Argentina. Espectros que nunca se van

Por alguna razón una que otra noche en nuestro entresueño comienzan a desfilar los espectros de las y los luchadores sociales de las décadas del 60 y 70.

Estas semipresencias con trágico final porque fueron detenidos por chacales artillados, padecieron la prisión y las torturas interpelan sobre el presente de la sociedad argentina. Sobre la devastación social, la profundización de la desigualdad, las promiscuas relaciones de quienes lo invocan y luego negocian la sangre derramada.

Se preguntan qué ocurrió con aquella trama de solidaridades que gesto revueltas, huelgas, tomas de fábricas, escuelas y universidades.

No comprenden como reina impúdicamente la indolencia frente al dolor de los más. ¿Como es posible la naturalización de lo inaceptable? La persistencia de los burócratas sindicales que continúan aportando a la conciliación.

Es indudable que como señalaba León Rozitchner el «nuevo pacto social ha surgido del terror y la gracia». Es decir que el medio insuflado en los cuerpos marque como resultado perenne limites estrechos a la disidencia por la amenaza del inminente retorno del terror.

¿O bien, que el terror impuesto por el capital y sus dispositivos represivos sean los garantes del imperio de «malestar sobrante», garantía de cierto consenso por apatía? El impacto del terrorismo de Estado es de una tamaña magnitud y opera con efectos residuales.

Un silencio que aturde frente a las injusticias o al menos una escasa cantidad de voces que se alzan. Un tiempo sombrío en el que pronombre más difícil de pronunciar es el nosotros. Pero a pesar de todo nos desistiremos en la cotidiana tarea de crear los espacios para encuentros, debates y acciones colectivas autónomas de toda estructura vertical.

No renunciamos a la utopia porque «la revolución es un sueño eterno», pero nosotros soñamos aun despiertos.

Carlos A. Solero

Domingo 15 de setiembre de 2019

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