Argentina. María Elsa Martínez Mesejo. “Una líder revolucionaria gallega”

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María Elsa Martínez Mesejo nació en Couso-Gondomar el 8 de octubre de 1945. Su madre Ascensión Martínez Mesejo era una joven labradora que tuvo de soltera a su hija. El padre de María Elsa era campesino también mas él no quiere asumir la paternidad de su hija. Mientras Ascensión, con la ayuda de sus hermanas y en la más absoluta discreción como si no pasara nada, afronta la responsabilidad de criar a su hija. María Elsa nace y crece en una aldea donde sus habitantes poco a poco iban partiendo hacia la emigración. Montevideo era el lugar elegido por los vecinos del Val Miñor. Ascensión, quien ya tenía familia directa en Uruguay, decide seguir el camino de sus vecinos.

Una tarde lluviosa, melancólica tal vez, desde el puerto de Vigo partieron ambas mujeres rumbo a la “Suiza” americana. En Montevideo ya estaban sus hermanas que en poco tiempo habían logrado una posición cómoda en el ramo de la hostelería. Ascensión se colocó en la empresa familiar mientras Elsita, que era muy pequeña, acompañaba a su madre en los trabajos del hotel. Ascensión conoció a Ricardo Garreiro Balea, también gallego, y en el año 1948 decidió casarse. Para Elsita el compañero de su madre pasaría a ser su verdadero padre y ella seria reconocida como Garreiro Martínez.

Rosa, familiar de Elsa recuerda algunos pasajes de su vida en Montevideo: “La recuerdo menuda, de genio vivo y no especialmente alegre. Sé que las condiciones de sus padres para sacarla adelante fueron duras, como la mayoría de la gente de la emigración; sin embargo  era brillante en sus estudios y, por lo que me contaron, apasionada por sus ideales”

Uruguay disfrutó durante décadas de cierta estabilidad económica y bienestar. Como así también fue el único país que por aquella época no había sufrido golpes de estado.

La  Banda Oriental tenía fama de ser un país muy democrático. Y este calificativo lo tenía bien ganado por tener una serie de gobiernos sumamente liberales-progresistas. Tenemos que recordar que en 1905 cuándo en la Argentina expulsaban a los gallegos anarquistas, era Montevideo quien les daba asilo.

En los años 60 comienza a perfilarse en América Latina una etapa agresiva del capitalismo, orientada por los EEUU, que intenta ahondar la dependencia  de estos  países. Los consejos del FMI por aquellos años eran similares a los actuales: privatizaciones, desmantelamiento del Estado, etc. Mientras que en el plano político recomendaban que los ejércitos nacionales se conviertan en represores de su propio pueblo.

María Elsa vivía todos estos acontecimientos -en su etapa estudiantil- con mucha ilusión, incluso  decide afiliarse al Partido Socialista, un partido con larga tradición de izquierda e incluso de formación marxista.

Los jóvenes más inquietos del socialismo uruguayo encabezados por Sendic resuelven proletarizarse y un grupo de militantes se trasladan al departamento de Artigas, donde existían condiciones para realizar un trabajo político, con los cortadores de caña. Fue así que Sendic con la apoyo de Elsa y otros compañeros organizan la famosa marcha de los cortadores de caña hacia Montevideo. Aquel movimiento de los trabajadores rurales, marcó una etapa importante para el movimiento revolucionario uruguayo.

”Cuando yo tenía seis o siete años mi madre y mi tía decidieron que mi prima y yo teníamos que recibir clases de inglés y le pidieron a Elsa que me diera clases y Elsa le pidió a su amiga y compañera Lucia Topolasky que se había encargado de mi prima. Durante tres años fui tres veces por semana a su casa,  donde en una habitación presidida por una enorme fotografía del Che y una mandíbula de tiburón austral, me daba clases de inglés”.

