Argentina. Una triste noticia. Murió el compañero anarquista Carlos Torres

 

CARPINTERO, LIBRERO Y EDITOR

En la noche del este 22 de julio pasado murió Carlos Torres. No fue algo inesperado, venía peleando por la vida hace más de 24 años y en los últimos tiempos ya daba signos de cansancio. Pero no por esperable ha sido menos doloroso.

Carlos nació en Barcelona, su padre, que perteneció a la CNT, murió cuando él era muy chico, su madre fue de las Juventudes Libertarias. Su infancia transcurrió en una Ibiza de pescadores y labradores pobres, muy distinta de lo que es ahora.

Paradójicamente, su primer contacto concreto con las ideas anarquistas fue en la Argentina, de la mano de un maestro carpintero que le transmitió el oficio. Lloró cuando, siendo un adolescente, leyó La Conquista del Pan y quedó marcado para siempre (la solución a los males de la humanidad estaba al alcance de la mano y era tan sencilla…)

Desde entonces participó activamente en la vida social del Movimiento, y conoció a Alba, quien sería su compañera de siempre, en las reuniones fraternales y picnics que se realizaban en conjunto con la Federación Libertaria Argentina. 

Su lugar de militancia fue la Biblioteca Popular José Ingenieros. Los muebles que se hicieron para la nueva sede de calle Ramírez de Velasco y que hasta hace muy poco se conservaban, fueron construidos por él y por otro carpintero inolvidable, Vicente Francomano. En esos años formó parte del Grupo Editor de La Protesta junto con los hermanos Oscar y César Milstein, Colombo, Naso, Delmastro, Solomonoff , los hermanos Roque y Vicente Francomano, Gabriel Prieto, Antonio López y otros conocidos compañeros. La solidaridad no era para él una mera palabra. Sin ser naval, casi recién llegado al país apoyó activamente la larguísima huelga de la FOCN. Sin ser plomero y desde su empleo como carpintero de obra, participó de la larga lucha que éstos sostuvieron ejerciendo una de las armas tradicionales del movimiento obrero revolucionario: el sabotaje.

En los años de la dictadura procesista eligió trasladarse con toda su familia a España donde trabajó en diferentes actividades y finalmente ejerció la que elegiría para el resto de su vida, la de librero. 

Cuando luego de Malvinas volvió a la Argentina, siguió con esa actividad e integró el Grupo Editor de La Protesta de esos años. En la “primavera democrática” formó parte, con otros compañeros entrañables, del Grupo Editor de la revista Utopía.

A finales de los ochenta, le diagnosticaron el mal que lo perseguiría incansable de ahí en más. Una miocardiopatía dilatada que haría honor físicamente a lo que ya todos sabíamos: que tenía un gran corazón, un corazón enorme.

Los facultativos le daban una expectativa de vida que iba desde 2 o, a lo más 5 años. Pero la peleó ¡y cómo! Tenía un apetito voraz por la vida. Era verdaderamente insaciable, sólo lo torturaba su agotamiento crónico ya que, pese a ser un incansable lector y acabado autodidacta, amaba más el trabajo físico que el intelectual. Nunca pudo resignarse a la labor de escritorio, de sillón, de computadora. Entre otras cosas construyó con sus propias manos las casas en las que vivió, miles de metros de estanterías y el mobiliario de los numerosos locales de librería por los que pasó.

A principios de los noventa tuvimos la satisfacción de publicar los dos primeros títulos anarquistas, -Dios y el Estado y El anarquismo- en la primitiva editorial Altamira, luego vendrían otros en colaboración con los compañeros uruguayos de Nordan.

Su trabajo como editor desde entonces creció, con la ayuda de sus hijos, hasta hacer de Terramar lo que es hoy, una editorial de envergadura y con cuidados títulos.

El compartido anhelo de muchos años finalmente fructificó, a principios de los 2000, en lo que sería la colección Utopía Libertaria. Desde entonces fue una de sus principales columnas de sostén, ideológica y económicamente.

Todos los que tuvieron la suerte de conocerlo guardarán de él un recuerdo imborrable. Los que los conocimos más íntimamente, sus compañeros y amigos podemos asegurar que, en mayor o menor grado, su amistad nos cambió definitivamente la vida.

 
Juan Carlos
 

 

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