Argentina. Nisman y las desapariciones de La Tablada (Audio y video)

Publicidad

Ante un nuevo aniversario de la muerte del Fiscal Alberto Nisman se ha dicho de todo. Se habló de cada una de las teorías posibles sobre su muerte.

Se repasaron sus despropósitos en la causa AMIA.

También se escribió acerca de su denuncia contra Cristina Fernández por el memorándum.

Se estrenó un muy logrado documental en Netflix. Se escribieron libros.

Lo que quienes hicimos El Diario del Juicio por los desaparecidos de La Tablada no vimos en este aniversario (aunque se nos pueda haber escapado algo) es que se recordara el menos conocido pero no menos desastroso e ilegal rol de Nisman en la causa de La Tablada.

Cuando ocurrieron los hechos, Nisman era un joven secretario del juez Gerardo Larrambebere.

En el primer juicio por los desaparecidos de La Tablada se supo la verdad.

Para quienes no se enteraron o para quienes se olvidaron, compartimos dos notas:

-Una de las crónicas del Diario, aquella en la que el ex militar César Ariel Quiroga derribó la historia oficial. José Díaz, Iván Ruiz, Carlos Samojedny y Francisco Provenzano fueron asesinados y desaparecidos. Nisman lo supo y participó del armado de una teoría contraria a la verdad. Algo de eso repitió en AMIA después.

https://desaparecidosdelatablada.blogspot.com/2018/12/dia-3-el-as-y-el-mazo.html

-Otra nota que titulamos *La voz de Nisman y la trama del ocultamiento* en base a la entrevista que los periodistas Pablo Waisberg y Felipe Celesia le realizaron a Alberto Nisman en 2012, a raíz de su participación como secretario del juzgado de Morón, que encubrió las violaciones a los derechos humanos durante la “recuperación” del cuartel de La Tablada. Después de la declaración del ex militar César Ariel Quiroga, varios pasajes del diálogo pueden releerse para dejar al desnudo la verdad sobre las desapariciones de los integrantes del MTP.

http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com/2019/01/la-voz-de-nisman.html


La voz de Nisman y la trama del ocultamiento

El Diario del Juicio accedió a la entrevista que los periodistas Pablo Waisberg y Felipe Celesia le realizaron a Alberto Nisman en 2012. El fiscal muerto participó como secretario del juzgado de Morón del encubrimiento de las violaciones a los derechos humanos durante la recuperación del cuartel de La Tablada, tras la toma del Movimiento Todos por la Patria, ocurrida en enero de 1989. Después de la declaración del ex militar César Ariel Quiroga, varios pasajes del diálogo pueden releerse para dejar al desnudo la verdad sobre las desapariciones de los integrantes del MTP.

El juicio continuará mañana desde las 9 en el TOC 4 de San Martín.

—¿Qué hiciste en ese caso?
—Participé del auto de procesamiento, con varios más. Había varios secretarios, Montenegro también. Se discutían temas, se tiraban ideas y el juez terminaba decidiendo. Después intervine firmando en la causa de Iván Ruiz y José Alejandro Díaz. No recuerdo si tome alguna declaración pero estaba al tanto. Creo que alguna tomé. Me acuerdo que en los medios decían que los habían sacado el día anterior y qué había pasado con ellos. Acordamos con el juez qué era lo que correspondía hacer, era hacer todo el recorrido con las personas que identificaban que sacaban a estos dos tipos, que después no aparecieron, y empezar a preguntar. Por lo que recuerdo terminó en una persona que no recuerdo su nombre…
—¿El Mayor Varando?
—Puede que sea. Si era ambulanciero sí. No, Varando no fue porque al último que se lo entregan, según las declaraciones de los militares, fue un tipo que murió ¡Ay!, tengo el nombre en la punta de la lengua. Había fallecido en combate. Con lo cual ¿cómo hacíamos para preguntarle? Era un sargento ayudante… Esquivel, creo que era Esquivel. No había alternativa de prosecución de la investigación. 

Los que preguntan son Pablo Waisberg y Felipe Celesia. El que responde, mezclando datos, es Alberto Nisman. Es una entrevista más en el intento por redondear la exhaustiva investigación que tomará luego forma de libro: La Tablada, a vencer o morir, que está presentada como prueba en la causa.