Luego de aquella importante lucha de los cortadores de caña y la posterior represión por parte del gobierno, el grupo revolucionario decidió pasar a la ilegalidad y constituir el Movimiento Nacional Revolucionario Tupamaros. Los máximos dirigentes de esta organización, entre ellos María Elsa, pensaron que se había agotado la vía pacífica y que era necesario seguir las directrices del Che. En el caso uruguayo debido a su geografía  se hacía imposible la guerra de guerrillas en el campo, por lo que decidieron organizarla cómo guerrilla urbana.

”Se unió a la causa de los “Tupas” a través de la Universidad y yendo al departamento de Artigas a la zafra, donde conoció a Raúl Sendic, el cual ganó a un puño de brillantes universitarios llenos de deseos de cambiar las cosas”.

En diciembre de 1966 se produjo el primero tiroteo con la policía donde muere Carlos Flores y el grupo más comprometido tiene que pasar a la clandestinidad.

”El día que aprobé mis exámenes de inglés -señala Rosa – mi madre fue a contárselo. En el oscuro corredor del edificio donde vivían la estaban aguardando. La detuvieron y se la llevaron la comisaría. De esa  manera nos enteramos que habían descubierto una célula tupamara y que Elsa era una de sus miembros. Nunca la volvimos a ver”.

El destacado dirigente del peronismo revolucionario Cacho Kadre, recientemente fallecido y quien conoció a Elsa en Montevideo nos relata sus recuerdos:

”A Lucia, como le llamábamos a Elsa, la conocí en Montevideo en las juntas periódicas que teníamos en Solimar entre nuestra organización y los Tupamaros. Allí estaba viviendo un grupo de compañeros peronistas que habían pertenecido a Tacuara y que desde posiciones católicas de derecha se fueron radicalizando hacia posiciones revolucionarias anti-imperialistas. En aquellas juntas me recuerdo que participaron Huidobro, Tabaré y la “gallega” Elsa o Lucía o la “Petisa” como también la conocíamos.

Lucía luego era novia de un compañero nuestro que participaba de los Tupamaros. Cuando nuestro grupo resolvió organizar la guerrilla en la Argentina en conversaciones con los Tupas acordamos conjuntamente que Lucía y su compañero se habían trasladado a la Argentina.

Al llegar a Buenos Aires le conseguimos a Lucía un lugar para vivir en la casa de una vieja militante peronista, Ida Adad, donde vivió una larga temporada. Así es como a finales de los años sesenta fundamos las Fuerzas Armadas Peronistas, donde recogíamos a los chicos que nosotros habíamos forjado durante la resistencia en la juventud peronista y los compañeros del movimiento obrero que luchaban contra la burocracia sindical. Nuestra lucha estaba alentada polo propio general Perón. Queríamos traer al general y constituir un proceso de liberación nacional. Nosotros estábamos muy influenciados por la revolución argelina y cubana. Era un momento muy importante en el mundo, la lucha del Vietnam, etc.

Entre algunos de los fundadores de la FAP estaba también Raimundo Villaflor con quien años después formó pareja Lucía.

Nosotros pensábamos que teníamos que combinar la lucha armada en el campo, con la lucha de masas en la ciudad, así fue que cuando comenzamos a organizar en 1968 nuestra base guerrillera en Taco Ralo (Tucumán). Fuimos descubiertos y detenidos.

Durante los años de prisión Elsa y Raimundo juegan un papel muy importante en la dirección de la FAP; en esos años la influencia marxista de Lucía va desperonizando la organización convirtiéndola en una estructura rígida, militarista, de pleno corte leninista.

Recuerdo que al salir de Devoto ese mismo día me encontré con Lucía, ahí supe que había formado pareja con Raimundo, un compañero muy destacado del movimiento peronista.

Con nuestra salida de la cárcel y con el triunfo del peronismo comenzaba un fuerte debate interno que remataría con una división de la FAP; por una parte, la corriente peronista que conformamos la FAP 17 de octubre y el sector más ideologizado encabezado por Lucía, Raimundo Villaflor, etc.?

