Bel Pozueta: ‘Nuestros hijos están presos por una política de revancha del estado español’

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‘Nos quitan la vida. Nos causan mucho dolor, nos roban a los hijos.’ Son palabras de Bel Pozueta, madre de Adur Ramírez de Alda, de 23 años, uno de los tres jóvenes de Altsasu que hace quinientos cinco días que están en prisión incondicional a la espera de juicio. Y empezará, finalmente, el día 16 en la Audiencia española. La fiscalía pide para él y los otros dos encarcelados, Oihan Arnanz y Jokin Unamuno, y para cuatro jóvenes acusados más, cincuenta años de prisión. Los acusan de terrorismo por haber participado en una pelea en un bar en que estuvieron implicados dos guardias civiles fuera de servicio y sus parejas.

Esto que parecía una pelea de bar, y así lo consideró la Audiencia de Navarra, se ha acabado convirtiendo en un caso de ‘terrorismo’ según el Tribunal Supremo, que ordenó que lo llevara la Audiencia Nacional española. Un caso en que todos los aparatos del estado, el policial, el judicial y el mediático, han ido a la vez para crear un relato que se asemeje tanto como sea posible al de los tiempos de ETA. Y ahora pagan el precio los ocho jóvenes que serán juzgados y sus familias. ‘Con la solidaridad que vamos recibiendo, vemos que tenemos que continuar luchando’, dice Bel Pozueta en esta entrevista. El 14 de abril, dos días antes del juicio, ha convocada una gran manifestación en Pamplona.

—Cómo puede ser que una pelea en un bar acabe siendo una acusación de terrorismo?
—Es la pregunta del millón. Hay una intención de causarnos dolor y de aplicarnos una lógica de la revancha. E intuimos que hay unos intereses que quieren mantener esta situación de dolor, de topadas y de violencia. Y han cogido la excusa de una pelea de bar, donde dos de las personas son guardias civiles, para relacionarla con una reivindicación que hace tiempo que ha habido aquí que es la que dice: ‘que se vayan’. Y con esta argumentación han añadido a ETA y con todo esto han creado un relato de terrorismo.

—Cómo lo vivisteis en un comienzo?
—El día siguiente de la trifulga del bar, Rajoy dijo en Twitter que esto no quedaría impune. Esto ya nos situó en una diferente de cualquier que podría pasar en cualquiera otro pueblo. Y que quede claro que nosotros, como familias, siempre hemos repudiado estos hechos. Pero, desde el mensaje de Rajoy, los medios generalistas españoles fueron apuntalando un relato según el cual Altsasu es un pueblo en que se vive una situación de violencia extrema; donde hay también una situación de líneas de separación, de unionismo y abertzalismo… Como si fuera el Belfast de los peores años.

—Pero en un primer momento nadie hablaba de terrorismo.
—Se hicieron dos informes, uno de la Guardia Civil y otro de la policía foral. Y no se hablaba de terrorismo, no; en todo caso, de un hecho de lesiones y de un supuesto delito de odio. La cosa cambió radicalmente cuando un mando de la Guardia Civil fue a visitar al hospital el sargento y el teniente que estuvieron implicados. Porque si hasta entonces habían declarado uno de los guardias civiles afectados y una compañera suya a la policía foral, entonces se les prohibió hacer ninguna más declaración y a los que quedaban para ir a declarar, se les dijo que se dirigieran a la Guardia Civil. Y empezó un relato concreto de qué había pasado.

—Hablabais del papel de los medios de comunicación españoles.
—Sí. Por ejemplo, hicieron una infografía. Si miramos la portada del Mundo o del ABC, como aparecían las fotografías de nuestros hijos e hijas, recordaban aquello que hace años había sido un comando de ETA. Jugaban claramente con el imaginario de los lectores del estado español; querían llevarlos a una situación que ya se había vivido años antes con la banda terrorista.

—Y unos días después unos guardias civiles de paisano empezaron a patrullar por Altsasu y fueron a detener vuestros hijos.
—Sí. Nos siguieron. A nosotros, los vecinos nos avisaron que delante de casa había un coche que venía cada día. Y yo, que viajo mucho, empecé a ver un coche ante casa a las siete de la mañana, cuando todavía era oscuro. Y todos los días teníamos seguimientos. Hasta que un día, un jueves, cuando salí con el coche por la rampa del garaje, vi uno en el cual había dos personas que se agacharon. Yo no pude más. Dejé el mío en medio de la calle, salí y fui, lo quise abrir y bajaron la ventana. ‘Qué queréis, que buscáis?’, les dije. ‘Por qué no nos dejáis en paz?’ Y uno de ellos me dijo: ‘Qué piensa, usted?’. Y les respondí que deberían de ser policías o guardias civiles. No me hicieron caso. Aquel jueves al atardecer se acabaron los seguimientos. Pero al lunes siguiente, mientras almorzaba, vi a un encapuchado que pasaba ante casa. Nosotros vivimos en unos bajos. Incluso dudé de lo que había visto. No me lo quería creer. Se ve que a Aratz [Urrizola], que vive cerca de nuestra casa, no lo pudieron detener en el centro de estudios y fueron corriendo a detenerlo. En el caso de Adur, vinieron a nuestra casa pero no traían orden judicial. Aún así, aquel día por la tarde se presentó en Madrid, ante la jueza Carmen Lamela, en la Audiencia española.