Más allá del pintoresco personaje al que estaban visitando, los periodistas seguramente no sabrían que esa entrevista podría releerse de otra manera durante el juicio actual, a tal punto de llegar a convertirse en un aporte importante para que la justicia reafirme, al final de este primer juicio, lo que familiares y sobrevivientes siempre sostuvieron: hubo violaciones a los derechos humanos en el operativo del ejército que recuperó el RIM 3 de La Tablada.

Del diálogo pueden recortarse algunas relecturas sabrosas, aun en la confusión de Nisman en su relato. En la respuesta citada, el fiscal parece no recordar el nombre de la persona a la que le entregan, según la versión oficial, a Díaz y a Ruiz con vida. Dice no recordarlo, por lo que lo ayudan aportando el nombre de Varando (fallecido hace algunos años). Cuando Nisman responde habla del ambulanciero, que resulta ser el ambulanciero que habló en la tercera jornada del juicio. Es César Ariel Quiroga, que denunció ante el Tribunal Nº4 de San Martín haber firmado una declaración que contenían hechos que no vio. Sin embargo Nisman no lo nombra y se enrosca con sus respuestas olvidadizas, hasta que tira el nombre de Esquivel, el oficial muerto en combate, pero al que la historia oficial intentó hacer aparecer como muerto por Ruiz y Díaz en su inverosímil huída.

Nisman mezcla nombres y tareas en su respuesta. Todas las explicaciones siempre condujeron a Esquivel, porque como está muerto no podría contrariar la historia oficial. No nombran nunca a Quiroga. Ni el fiscal muerto; ni Jorge Halperín, el tercero del imputado Arrillaga que ya declaró en el juicio, ni Varando cuando comenzó a ser acusado, nombran a Quiroga. Quizá sea porque Quiroga está vivo. O tal vez porque recuerden lo que pasó mientras le tomaban declaración en el juzgado de Larrambebere, poco después del hecho, y que Quiroga soltó inesperadamente durante su histórica declaración en este juicio.

—Yo no dije eso —, cuenta que dijo ante el secretario.
—Este es un trámite que hay que hacer por si en algún momento alguien reclama algo. Y hay que hacerlo y firmar, por la institución —, le respondió el oficial auditor, Teniente González Roberts, luego de sacarlo de la sala para justificarle la mentira.

El resto es historia más conocida ahora, Quiroga firmó igual, porque apenas tenía 23 años, quería seguir en la fuerza, y no resistió las presiones. Tal vez todos los implicados en aquella declaración que no se ajustaba a la verdad recuerden aquella advertencia en forma de incomodidad explícita de Quiroga. No resulta una locura pensar que han intentado mantenerlo al margen del relato porque siempre recordaron sus dudas al firmar la declaración falsa. Aun cuando su rol en la historia inventada fuera ni más ni menos que entregar vivos a Ruiz y Díaz, por orden de Varando, a Esquivel.

Pero aquel Quiroga al que nadie nombra, salvo en las declaraciones judiciales que intentaron armar la verdad ficticia sobre La Tablada, es ahora la pieza clave que destruye el cuento. Cuando desmiente la versión del ejército, lo que hace también es desnudar la construcción que se acaba de desmoronar, una verdadera trama de encubrimiento desde el Estado, con varias patas, al menos dos: la militar y la judicial.

—¿Qué les planteó Larrambebere? –le consultan los periodistas a Nisman.
—Investigar a fondo. Yo ingresé con la cosa ya iniciada. Fui a Tablada mucho después. Pero las primeras directivas de Larrambebere no las conozco porque yo estaba fuera del país. Cuando entro, ya el camino estaba tomado.
Lo que si recuerdo era que Larrambebere era muy nuevo en el juzgado. Juró el 18 o 20 de diciembre. Esto me lo contó otro empleado, Cristian Schmuckler. Dijo que llega Larrambebere a la mañana al juzgado, que escucha por la radio … Era un tipo que venía de la Corte. Secretario del Pepe Dibur en un juzgado federal, con lo cual Morón era como Bangladesh para él. Recuerdo que una vez tomé el tren con él porque yo vivía en Once y para el tipo era como ir al far west (se agarra de la silla y hace gestos de mirar a todos lados con una mezcla de asombro y precaución). Entonces, lo que me cuenta Cristian es que fue a hablar con Larrambebere y ni bien entra al despacho, le dice “che, qué mala suerte que tiene Piotti”, que en ese momento era juez federal de San Isidro. Cristian ya sabía lo que decía el juez pero era un empleado, muy ubicado, y le dice “perdón doctor ¿por qué Piotti?”; “¿y no viste el quilombo este de La Tablada?”; “Pero no doctor, La Tablada es suya”. Dice que el salto que pegó (de la silla) fue hasta acá (pone la mano a medio metro del asiento). Él ahí se entera que era el juez de La Tablada. Y al poco tiempo lo empiezan a llamar por teléfono. Estaba loco. Decía “no puedo creer la suerte que tengo! Juré hace veinte días!”.

