Argentina. Daniela Ruiz: «No hay lugar más importante para encontrarnos que en el abrazo»

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Daniela Ruiz es salteña, actriz y activista travesti. Viajó a Buenos Aires a los 18 años para escapar de la pobreza, pero no lo consiguió. Sufrió la violencia y sintió de cerca a la muerte. Empezó a militar en el movimiento LGBTI+ y hoy considera que el feminismo es el lugar donde quiere estar.

Daniela Ruiz tiene 43 años, nació en medio de los Valles Calchaquíes al noroeste argentino. De niña creció como la hija de la criada que trabajaba para una familia de la clase alta y conservadora de Salta, donde su madre la dejó durante varios años de su infancia. A los 12 la volvió a buscar y la llevó de regreso a donde pertenecía: la pobreza. Como creían que era un “puto irrecuperable”, la llevaban los fines de semana a Gendarmería Infantil para “curarla”. A los 18 se pudo liberar y viajó a Buenos Aires con una amiga. Su color de piel y su aspecto de niño marica le impidieron conseguir trabajo, entonces hizo lo único que encontró posible hacer: prostituirse. Ya no se acuerda cuántas veces cayó presa, pero recuerda muy bien cómo varios policías la violentaron y violaron, y cómo sintió de cerca la muerte. Hasta que consiguió dejar la prostitución atrás y se dedicó a ser florista, artista, actriz, periodista, productora y un montón de cosas más que no pudo aprender en la Universidad donde no podía entrar.

Fue activista en el Movimiento LGTBI+, participó en la redacción de la Ley de Matrimonio Igualitario (2010) y de Identidad de Género (2012). Hace unos años llegó al feminismo, donde dice que descubrió el abrazo entre compañeras y pudo entender su historia, la de su madre y de todas las mujeres que la antecedieron. Este fin de semana viajará a La Plata para participar por primera vez del 34° Encuentro (Pluri) Nacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales y No Binaries. «Todas las que vuelven del Encuentro dicen que después de eso ya no son las mismas, así que iré a reencontrarme, y que explote lo que tenga que explotar en mi cabeza».

Dice que su mayor miedo es que le suene el teléfono para avisarle que una compañera travesti ya no está, que al calabozo no vuelven nunca más y que es Daniela «desde siempre», aunque hayan querido hacer con ella lo que nunca quiso ser. Lleva una mariposa colgada al cuello. La muestra, la acaricia y la besa frente a cámara. Representa a todas las mariposas que ya no están y a las que siguen en pie de lucha.

«De qué sirve construir si no nos deconstruimos, si no nos empezamos a ver como sujetas. Es cuestión de mirar un poquito más allá, incluso de las pujas políticas», asegura.  Y recuerda que la primera vez que marchó con el movimiento feminista en una movilización del Ni Una Menos, lo primero que descubrió es que no era insultada por varones como le había pasado en otras marchas. «Terminábamos todas abrazadas, no había esa dicotomía de violencia, había otro vínculo. Eso para mí también ha representado deconstruirme de algunas miradas heteronormativas que nosotras -las travestis- también tenemos, y construir otro vínculo posible«.

El abrazo, siempre el abrazo, para dejar atrás «todo lo que siempre nos han negado». «Nosotras las travestis no nos abrazábamos, no entendíamos el abrazo, yo no lo comprendía. Hoy lo entiendo y lo practico. Es como liberador. No hay lugar más importante para encontrarnos que con el abrazo. Y construir y discutir, pero también permitirte saber que hay algo alrededor que es el patriarcado y el machismo que a todas nos oprime, seas travesti, seas mujer, seas lo que seas, estás como un cuerpo visto y sujeto a violencias. Y ese lugar de violencia yo ya lo he vivido«.

Daniela repasa su historia que es, o podría ser, la historia de muchas más. «Soy hija de la criada de una casa de clase alta, burguesa, donde las señoras tomaban el té, de terratenientes plagados de moralina. Y en esa casa me deja mi mamá pensando que era un buen lugar para mí, era una bendición de la Iglesia. Ahí aprendí todo sobre el lugar de privilegio que tienen algunas personas. Después mi madre me viene a buscar y me encuentro con un hermano, con un padrastro, con una casa en una villa, con la escuela pública y, más allá de la clase, me encuentro en realidad con quién era yo«.

«No pude vivir la adolescencia como tendría que haberla vivido, bien, feliz, viajando a Bariloche con mis compañeros, primero porque mi familia no podía, y porque mi mamá y mi papá me llevaron a Gendarmería Infantil porque la psicóloga les había dicho que yo no tenía remedio, que era homosexual, que era puto, que no había vuelta atrás. Entonces me encontré todos los sábados y domingos en ese lugar para curarme, con otra corporalidad, la de esta feminidad, la de una niña travesti conviviendo con gendarmes, hombres de bien, de la patria, que tienen para conmigo una situación de violencia«.

