Argentina. Reivindicar lo público

Porque cuando el mercado se ausenta, el Estado se presenta.

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El Instituto Malbrán realiza tests de diagnóstico de Covid-19 desde el primer día en que se declaró la epidemia. También lleva adelante investigaciones de vanguardia para descifrar el genoma –la identidad– del coronavirus a nivel local. Las universidades nacionales, que ponen a disposición a sus científicos como recursos humanos capacitados para procesar muestras y que prestan sus infraestructuras para ser empleadas como centros de salud, auténticos hospitales frente a la emergencia. Investigadores del Conicet que, desperdigados por el territorio, exploran las características específicas de este patógeno para darle pelea con la mejor evidencia científica disponible. Tecnólogos, también del Consejo, que diseñan máscaras para el personal de salud, aplicaciones y respiradores para pacientes en estado complejo. En todos los casos –y la lista sigue– las buenas noticias provienen de instituciones del Estado que, cuando el mercado duerme la siesta, intervienen para que la sociedad pueda funcionar con espíritu de bloque. Un mecanismo que vuelve a aceitar, una vez más, los engranajes de la solidaridad social, en épocas de globalización, consumo irreflexivo e híper-individualismo.

Venimos de tiempos en que ‘lo público’ fue denostado. La exgobernadora bonaerense, sin ir tan lejos, a mediados de 2018 no comprendía para qué servían las universidades conurbanas con anclaje territorial. En la actualidad, pandemia por medio, la función social de estas casas de estudio afincadas en lo profundo de la provincia se resignifica de manera positiva. En algunos casos, incluso, abren sus cocinas para habilitar miles de raciones diarias de comida para aquellos vecinos que peor la pasan. Porque, como es natural, el aislamiento no se vive en todos lados por igual. Como bien apunta Cristian Vitale en su contratapa de lunes: “En Gerli, hoy, no hay cacerolazos. No se escucha ni el ruido de una lata que perturbe el silencio del puente”. Y ello, por supuesto, no se relaciona con que el conurbano esté deshabitado, ni mucho menos con que la militancia esté apagada. Nada de eso. Lo que el autor pretende describir es que la pandemia, del otro lado de Buenos Aires, se vive diferente. Las experiencias se adecuan al sitio en el que vivimos; los procesos de socialización varían según las latitudes, los contactos, las amistades, los amores.

De este modo, frente a la mirada porteñocentrica –que se alimenta y retroalimenta desde los medios capitalinos y que siempre caracteriza al conurbano a partir de sus oscuridades, sus suburbios, sus delincuentes y la corrupción policial– los barrios más allá del gran centro porteño desatan sus propias lógicas. No hay saludo para los médicos pero tampoco cacerolas contra el gobierno. ¿Y ello por qué sucede? La que quiero transmitir es una idea simple: existen tantas experiencias de aislamiento como personas en Argentina. De cualquier manera, al menos hoy, todas esas heterogeneidades pueden unificarse bajo un concepto común y es que al Estado lo hacemos entre todos y todas.

Aunque en el pasado valía más encumbrar lo privado en desmedro de lo público, defenestrar lo estatal por su ineficiencia y burocracia, el discurso emergente parece ser otro. Porque cuando el mercado se ausenta, el Estado se presenta.

 * Pablo Esteban. Página12

 

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