Ascunce y Lantigua, memoria histórica que duele y obliga

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Por Roberto Pérez Betancourt

Aunque han transcurrido 46 años del monstruoso asesinato del joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech y su alumno, el campesino Pedro Lantigua, el hecho sigue vivo en la memoria histórica, como muestra de lo que son capaces de hacer los voraces enemigos del pueblo, guiados por la mano sangrienta del amo Imperial quien los arma, entrena y paga.

Solo 16 años de edad contaba el maestro cuando los criminales irrumpieron la noche del 26 de noviembre de 1961 en el humilde bohío donde se albergaba. Iban en busca de víctimas para sembrar el terror en el campo, interrumpir la campaña de alfabetización y justificarse ante os ojos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana, que financiaba y amparaba las bandas contrarrevolucionarias en la Sierra del Escambray, centro sur de Cuba.

La Campaña de Alfabetización se desarrollaba exitosamente en toda la nación. Por vez primera los humildes del campo y la ciudad accedían al conocimiento, base indispensable sobre la que se edificaría la obra revolucionaria de justicia social.

Braulio Amador, jefe de los asesinos (meses después fue fusilado), iba al frente de los malhechores. Interrumpieron las clases y raptaron a Manolito y Pedro a quienes torturaron hasta la muerte.

El certificado forense de Ascunce dice: «… catorce heridas punzantes en el abdomen realizadas en vida… Contusión y signos de tortura en los órganos genitales. Signos de arrastre en las regiones escapulares y glúteas. Desgarraduras de la piel. Surco profundo en el cuello, que demuestra la muerte por ahorcamiento.» Testimonios de alfabetizadores de la misma zona donde se desempeñaba Manolo afirman que el joven se negó a abandonar su deber, y a las preguntas inquisitivas de los bandidos afirmó categórico: «Sí, soy el maestro».

El Comandante en Jefe Fidel Castro supo del suceso durante las sesiones del XI Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba e informó a los asistentes:

«Compañeros trabajadores: en el día de hoy hemos recibido la noticia de que un joven brigadista alfabetizador, de 16 años de edad, fue asesinado por elementos contrarrevolucionarios en la Finca Palmarito, barrio de Río Ay, término municipal de Trinidad, Las Villas. El joven se nombra, o se nombraba, o se nombra y seguirá nombrándose siempre Manuel Ascunce Domenech.»

Nunca habrá consuelo ante las pérdidas horrendas de seres humanos que en la vida edificaron obras de amor y cultura para el crecimiento de la especie, y sucumbieron por la codicia, la maldad y el odio que inspira a los depredadores del futuro, los mismos que cada día asesinan en Iraq y Afganistán, y que hoy renuevan amenazas terribles contra el pueblo cubano.

Lo que hicieron a Manolito y Pedro hace más de nueve lustros es simple muestra de otros muchos crímenes cometidos por el imperio y sus agentes a lo largo de casi cinco décadas en Cuba.

Si pudieran, ¿qué no harían hoy las hordas invasoras y sus mercenarios contra estudiantes, maestros, niños, mujeres, obreros, campesinos, intelectuales, contra todos los cubanos amantes de la paz y de la justicia, que han luchado denodadamente para edificar una sociedad más justa? «Por sus obras los conoceréis», reza un sabio enunciado bíblico.

Sí, ciertamente, siempre seguirán nombrándose Manuel y Pedro. Es parte de la memoria histórica, la que duele y obliga.