—Una vez encarcelados enseguida les aplicaron un régimen penitenciario muy duro. Qué implica?
—Todo lo tienen intervenido. Todas las conversas y relaciones que tienen allá. Todo es grabado. No tienen posibilidad de participar en las actividades que se organizan en la prisión. Quiere decir que todo el tiempo que se están allá tienen que estar en las celdas o en los módulos pero que no tienen posibilidad de gestionar el tiempo. Hay una lista de las personas que los pueden visitar, y todos estos también son intervenidos en la prisión y tienen que tener el visto bueno de seguridad. Un preso común tiene diez llamadas semanales de cinco minutos; ellos tienen ocho y también son intervenidas.

—Y la correspondencia?
—Pueden escribir dos cartas a la semana. Los otros presos pueden escribir tanto como quieran. Y toda la correspondencia, toda, es intervenida. Dependiendo de los criterios de seguridad, muchas cartas son devueltas. Todo lo tienen intervenido. Y las personas que les escriben son anotadas en una lista de sospechosos. Que se sepa que todo el mundo que les escriben entrarán a formar parte de una lista.

—Y Adur está solo en la prisión. Lo separaron de los otros dos.
—Inicialmente enviaron dos presos a Alcalà, porque eran menores, y cinco más a Soto de Real. Los últimos fueron repartidos: dos parejas en módulos separados y Adur solo en otro. Para él, fue una situación muy dolorosa. Muy dura. Y el mes de mayo pasado se hizo una marcha solidaria y Adur salió a una ventana con una camiseta que tenemos reivindicativa de Altsasukoak Aske. Y les dijo ‘eskerrik asko’, para agradecer aquella visita. Pues por eso le abrieron un expediente, lo metieron en el módulo de aislamiento en Soto de Real. Y a en Jokin, a Oihan y a él, les aplicaron el aislamiento y la dispersión. Hoy Jokin está en Estremera; Oihan en Navalcarnero y Adur está en Aranjuez. Y los otros dos que en aquel momento estaban en Soto del Real y los de Alcalá, los soltaron el 20 de diciembre del 2016; estuvieron un mes en prisión. Con los ocho que finalmente entraron, han hecho una diferencia cuando la situación jurídica es la misma, con peticiones de cincuenta años de prisión. Es un poco como el caso catalán: a unos los meten dentro y a otros los dejan fuera.

—Y en prisiones que son a cuatrocientos cincuenta kilómetros de vuestra casa.
—Sí. El 29 de junio de 2017, mi familia tuvo una accidente que, por suerte, sólo causó daños al coche y un susto muy grande. Es un riesgo más, sí. Y hay cansancio acumulado. Esta semana volvemos a ir a Aranjuez. Quiere decir hacer carretera, mucho gasto, mucho tiempo y peligros. El dinero es dinero, pero nos la jugamos. Pamplona tiene una prisión nueva, a cincuenta kilómetros de Altsasu tenemos otra, que es nueva, en Vitoria, a cincuenta y cinco kilómetros; otra en San Sebastián, a cincuenta. Estamos rodeados de prisiones.

—Os han dado alguna explicación de por qué no los tienen en prisiones vascas?
—Dicen que porque el juicio es inminente.

—Más de quinientos días esperándolo!
—Sí, ahora el juicio es inminente pero hace un año y medio no lo era. Claramente, es otra manera de castigarnos. Si esta política se ha aplicado a los presos políticos, pues a nosotros igual. Hay mucha gente que sufre esta situación que sufrimos.

—Esto que explicáis recuerda mucho el caso de los familiares de los presos políticos catalanes.
—Es calcado. El primer día que los familiares de los Jordis fueron a Soto de Real, aquel sábado, nosotros íbamos a Aranjuez. Lo sentía por la radio y me venían unas ganas de llorar… Porque recordaba el primer día nuestro, que fue tan duro; lloramos tanto toda la familia en el locutorio de la prisión que no podíamos ni hablar con Adur. Sólo llorábamos. Y cuando salimos, igual. Aquel sábado pensé en ellos. Y el otro día veía en el parlamento a los familiares de los presos catalanes, la cara que hacían. Por favor! Es que juegan con nuestro dolor. Es increíble.

 

Enlace con la entrevista

 

 

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