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Por Mikel Arizaleta

Hace unos días me comentaba el amigo bávaro Harald Martenstein una historia, que me ha hecho un poco más desconfiado:

“Mi padre, me dijo, casi siempre daba algo a músicos callejeros y a mendigos, algo que he heredado yo. “Casi siempre”, ¿y eso qué es, cuándo sí y cuándo no? Es cosa de sensaciones, de simpatía, de cercanía, por ejemplo a gente agresiva no doy, no me gusta ese tipo de personas.

Aquella mujer joven, que me abordó a mediodía en la planta baja de la estación de tren de Frankfurt, me cayó simpática. Portaba vestimenta oriental y en casi perfecto alemán me dijo provenir de Afganistán. Quería ir a Zurich, estudiaba allí, pero le faltaban 14€ para el billete. Sabía que podía ser una treta socorrida. La historia tenía un cierto regusto extraño. Pero leí en sus ojos que no mentía, esparcía honradez y un halo de simpatía. Y pensé, pues si no es verdad da igual. Y le largué un billete de 10€. La muchacha me recordó necesitar 14 y me dijo haber visto en mi cartera otro billete. “Le puedo cambiar, dijo, deme uno de 20. Pero dese prisa que mi tren parte en 7 minutos”.

Y yo dije: “Si 10 no le llegan devuélvame el de 10”. Y le así de su mano. La mujer comenzó a gritar de inmediato: “¡Este tipo me agrede! ¡Me ha agarrado! ¡Socorro, socorro!” Los presentes me miraron. Y de sitios diferentes llegaron tres jóvenes, hace poco me comentaron que posiblemente norteafricanos, que actuaron rápidamente. Está claro que formaban grupo con la mujer. Me escapé. Tuve miedo, jamás antes me había sucedido antes cosa igual. Subí la escalera mecánica tras un negro, que había observado la escena, y girándose me dijo: “This woman ist not good”.

Arriba, en el andén de las vías, había algunos hombres de uniforme con la inscripción “Security”. Sentí la necesidad de hablar con alguien y me dirigí a uno de ellos de más o menos mi edad. Y le conté lo vivido; yo seguía estando un poco para allá.

Me comentó que es una treta frecuente, que se da todos los años en la noche de san Silvestre de Colonia en otras circunstancias y con otra escenificación. Y que si no me hubiera escapado, que es lo inteligente, los tres jóvenes, llegados espontáneamente en ayuda de la mujer amenazada, posiblemente me hubieran birlado también la cartera. Muy taimado asunto. “En ningún caso debe dar algo a alguien”, me dijo aquel señor. “Son bandas que uno con otro se llevan 200€ al día”. Los seguratas garantizan su presencia y poco más, eso sí, delante de ellos las pequeñas bandas organizadas no atracan.

Sentí vergüenza de mi idiotez porque ya conocía esas historias. No hace aún dos semanas que me robaron en las cercanías de otra estación y luego otro policía me hizo parecida advertencia.

No es la pasta, es la angustia y la sensación de humillación. ¿Cómo aquella mujer me pudo engañar de aquella manera? Me sentí del todo idiota. Sabía que para coger el tren debía bajar de nuevo por la escalera mecánica, y allí estaban ellos. Durante media hora larga me refugié  en la sombra del segurata y, llegado el tren, con los ojos en tierra y sin mirar a nadie, subí al tren lo más pronto que pude, eso sí, sin echar a correr”.

Yo, de todas formas, voy a seguir dando la mano al mendigo de las calles,  quizá no a las chicas guapas y simpáticas de las estaciones de tren.

Mikel Arizaleta

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