Alberto Nisman habla acelerado, evita algunas letras, tiene el reconocible tono de aquel que se cree distinguido. Es 27 de agosto de 2012 cuando el ya fiscal de la Unidad Especial AMIA los recibe en un edificio del centro porteño, sobre la calle Hipólito Yrigoyen. El acuerdo es que la entrevista se realice en off; es decir que Waisberg y Celesia no lo nombrarán en el libro, aunque sí citen algunas partes del diálogo. Sin embargo, en la segunda audiencia del primer juicio por los desaparecidos de La Tablada, que se reanudará mañana jueves 3 de enero, Pablo Waisberg develó la fuente. Ante la insistencia de Hernán Silva, abogado defensor del General Arrillaga, para que entregara su fuente militar, Waisberg se apegó al derecho de los periodistas para no develarla. Sin embargo sorprendió a las partes y al tribunal cuando dijo que sí se sentía liberado de citar una fuente porque su muerte lo habilitaba a hacerlo. Ciertamente fue importante que Waisberg citara a Nisman. El tribunal le preguntó si conservaba la grabación de la charla. El periodista dijo que sí y aceptó la propuesta de dejarla para que las partes pudieran escucharla. En ese momento, cuando todavía no había declarado Quiroga, el pedido parecía más una nota de color, matizada quizás hasta de cierta curiosidad farandulera; luego de la declaración del exmilitar que destruyó la versión oficial, cada palabra de Nisman merece una relectura, pero sobre todas las cosas, pone la mira sobre quien era el juez de Morón en aquel momento, Gerardo Larrambebere.

—Hubo un pequeño escandalete porque uno de los conscriptos dijo que ensayó audiencias en el Edificio Libertador –preguntaron los autores del libro sobre La Tablada.
—Algo me acuerdo. Estuve en la audiencia y me acuerdo la respuesta del fiscal Quiroga. Creo que lo que dijo es que no estaba probado que así fuere pero que si así fuere… a ver si te digo ”vamos a ensayar tu declaración” no hay delito, delito hay cuando te digo “hay que agregar tal o cual cosa o cambiar esto”. Si yo practico lo que ya tengo decidido decir ante un juicio, incluso ante veinte personas, no es lo ideal, pero no hay delito. 

“Delito hay cuando te digo hay que agregar tal o cual cosa o cambiar esto”, dice Nisman. Justamente fue lo que hicieron con  el testigo César Quiroga. Vuelve a la cabeza la imagen del tipo encorvado por el peso de la mentira de 30 años cargada en sus espaldas, sentado frente al tribunal, decidido a contar la verdad. Otra vez aparece la foto del cuerpo que va sintiendo el alivio y luego se ve erguido. Una vez más, aparece la sensación de que la verdad siempre sobrevive, aunque intenten torturarla con la peor de las prácticas, las del Terrorismo de Estado.


*Este diario del juicio por los desaparecidos de La Tablada es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva y Agencia Paco Urondo, con la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com

DESCARGAR

.

http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com/2019/01/la-voz-de-nisman.html

 



Crónica del juicio -día 3- El as y el mazo

“A la noche se cortan los disparos. Me ordenan evacuar a un soldado que había muerto en la guardia de atrás y después me voy a Campo de Mayo a llevar el cuerpo. Eso fue lo que declaré en Morón”. El sargento César Ariel Quiroga lleva apenas 10 minutos declarando. Está parado al lado de los jueces. Allí, frente a un mapa del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 de La Tablada, los testigos van marcando dónde estuvieron aquel día. Todo transcurre con normalidad. Es un testigo propuesto por la defensa del genocida Arrillaga y por la fiscalía.
“Es lo que declaré en Morón, pero no es lo que firmé en Morón”, indica Quiroga. La sorpresa invade cada rincón de la pequeña sala. Hernán Silva, el abogado defensor del acusado, es quien pregunta. Es su testigo. Pero Quiroga, visiblemente nervioso, está por soltar la verdad desde sus manos temblorosas. Silva le pide que vuelva a tomar asiento. Parece como si le dijera: “piense bien lo que va a decir Quiroga”. Obviamente no se lo dice.