Elsa que nunca había estado muy convencida del peronismo se fue decantando por una política más frontal contra la derecha del Justicialismo, ella desconfiaba de las intenciones del gobierno de Perón. Con el abierto enfrentamiento con los sectores reaccionarios del peronismo y el posterior golpe de Estado de Videla, el sector que lideraba Elsa rematará fusionándose dentro del Ejército Revolucionario del Pueblo.

La sistemática represión y persecución por la parte de los militares comienza la diezmar las organizaciones revolucionarias. Millares de secuestros y asesinatos acabaron con estas organizaciones y exterminaron a sus militantes. Elsa y su compañero Raimundo Villaflor, que vivían en la zona de Sarandí, habían constituido un hogar humilde y tenían dos hijas, Elsita y Laura.

Raimundo era un destacado militante metalúrgico de la Zona de Avellaneda. Los Villaflor disfrutaban de un grande prestigio en las organizaciones revolucionarias de aquel tiempo. Era gente con tradición peronista y con grande sentido de clase. Junto a Elsa participan de la fundación de las Fuerzas Armadas Peronistas convirtiéndose en el sector marxista de la organización. Las  FAP durante los primeros años del 70 realizan un importante trabajo en el movimiento obrero dirigiendo distintos gremios denominados “combativos”. Con el golpe de Estado de Videla, esta organización estaba dividida en varios grupos, algunos se unieron a Montoneros, otros pasaron a fusionarse con el Ejército Revolucionario del Pueblo, mientras otros lograron exiliarse.

En 1979 Elsa acuerda con su madre, que vivía en Montevideo, para realizar juntas un viaje a Galicia con su hija mayor. Fue así como se trasladaron a Gondomar donde están durante 7 meses alejada de la tensión política que se vivía ponerlo terror cotidiano. Elsa aprovechó su estadía en el Estado español para contactar con sus compañeros que estaban en Madrid y Barcelona.

Al poco de llegar a Buenos Aires de aquel viaje por Galicia, Elsa, Raimundo y las  hijas fueron a dar una vuelta por Avellaneda. Era el 4 de agosto de 1979. El día era de invierno. Las niñas eran pequeñas y querían ir de tiendas y si había sido posible ir a la `calesita´. Cuando en pocos segundos y de sorpresa un grupo fuertemente armado saliendo de distintos automóviles se abalanzó sobre el matrimonio. Era un “grupo de tareas” como le llamaban. Raimundo se intentó enfrentar mas fue en vano. A los segundos estaban dentro de un coche con los ojos vendados. Elsita y Laura gritaban de horror en medio de la gente que miraba impávida lo que estaba aconteciendo. Las niñas quedaron abandonadas en la calle, siendo los vecinos de la zona los que las recogieron y llevaron  a la casa de la abuela paterna.

Elsa y Raimundo fueron llevados a la Escuela Mecánica de la Armada. Un día antes habían sido secuestrados su hermana Josefina y su marido José Luís Hassan. El grupo Villaflor fue llevado al Centro de Detención más grande de la Argentina; la tristemente recordada Escuela de Mecánica de la Armada.

Susana Leiracha, ex-detenida desaparecida que coincidió en la ESMA con Elsa, nos cuentan su testimonio cargado de emoción de los momentos de horror que vivieron juntas:

“Cuando me secuestraron, después de la tortura, varias horas después, me llevaron por una escalera de mármol a un lugar que tenía un olor muy especial, era un olor denso.

Me depositaron en una colchoneta con una caperuza gris en cabeza, con esposas en las manos y creo que me dormí inmediatamente por el cansancio, el dolor y el terror que no cesaba.

No sé cuánto tiempo después me desperté. Se escuchaban voces, eran personas comunes que hablaban en voz alta.

Presté más atención, no recuerdo las palabras más yo estaba secuestrada, y el lugar seguro que no era una cárcel, era un instituto militar o algo parecido. Las personas eran hombres y mujeres. Intenté lentamente sentarme o acomodar la capucha para ver lo que estaba ocurriendo y alguien me lo impidió. ¿Quién eran esas personas que podían conversar en tono doméstico, mientras que a mí me estaba prohibido?

