La criminalización del independentismo por vía de presentarlo como un movimiento violento es un globo que estalla este 12 de abril. Ese día, el juez ordena liberar a Tamara Carrasco, del CDR de Viladecans, detenida por la Guardia Civil y acusada de terrorismo por el fiscal de la Audiencia Nacional. El juez, además, rebaja las acusaciones a desórdenes públicos. La diferencia es, diríamos, abundante: 27 años, la distancia entre las penas máximas por desórdenes y por terrorismo.

 Pinchar este globo, datos en mano, es lo que hace Daniel Camon en el informe CDR, un relato de terrorismo. Cómo se construye un relato para justificar la represión (pdf), editado por el Observatori Media.cat del Grup de Periodistes Ramon Barnils. Camon, realizador de TV3, explica cómo la pretendida violencia independentista no es más que una mistificación que sincroniza gobierno, justicia, fuerzas de seguridad, partidos del 155 y diarios españoles.

Quien sale más maltrecho de toda esta historia son los medios de comunicación. El rol del resto de instituciones puede extrañar más o menos —para bien o mal, actuan como se espera (o desespera) de ellas— pero los medios han dejado mucho pellejo en el lance. Si el periodismo es un ejercicio sobre la confianza de los ciudadanos, te tiene que escocer mucho ser presentado como alguien que se deja engañar o se salta prácticas profesionales bien establecidas. Francesc Serés lo denomina «periodismo de Estado».

Tensión y agresividad

Camon hace dos trabajos. Uno, cuantitativo, consiste en hacer el recuento de piezas que aluden a los CDR en las ediciones digitales de los tres principales diarios españoles (El País, 84 piezas; ABC, 134; El Mundo, 61) y su ritmo de publicación entre el 26 de septiembre del 2017 y el pasado 12 de abril.

Otro es el análisis cualitativo, donde repasa el lenguaje con el que esos diarios se refieren a los CDR. Añade aquí también una selección de artículos de otras cabeceras menores (La Razón, El Español, Crónica Global, OK Diario o El Confidencial), «que habrían podido llegar a influir en el lenguaje» de los colegas en la fabricación del relato de la violencia.

Los CDR se presentan desde el primer momento como grupos asamblearios «de desobediencia civil y de acción no violenta». Es así como aparecen retratados en las primeras informaciones de los tres diarios mencionados.

La policía, en cambio, los describe como «un grupo de individuos encapuchados de perfil anti-sistema» que actúan «con gran virulencia» y «actitud beligerante y hostil». También afirman que los CDR no pretendían ejercer «resistencia pasiva», sino actuar «de manera violenta», dice el informe.

En el transcurso de los meses estudiados, los medios van adaptando su información de forma que los CDR se convierten «en protagonistas de una supuesta tensión y agresividad en las movilizaciones republicanas». Esta evolución es paralela a la investigación policial, que «ha incrementado el número de acusaciones y la beligerancia en el relato», explica Camon.

Palabras y detenciones

El agravamiento de las acusaciones del aparato judicial se corresponde con «la escalada verbal en la prensa digital, pero también en las apariciones públicas de políticos» y en los subsiguientes «informes de los cuerpos de seguridad del Estado y en los textos de la Fiscalía de la Audiencia Nacional, que han señalado a los CDR como un elemento de degradación de la convivencia de la sociedad catalana y como generadores de violencia, hasta llegar a las primeras detenciones.»

Esta metamorfosis del discurso policial en discurso mediático se manufactura centrando la información en una fuente, omitiendo otras para contrastar los hechos. «No son pocos los medios que generan noticias con una única fuente —sea policial o política—, que no se cuestiona en ningún momento ni se contrasta con el punto de vista de los protagonistas del artículo; en el caso que nos ocupa, los CDR,» explica el informe. Aclarar los hechos importa poco. Importa más fabricar un relato.

Camon traza el recorrido de esta fabricación desde que los tres medios citan a los CDR por primera vez, el 26 de septiembre del 2017. «La evolución en el lenguaje circula […] desde el tono puramente descriptivo de la primera pieza informativa […] hasta los artículos cargados de expresiones referidas habitualmente a situaciones de guerra o terrorismo que empiezan a aparecer ya a en octubre y noviembre de 2017, y que encuentran momentos estelares de lírica bélica en marzo y en abril de 2018».

