Ayer falleció una persona que amo, por culpa del C-19

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Ayer falleció una persona que amo, por culpa del C-19.

La persona más letrada e inteligente que he conocido.

No era “población vulnerable”; ni anciana, obesa o con diabetes mellitus.

No le mató el agente patógeno SARS-CoV-2, sino un virus mucho más letal y peligroso, aquel que no se propaga por besar, saludar o estornudar sino por ver, oír y hablar: la pandemia del pánico mediático, la histeria colectiva, el miedo irracional y la paparrucha viral.

Los tiroteos ininterrumpidos que día tras día disparan las balas de la desinformación.

Balas sin patria o nacionalidad que, como las del fusil de un soldado del gobierno, sirven a una persona poderosa

Que sirve a otra persona poderosa
Quien a su vez sirve a otra persona poderosa
Quien sirve a otra persona poderosa en todas partes

 

Pero en todas partes esas personas son las menos, y nosotras somos las mas

Por ello,

No morirá la luz de tu palabra

Ni la semilla de tu recuerdo

Pues la flor de tu memoria

Ya jamás será olvidada

Por más que quiera arrancarla,

La soberbia del cuarto poder.

 

Si por algo esto escribo y comparto, en pleno respeto de tu descanso eterno, es para que el 1 o 100 quien llegue a leerlo no olvide ni ignore que provoca muerte el amarillismo; un monstruo grande y brillante que a diario se alimenta de nuestra artificial megalomaniaca necesidad por sentirnos el centro desde el que todo gira. Vórtice que nunca sacia su morbosa alienación.

Apaga la radio y televisión.

El google, facebook y al pájaro azul.

 

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