Así sería una economía verdaderamente global

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Por Sergio Pérez

Nunca sabemos cómo denominar o nombrar a los fenómenos de nuestra realidad. Con la economía sucede algo similar. Nos preguntamos si un adjetivo u otro encaja mejor o peor, si es local o global, multinacional o transnacional. Encallamos en la mera definición, también porque es de donde todo siempre debe partir.  Por esta razón, y porque de vez en cuando es necesario realizar un nuevo ejercicio de reformulación, vamos a dar forma gramatical a tres -no tan nuevos- fundamentos que harían de la economía actual una ciencia social verdaderamente global (y por lo tanto justa).

Primero: Determinación de unos límites macroeconómicos comunes: Reglamentados en una normativa de alcance internacional y  con plena capacidad de coerción sobre el conjunto de territorios del planeta. Una economía global que respetara en cualquier lugar del mundo las mismas reglas de contaminación medioambiental, que atendiera al establecimiento de cuotas máximas de producción territorial, consumo energético, deforestación de bosques, riqueza, demografía, etc… Con atención a las singularidades específicas de cada lugar, es cierto, pero siempre que esta atención fuese prestada por parte de una autoridad de orden mundial, única acreedora de la plena potestad para establecer normas comunes de carácter esencial -incluidas sus excepciones-.

Segundo: Contextualización de un marco laboral común, en el que los principales parámetros vinculados con el mercado de trabajo fueran homogéneos; de manera que el Salario Mínimo Interprofesional o el subsidio de desempleo, es decir, cualquier variable vinculada a la esfera de la protección social o a la determinación de los estándares de retribución justa por el desempeño de un trabajo, fuesen las mismas en cualquier lugar del escenario económico. Lo mismo con respecto a la duración de la jornada o a la edad de acceso al mundo laboral. Sin desigualdades normativas no habría desigualdades sociales; otra vez una economía verdaderamente global.

Tercero: Creación de un sistema fiscal mundial único; con el objetivo de mandar los paraísos fiscales al infierno, de impedir que ciertos territorios minúsculos, que ciertas áreas económicas ficticias funcionen como una especie de vertedero trasero por el que esquivar las debidas obligaciones para con los sistemas tributarios locales. Cuanto más conocemos las funestas consecuencias que la inexistencia de una normativa fiscal común conlleva, cuanto más descaradamente quedan al descubierto todos los fraudes internacionales, con tanta más insistencia debiéramos todos y cada uno de nosotros exigir, con plena independencia de nuestros lugares de origen -que en realidad no son sino el mismo-, una urgente implantación de lo que perfectamente podríamos denominar “una economía verdaderamente global”.

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