Pacifistas y violentos

El primer artículo donde El País habla de los CDR habla al título como de «grupos de voluntarios» que «quieren evitar, de forma pacífica, que se retiren urnas». En el cuerpo de la noticia se explica que «insisten mucho en […] que nadie utilice la violencia». «A diferencia de coberturas posteriores, a que no citan los CDR como fuente, aquí sí que encontramos declaraciones de uno de sus miembros», dice el informe.

El 2 de abril, sin embargo, el contenido y el tono es otro. En un reportaje titulado «El ala más vandálica del independentismo», describe los CDR como «expertos en agitación social» que «han recrudecido sus acciones», «el activismo más violento del independentismo», «agitadores profesionales», etcétera.

Pasa lo mismo con ABC. El 26 de septiembre de 2017, los CDR son «puntos de defensa e información del 1-O». El pasado 31 de marzo, en el artículo titulado «De las ‘sonrisas’ a la ‘kale borroka’: el ‘procés’ entra en una nueva fase de violencia», la palabra «violencia» o derivadas aparecen doce veces.

El Mundo empieza describiendo los CDR como «comités [para] proteger los colegios ‘de manera organizada'». Seis meses después, los mismos comités «amparan [a los] promotores de las acciones de kale borroka que cada vez con mayor intensidad se vienen sucediendo en todo el territorio catalán».

Los políticos, detrás

Camon sitúa a los políticos en el siguiente peldaño del proceso de manipulación. Tanto preparan el terreno como se aprovechan después de la realidad creada desde la nada o desde la distorsión de los hechos.

«Una semana antes de que la Fiscalía de la Audiencia Nacional anunciara que actuaría con contundencia contra los CDR, el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, pone en duda […] que el movimiento independentista sea ‘pacífico’, y asegura que las movilizaciones para protestar contra la detención de Puigdemont en Alemania ‘tenían un carácter de mayor violencia'», recuerda el informe.

Dos días después, el 28 de marzo, PP, PSC y C’s presentan una propuesta de resolución que condena «la violencia». Por lo tanto, piden, «el Parlament condena enérgicamente los actos violentos en que han desembocado las recientes concentraciones convocadas por la ANC, Òmnium Cultural y los llamados CDR».

¿De qué «actos violentos» habla? De los que se han fabricado en los medios con una relación con la realidad, digamos, ligera, procedente sólo de los informes policiales.

‘Enfrentamiento civil’

La escalada de la distorsión sube. El 3 de abril, Rajoy, desde Argel, asegura que combatirá «con todos los medios judiciales y policiales a su alcance» la actividad «violenta e intimidatoria» de los CDR, recuerda Camon.

El 10 de abril, la Fiscalía de la Audiencia Nacional ordena las primeras detenciones de miembros de los CDR.

Entrevistada en Onda Cero el mismo día, Inés Arrimadas (Cs) afirma que la detención es «normal» y alude a los miembros del CDR como comandos, porque «utilizan, por descontado violencia». Miquel Iceta (PSC) habla de «enfrentamiento civil». Etcétera.

Sincronización perfecta de todos los actores en la manipulación del relato. Círculo cerrado.

Objetivos de la estrategia

Camon explica que «muy pronto, esos medios asociaron [los CDR] no tan sólo con la violencia, sino también con el terrorismo» a través de «el uso de adjetivación con términos despectivos y la atribución de acciones y actitudes agresivas («matones», «radicales», «lucha callejera», «kale borroka», «ala más vandálica», «recrudecimiento de la violencia», «artefacto», «agitadores profesionales», «incendiar las calles», «amenazas», «terrorismo callejero», «violencia organizada»…) y la utilización constante de metáforas militares («milicias», «blindar los colegios», «escalada de la confrontación», «no dar tregua al pérfido invasor», «brigadas», «soldados de la CUP» o «grupos de choque»).

Estas palabras remiten «al imaginario colectivo de los años ochenta y noventa, cuando la lucha armada en el País Vasco ocupaba gran parte de la narración informativa en el Estado español. Los medios han aplicado miméticamente este marco mental», concluye Camon.

En su cierre, el autor del informe se pregunta cuál es el objetivo «de esta estrategia de criminalización». Adelanta dos hipótesis. Una, «debilitar la causa republicana» asustando a la gente. Otra, «justificar la represión aplicada y la que se pretendería seguir aplicando». Quizás son las dos al mismo tiempo.

https://www.elnacional.cat/es/politica/cdr-terrorismo-relato_262515_102.html