Argentina. Informe de situación

Por Bernardo Penoucos

1.500.000 de niñas y niños pasan hambre en Argentina.

 (APe).- Las coyunturas se vuelven contextos y las tormentas pasajeras se presentan como un clima constante de barrio inundado. No llegarán los milagros, no importaremos ningún tipo de receta que calme la hemorragia inducida, no existe humanismo en el capital, ni inversiones productivas en la especulación financiera. Especuladores financieros: qué poética manera que han encontrado los saqueadores para nombrar al crimen organizado que tiene como motor al gran sistema del destrato y que tiene como materia prima a los pobres el mundo.

(1.500.000 de niños tienen hambre en la Argentina)

Se reducen los presupuestos en materia social a un ritmo vertiginoso. No hay planes ni a corto, ni a mediano, ni a largo plazo que incluyan en sus programas a una mayoría cada vez más al borde del borde, casi besando el abismo. El aparato represivo- al decir de Foucault- ya no se desvela por reprimir a lo bruto – aunque lo haga frente a todas las cámaras de TV- sino que le basta y le sobra con normalizar. Nos pretenden normales, quietitos dentro de esos cánones que mandan a que millones de niños y niñas tengan como únicas opciones el hambre, la bala, el encierro o la muerte, mientras el resto de los mortales insisten en mejorar su perfil de consumidor elegido, de linchador de turno, de pasivo espectador: esa normalidad es la que nos mandan a aceptar, en silencio y sin chistar.

Los ministros afirman al unísono que el éxito de una gestión se mide porque todos los días hay un metro más de asfalto o un joven más preso, representantes democráticos que insisten en afirmar que el narcotráfico es regenteado por organizaciones sociales y culturales de los barrios olvidados, docentes que mueren estallados en una escuela pública de una barriada pobre preparando el desayuno salvador para los niños y niñas, jóvenes hostigados y torturados por las fuerzas del orden que administran el desorden: administrar la crisis, otro de los léxicos tan poéticos que los dueños del mensaje hegemónico utilizan para decirnos, en la cara e inmutables, que están repartiendo la torta de manera cada vez más inequitativa y desvergonzada.

La formalidad de la democracia es cada vez más formal y menos real. La tensión entre neoliberalismo y democracia se extiende y se quiebra de manera tal que dirigentes y representados se encuentran separados por un abismo profundo y conocido: la ciudadanía real tiene cada vez más dificultades para participar en los asuntos públicos y, cuando lo hace tímidamente o profundamente, las estructuras del poder se encargan de manipular hasta el hartazgo a la opinión pública. Entonces la violencia será patrimonio de los movilizados, de los organizados y de los desesperados que, por un paquete de galletitas y un alfajor, pueden morir asesinados en una esquina de Entre Ríos o en cualquier esquina del país.

La violencia será característica genética de quienes se movilizan para salir de la invisivilidad, nunca será monopolio de quienes han mandado a esa invisibilidad a los que, movilizados, pretenden salir de ella.

Los medios hegemónicos de comunicación son, por lejos, el primero de los poderes, en sus pantallas se sintetizan y se aglutinan todos los otros poderes: el político, el económico, el judicial y, por las dudas, el poder ético de quienes ya han decidido lo que está bien y lo que está mal, los rostros buenos y los rostros malos, los barrios peligrosos y los barrios de bien: el orden o el caos, pensamiento binario aniquilador e histórico.

La democracia es un lujo dado a los menos: no viven en democracia los millones de hacinados en conventillos y asentamientos, no viven en democracia los jubilados que deben decidir si comen o si se curan, no viven en democracia los miles de detenidos y detenidas que no han tenido aún condena y que sobreviven transitando el sistema de tortura que los lugares de encierro determinan. No viven en democracia las miles de niñas, los miles de niños y los miles de jóvenes y adultos que son secuestrados cotidianamente para enfilar el ejército de las redes de trata. No viven en democracias los despedidos, los desocupados, los explotados, los y las niñas que esclavizados y bajo una luz artificial continua cosen la ropa que luego compraremos en algún local de primera, no viven en democracia los padres y las madres que cuando llega la noche se miran y miran los ojos de sus hijos y no pueden darles respuestas ni comida. La lista es extensa, como lo es el dolor, la rabia y la indignación.

Es espantoso el informe de situación, es terrible y desesperante.

Digamos, como síntesis, que 1.500.000 de niñas y niños pasan hambre en Argentina. Digamos que el dato es durísimo cuando uno se sale del número y lo convierte en personas, en juegos que no hay, en risas que no están, en alimento que no alcanza, en salud que no existe, en país que se cae.

Allí radica lo esencial de la violencia estructural, allí el juego macabro de los que nos mandan a esperar sabe Dios qué milagro. Allí radican todas las preguntas y todas las respuestas que el poder se queda y reconvierte en culpabilidad, prejuicios y condenas.

El informe de situación contiene dos imágenes terribles: en algún lugar alguien muere de hambre o de linchamiento al llevarse un alfajor o un paquete de galletitas y en otro lugar, del mismo país, otro alguien fuga indiscriminadamente miles y miles de millones de dólares a paraísos fiscales inalcanzables para el mortal común. Alguien de estos dos alguienes será condenado y fusilado por la maquinaria que pica carne y personas. El otro alguien seguirá hablando y explicando teorías que nadie entiende.

Sabrá usted cuál de estos dos llegará al paraíso y cuál de estos dos encontrará su muerte a la vuelta de la esquina.

El neoliberalismo no sólo fragmenta lo que pudo haber estado integrado, sino que también- y sobre todo- nos enseña metódicamente a mirar fragmentado, a mirar lo aparente, a mirar torcido, a mirar errado.

Para que terminemos, al fin al cabo, simplemente no pudiendo mirar.

Edición: 3784

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