Simplemente eran los secuestrados más antiguos que yo, en un turno de guarda permisiva que aprovechaban esos valiosos minutos para conocerse y comunicar. Mientras que los recién secuestrados como yo debían permanecer aislados y en silencio por algunos días.

Todas estas pequeñas historias y recuerdos fueron vividos en los breves momentos escamoteados a los verdugos. Cuando no se sufría por los ruidos, las bocinas, los gritos de los torturados y los golpes; cuando por minutos cesaba el aislamiento total, rutinario y enloquecedor, vivido con la capucha sucia.

A los  pocos días también era una secuestrada antigua, pude ver algo y escuchar. El nombre de la Gallega era común, no la podía ver porque estaba en la misma fila de colchonetas con un tabique que me la ocultaba.

Poco a poco días, más de una semana, los oficiales de marina decidieron escondernos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, que la raíz de las denuncias. Venían a Buenos Aires para investigar los lugares denunciados, entre ellos, la Escuela de Mecánica de la Armada.

Nos dividieron en dos grupos, quedamos en el último y cuando partió el primero grupo pude unir la voz de Josefina con su cara y su cuerpo. Aun no había podido unir la voz al aspecto de la Gallega.

El viaje fue en camioneta hasta el embarcadero y desde allí, en lancha por los ríos del Delta del Paraná, de madrugada. Todos estábamos con la capucha, fue sencillamente espantoso. Algunos pensaban que nos iban a tirar al agua; yo no pensaba, era mecanismo para aliviar la tensión.

Cuando llegamos a la isla del Tigre y nos cerraron en esa pequeña habitación, húmeda, calurosa, todos acopiados, compartiendo la promiscuidad, pude ver la cara, los cuerpos y las señas de todos mis compañeros de cautiverio.

Cuando observo a la Gallega descubro con sorpresa que su chaleco, tejido de media estación, era muy parecido al mío que había quedado en mi casa. En realidad, sí era el mismo chaleco porque el Grupo de Tareas no sólo nos había secuestrado sino que además se había apoderado de todas nuestras pertenencias, entre ellas la ropa.

Los elementos que no les interesaban nos dejaba en la ESMA, como parte de la ropa, algunos quedaron en el “pañol”, lugar que recogía elementos cotidianos para uso de los guardas y, a veces, nuestro.

La Gallega dijo que se lo habían dado y que desde ese momento le pertenecía, porque nuestras pertenencias se debían socializar. Mas muy solidaria agregó que se lo necesitaba me lo devolvía. Por supuesto que lo usó durante mucho tiempo. Era un chaleco tejido a mano, con restos de lana de distintos colores: castaña, parda clara, amarilla en un agradable degradé.

Muy enseguida comprendí porque era una voz que siempre escuchaba. Le agradaba hablar, con un timbre muy especial, no muy alto más audible. Los modos lentos, mas tejiendo su discurso con la sabiduría de la vida y de su militancia.

Era un discurso simple; me sorprendía no escuchar términos políticos a los que estaba acostumbrada por la militancia estudiantil.

En ese habitáculo de la isla pusieron dos catres en los extremos extremos, en el de la derecha al fondo estaban la Gallega arriba y Paula debajo. Allí en los espacios robados a la represión la Gallega contó a Paula como eran los juegos de sus hijas pequeñas; recordó que una vez su hija Elsa y su sobrina Celeste (hija única de Josefina y Pepe) prepararon formas de barro en el patio y las recubrieron con un polvo blanco que era…¡veneno!, por supuesto que remataron todos en el hospital y afortunadamente el accidente se convirtió en un recuerdo de las faenas infantiles.

Al mes volvemos al depósito de `Capucha´ en el tercero piso del Casino de Oficiales y entre los prisioneros ya todos éramos viejos amigos.

