conocimiento del paradero de su familia destruida, de su gente, entre la que se encuentra un viejo servidor, Simónides (el entrañable Sam Jaffe), y su bella hija (Haya Harareet, una desconocida que la MGM descubrió, según unos en el ejército israelí, según otros en el teatro) un lance con la que mantendrá un casto romance. Messala se había olvidado de las dos mujeres que sobreviven en las más oscuras mazmorras, y que para colmo han contraído la lepra, un verdadero estigma de la Antigüedad. Cuando se entera de la tragedia, Judá se aviene a tomar parte en la salvaje carrera de cuadrigas en el circo de Antioquia, montando unos caballos blancos, en oposición a los negros de Messala que, por lo demás, no duda en emplear las más viles tretas, verdadero plato fuerte de todo Ben-Hur que se precia, y que a finales del siglo XIX ya se había montado por todo lo alto en los teatros, consiguiendo un espectáculo que el cine todavía tardaría en superar. Tras derrotar a su antiguo amigo, y dejarlo literalmente desollado vivo, solo es entonces cuando  Ben-Hur le perdona diciéndole que no ve ningún enemigo. Messala aparece así como otra víctima de la propia prepotencia romana, y así se lo expresa Judá a Poncio Pilato (el magnífico Frank Thring que ya nos inquietó en Los vikingos). Judá no tarda mucho en encontrar a su familia (los leprosos viven en el mismo infecto espacio), y aprovecha la ocasión de los milagros producidos por Jesús, y así las recupera casi en el mismo estado en que las había dejado.

Situada desde muy pronto como una de las películas con mayor éxito comercial en la historia del cine, con su inverosímil récord de 11 Oscar (lo que seguramente la convierte también en uno de los ejemplos más contundente para los detractores de dicho premio), fue reestrenada en más de una ocasión. Rodada en los estudios italiano de Cinecittá con un presupuesto de 15 millones, fue la película más cara de la historia hasta que Cleopatra la dejó prácticamente en mantillas, pero el caso era que fue el mayor presupuesto invertido por la  MGM desde que en 1925 produjo la versión de Fred Niblo, y en su momento fue considerada como una apuesta muy arriesgada, motivo que justificó la presencia de un profesional tan seguro como William Wyler (quien, por cierto,  ofreció el papel protagonista a Burt Lancaster que le preguntó cómo alguien como él se dignaba a hacer una mierda así, a lo que Wyler le respondió que por dinero) que ya había trabajado brevemente con Niblo. No deja de ser curioso que en su momento subyugara la espectacularidad de algunas de sus escenas claves, como las de la batalla naval, cuando sus maquetas y planos trucados resultan más que evidentes.

Una explicación quizás sea que el impacto causado por la otra escena clave, la de la carrera de cuadrigas (uno de los momentos más trepidante, intensos y espectaculares de la historia del cine), realizadas por dos grandes especialistas en la segunda unidad como Andrew Marton (responsable de la estampida de Las minas del rey Salomón) y Yakima Camutt (más el realizador y novelista italiano Mario Soldati), consigue hacernos olvidar sus limitaciones. Wyler (cuyos buenos tiempos quedaban muy atrás, ligado sobre todo a su tríptico con Bette Davis, aunque todavía nos deslumbró con El coleccionista) sirvió al proyecto con la corrección que se esperaba de él, y siguió al pie de la letra un guión sumamente fiel a la novela, y que si bien su firma acreditada fue la de Karl Tunberg, también colaboraron Christopher Fry y Gore Vidal (y Maxwell Anderson). Ben-Hur era susceptible de una lectura más liberal de izquierdas a la manera de Wyler. Se puede establecer un paralelismo entre el “fascismo” de Roma y el imperialismo, y entender la lucha de Judá –una lucha empero por motivos siempre estrictamente personales, con el referente familiar como fondo, nunca el del pueblo- como una manifestación de la lucha antiimperialista, unos detalles que podían ser mejor captados en el momento en que se estrenó.

Ha  tenido que ser un buen documental, El celuloide oculto, escrito por Vito Russo, fallecido (1991) a consecuencia del SIDA, y activo historiador del cine, fue vertido a la pantalla por Robert Epstein y Jeffrey Friedman, dos militantes “gais”, para que, entre otros ejemplos de escenas y fragmentos “gais” de la historia del cinema sacara a colación la ya célebre escena del alborozado reencuentro entre Messala y Ben Hur, con su disputa en la puntería con las lanzas, para que saliera a la luz el sentido auténtico de su anterior relación, sentido certificado por alguien con la categoría moral del escritor de filiación marxista-gai Gore Vidal, colaborador en la parte del guión que corresponde a este momento, y que contó con la complicidad de Wyler y del propio Stephen Boyd, y la natural ignorancia del muy “macho” Charlton Heston. Vista desde el documental la misma escena resulta de una manifiesta evidencia, y le añade el natural encanto de lo “prohibido”, algo que parecía imposible en un “colosal” tan “correcto” como este. El papel de Messala (para el que se quiso contratar a Francisco Rabal), dio fama internacional al angloamericano de  origen irlandés William Millar, conocido como Stephen Boyd  (1928-1977), actor teatral que trabajó como secundario en películas de Ronald Neame Y Henry King (El vengador sin piedad). Éste papel como el prepotente Messala fue el punto culminante de prestigio que intentó recuperar en otros “peplums”, sobre todo en La caída del Imperio romano donde sustituyó a Charlton Heston, para acabar trabajando en filmes de categoría menor, algunos de ellos en España (de la mano de Nieves Conde en tres ocasiones, la primera en Marta, con Marisa Mell).

Olvidada la versión nuda que en su día deslumbró al público (también lo habían hecho en los teatros con carrera de cuadrigas incluida), se han efectuado tentativas ulteriores de secuelas que han resultado inmediatamente olvidadas; esta es la gran versión que dejó una huella indeleble entre el público de unos tiempos en los que apareció como una suerte de cruce entre Los diez mandamientos y Espartaco.

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