Fotos: la declaración falsa que Quiroga tuvo que firmar en 1990 (El Diario del Juicio)

La declaración falsa que Quiroga tuvo que firmar en 1990
 (Foto: El diario del Juicio)

“Me empiezan a leer lo que había declarado. Creo que era el secretario del juez Larrambebere. Había cosas que yo no había dicho”, dice en referencia a su declaración de 1989. Aquel secretario al que cita Quiroga es Alberto Nisman. Su nombre comenzó a sobrevolar la sala en la segunda jornada, durante la declaración del periodista Pablo Waisberg, coautor de la investigación La Tablada – A vencer o morir, incorporada como prueba en el juicio. Quiroga no lo nombra a Nisman, pero su declaración ahora negada lleva la firma del exfiscal y la del juez Larrambebere. También lleva la suya, y aclara que eso sucedió después de un diálogo:

—Yo no dije eso —, cuenta que dijo ante el secretario.
—Este es un trámite que hay que hacer por si en algún momento alguien reclama algo. Y hay que hacerlo y firmar, por la institución —, le respondió el oficial auditor, Teniente González Roberts, luego de sacarlo de la sala para justificarle la mentira.
“Aclaro que actué por mi corta edad y trayectoria en la fuerza, por presión y por miedo. Por eso firmé lo que firmé. Hay cosas que no son reales. Y firmé… Hace 30 años que llevo esta mochila conmigo. Hay cosas que escribieron ahí que yo no viví. Me engancharon a mí porque yo tuve movimientos dentro del cuartel”. Sigue Quiroga. Todavía dura la sorpresa a su alrededor. Está vestido con una remera negra, que aprieta sus brazos trabajados. Llevaba 4 años en el ejército cuando sucedieron los hechos; hace apenas 3 que abandonó la fuerza. Está angustiado, y se le van notando, de a poco, el alivio y la descarga. Hasta la postura corporal cambia, dejando de lado toda la tensión. Desaparece la mochila que nunca vimos; mientras se lo escucha, es posible intuir que el peso fuera capaz de doblarle el cuerpo. Ahora se respalda contra la silla. Su espalda se endereza.

“Ahí me hicieron decir que yo me encontré con un tal mayor Varando, cosa que niego. No lo conocí, no lo crucé, no transporté ningún subversivo. No conocí a ningún Sargento Esquivel. Si me hubieran tomado mi declaración real, yo no estaría acá hoy, porque no serviría. No hice nada raro, solo traslados y llevar y traer heridos de la puerta. Nunca tuve contacto con subversivos vivos”.

La relevancia de su testimonio salta a la vista, pero conviene repasarla. Durante muchos años, la versión oficial del ejército, sostenida por Varando y Arrillaga, fue que José Díaz (el único caso en este juicio) e Iván Ruiz, fueron entregados a Quiroga por Varando. Que Quiroga se los entregó a Esquivel, que luego apareció muerto, hecho que los militares adjudicaron a Ruiz y Díaz, que después habrían escapado. Como dijo el periodista Waisberg, liberado por la muerte de Nisman para citarlo ahora como fuente reservada en el libro: “Nos resultó absolutamente inveroímil la versión de Nisman. Pensar en que dos personas, después de más de 10 horas de combate, una de ellas heridas, con signos de deshidratación por el calor agobiante, capturados por un comando entrenado especialmente para combate urbano, hayan podido escaparse de un cuartel que a la hora de sus capturas, estaba rodeado de manera impenetrable, es en la práctica insostenible”. Tan insostenible como pensar que el juez Gerardo Larrambebere no conozca la maniobra que se armó desde su juzgado para ocultar las desapariciones.

 

 

Es notorio que el defensor no sabe cómo seguir. Parece intentar circunscribir los ilícitos a Nisman, o quizá busque certificar su participación para poder decir que el fiscal muerto no puede responder a las acusaciones. Eso lo sabremos durante su alegato.

