Argentina. Macri y la corta agonía del segundo semestre

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No se sabe cuándo empezó el segundo semestre, pero es casi una certeza cómo va a terminar: igual o peor que el primero.

El prometido despegue de la economía, que vendría luego de la cirugía mayor de los primeros meses, se hace rogar y amenaza con no llegar nunca. La inflación está lejos de haber sido controlada, incluso haciendo una injusta abstracción del laberinto tarifario y los precios estacionales, la llamada “inflación núcleo” se mantuvo en ascenso y fue superior en junio con respecto a mayo.

Pese a estar pagando las consecuencias sociales y políticas de los aumentos, el déficit fiscal se disparó en junio. Sin contar las transferencias del Banco Central y del Fondo de la ANSeS, el rojo sumó $ 83.934 millones, casi un 100 % superior al déficit de igual mes del año pasado. Estos números tan adversos tienen lugar pese a que se mantuvo la retracción de los fondos para la obra pública.

El tarifazo al gas fue frenado por la Justicia, está en la complicada instancia de la Corte Suprema y obligó al Gobierno al tope del 400 %. También un tribunal porteño hizo lugar a una serie de amparos contra el aumento del pasaje del subterráneo de Buenos Aires, entre los que hizo punta el recurso presentado por el dirigente del subte Claudio

Dellecarbonara junto al legislador porteño del PTS-Frente de Izquierda, Patricio del Corro.

El desordenado anuncio de los aumentos en general y del gas en particular, inauguró los llamados “errores de comunicación”: un clásico al que se recurre cuando comienzan a irrumpir agudos problemas de naturaleza política.
El malestar social que generaron los aumentos produjo el primer cacerolazo que no impactó en imagen concentrada, pero se extendió por la amplia geografía nacional, incluido una parte del universo social que había apoyado a Cambiemos.

La Justicia, que no es justa sino profundamente oportunista, responde con su intacta capacidad olfativa (Julio Blanck dixit) y expresa distorsionadamente ese malestar que encierra una relación de fuerzas. No es la manifestación de un nuevo equilibrio judicial, sino la evidencia de la gradual pérdida de autoridad política del Gobierno.

Pese a haber sido regada con la transferencia de fondos para las obras sociales, la dirigencia sindical tuvo que volver a hablar de paro y preparar un documento con un título lapidario: “De mal en peor”. Algunos gremios -como los aceiteros- reclaman la reapertura de las paritarias, los docentes pararon en cinco provincias y ATE convoca a una huelga nacional para el 11 de agosto.

Cerraron los tribunales por la feria y el circo de los escándalos de corrupción del kirchnerismo se suspendió momentáneamente. El Gobierno quedó solo frente a su propio destino de ajuste y como no se ganaba la guerra contra la inflación, se infló una batalla cultural contra Marcelo Tinelli. Un espectáculo que hubiese sido la envidia de los combatientes cibernéticos de los años de oro del kirchnerismo bélico. Miles de trolls o convencidas minorías intensas (para el caso es lo mismo) dispararon desde la red social Twitter contra el empresario y conductor televisivo en una cruzada que terminó cuando el presidente levantó la bandera blanca y se rindió ante los 20 puntos de rating de Tinelli.

En el medio, anunciaron que iban a usar la base de datos de la ANSeS para la ejem… “comunicación política” y desataron hasta la crítica de Ricardo Roa en Clarín, un general rabioso del periodismo de guerra al que no lo dejan firmar la paz.

A falta de inversiones, lluvia de dólares o brotes verdes significativos, en poco tiempo están dilapidando el único capital que tenían para intentar ordenar la economía de acuerdo a sus intereses: el capital político.

Ahora no se sabe si el remedio no es peor que la enfermedad, lo que antes eran delicadas autocríticas de un Gobierno “que escucha y sabe reconocer sus errores”, se parecen más a la pérdida de autoridad que impuso el tope a los aumentos, los desafíos judiciales, la amenaza sindical y el ultraje tinellista.

Según la consultora de Analía del Franco, Macri y el Gobierno presentan similares valoraciones positivas y negativas (fifty-fifty). Pero en el áspero conurbano bonaerense la valoración positiva presidencial desciende a 44.6 %. Allí, como siempre, se vuelve a jugar el año que viene otro episodio de la madre de todas las batallas.

Para los talibanes del “mundo PRO”, el ajuste es demasiado moderado, pero la mayoría de la población trabajadora lo percibe con justeza como excesivamente duro. En esa paradoja residen las marchas y contramarchas que ya provocaron grietas en el famoso “equipo” de gobierno.

Los reportajes a la carta que Macri brindó por estos días a los medios afines, fundaron una nueva etapa del relato amarillo: la épica del “vamos a ajustarnos todos”, como si las grandes mayorías no fueran conscientes de que así como no todos somos iguales ante la ley, menos iguales somos ante el ajuste. Hablarse encima, gracias a los centros servidos y sin arquero que le tiran sus 678 privados, pueden comenzar a hartar tanto como las eternas cadenas nacionales que supimos soportar.

La última esperanza blanca es, valga la redundancia, el generoso blanqueo de capitales. Pero ni los pronosticadores más optimistas se animan a aventurar que los recursos que provengan del perdón escandaloso a los evasores, permitan levantar el apagón del conjunto de la economía, por intermediación de volcarlos sobre la obra pública.

La estabilidad del Gobierno descansa sobre el pilar de la dirigencia sindical burocrática, los aquelarres de la corruptela kirchnerista y la colaboración del planeta peronista en dispersión luego del big-bang que produjeron los bolsos endiablados de José López en el convento. El anunciado despegue optimista del segundo semestre se transformó en lento declive del gobierno de los CEOs y el triste, frío y solitario final de la efímera luna miel.

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