Allí nos enteramos como fue secuestrada Elsa, de que la Gallega había sido secuestrada con su compañero Raimundo que no estaba con nosotros. Durante la estadía en la isla del Tigre,  Paula se encontró con la su tía Thelma, que también había sido secuestrada desde marzo en la ESMA; ella le contó que al compañero de la Gallega lo mataron a golpes unos guardas en el corredor, luego de la tortura.

Paula se lo contó al bueno amigo de la gallega, el gordo Ramón, quien lloró la pérdida de su amigo; cuando pudo recomponerse, y en momentos de descuido de los guardas, le contó a todo el grupo lo que había acontecido. A Gallega estuvo varias horas o días, con la  capucha puesta y en los permisos muy retraída. Luego  se recompuso por sus compañeros, por su familia que estaba fuera y en pocos días volvió a ser ella otra vez, con mucha fuerza y vitalidad, mas con un color de tristeza nos sus ojos.

Recuerdo que acostada en su colchoneta, con la capucha recogida sobre su cabeza, apoyaba los brazos en el suelo de cemento y conversaba largos minutos sobre cualquier tema cotidiano. Yo los habría agotado en cinco frases; mas ella no, conversaba con Paula y el resto sobre los distintas maneras de preparar una comida, o un jugo o una salada. Muchas guardas permisivas estuvieron dedicadas a ese tema trascendente, que contribuía a reemplazar en nuestra imaginación el pequeño trozo de carne con pan que era nuestro vital alimento.

Era muy corta de vista, miope y usaba unos gruesos anteojos “culo de botella” segundo ella, los usaba para ocultar sus rasgos y hacerse fea. La realidad era que su rostro sin anteojos era bonito y harmónico con su cuerpo menudo.

Tanto en la isla como en la ESMA  nos fascinaban las conversaciones en esos minutos preciosos, robados al cautiverio y a la “capucha”. Disfrutaba con el relato grupal de películas y, sobre todo, de libros como “Doña Julia y él escribidor” y “Él siglo de las luces”. Carpentier era uno de sus autores predilectos. Era muy buena en la descripción de imágenes y en todo aquello que había tenido que ver con los sentidos.

También gustaba de la música y con Víctor, otro secuestrado que salió en libertad y contó ampliamente todas estas historias, cantaban canciones folclóricas, su voz resonaba en `Capucha´, mientras el resto me los componía el coro y Víctor marcaba el ritmo con las  manos percutiendo en el suelo de cemento.

La `Capucha´ significaba aislamiento, inmovilidad y silencio, a veces interrumpido por los ruidos metálico de las cadenas de los  grilletes que acompañaban los movimientos de nuestros cuerpos torturados y nuestra mente divagando.

Pasaron semanas y un guarda la llevó a trabajar al “Pañol” Debía acomodar la ropa, coserla, tenderla y, de ser necesario, repartirla. También fijo el listado oral de los que había en el “pañol” tratando de encontrar el destino de nuestras ropajes y así, día a día aparecieron `remeras´, camisas y pantalones que la Gallega iba repartiendo segundo las necesidades y no la pertenencia.

Sí, recuerdo que un pantalón de verano de color celeste, prometió devolvérmelo. Cuando me lo trajo -imposible de olvidar- tenía los botones perfectamente cosidos. Como se había ido costurera de profesión o madre acostumbrada a remendar las ropas de sus hijos.

La gallega era muy hábil y tenía experiencia de su vida y su militancia y para entretenerse esas pocas horas dentro del “pañol” que la alejaban de la `Capucha´ y del olor del recinto, podía tener la paciencia de Penélope para remendar y des remendar toda la ropa que fuera necesaria.

Despreciaba a los marinos, que la torturaran brutalmente, mas prestaba atención a lo que decían en esas charlas, a veces incomprensibles, donde daban pautas de porque estábamos en esas condiciones.