—¿Le suena el nombre Alberto Nisman? —le pregunta Silva.
—¿El que mataron? —responde Quiroga, que cuando entiende que le preguntan si reconoce a Nisman como el secretario que le tomó la declaración falsa, dice que no podría reconocerlo, que no se acuerda.
—Le pido un esfuerzo de memoria porque para todos es trascendente. Trate de evocar en su memoria el momento en el que estaba frente a esa persona tomándole declaración. Cierre los ojos e intente ver esa imagen. Por lo menos intente —se esfuerza el defensor.
—Cierro los ojos pero no me acuerdo quién era el secretario del juez —concluye el testigo, y desata risas entre el público, sobre todo porque el pedido de que cierre los ojos pareció algo así como un “cierre los ojos a ver si despierta y dice lo que tenía que decir, Quiroga”.
—¿Se siente mal?, ¿quiere descansar? —consulta Silva.
—No me siento mal, siento que descargué algo que traigo conmigo hace 28, 29 años.
Allí interviene el juez Rodríguez Eggers, el que más participa en las testimoniales, sobre todo cuando es necesario precisar algo que pudiera dejar espacio para dudas.
—En una institución verticalista como el ejército, ¿es viable que un sargento joven al que un superior le dice “tenés que firmar esto”, le diga “no, no me parece” —, le consulta el juez.
—En esa época no se estilaba decir no —suelta categórico el ex militar.
El testigo acaba de dar un vuelco inesperado a la causa. Muestra dos hojas amarillentas por el paso del tiempo, con las marcas del doblez. “Me dieron estas copias y me dijeron que las guardara, que eran por si alguna vez alguien preguntaba algo. Yo las traje, pero no las leí, porque lo que estoy diciendo ahora es lo que viví”.
—Más allá de que entiendo su corta edad y este proceso que usted cuenta, ¿lo habló con alguien? —, consulta el fiscal Carlos Cearras.
—No. No sabía con quién hablarlo. Ir a un abogado, tampoco. Estaba en la fuerza y tuve que seguir 30 años. —, responde Quiroga mucho más tranquilo.
El fiscal Cearras también le pregunta si le mostraron fotos. Quiroga responde que sí, que le mostraron dos, y le dijeron que era para que los reconociera si le volvían a preguntar. Las fotos eran las de Ruiz y Díaz. Ahora que dice la verdad, sostiene convencido que nunca los vio.
Mientras el tribunal resuelve qué hacer con las hojas que Quiroga lleva consigo hace 30 años, y con un pedido de la defensa de hacer un reconocimiento de la voz de Nisman, que finalmente fue rechazado, Quiroga se da vuelta y mira al público. Entre la gente, busca la mirada de su pareja, que permanece inmóvil. Lo observa, sentada, tan tensa como él. Aprieta en sus manos algo. Se nota que descarga la tensión en ese objeto, tal vez un libro o una pequeña cartera. Siempre que Quiroga la busca con la mirada, ella está ahí para respaldarlo con la suya.
La silla para los testigos apenas minutos antes del testimonio sorpresivo y crucial de Quiroga. (Foto: El diario del juicio)

Regresan los jueces para anunciar que realizarán un peritaje del papel para constatar que tengan la antigûedad que apunta Quiroga.

Como a todos los testigos, el presidente del tribunal, Matías Mancini, le ofrece si quiere decir algo más. “Solo les agradezco que me hayan escuchado y me hayan dejado hablar”.
En diálogo con El diario del juicio, el ahora testigo clave de la causa sostiene: “lo hice por mí. Ni por un lado ni por el otro”. La mujer ya no aprieta el objeto. Toda su fuerza está volcada a la mano de su pareja. Él no quiere decir mucho más. Solo parece querer dejar atrás. Su andar hacia la calle por el estacionamiento es mucho más tranquilo que su llegada cargada con una notoria ansiedad.
—Tenían un as en la manga —les dice el abogado defensor a un grupo de familiares en el cuarto intermedio. Del otro lado solo sonríen como toda respuesta, con la convicción de que ganaron una mano clave. Todavía están sorprendidos por la aparición de un testigo al que no esperaban. Todas las esperanzas estaban puestas en José Almada, otro militar que ingresará más tarde y que sostiene desde 2004 haber visto como Iván y José fueron torturados y luego llevados en un Ford Falcon, como para que quedara claro que era Terrorismo de Estado hasta en el símbolo del vehículo. Pero apareció Quiroga…

Pasaron más de dos horas. En realidad, han pasado 30 años de pelea sostenida de familiares y sobrevivientes. Sin esa constancia, ni siquiera habría un mazo sobre la mesa.

 

 

*Este diario del juicio por los desaparecidos de La Tablada es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva y Agencia Paco Urondo, con la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com

.
También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More