Lo que siguió después es armar el bolso y viajar a Buenos Aires «para desarmarme, para construirme». No encontró más que la prostitución. En la gran ciudad, por lo menos, si la detenían era solo por 24 horas y no por 60 días como ocurría en Salta.

«Yo era una princesa india, bonita, y lo que recibía en los calabozos era que mi cuerpo se tenía que utilizar para la satisfacción sexual. Una de las veces los policías me violaron con un chumbo acá, en la cabeza. Yo pensé en la muerte. Llegué al máximo de una situación de violencia. Terminé en los yuyos en Godoy Cruz donde me dejaron, desnuda, llena de semen. Y pensé: ya no hay más nada después de esto. Pero entonces fue levantarme, tomar un taxi, volver, decir ‘sigo viva’, bañarme, cambiarme y volver a la Zona Roja».

Fue en un calabozo donde conoció a Lohana Berkins. Daniela tenía 18 años y estaba presa por 24 horas junto a una compañera y varios varones. «Lohana había ido a liberar a la otra chica y la escuché gritar y pelearse con los policías. Entonces nos sacó a las dos. Yo estaba ahí, con un vestido blanco transparente y unos tacos, la otra chica en tanga y portaligas. Nos retó a las dos, nos dijo que teníamos que defendernos. Y nos sacó de ahí en plena luz del día mientras todo el mundo nos miraba. Años después la volví a encontrar ya en la militancia», cuenta y no para de reírse.

Daniela se prostituyó por dos años, hasta que empezó a hacer cursos para dedicarse a otra cosa. «No podía entrar a la Universidad, así que estudié peluquería y maquillaje para poder entrar en el circuito del trabajo. Y en ese proceso conocí a mi compañero de la vida, con quien estoy en pareja desde hace 23 años. Yo siempre digo, él no me salvó. Pero en ese proceso lo conocí. En enero pasado nos casamos».

«Yo siempre fui una artista, es como me considero», dice. Y por eso no paró hasta llegar al teatro. Y es así que también incursionó en la docencia, la producción, la fotografía, la escenografía. Estudió comedia musical en la Fundación Julio Boca, escribió tres años en El Teje (revista travesti), donde aprendió herramientas de la comunicación, y fue algunos años presidenta de la primera cooperativa de trabajo teatral conformada casi íntegramente por personas trans. «Ahora estoy haciendo obras de teatro, ya hice ocho obras, algunas fueron reconocidas de interés por los derechos humanos de la Ciudad».

Relata que mientras se formaba en actuación se daba cuenta que a ella y a sus compañeras, cuando iban a los casting, solo las llamaban para papeles de travestis o prostitutas. «Una situación violenta, porque la comunicación y la producción es toda heteronormativa. Yo puedo hacer cualquier papel: puedo hacer de madre de familia, de pájaro, de todo, porque tengo capacidad para hacerlo. Ahora, cómo ve mis capacidades el otro… sumado a mi color de piel y mis rasgos andinos, significa que no voy a tener privilegios en el sistema, significa que me van a poner a hacer de chorra o de la señora que limpia». Actualmente, además, trabaja en el Ministerio de Trabajo como capacitadora en diversidad sexual.

Su vida como activista comenzó en el movimiento LGTBI+, donde conoció más profundamente a Lohana Berkins, que con el tiempo la convenció de acercarse al feminismo. «Yo entro de lleno al feminismo hace poco. Lohana me insistía que tenía que estar, pero era difícil luchar como lo hacía ella, porque por entonces parecía que todo estaba determinado por si tenías pene o vagina. Y la verdad que nosotras veníamos de la lucha por una reivindicación legítima en las calles, en el territorio, de otra manera. Pero al mismo tiempo, mientras militaba en el movimiento gay, travesti y transexual y en el armado de la ley de identidad de género, yo sentía que a ese ámbito algo le faltaba. Con las compañeras travestis nos dábamos cuenta que nosotras luchábamos activamente ahí, pero todo lo que era visibilidad, viajes, lo hacían ellos, nosotras no. Éramos supuestamente las ignorantes, las analfabetas, no entrábamos en ningún catálogo. En el feminismo encontré el lugar donde quiero estar».

Y el feminismo fue también el lugar donde pudo analizar su historia. «Es donde encontré las herramientas para encontrarme, para encontrar a mi mamá, pobre, analfabeta, racializada, india. Ahí encuentro la mirada de mis tías, de mis maestras. Empiezo a unir el hilo de nuestra historia política, cultural, de nuestro movimiento travesti, incluso de lo que me enseñaron: en Salta me hablaban de Martín Miguel de Güemes pero no de Macacha Güemes. Es ahí donde también pude romper la norma de lo binario, del hombre-mujer».

Sobre el próximo Encuentro en La Plata, en el que participará por primera vez, dice: «Sé que algo me voy a traer, me quiero traer el encuentro con las de Tierra del Fuego, las santacruceñas, las catamarqueñas, y quiero que nos vean también. Quiero ir a descubrir pero también a debatir y sentir la energía que traen las compañeras».

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