Según la Gallega, eran muy “occidentales y cristianos?” y daban importancia a la familia como núcleo fundamental. Y decidió seguirles la corriente y nos propuso su táctica. Debíamos reforzar la importancia de nuestra casa, familia, estudio y trabajo, en caso de que nos habían llevado la esas charlas en el sótano.

Semanas más tarde otra pareja, mi compañero y yo somos llevados durante algunas horas al día a una oficina en el Sector 4, el sótano donde había libertad para bañarse, conversar sin capucha, sin  cadenas y sin ataduras en los pies. En ese sector los guardias luego de las comidas nos traían naranjas, que por idea de Paula, siempre muy solidaria, no me los comía. Las guardábamos celosamente incluso el momento de volver  a `Capucha´, escondidas entre la ropa. Cuando llegaba algún guardia más humano, sacábamos las naranjas del escondite y haciéndolas rodar por el suelo de cemento, cada uno de los secuestrados amantes de las frutas recibía su naranja, como si fuera el manjar de los dioses.

Poco a poco  todo el grupo Villaflor “como les llamábamos” inició el mismo itinerario. Eran cinco, la gallega, su cuñada Josefina, el esposo Pepe Hassan, Pisco, un amigo y el gordo Ramón, un compañero.

A veces dejábamos mensajes escritos porque en nuestro turno podía ser anterior a la de ellos o viceversa. Mas esa osadía los costó muy cara, sufrimos amenazas y maltratos.

Creíamos, ingenuamente, que era parte del famoso “proceso de recuperación” de los marinos y que, al mejor, todos íbamos a pasar por ese sistema como una manera de observarnos, controlarnos o algo así, como paso previo a la vida y la libertad.

En ese período Paula es llevada a su casa materna para visitar a su hija pequeña, Paulina y en esos momentos también estaba presente a Gallega. Con mucha habilidad y cariño cosió una hermosa muñeca de trapo, con el cuerpo de tela y un vestido primoroso para que Paula se había acercado a sus hijas con un presente que había superado el cautiverio y el horror y los había transformado en cariño y ternura.

Meses más tarde la continuidad prosigue y nos llevan cómo la una especie de ceremonia a la otra dependencia,  a la contraria, a la caperuza, de nombre `Pecera´.

Eran oficinas con un vidrio en las paredes y puerta que permitía ver las personas que estaban en su interior.

Los correspondió la primera oficina a la derecha de la entrada; otros secuestrados más antiguos y desconocidos para nosotros desalojaron de muy buena gana a un colaborador de los marinos que ya dejó de estar en `Pecera´.

Los cambios eran importantes porque ya no estábamos vigilados por los guardias excepto fuera en la puerta de entrada; las mujeres teníamos un dormitorio con camas y sólo debíamos pedir permiso para ir al baño, momento en el que debíamos colocarnos una venda negra en los ojos.

Podíamos preparar café o fumar con más libertad, los oficiales no estaban en `Pecera´ durante días o semanas y se lo hacían era pocos minutos. Esta experiencia fue muy fuerte, mas logramos insertarnos cómo grupo con el resto de los secuestrados más antiguos que eran ocho personas.

Algunas semanas después tenemos la alegría de la incorporación del grupo Villaflor también en `Pecera´. Debíamos recoger los diarios que nos acercaba un guarda de madrugada, separar las jóvenes para el archivo de `Pecera´, que otros compañeros recortaban y pegaban en carpetas. Nuestro trabajo consistía en seleccionar un artículo de un tema previamente designado en el grupo de prensa, y resumir el contenido de la joven, escribirlo a máquina y entregarlo para la fotocopia de ese pequeño resumen diario de noticias.

Durante las horas de la tarde, después de comer, la Gallega era la encargada del grupo de gimnasia. Nos sentábamos frente a ella y como en las clases de educación física de la secundaria me los hacía los ejercicios en medio de conversaciones, bromas y risas de todo el grupo.

