Argentina: No se qué hacer con Malvinas

La radio dijo “¡073!”, pero yo ya sabía. Soy del milenio en el que todo joven argentino tenía que levantarse temprano un día de invierno y escuchar la radio para saber qué iba a pasar con él al año siguiente. Los militares te sorteaban y, de acuerdo con tus últimos tres dígitos del DNI, te asignaban un número que determinaba si ibas al ejército, a la aviación, a la marina o si te “salvabas”. Una timba colimba. El número bajo te eximía de soportar un año con los milicos dándote las órdenes sin intermediarios, cosa que ocurría en la vida cotidiana de 1981.En mi pueblo sacabas el DNI en lo del juez de Paz. Hacías los trámites y al tiempo tenías que ir a buscarlo. Hacía ya días que tenía la citación pero no me decidía a ir. Ok, no preguntes por qué pero fue así, hasta que una mañana me decidí y fui. Justo en la puerta de la casita que fungía como juzgado de paz, cuando estaba por entrar, sentí que detrás de mí se acercaba una chica, a la que había visto algunas pocas veces; no vivía en el pueblo, vivía en el campo la chica y casi ni aparecía por las tres calles de Salto Grande, en Santa Fe. Hoy intento recordar el nombre de mi salvadora y no, no puedo. Fue un ángel de la guarda, diría si creyera en cosas tan increíbles como ángeles de la guarda. No es que sea especialmente caballero, pero hubo una voz, no sé, otro imposible ángel, que me dijo: “Esperala, dejala pasar”. Lo hice. La chica venía por el mismo trámite, a ella la recibió el juez de Paz; a mí, la secretaria. A ella la atendieron diez segundos antes que a mí. Sólo diez segundos. Entre el escritorio del juez de Paz y el de la secretaria había una mesa con una caja. En esa caja estaban los DNI sin usar. El juez de Paz sacó de ahí uno, el primero de la pila, el que terminaba en 007 y lo completó con los datos de la chica. La secretaria tomó el siguiente, el 008, que fue el que me tocó. En ese momento pensé que me hubiera encantado recibir el 007: “Bazán, Osvaldo Bazán”. Pero no, me dieron un soso 008.

Lo cierto es que al 007 le tocó un irremontable “¡455!” mientras que el 008 fue premiado con un sonoro “¡073!”, según dijo la Noblex Siete Mares, mi mejor amigo de la adolescencia. Recuerdo claramente que no me sorprendió. Estaba convencido de que el mundo era muy absurdo pero no tanto como para hacerme pasar un año con los milicos, a quienes había aprendido a odiar por la revista Humor.

La tía Julia, que estaba el día del sorteo en casa pasando unas vacaciones “de jubilada”, como decía ella (y eso la habilitaba para traer de regalo un par de medias para toda la familia y quedarse veinte días), sí que festejó. No era demasiado confiable, sin embargo, la tía. Sin dejar de tejer gritó: “¡073! ¡La edad del tío Paco cuando murió! ¡Es el tío Paco el que te ayudó!”. Si había una remota posibilidad de que una fuerza sobrenatural me ayudase a escapar de la colimba, seguro que no era la del tío Paco, quien nunca en vida me había prestado la mínima atención. Igual, agradecí que el tío Paco no hubiese muerto a los 455 años, pasé la revisación médica en Santa Fe y di por terminada mi relación con los verdes enzolves.

Clase 1963. Los de mi clase que no tuvieron a un tío Paco o lo que fuera haciendo fuerza, o los que no hicieron un gesto caballeresco de diez segundos en la puerta del juzgado de Paz, terminaron –algunos, literalmente– en Malvinas.

Lo que no alcanzo a comprender, y le doy vueltas y no encaja, es ¿por qué, si estaba todo tan claro, si los militares eran esa cosa rasposa que sabía que eran, los seguí –yo y tantos– en el tema Malvinas? Sólo poco meses después, cuando Galtieri anunció que había tomado, entre otras cosas, las Malvinas, me alegré, y cuando Carlitos, mi hermano, me dijo: “¿Nos anotamos de voluntarios para ir a las Malvinas?”, le dije que sí, entusiasmadísimo. No hicimos ningún trámite para eso, pero vimos las 24 horas con Pinky y Cerebro en ATC.

“¡Que traigan al Principito!”, repetía, como un tarado, yo, que no soy capaz de ver una película con “mostros” porque me da miedo y la única vez que me agarré a piñas en la escuela salí segundo.

