Argentina. Marginados de la disputa

De la discusión con la que se disputan el poder los gigantes, la llanura anónima queda fuera. Son cientos de miles de trabajadores en negro, precarizados, esclavizados, freaks del sistema, cirujas de las cáscaras que descartan Moyano y CFK, acaudalados representantes populares. La barricada moyana de lucha sindical es un estudio televisivo. Y depende, su humor combativo o complaciente, de cómo vayan los negocios con el poder de turno.

La estrategia cristina dará pelea legitimando la universalización de la injusticia. Que es más universal que la asignación por hijo, que se corta a los 5.200 pesos. Que rebana los mejores salarios y los castiga imponiéndoles un tributo por ganancias, como si se tratara de los CEOs de la Barrick.
Y lejos, muy pero muy lejos, están los más vulnerables. Los que están fuera de las agendas de los titanes. Los que no tributan ganancias porque sólo acumulan derrotas. Los que no aportan a las cajas de las obras sociales porque no están registrados en ninguna parte. Es decir, no están. Ni para la embestida moyana ni para la estrategia cristina.
Los freaks del sistema.
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El miércoles, mientras la moyanía camionera bloqueaba las destilerías, la cara de Pablo se aplastaba en el pavimento. El buzo azul roto de muerte y cosecha. El pantalón gris bajo la rodilla manchado de barro y final. La oscuridad de su piel picada por mandarinas en derrame. Vivas por su mano, cosechadas de los mandarinales correntinos, desde que el sol aparece hasta que se va. Pablo tenía 15 años. Viajaba con un grupo de cumpas de 17 y 19 en la caja del Scania, sobre los cajones de mandarinas. Todos del barrio El Retobo, de Chajarí.
Cuando la rueda se independizó y se disparó, libre y poderosa, el camión perdió el juicio y volcó, atravesado en la ruta. Pablo apenas sintió el empujón de las mandarinas. Lo demás fue entrar violentamente en un sueño. El sueño de un pibe desclasado, anónimo, con manos cuarteadas de cosechero, futuro podado mal, para que no crezca. Un nudo más en el ramerío, marrón y silencioso. Hasta que la muerte asoma temprana, demasiado temprana. Penetrante de olor a mandarinas.
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La ola de frío en Corrientes se hizo cómplice de la ola de olvido. La cabeza de Julieta cayó sobre el pupitre no bien llegó a la escuela de El Ceibo, a 50 kilómetros de Goya. Era la mañana más fría del año. Y la escarcha se pegaba en el alma, como una hoja filosa que tumba la voluntad. Llegó con poco abrigo y las zapatillas mojadas. Entró al aula y quedó dura, congelada. La fuerza le alcanzó justo, como el combustible que esfuma su última gota en el punto de destino.
Con dos grados bajo cero, caminó 5 kilómetros. El agua helada se le coló en los pies y la camperita era un david mínimo frente a la helada goliat del amanecer. La escuela es un oasis de leche y pan en el medio del monte. Pero hay que llegar. Y es tan complicado llegar. Cuesta como cuesta la utopía. Como el camino de los sueños. Como el de la revolución.
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Y lejos, muy pero muy lejos, están los más vulnerables. Los que están fuera de las agendas de los titanes. Los que no tributan ganancias porque sólo acumulan derrotas. Los que no aportan a las cajas de las obras sociales porque no están registrados en ninguna parte. Es decir, no están. Ni para la embestida moyana ni para la estrategia cristina.

Los freaks del sistema.

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