Finalmente, una noche un oficial encargado de `Pecera´, llama a mi grupo porque “vamos a salir en libertad”. Yo estaba preparando el mate y no quería dejar la tarea. Una secuestrada antigua me sacó la `pava´ de las manos y me ordenó ir a buscar mis pertenencias.
Todos nos mirábamos entre sorprendidos, alegres, tristes y casi no había comentarios. Es que en otras épocas, y en nuestra también, esas salidas podían significar la vida y la libertad, o el traslado y la desaparición.

Todos los compañeros se pusieron en fila en el corredor de `Pecera´, sin que nadie hablara y con nuestras escasas y valiosas pertenencias fuimos saludando a todos y cada uno, con besos y los ojos con lágrimas. Las palabras eran de alegría mezcladas con tristeza, porque nosotros marchábamos pero el resto quedaba. Solo recuerdo que la cada uno, con el beso le deseé suerte. Al mes nos ordenaron volver porque estábamos controlados de manera telefónica y quizás con seguimiento. Nos devolvieron los documentos, nos hicieron algunas preguntas, nos hicieron recomendaciones, sólo recuerdo que al oficial que estaba a cargo le pedimos ver a los otros compañeros, a los de Capucha y Pecera. Sólo nos permitieron con un guardia y tabiques en los ojos, subir la Pecera; íbamos contentos y emocionados de volver a verlos y dejarles cigarros.

Cuando entramos en el sector Pecera estaba casi desierto. La imagen hoy aún golpea y daña muy fuerte. ¿Dónde estaban los que faltaban? No pude imaginar que habían estado en sus casas. Los pocos compañeros que estaban allí nos respondieron que a los pocos  días de irnos nosotros, los habían devuelto a Capucha con las esposas en las manos y los grilletes en los pies. Es que corría el mes de febrero y en ese período los oficiales hacían reuniones, donde se votaba el destino de cada uno de los secuestrados. Nuestro grupo fue liberado. El grupo Villaflor había retornado a la Capucha. Alguien nos comentó tras  nuestro estupor y amargura que la Gallega se encerro en su capucha y no quiso hablar con nadie. Sabíamos, por experiencia personal, que cuando el desánimo ataca la capucha era un refugio perverso pero íntimo para llorar y desahogar toda la angustia.

La Gallega no acepto luego ningún cigarro de los guardias, ni la voz falsa del sosiego de ningún marino. No podemos imaginar lo que sintió o pensó y sufrió, aunque sí podemos imaginar y estar convencidos de que le sobraba dignidad y fortaleza. Podemos imaginar y asegurar que, si hubo momentos para comunicarse con su grupo y con los secuestrados que habían permanecido siempre en Capucha, lo hizo con su voz y  su presencia. Era menuda y de apariencia frágil, aunque los meses compartidos en cautiverio nos demostraron el contrario. La Gallega logró vencer a los marinos con esa costumbre que tenía de armar las historias y las tácticas de comportamiento. La Gallega y su grupo pudieron vencer la soberbia y la crueldad sin límites de los marinos de la ESMA.” En aquel grupo de ser humanos que se debatían en cada minuto entre la vida y la muerte algunos lograron salvar sus vidas, entre ellos: Víctor Basterra, Norma Cozzí (Paula), Héctor Pichini (Tata), Osvaldo Barros (Anteojito), Susana Leiracha (Kuki). Otros de los compañeros fueron asesinados, entre ellos: Elsa Martínez “La Gallega”, Josefina Villaflor, Enrique Arditti (Gordo Ramón), José Anzorena (Pepe), Tía Irene, José Hassan (Pepe), Fernando Brodsky (Nando), Carlos Chiaravalle (Viejo Diego), Ricardo Sáenz (Él Topo). En la actualidad sus hijas Elsa y Laura siguen el camino de sus padres y participan activamente de los movimientos que luchan por la Memoria y la Justicia. En 1998 se realizó en Gondomar, su Ayuntamiento natal, un homenaje a Elsa Martínez Mesejo. En una plaza de esa villa gallega una placa recuerda la lucha de Elsa y la lucha de todas las Madres de Plaza de Mayo.

 

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