Arma letal global

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Por Rafael Cid

Una madre a su hijo: “Para comprender a los adultos tendrás

que esperar a hacerte mayor y perder el juicio”

(El Roto)

En Estados Unidos el terrorismo interior nace del odio racial y de la mística del rifle. En Francia, tras los atentados de Inglaterra y España, surge como una reyerta entre creyentes e infieles capitalizada “lobos solitarios” del salafismo. En la guerra de Siria son los aviones de la OTAN y del régimen los que, con la excusa de luchar contra su particular eje del mal, bombardean ciudades abiertas y hospitales, víctimas anónimas que rara vez causan alarma social. Y Rusia justifica la ocupación de Crimea como una reparación territorial, aunque no pueda explicar el derribo de un avión comercial con más de 200 personas a bordo.

Es terrorismo, sin paliativos ni excepciones. Pero sería engañarse hablar de buenos y malos, de víctimas y verdugos, de causas y efectos como mundos separados La línea divisoria es imprecisable, un blanco móvil. Victimas que pueden ser verdugos, y viceversa. Efectos que operan como causas, y al revés. Es la zona gris donde cabe cualquier atrocidad. Resulta imposible metabolizar el fenómeno del yihadista sin mencionar la criminal invasión de Irak (como hace el informe Chilcot), la ocupación y el apartheid de Palestina por Israel; la barbarie de la guerra secreta de Chechenia por el Kremlin o el martirio de Afganistán tras la doble y sucesiva intervención soviético-norteamericana.

Es la siniestra lógica del cuanto peor mejor, con que la industria armamentística y los grupos ultras y xenófobos se frotan las manos. La jibarización mental y moral de las masas (consumidoras y votantes) jamás pronosticaron nada bueno. Al contrario, han abonado el terreno para que el rechazo al diferente prospere sin límites. Esa estigmatización ya forma parte del paisaje. El poder corrompe al que lo ejerce y degrada al que se somete. Lo dijo Bakunin, pero cada día tenemos muestras evidentes de su funesta huella. ¿Quién está aupando electoralmente en muchos países “civilizados” a partidos que predican la guerra santa de la exclusión social? Mayorías sociales. Trabajadores desahucios por la crisis. Gentes de bien. Obreros y ciudadanos cumplidores con la ley que sienten amenazadas sus formas de vida. Víctimas y verdugos, según se tercie. Juego de patriotas, juego de tronos.

Es un patrón que tiene un siglo de antigüedad. De cuando el internacionalismo de los proletarios abrazó el nacionalismo con la constitución de partidos obreros dispuestos a asaltar los cielos en el marco del Estado-nación. Aquella vieja AIT de la “emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos” dio paso a una nueva política competitiva a escala de país. Quedó atrozmente patente en la Gran Guerra, cuando la fraternidad de los de abajo se dividió entre germanófilos y anglófilos. En aquel conflicto bélico la clase obrera se estrenó como carne de cañón al servicio de los intereses de los poderosos. Fue la primera contienda en la historia en que se mató a mansalva y a larga distancia gracias a las nuevas armas de destrucción masiva, aunque aún se respetaba a la población civil.

Algo crucial que marca la diferencia con la actual ola deshumanizadora. Refiriéndose a la guerra de Chechenia, Svetlana Aleksiévic explica así la trascendencia de esa deriva en su excepcional “El fin del homo sovieticus”:<<Las guerras de ahora no las libran soldados contra soldados. Ahora la población civil, las personas comunes, son objetivos legítimos. Todo el mundo se convierte en enemigo, hombres, mujeres y niños. Por eso cuando vuelven a casa les meten un tiro a cualquiera y se sorprenden si alguien les pide explicaciones>>. Solo un puñado de internacionalistas estrafalarios se declaró orgullosamente pacifista y trato de frenar la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Como aquellos socialistas y anarquistas que en 1915 se reunieron en la ciudad gallega de Ferrol para gritar al mundo inútilmente ¡abajo las armas!

¿Qué fue de la solidaridad humanista? ¿Y de los movimientos contra las guerras? ¿Por qué la izquierda ha abandonado aquellas señas de identidad? Preguntas y respuestas se yuxtaponen en una reacción en cadena sin solución de continuidad que tiene su talón de Aquiles en la pérdida generalizada de conciencia moral. Baste decir que hoy la industria armamentista es una de las principales actividades económicas y emplea a millones de personas en el planeta. ¿Se plantean esos asalariados su responsabilidad por el destino del trabajo que ejecutan? ¿Hacen alguna crítica los sindicatos a esa actividad?

Ni por asomo. Lo que importa es la “carga de trabajo”, esa expresión muladar que equipara el concepto trabajo a una simple mercancia, un trabajo sin valores. Porque la dignidad del trabajo se pierde no solo con los empleos basura. Y sirve lo mismo para justificar la construcción de un portaviones, fabricar bombas racimo, disputarse la ubicación de un cementerio de residuos radiactivos o una central nuclear. La cultura de la paz que inspiró al filósofo y científico Bertrand Russell es una antigualla. El Premio Nobel de la Paz lo concede una fundación en recuerdo del inventor de la dinamita; un ex ministro de Educación en España se ha convertido en secretario general de la OTAN y hasta la guardia civil de tráfico (¡¡¡ la Benemérita!!!) lideró un golpe de Estado.

¿La vieja política? La nueva es más sucia y cínica. Es cierto que hay propuestas alentadoras, como la de la CUP pidiendo la descuartelización la vida civil, o el veganismo, esa práctica extrema y holística de respeto a la vida. Pero también hay otras aberrantes, como la de Podemos, incorporando a su directiva al “pacifista y antimilitarista” ex Jefe del Estado Mayor de la Defensa. Estamos siendo programados para la venganza y el escarmiento como nunca por los estímulos que nos rodean. En la espiral de inseguridad y conformismo en que nos hemos instalado corremos el riesgo de convertirnos en mortíferos drones sin ni intuirlo siquiera. Por eso urge desaprender todo lo que conlleve culto a la violencia. De género, de raza, de religión, estructural o de clase. La ignorancia y la obediencia ciega es un arma letal global.

Terrorismo es terrorismo. Sin paliativos. Venga de donde venga. De un conductor desequilibrado y fanatizado en un concurrido paseo de Niza o de militares sublevados en Estambul. Aunque el alzamiento en Turquía tenga tantas lagunas como nuestro insondable 23-F (con la diferencia de que aquí nadie salió a la calle para defender la democracia).

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