Y entonces la bandera patriamada, el manto de neblina, el carro del vencedor, las hermanitas perdidas y estamos ganando, seguimos ganando en la tapa de la Gente, y la desesperación y el frío en el crucero General Belgrano, ¿de qué vamos a hablar? ¿De zona de exclusión? ¡Es la guerra, no un juego de bridge! Lo partieron como una tarta con dos torpedos MK 8 tigerfish desde el submarino Conqueror. Y entonces, ¿de qué hablamos? ¿De los cuerpos congelados, de los pedazos de pierna, del hielo rojo? ¿De la patria y el Billiken? ¿De los estaqueados, de los famélicos, de los innombrables? ¿De los chocolatines? ¿Por qué Malvinas me/ nos encegueció?

Y todo fue el horror sobre una gran pradera de gansos.

¿En qué momento la patria y el Billiken se convirtieron en la muerte? ¿O siempre lo fueron y lo son tanto que nos tapan de loas para que no veamos lo obvio? Que “patria” y “muerte” son tantas veces lo mismo, tantas, que quizás sean una sola cosa. Esos altos ideales ¿bajan alguna vez a la tierra a ver los desastres que provocan?

Yo no sé qué hacer con Malvinas. Creo que somos muchos los que no sabemos. Está lo que aprendimos, el catecismo nacional donde se usa la palabra “irredenta”. Está la respuesta sencilla al mirar un mapa y preguntarse “¿son argentinas o inglesas?”. Están los tipos que fueron allá en el 82 y decirles “chicos de la guerra” es a la vez justo e injusto, y los que no volvieron y los que volvieron y se mataron y los que volvieron y no queremos ver, y pensamos que comprando una tarjetita ya cumplimos. ¿Por quién fueron? ¿Por Galtieri? ¿Por ellos? ¿Por nosotros? ¿Porque no les quedó otra? Y ahora está el posible petróleo. Y si hay petróleo y consiguen sacarlo, ¿para quién va a ser? Digo, incluso con las Malvinas argentinas ¿de quién va a ser? El oro de la Argentina ¿de quién es? La foto del embajador de Canadá con su bandera roja y blanca con hoja de arce cruzando la cordillera de los Andes, que publicó este diario el 10 de este mes, como señal de la amistad entre la Barrick Gold y el gobernador de San Juan, ¿qué dice? ¿Qué les dice a los muertos de Malvinas? San Juan es la Argentina pero el oro de San Juan ¿de quién es? La patria ¿es algo más que un tremendo negocio para algunos que nunca sos vos? La patria ¿es el mapa?, ¿es el barrio?, ¿es la bandera idolatrada? ¿La patria es más que la vida? ¿Que la vida de quién? ¿De los que no tuvieron un tío Paco que se muriese justo en un número considerado bajo ni una chica que llegase a sacar su DNI diez segundos antes que él?

Gran Bretaña vuelve a hablar de lo que nunca dejó de hablar: que será con violencia que permanecerá en un lugar que no le corresponde. Y que tiene a los poderes mundiales de su lado. Y que se curtan los argies. Es cierto, es un lenguaje sincero pero que ya no parece ser necesario. Si esto sigue así, inglés o argentino, ese petróleo no será nunca tuyo ni mío. Como el oro de San Juan o de Catamarca. Nos quedará la represión, la basura tóxica, la contaminación y el desierto. Si las riquezas de la patria serán de grupos empresariales transnacionales, ¿qué quiere decir “patria”? ¿“Engañapichanga”? ¿Jodete por ingenuo?

Ya no hay sorteos por la radio y a la Noblex Siete Mares la perdí no sé si en un divorcio o en una mudanza o en las dos cosas al mismo tiempo, que es así como suelen presentarse. Estuvimos en guerra y hacemos como si no nos hubiera pasado nada. Nos quedó la vergüenza de haber seguido a los asesinos a una guerra. Y la deuda con los que fueron. La situación hoy es bien distinta. Tenemos un gobierno que elegimos y nuestras riquezas en sus manos.

No sé qué estaría dispuesto a poner en juego para que las Malvinas sean argentinas, pero seguro que mi vida no. Lo más terrible, la más desalentador, lo más cínico es que ya todos sabemos que las Malvinas son argentinas.

Pero lo que nunca llegamos a saber es: la Argentina ¿de quién es?

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS