Argentina: Díaz Bessone admite miles de torturados y ejecutados en la clandestinidad

Dossier de las entrevistas a jefes del terrorismo de estado en la Argentina de los '70, emitidas&nbsp documental «Escuadrones de la Muerte.

La Escuela Francesa», realizado por la periodista Marie-Monique Robin para el Canal Plus francés Presentamos el informe completo publicado por el periodista Horacio Verbitsky en el Diario Página/12, un documento escalofriante que muestra una vez más el vergonzoso producto de 20 años de impunidad en Argentina democrática.
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DIAZ BESSONE ADMITE MILES DE TORTURADOS Y EJECUTADOS EN LA CLANDESTINIDAD» Usted no puede fusilar 7000 personas»


El general Ramón Díaz Bessone, ex Comandante del Cuerpo II y ex ministro de Videla, admitió que 7000 personas fueron torturadas y ejecutadas bajo la dictadura militar. En un reportaje que se emitirá el 1º de setiembre en la televisión francesa y en otros diez países explicó que no se animaron a fusilarlos por temor a la condena del Papa. La principal enseñanza de los instructores franceses en guerra contrarrevolucionar ia fue la inteligencia, dijo. Por Horacio Verbitsky


Los detenidos-desaparec idos durante la dictadura militar fueron sometidos a torturas y ejecutados en forma clandestina, reconoció el general Ramón Genaro Díaz Bessone. Desde los salones del club social «Círculo Militar», del que fue presidente durante varios períodos, Díaz Bessone sostuvo que en la denominada guerra contrarrevolucionar ia los daños colaterales son los desaparecidos y las ejecuciones extralegales. «¿Cómo puede sacar información (a un detenido) si usted no lo aprieta, si usted no tortura?», preguntó. Díaz Bessone descartó como «propaganda» la cifra de 30.000 detenidos-desaparec idos y dijo que no llegaban a 7000. Pero admitió que fueron asesinados en la clandestinidad, cosa que nunca había hecho antes en público ningún integrante de la cúpula castrense de entonces. «¿Usted cree que hubiéramos podido fusilar 7000? Al fusilar tres nomás, mire el lío que el Papa le armó a Franco con tres. Se nos viene el mundo encima. Usted no puede fusilar 7000 personas».&nbsp


En el juicio a las juntas militares de 1985 Jacobo Timerman testimonió que el temor a la condena del Papa fue el argumento que altos jefes militares le dieron luego del golpe de 1976 para explicar la opción por la clandestinidad. Díaz Bessone continúa: «¿Y si los metíamos en la cárcel, qué? Ya pasó acá. Venía un gobierno constitucional y los ponía en libertad. Porque esta es una guerra interna. No es el enemigo que quedó del otro lado de la frontera. Salían otra vez a tomar las armas, otra vez a matar». Las confesiones de uno de los generales paradigmáticos de la dictadura militar, que quedó en libertad gracias al indulto presidencial, forman parte del telefilm «Escuadrones de la muerte. La Escuela Francesa», dirigido por la periodista Marie-Monique Robin.


El documental se difundirá el 1º de setiembre en el Canal Plus de París y en una docena de países. Robin cedió a este diario los derechos de reproducción sobre el testimonio de Díaz Bessone y de los otros generales argentinos entrevistados, Albano Eduardo Harguindeguy, Benito Bignone y Alcides López Aufranc, que se publicarán en días subsiguientes (ver «Discurso del método»).


«Heridas profundas»&nbsp


Al comparar la guerra sucia argentina con las guerras coloniales francesas que la inspiraron, Díaz Bessone afirma que entre ambas hubo «una gran diferencia: Argelia llegó a su independencia. Los que combatieron quedaron separados, unos en Argelia y otros en Francia. Con el tiempo es más fácil llegar a un acuerdo, a una amistad, a olvidar lo que pasó. Pero acá fue una guerra interna, con características de una guerra civil. Cuando se termina > la guerra tenemos que convivir los antiguos enemigos. Y eso es muy difícil. Porque quedan heridas muy profundas, que seguimos viviendo en la Argentina». Según Díaz Bessone, «como se trató de una guerra interna la reconciliació n es muy difícil de lograr». Insiste en que mientras «los argelinos hoy constituyen un país separado, acá los revolucionarios eran argentinos y siguen siendo argentinos y nos cruzamos en la calle todos los días». Eso parece obsesionarlo, aunque no termina de extraer las conclusiones de su propio razonamiento, descriptivas del desempeño de un ejército nacional como tropa de ocupación. Por el contrario, intenta una extravagante justificación: «Si los revolucionarios subversivos guerrilleros hubieran ganado esa guerra hubieran implantado un dictador al estilo de Fidel Castro o de Guevara. Yo no creo que hubiera durado mucho. Una cosa es Cuba, una isla, que tuvo la protección soviética. Otra cosa es la Argentina, con más de 5000 km de frontera. Nuestro país hubiera sido objeto de invasiones para expulsar a ese gobierno que hubiera sido una amenaza para todos los vecinos. Con lo cual hubiéramos tenido, en tren de hipótesis, una terrible matanza en la región, con guerras locales. Todo eso se evitó al impedir la implantación de ese tipo de gobierno».


«Interrogatorios duros»&nbsp


Los asesores franceses que formaron a los militares argentinos predicaban con el ejemplo de la batalla de Argel. Enseñaron la división del territorio en zonas, subzonas y áreas de seguridad, la importancia del servicio de inteligencia y los métodos de interrogatorio de los prisioneros, dijo Díaz Bessone. «Sin un buen sistema de inteligencia es absolutamente imposible desarmar una organización revolucionaria, subversiva, guerrillera, porque ellos no llevan uniforme que los identifique. Al contrario, visten la ropa del paisano, del hombre común, del hombre de la calle. Están en todas partes. Atendiendo un comercio, asistiendo a clases en la universidad o en colegios, enseñando como profesores. Puede ser un abogado, un ingeniero, un médico, un trabajador, un obrero», sostuvo Díaz Bessone. El servicio de inteligencia «va detectando las células. Toma prisionero a un subversivo. Ese hombre está inserto en una célula de 3 a 5 personas. Es necesario interrogarlo para detectar a otro. Una vez que se reconstruye a la célula, sólo uno de ellos está conectado con la otra célula. De ese modo se puede ir reconstruyendo el tejido, se va armando un cuadro en donde están los nombres de aquellos que pertenecen a una célula, luego la célula con la que están conectados y así sucesivamente hasta llegar a la cabeza, a la cúpula, a la jefatura», explica Díaz Bessone, quien se declara de acuerdo con la afirmación de que «la única manera de acabar con una red terrorista es la inteligencia y los interrogatorios duros para sacarles información». A su juicio esa enseñanza de los franceses fue exitosa. Interrogado acerca de los comandos especiales de paracaidistas franceses que actuaron en Argelia, Díaz Bessone explicó que «acá fue distinto, operó todo el Ejército sin excepciones. Todos los hombres en actividad actuaron en la guerra contra la subversión, desde que se empeñó a las Fuerzas Armadas, en febrero de 1975 hasta que terminó en 1978/9. Con mucha eficacia, en no más de tres años fue aniquilada la subversión», dijo. Una de las formas de transmisión de las enseñanzas francesas fue la lectura de los libros de Jean Lartéguy, Los Mercenarios, Los Pretorianos y Los Centuriones, en cuyas páginas se describe sin eufemismos la tortura y asesinato de prisioneros. Los asesores franceses «nos recomendaron esos libros. Fue un complemento a esa experiencia, que nos hizo pensar cómo se desarrolló la guerra revolucionaria en Argelia, que despu> és debimos enfrentar nosotros en la Argentina. El método de interrogatorio estaba explícito en los libros de Lartéguy. Les resultó el único posible para obtener información y desarmar el aparato de la guerrilla revolucionaria. Esta es una discusión terrible que va a subsistir a través de todos los tiempos, mientras exista una guerra revolucionaria y se tomen prisioneros» , justifica Díaz Bessone.


«Ninguna crítica»&nbsp


En defensa de su posición, menciona las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos en Japón y los recientes bombardeos a Irak, en los que murieron civiles no beligerantes. «Los derechos humanos son un progreso enorme en bien de la humanidad. Pero en la guerra se sale a matar. El primer derecho humano es respetar la vida del otro. En consecuencia la guerra debe abolirse. Si atendemos al mensaje cristiano, amaos los unos a los otros, la guerra debe desaparecer. Pero la guerra es una realidad, existe. Y hay que hacerla como dicen Clausewitz y los grandes pensadores franceses. Clausewitz aprendió de Napoleón. El dijo que aquel que no vacile en aplicar toda la fuerza necesaria para conseguir la victoria es el que tiene las mayores probabilidades de éxito». En una curiosainterpretació n del derecho internacional, Díaz Bessone pretende que sus leyes sólo protegen a los prisioneros de uniforme, capturados en una guerra clásica. «Pero no alcanzan a aquellos guerrilleros que no usan uniforme». El militar argentino argumenta que tampoco «se le respetan las leyes internacionales a los guerrilleros de Chechnia y Al Qaeda».

Estos últimos «fueron llevados a Guantánamo y sacados de los tribunales de Estados Unidos». Por las dudas, aclara que «no estoy haciendo ninguna crítica», porque «no se puede hablar de leyes de la guerra contra un enemigo que no respeta ninguna ley. El sería un combatiente privilegiado. A él sí hay que aplicarle las leyes, todas las convenciones internacionales, pero él no respeta ninguna. En esa desigualdad siempre ganaría el guerrillero» . Lejos de negar la tortura, Díaz Bessone la justifica. Dice que «en países que sufren en forma muy aguda la agresión terrorista, hasta la Corte Suprema de Justicia autorizó el uso de la tortura para obtener información como única manera de poder desarmar esa organización de atentados terroristas. Esto no sólo ocurre en Israel. Ha ocurrido en Argelia. Los alemanes, los rusos, todo el mundo lo aplicó. El gran fastidio que yo tengo es que los países grandes no investigan qué pasó por ejemplo en la guerra civil española. Se cometieron atrocidades. En la Segunda Guerra Mundial también. No hay ningún juez Garzón que pida la extradición o juzgarlos en su país a los responsables de violaciones a los derechos humanos. Pero a los pequeños países como el mío sí. Pongámonos de acuerdo. Si nos aplican los derechos humanos a nosotros en una forma absolutamente abusiva, aplicando incluso leyes con retroactividad, aplíquenlo en todo el mundo, en sus propios países. ¿Por qué esa acción persistente contra nuestros países, sobre todo contra la Argentina?».


«Hubo que interrogar»&nbsp


Díaz Bessone dijo que en la Argentina se había perdido la distinción entre beligerantes y población civil. «Hemos conocido amigos nuestros, cuyos hijos eran para los padres insospechados, estudiantes, buenos chicos. Ellos no sabían que ese hijo que iba a la universidad estaba en la guerrilla y escondía armas en su propia casa. Al estar metido dentro de la población, a veces se toma a alguien y se piensa que todos los que están en esa casa están complicados en la guerrilla y se cometen errores. Son los errores característicos de esta guerra», dijo. «La gente que critica no lo va a entender nunca. Pero el error es humano cuando hay guerrilleros infiltrados en la población, hijos, amigos. Una amiga de la hija del jefe de la Policía Federal, le puso una bomba en la cama que voló el jefe de policía y quedó destruida esa familia. Y era una amiga. Se salió a perseguir, se encontraron los padres. Los padres de esa chica, ¿sabían, conocían? Mientras no se averiguó hubo que interrogar. No en vano se la llama guerra sucia».


«La condición humana»&nbsp


Díaz Bessone se declaró «muy respetuoso de la condición humana». Pero el ejemplo no se refería a la guerra sucia militar contra la sociedad argentina sino a su relación con los empleados y empleadas del Círculo Militar, donde sigue atendiendo como dueño de casa. «Cuando era presidente le daba la mano a todo el mundo. No acostumbraba a besar, porque no quería que se pudiera interpretar mal. Ahora que no soy más presidente les doy un beso. Pero en aquel tiempo no. Ya tengo 77 años y no quiero que me digan viejo verde». También se definió como «un ferviente defensor de la libertad» y dijo que durante la Segunda Guerra Mundial simpatizó con los aliados, contra el nazismo. «Estoy con la libertad, por eso combatimos a los revolucionarios. Al derrotar a la subversión impedimos que se instalara un régimen totalitario. Por eso aparentemente hay mucha libertadde expresión, pero hay un grupo de gente, militar, que tenemos que tener mucho cuidado para hablar de las cosas que estamos hablando. Porque no falta quien busca la manera de hacer un juicio por apología del delito. Tenemos la palabra restringida. Del tema de la tortura no se puede hablar mucho por eso. Es terrible». Desconfiado, Díaz Bessone colocó un grabador sobre el escritorio y al comenzar la entrevista lo echó a andar. Su confesión sobre las torturas y ejecuciones se produjo en un momento en que creía que la cámara estaba apagada. Su actual esposa, Leticia, lo interrumpió dos veces durante el reportaje, para llamarle la atención sobre detalles que él había pasado por alto al hablar de los desaparecidos. En una de ellas se produjo este diálogo: Leticia: Los subversivos tenían la pastilla de cianuro, para matarse y matar a otros. Díaz Bessone: Pero esos son muertos. Leticia: Pero los cuentan como desaparecidos. Díaz Bessone: Mucho no quiero hablar de eso. ***


Discurso del método&nbsp


El impresionante documental de Marie-Monique Robin «Escuadrones de la Muerte» demuestra que los métodos de la guerra sucia militar contra la sociedad argentina fueron enseñados aquí y en la Escuela de Guerra de París por militares franceses que cometieron los mismos crímenes dos décadas antes, en las guerras coloniales de Indochina y Argelia. La periodista, autora de libros que han dado la vuelta al mundo, como su investigación Ladrones de Organos o la historia de las Cien Fotografías que hicieron la historia del siglo XX, entrevistó a los militares franceses que inventaron, aplicaron y enseñaron el método y a sus discípulos en Estados Unidos, Chile y la Argentina. Cuatro generales argentinos prestan su testimonio: Díaz Bessone, quien fue comandante del Cuerpo II de Ejército y ministro de Planeamiento de la dictadura; el ex ministro del Interior Albano Eduardo Harguindeguy, el ex dictador Benito Bignone y el ex Jefe de Estado Mayor del Ejército, Alcides López Aufranc. Algunos de los franceses que cuentan su parte de la historia son el general Paul Aussaresses, cuyo libro Services Speciaux Algérie 1955/57, sacudió a Francia hace dos años porque narró en primera persona y con detalle las torturas y ejecuciones clandestinas cometidos, y el ex ministro de Ejército, Pierre Messmer, quien envió a Aussaresses a Estados Unidos donde, junto con otra decena de veteranos de Argelia, instruyeron al Ejército de aquel país en las técnicas que luego se aplicarían en Vietnam.> Dos de sus discípulos, el general John Jons y el coronel Carl Bernard describen las enseñanzas de Aussaresses y cómo fueron aplicadas en Vietnam, donde produjeron el asesinato de 20.000 civiles durante el Plan Fénix. El general chileno Manuel Contreras, quien cumple una condena judicial en Santiago, reconoce que Aussaresses entrenó en Manaos, Brasil, a los torturadores de la DINA y que la dictadura de Pinochet mantenía un fluido intercambio de información con el gobierno francés de Valery Giscard D'Estaing. Lo mismo admite Harguindeguy. Marie Monique-Robin cedió a Página/12 los derechos de reproducción en la Argentina de sus entrevistas con Díaz Bessone, Harguindeguy y Bignone, que se publicarán en días sucesivos. En el documental se incluyen sólo fragmentos.

El materialcompleto termina con cualquier disputa posible acerca de los métodos de la dictadura. ***


Las causas&nbsp


Las cámaras federales de Rosario y Paraná procesaron a Díaz Bessone en seis causas distintas, por los secuestros, tormentos, homicidios y desapariciones forzadas de personas sucedidas en 1976, cuando era jefe del Cuerpo II de Ejército y de la Zona de Seguridad 2. Al fallar la causa 13 contra los ex Comandantes, la Corte Suprema de Justicia consideró probados en esa jurisdicción los homicidios de Cristina Constanzo, Daniel Omar Barjacoba, María Cristina Márquez y Sergio Jalil Drake, y las privaciones ilegales de la libertad y tormentos de Antonio Miño Retamozo, Susana Miranda, Ariel Morandi, Adriana Arce y Antonio Rafael Zárate. En Paraná se investigaban cinco privaciones ilegales de la libertad continuadas (Claudio Fink, Sixto Zalazar, Justo Solaga, Oscar Desorzi y Norma González) y las privaciones ilegales de la libertad en concurso con tormentos de Juan Santamaría, Juan Wursten, Daniel Yrigoyen, Néstor y Enrique Zapata, Jaime y Emilio Martínez Garbino y Víctor Ingold. En Paraná estaba procesado en las causas 11.439, 11.506 y 11.440, por hechos ocurridos en esa ciudad, en Concordia y en Gualeguaychú, respectivamente. En Rosario, debía responder en las causas 47.913 «Feced, Agustín y otros s/Homicidio, Violación etc», 47.944: «Juárez, Mirta y otros s/Denuncia» y 49.544: «Sonia Beatriz González s/Desaparició n». Díaz Bessone solicitó acogerse a la ley de obediencia debida, pero la Corte Suprema se lo negó, porque como jefe de Zona no había recibido sino impartido las órdenes ilegales de la guerra sucia. Menem lo indultó por el decreto 1.002/89, en octubre de 1989. Además de la solicitud de extradición del juez Baltasar Garzón que el gobierno de Aznar se negó a tramitar, también Francia podría reclamarlo, por la desaparición del estudiante de ingeniería Yves Alain Domergue, secuestrado en Rosario el 20 de setiembre de 1976 por una patrulla militar dependiente de Díaz Bessone. ***


BIGNONE: LA IGLESIA CONVALIDO LAS TORTURAS «Estaban de acuerdo»&nbsp


El general Benito Bignone admitió 8000 desapariciones, aunque asignó 1500 al gobierno justicialista. Detenido por el robo de bebés, dijo que la tortura fue aprobada por la Iglesia. El último dictador también formuló su propia doctrina penal: 1: «La única forma de evitar que le pongan una bomba es matar antes al tipo que se la va a poner». 2: «El delincuente tiene que saber que en la comisaría por lo menos una pateadura se va a ligar».

Por Horacio Verbitsky

El ex dictador Benito Bignone admitió que los instructores franceses enseñaron a los militares argentinos el método del secuestro, la tortura y la ejecución clandestina de personas y dijo que el Episcopado argentino aprobó esa práctica. En una entrevista con la periodista francesa Marie-Monique Robin, contenida en el documental Escuadrones de la Muerte. La Escuela Francesa, que se emitirá el 1> º de septiembre en la televisión de París y en otra docena de países, Bignone dijo que los derechos humanos tienen valor distinto según la persona de quien se trate. En una asombrosa extrapolación de épocas, homologó las torturas aplicadas durante la dictadura militar con el maltrato a detenidos por la policía en el presente y dijo que los delincuentes que entran a una comisaría deben recibir por lo menos una pateadura. Bignone está bajo arresto domiciliario a disposición del juez federal Jorge Urso, en la causa por el robo de bebés dados a luz en cautiverio. Durante la entrevista, que fue filmada con una cámara oculta, Bignone dijo que sólo padece el «daño moral» de su detención y describió las envidiables condiciones en que la cumple, con salidas diarias autorizadas por la Justicia. Según Bignone no hubo diferencia alguna entre la denominada Batalla de Argel y la guerra sucia militar contra la sociedad argentina. «Fue una copia. Inteligencia, cuadriculació n del territorio dividido por zonas. La diferencia es que Argelia era una colonia y lo nuestro fue dentro del país. Era una diferencia de fondo pero no de forma en la aplicación de la doctrina. Los [instructores] franceses dictaban conferencias y evacuaban consultas. Para algo estaban acá. No cobraban el sueldo de gusto», dijo. Quien introdujo en la Argentina el interés por la guerra revolucionaria fue el coronel y luego general Carlos Jorge Rosas, quien cursó la Escuela de Guerra francesa a mediados de la década de 1950. «El trajo la inquietud de que toda la preparación de la guerra clásica no servía, porque la guerra moderna, la guerra revolucionaria, era totalmente diferente. Fue subdirector de la Escuela de Guerra y subjefe del Estado Mayor y el gestor de que tuviéramos una asesoría francesa.»

http://200.61. 159.98/diario/ elpais/1- 24901.html ***


El caso Moro&nbsp


Respecto de los interrogatorios con torturas, Bignone contó una reunión que mantuvo en 1977 con tres obispos de la Iglesia Católica. Se trató de «un almuerzo para hablar de estos temas». El 7 de mayo de ese año, el Episcopado firmó una carta pastoral en la que expresó «serias inquietudes» por las desapariciones y secuestros, las detenciones sin proceso y las torturas, que atribuyó en forma bizantina a que «el gobierno no ha logrado aún el uso exclusivo de la fuerza». Bignone no identificó quiénes fueron sus interlocutores eclesiásticos, pero contó el diálogo que dijo haber sostenido con ellos. El militar les formuló un dilema hipotético: – Como representante del Estado argentino, sea juez o general, tengo en mi poder al señor Juan Pérez. Es un subversivo que sabe dónde está una señorita que sé que está raptada por la subversión y de la que yo soy responsable, porque tengo la obligación de protegerla. ¿Hasta dónde llega mi potestad como Estado para que aquel señor me diga dónde está esta señorita, de modo que yo la pueda salvar? – Su pregunta es muy difícil, general -dijeron al unísono los tres obispos, según Bignone. Pero luego, «el más viejo, que ya murió, dijo que ensayaría una respuesta: – Creo que su potestad llega hasta cuando ese hombre hable con dominio de su mente». Para Bignone ello implica que los obispos «estaban de acuerdo con buscar la manera de que [el detenido o secuestrado] me diga dónde está la persona que necesito salvar». A su juicio la disyuntiva correspondía a un «caso típico», que ejemplificó así ante la cámara: «Aldo Moro estaba preso y al mismo tiempo estaba preso el jefe de las Brigadas Rojas. ¿Usted cree que no sabía dónde estaba Moro? ¿Qué era más importante, los derechos humanos de ese sinvergüenza o los derechos humanos de Aldo Moro?». La democracia italiana respondió a ese dilema de un modo opuesto al de la dictadura > argentina. Cuando el jefe de policía, general Carlo Alberto Dalla Chiesa, recibió la sugerencia de torturar a los detenidos para llegar a Moro respondió: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro, pero no puede permitirse implantar la tortura». Moro fue asesinado por las Brigadas Rojas en mayo de 1978 pero Italia conservó un gobierno democrático y derrotó a los brigadistas sin cometer las atrocidades que hasta el día de hoy han dejado una huella espantosa en la sociedad argentina. ***


Ocho mil desaparecidos&nbsp


Bignone admitió la desaparición de personas detenidas pero puso en duda su cantidad. «Nuestro presidente habla de 30.000, pero sólo fueron 8000, de los cuales 1500 bajo el gobierno de ellos» [los justicialistas] . Hace una década, en su libro El último de facto, redactado por el escritor fantasma militar Héctor Simeoni, Bignone consideró que «hubiera sido un error trágico» publicar una lista de muertos por la dictadura militar, porque «después vendrían los interrogantes: ¿quién lo mató, dónde está el cadáver, por qué lo mataron?». Dijo que los secretarios generales de las tres Fuerzas Armadas «llegamos a la conclusión de que no era conveniente» . Pero aun luego de haber admitido ante Marie-Monique Robin la responsabilidad castrense por la desaparición de entre 6500 y 8000 personas, Bignone repitió las inconsistentes explicaciones de los años de su gobierno. «Es un tema tabú, es una exageración lo que dicen acá. Es un tema muy difícil de explicar. La esencia es que los primeros que optan por desaparecer son ellos. No es como en el caso de Argelia. En el caso nuestro, ellos pasan a la clandestinidad, desaparecen. Se ponen nombres de guerra, tienen documentos falsos y obran en la clandestinidad. O sea, para la sociedad no existen. ¿Nos vamos a preocupar después nosotros por identificarlos? Llevaban una pastilla de cianuro en el bolsillo. En la guerra clásica también hay desaparecidos» , dice, acumulando incoherencias.&nbsp
Entrevistado para el mismo documental, el ex comandante del Cuerpo de Ejército II general de división Ramón Genaro Díaz Bessone reconoció que la dictadura militar hizo desaparecer a 7000 personas y que no se animó a fusilarlas por temor a la condena papal. Marie-Monique Robin le preguntó a Bignone si tales métodos le habían costado «algunas preguntas éticas al principio». Su respuesta: «¿Qué le parece? Uno vive haciéndose preguntas éticas. Yo creo que la reacción que vino después contra la Argentina, contra Chile y Uruguay fue precisamente motivada para que nadie se anime en el mundo a hacer lo que hicimos nosotros, porque ésa es la única manera de terminar con la subversión. No es lo mismo que convivir con la subversión, como convive Colombia o España con la ETA, o que ser derrotado por la subversión, como fue con Cuba o pudo ser El Salvador. Porque nosotros terminamos con la subversión. Que después perdimos políticamente es otra cosa. Pero militarmente terminamos con la subversión». El ex dictador ni siquiera sospecha que aquello que el mundo condena son los crímenes de lesa humanidad cometidos en forma sistemática desde el Estado para lograr fines que la camarilla gobernante definió por sí y ante sí como deseables para la Patria.


Ayer, hoy y mañana&nbsp


La atrocidad de esos procedimientos y su incompatibilidad con cualquier forma del derecho, civil o militar, aparece en toda su extensión cuando Bignone intenta fundamentarlos en una doctrina contrainsurgente: «Si usted quiere que no le pongan una bomba en su casa, por más guardia que tengaigual se la van a poner. La única forma de evitarlo es matar al tipo que le va a poner la bomba antes de que la ponga». – En mi país se habla abiertamente de estos temas, que antes eran tabú. Se discute si habí> a que utilizar la tortura o no y qué técnicas se aplicaron -dice la periodista francesa. Bignone responde que leyó las declaraciones del general Paul Aussaresses, cuyo libro Services Speciaux Algérie 1955/57 sacudió a Francia hace dos años porque narró en primera persona y con detalle las torturas y ejecuciones clandestinas cometidas por sus Fuerzas Armadas en Argel, donde 3024 personas desaparecieron, según el cálculo preciso del renunciante jefe de Policía de la ciudad, Paul Teitgen. «Israel tiene reconocida la tortura. Todas las policías del mundo. ¿O somos tan hipócritas para decir que no? A la policía hay que tenerle respeto y si no, miedo. El delincuente tiene que saber que si entra a la comisaría por lo menos una pateadura se va a ligar. Aquí en nuestro país pasa lo contrario. El policía le tiene miedo al delincuente» , agrega Bignone, en una notable extrapolación cronológica.
La picana eléctrica se utilizó siempre «en todos lados», dice, y en la Argentina comenzó a utilizarse «en tiempos de Perón». La principal enseñanza de los franceses fue el uso de la inteligencia, que Bignone describe como «la piedra angular de la lucha contra la subversión». También cuenta que leyó Los Pretorianos, Los Mercenarios y Los Centuriones, de Jean Lartéguy, que los instructores franceses recomendaron a sus discípulos argentinos. Curioso cruce de ficción y realidad: los libros de Lartéguy son novelas apologéticas. En uno de ellos, Los Centuriones, el personaje Boisfeuras está inspirado en Aussaresses, el torturador y ejecutor. Ex paracaidista él mismo, Lartéguy retrata a Boisfeuras/Aussares ses en forma despectiva. Le atribuye «espíritu tortuoso, gusto por la intriga, falta de escrúpulos y palabra de honor, necesidad monstruosa de poder, que sólo conseguía satisfacer a la sombra de personas de grado superior, lo cual lo tornaba al mismo tiempo cauteloso y amargo». A la inversa, el documental muestra cómo la película ítalo-argelina de ficción La batalla de Argel, dirigida por el comunista Gillo Pontecorvo para denunciar los métodos utilizados por el Ejército colonial francés, fue luego utilizada en la instrucción de los oficiales estadounidenses y latinoamericanos que los replicaron en el Cono Sur y en el Sudeste Asiático.
Al comparar la experiencia francesa en Argelia con la de la dictadura argentina, Bignone dijo que en ambos casos habían ganado la batalla militar y perdido la política. También mencionó su amistad con el instructor francés Robert Servent, un veterano de Indochina y Argelia que formó parte de la misión militar en Buenos Aires. Bignone recuerda el furibundo antigaullismo de Servent, quien no perdonaba el abandono de Argelia decidido por Le Général. Bignone es comprensivo con el ex jefe de Estado. «Lo entiendo a De Gaulle. No se podía seguir así en este mundo. En nuestro caso era distinto, porque estábamos en nuestro propio país, no se podía decir al final les vamos a regalar dos provincias para que se queden tranquilos». Ni se le ocurre que por la misma distinción que intenta, nunca debieron acudir en su propio país a los métodos infames de un Ejército colonial.
Bignone conoció a Servent en Madrid, en la Escuela de Estado Mayor español. «Nos hicimos muy amigos, entre 1962 y 1964. En Madrid empezaba a despertarse el interés [por la guerra revolucionaria] . Yo llevé el planteo de un ejercicio teórico que se hizo en el segundo año. Transcurría en una colonia francesa imaginaria de Africa.» La importancia que ya entonces asignaba el Ejército argentino a la experiencia colonial francesa se desprende de otro de los recuerdos de Bignone: el oficial que obtenía las mejores calificaciones en la Escuela Superior de Guerra era enviado a loscursos de perfeccionamiento en París, que inclu> ían un período de práctica de un mes en Argelia. «La guerra contrarrevolucionar ia interesaba, y la cuna de esto era Francia. En España el interés no estaba tan actualizado como acá. Allá la enseñanza estaba más volcada a la guerra clásica, y muy poquito de la guerra revolucionaria» dijo Bignone.
En su promoción, el destino en París le correspondió a su compañero Juan Carlos Gutiérrez Morcchio. Antes que él realizó el mismo curso el entonces teniente coronel Alcides López Aufranc, quien también es entrevistado en el documental. Al regresar, López Aufranc dirigió en Buenos Aires el Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionar ia, en el que participaron oficiales de catorce países. Hasta entonces «la doctrina nuestra era la vieja doctrina alemana, después la americana. Nuestros reglamentos eran extraídos del Ejército de Estados Unidos, que casi no tenían doctrina en esta materia. La Escuela de las Américas de Panamá era la única que tenían. Los demás que iban a Estados Unidos era para estudiar la guerra clásica».
«Muchos menos»&nbsp
El ex dictador repite en el documental una frase que hizo célebre en 1980 el general Santiago Omar Riveros, quien fue su jefe en el Comando de Institutos Militares y en la Zona IV de Seguridad y que, igual que Bignone, ahora está bajo arresto domiciliario por el robo de bebés cuyas madres, detenidas-desaparec idas, dieron a luz en el Hospital Militar de Campo de Mayo. «Peleamos con la doctrina y con el reglamento en la mano», dicen ambos. Pero además Bignone explica cuáles fueron esa doctrina y aquellos reglamentos: «La manera de oponerse a la guerra revolucionaria fue encarada a partir del modelo francés que íbamos conociendo por publicaciones y oficiales que realizaban cursos en institutos galos. A fines de la década del '60 aparecieron los primeros reglamentos para la lucha contra la subversión, LC82 Operaciones contra las Fuerzas Irregulares, tomos I, II y III, hechos por nosotros copiándolos de los franceses. La influencia francesa fue la que nos dio todo. Nuestra doctrina se volcó en los reglamentos y fue lo que aplicamos después». Por eso, agrega, «cuando vuelve la democracia el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas dictamina que las órdenes para la lucha eran inobjetables. Allí fue donde en un exabrupto político le quitaron la causa al Consejo Supremo y se lo pasaron a la Cámara Federal aduciendo demora». A sus 75 años, el general ni se arrepiente ni vacila: «Los que dicen que hicimos una guerra sucia, no es cierto», se enoja en un momento. «El gran error nuestro fue admitir llamarle guerra sucia», dice en otro, como si el problema fuera semántico. «Ninguna guerra es limpia. En la guerra clásica todos los que mueren o la inmensa mayoría son inocentes. No eligieron ir, los mandaron a la guerra. En la guerra revolucionaria, ellos eligen ir a la guerra. Es mucho más sucia la otra que ésta, porque los inocentes que mueren en la guerra subversiva son muchos menos que en la otra donde todos, salvo el que llevó el país a la guerra, son inocentes», afirma.
Una carrera política&nbsp
En 1955, Bignone fue designado por la denominada Revolución Libertadora veedor militar en la comisaría 20ª de la Capital. En 1964 redactó la orden de derrocamiento de Arturo Illia «en su parte técnico operacional» . Esos fueron los primeros peldaños de una carrera política que culminaría como dictador en 1982. En 1984 fue procesado por el juez Carlos Oliveri por la desaparición en 1976 de los soldados conscriptos Mario Molfino, Luis García y Luis Steimberg. Los también conscriptos del Colegio Militar que él dirigía, Sergio García, Hugo Carballo y Juan Britos declararon que luego de ser secuestrados y torturados fueron introducidos al despacho de Bignone, > quien les pidió disculpas, les explicó que se había tratado de un error, que ya habían encontrado a quienes buscaban y los compensó con una licencia hasta la baja. En el caso de García, el error fue por homonimia. Bignone quedó en libertad en 1987 por las leyes de impunidad del ex presidente Raúl Alfonsín. También fue acusado por convertir el Hospital Alejandro Posadas de Ramos Mejía en un centro clandestino de detención. Desde 1999 está detenido y con prisión preventiva dictada por el ex juez federal Adolfo Bagnasco y ampliada por el juez federal Jorge Urso, como coautor mediato de los delitos de sustracción, retención y ocultación y sustitución o supresión de estado civil de los bebés alumbrados en cautiverio por las mujeres detenidas-desaparec idas bajo la dictadura.


«Salgo todos los días»

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Nacido en enero de 1928, ya en el momento de su detención superaba los 70 años que permiten a los jueces concederle el beneficio del arresto domiciliario. Bignone recibió a la periodista francesa Marie-Monique Robin en su departamento del sexto piso de Dorrego 2699, en el barrio militar de Buenos Aires. «Antes de este episodio estuve en Estados Unidos, iba a Punta del Este. Ahora no saldría ni un milímetro, porque le inventan cualquier cosa y se lo llevan a España con el juez Garzón», dijo. «Puedo salir de la casa con autorización del juez, tengo autorización para ir al Hospital Militar Central, que me queda a tres cuadras. Es mi country. Además tengo autorización para ir dos veces por semana al Círculo Militar a nadar. Y como tengo un hijo discapacitado mental y soy socio fundador de un instituto especializado, tengo autorización para ir a las reuniones de la Comisión Directiva los días viernes. Salgo casi todos los días. Felizmente éste es un edificio muy grande, puedo caminar en la azotea, que tiene más de cien metros. Como son 30 pisos, veo el Río de la Plata. No le digo que esta detención domiciliaria sea agradable, pero es soportable. Vivo con mi familia, vienen mis amigos. Lo que es insoportable es el daño moral», (sic).
Capuchas&nbsp
En 1985, el ex dictador Alejandro Agustín Lanusse declaró como testigo en el juicio a las Juntas Militares, acerca de las desapariciones de su prima, Elena Homberg Lanusse, y de su colaborador, Edgardo Sajón. Interrogado por los jueces de la Cámara Federal, narró una discusión que sostuvo en la guarnición Campo de Mayo con su jefe y subjefe, los generales Santiago Riveros y Benito Bignone. «El general Riveros pretendió recriminarme o retarme por mis manifestaciones públicas de repudio contra los procedimientos por izquierda, agregando que gracias a ellos yo vivía. Le dije: hay oportunidades en que es preferible no vivir, general Riveros. Además usted no tiene jerarquía ni atribuciones como para pretender indicarme a mí cómo debo proceder. Los ánimos se caldearon entre ambos y el general Bignone, propio de su personalidad e idiosincrasia, pretendió mediar con muy poca felicidad por cierto y dijo: mi general, yo hasta el año pasado pensaba como usted, ahora he cambiado de forma de pensar. Lo lamento, general Bignone; con la misma franqueza le digo entonces que hasta el año pasado yo tenía un concepto del general Bignone y que ahora no lo mantengo, y además recuerdo que no sé si en la época suya pero sí en la época actual, que por ahí hay procedimientos ordenados en el Colegio Militar en los cuales algunos de los oficiales ejecutores salen encapuchados y eso lo hacen pasando por la guardia donde hay cadetes; y les pregunto a ustedes y les pido que reflexionen, no que me contesten a mí, si eso es una forma de educar a los oficiales del futuro.»
«Inaceptable»&nbsp


El obispo de Morón, Justo Laguna, respondió así a la consulta de este diario: «Esa es una doctrina francesa, que incluso yo discut> í con un obispo durante una reunión del Espiscopado. Ese obispo usaba el mismo argumento de Bignone: que en una guerra de inteligencia ganaba el que más sabía y que por eso era necesario usar tales métodos. Para la doctrina católica eso es inaceptable. No sé quiénes serán los obispos que menciona, pero la mayoría del Episcopado no aprobaba la tortura. Por eso el Episcopado ha hecho una autocrítica. Es cierto que nuestra autocrítica ha sido light, por eso yo hice otra personal». ***


TORTURAS Y DESAPARICIONES SEGUN HARGUINDEGUY Pecados y delitos&nbsp


El ex ministro del Interior Albano Harguindeguy admitió que las Fuerzas Armadas secuestraron, torturaron y asesinaron a los detenidos. Dijo que ese método fue aprendido de la experiencia francesa en Argelia e Indochina y que constituyó una violación a los derechos humanos y un error, que determinó la derrota política de la dictadura. Como los guerrilleros estaban en todas partes, todos eran sospechosos y eso derivó en errores y abusos. La técnica de la picana eléctrica y la infiltración.


Por Horacio Verbitsky&nbsp

Para el ex ministro del Interior de la dictadura militar, general de división (R) Albano Eduardo Harguindeguy, el método de la tortura y la desaparición forzosa de personas que los militares argentinos aprendieron de sus colegas franceses constituyó «una violación de los derechos humanos reconocidos por las Naciones Unidas» y «un error político». Su consecuencia fue que «ganamos la guerra pero perdimos la paz». Como los guerrilleros estaban en cualquier parte de la sociedad «todos eran sospechosos» y eso llevó a cometer errores y abusos. Las impactantes declaraciones de Harguindeguy fueron formuladas a la periodista francesa Marie Monique Robin, cuyo documental «Escuadrones de la Muerte. La Escuela Francesa» se emitió ayer por el Canal Plus de París y en canales de una docena de países. Robin entregó a este diario un video con la entrevista completa a Harguindeguy, quien fue el ministro político durante cinco de los siete años de la dictadura. Antes, como jefe de Policía designado en 1975 por la presidenta María Estela Martínez de Perón, preparó el abordaje castrense sobre el Estado Nacional. Por ironía del destino hoy vive en un suntuoso chalet en la calle Eva Perón 1331, del castrense barrio de Los Polvorines, donde se esconde de los escraches y extraña los libros que debió dejar en su departamento en Recoleta.


Los derechos humanos&nbsp


En su autoindulgente versión de los hechos, Harguindeguy fue quien llamó la atención sobre el problema de los desaparecidos casi quince años antes que el teniente general Martín Balza. En el informe final sobre sus cinco años como ministro del Interior, en marzo de 1981, «se habla de los errores cometidos, de los desaparecidos, de los muertos de un lado y de otro. Nadie me lo reconoció». Hoy califica las desapariciones como «una realidad y un error», que atribuye a la diferencia entre las guerras coloniales francesas y la represión dentro del propio territorio. La enseñanza de la misión militar francesa que luego del derrocamiento de Juan D. Perón transmitió a los militares argentinos la experiencia adquirida en Indochina y Argelia «nos sirvió para librar una guerra. Ganamos la guerra pero perdimos la paz». Según Harguindeguy los instructores franceses «nos enseñaron la división del territorio nacional en zonas de operaciones, los métodos de interrogación, el tratamiento de prisioneros de guerra, la subordinación policial al Ejército». Es decir, «lo bueno y lo que se puede considerar un error, una violación del respeto por los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas». La división del país en zonas, áreas y subáreas, hizo «más difícil controlar por los niveles superiores la actividad de lucha > contra la subversión». Al dispersar las fuerzas y las responsabilidades «cada uno se considera dueño del feudo, este pedazo es mío». En su opinión «la lucha en las ciudades es terriblemente difícil. Porque usted va caminando por la calle Florida y se cruza con alguien que le roza el saco. Es un guerrillero y usted no lo sabe. Por eso todo el mundo es sospechoso. Muchos son detenidos por las fuerzas legales y hasta que comprueben [su situación] sufren los efectos del desarrollo de la operación militar. Eso puede llevar a abusos». Para Harguindeguy «lo más terrible es cómo se mimetiza la subversión en la población, lo cual hace muy difícil decir aquél es el enemigo, aquel es propia tropa. Esa era otra diferencia con Argelia o Indochina, donde la diferenciació n era incluso racial». En esa batalla que denomina secreta, «es muy fácil que algunos miembros de las propias fuerza cometan actos que no hacían al desarrollo de la lucha contra la subversión. Los servicios de inteligencia del mundo, las policías de investigaciones del mundo viven caminando por el borde de la cornisa. Paso en falso que dan, se caen. Hay que tener mucha formación moral y profesional para seguir caminando sin caerse, sin cometer actos aberrantes». Sin embargo, Harguindeguy dice no estar arrepentido de nada:»Hicimos lo que correspondía, en cumplimiento del deber militar. Empezamos bajo un gobierno constitucional y seguimos en un gobierno de facto. Las Fuerzas Armadas deben decirle al pueblo argentino: nosotros los libramos de ser un país marxista. Tengo que reconocer que cometimos errores. Si no cometiéramos errores seríamos dioses. Qué aburrido sería un país gobernado por los dioses, sin pecado, sin delito».


Guerras coloniales&nbsp


En la denominada Batalla de Argel los paracaidistas franceses hicieron desaparecer a 3024 personas, según la minuciosa estadística presentada junto con su renuncia por el jefe de la policía de la antigua colonia africana, Paul Teitgen. En la guerra sucia militar contra la sociedad argentina, el número de desaparecidos osciló entre los 10.000 compilados por la CONADEP y los 30.000 denunciados por los organismos de derechos humanos. Según Harguindeguy, mientras los franceses «libraron dos guerras coloniales nosotros no enfrentamos a extranjeros, éramos todos nacionales. Eso es muy serio. Más de una vez un prisionero era hijo, sobrino, nieto o pariente de un coronel, de un general o de un capitán» que pedían por su libertad. «Eso no le pasaría a Francia, porque [los presos] eran todos argelinos. Aunque siempre hay algún traidor», dijo. Además, los desaparecidos en Argelia «eran desaparecidos en el territorio de otra Nación, que se liberó luego de haber sido un apéndice de Francia». En cambio en la Argentina, «cada desaparecido tenía padres, hermanos, tíos, abuelos, que actuaron políticamente con un gran resentimiento, natural. Mientras los que murieron en lucha o en combate o que se supo y fueron identificados, no ocasionaron reclamo de ninguna naturaleza. El problema, dice el informe mío, son los desaparecidos» . De este modo, Harguindeguy retoma un rancio debate entre facciones internas de la dictadura. Ninguna repudió los métodos que todas practicaron con criminal entusiasmo, pero >


Algunos tuvieron mayor previsión sobre las consecuencias. Picana y desaparecidosHargui ndeguy dijo que los franceses no enseñaron el uso de la picana eléctrica para el interrogatorio a los detenidos porque en la Argentina ya era conocido por la Policía Federal. Pero agregó que los asesores franceses sí fundamentaron la conveniencia de su empleo y que los militares argentinos adoptaron esos métodos «a medida que se hacía la lucha». El método del interrogatorio de los detenidos bajo torturas para obtener > información operativa, «se hizo carne en el Ejército argentino, complementado con lo que se pudo estudiar en la Escuela de las Américas en Panamá, donde muchos oficiales fueron incorporados como profesores y volvieron con un gran bagaje teórico. Los americanos no habían tenido esa lucha, que después la tuvieron y sacaron su propia experiencia. Y también debe tener mucha conexión con eso el Ejército francés», dijo Harguindeguy. «No sé si los oficiales que estuvieron en la Escuela de las Américas, que tienen mi edad, que estamos más allá del bien y del mal, podrán decir si recibieron enseñanza específica sobre tortura, pero sobre la forma de interrogar seguro que sí.» En Argelia una vez que los torturados entregaban la información que poseían eran hechos desaparecer. Harguindeguy consideró la adopción de esa misma política en la Argentina como «un grave error», que explicó como una consecuencia de la amnistía de 1973. «El sistema jurídico había sido totalmente alterado. A partir de 1966 se agravaron todas las penas de los delitos conexos con la subversión, se creó una Cámara Federal Penal y se dio todo un cuerpo jurídico capaz de permitir el combate contra la subversión. Al asumir el gobierno, en 1973, Cámpora abrió las puertas de todas las cárceles, liberó a los presos y derogó aquella legislación. A partir de esa derogación, se tomaba preso a un subversivo y salía por la otra puerta. Con la perspectiva que dan los años creo que uno de los graves errores que cometimos fue no haber reimplantado todas esas leyes al asumir el gobierno en nombre del Proceso de Reorganizació n Nacional. Carecimos de una legislación penal que nos permitiera combatir a la subversión», a diferencia de la que «tuvieron Alemania e Italia para combatir a las Brigadas Rojas. Nos hubiera dado mucha más flexibilidad para conducir las operaciones militares, sometiendo a proceso a todos los delincuentes que se tomaban». No se conoce nada menos flexible que la muerte, claro.&nbsp
Una diferencia que señaló Harguindeguy con las guerras coloniales francesas es que mientras en Argelia actuaron comandos especiales de paracaidistas, escuadrones de la muerte, en la Argentina participaron todas las Fuerzas Armadas. «Cada área de responsabilidad, cada zona, cada subzona, tenía la gente con la cual accionaba entrando a las casas, allanando, deteniendo y de ahí [los secuestrados] pasaban a centros de detención donde se hacían los interrogatorios. El interrogatorio hay que hacerlo en el lugar de los hechos, en caliente. Porque si usted toma un prisionero, lo deja reflexionar y lo deja pensar varias horas, cuando llega el momento del interrogatorio ya se ha formado una coraza interior. Mientras si usted lo interroga en el momento del hecho, y sobre todo si está herido, inmediatamente habla». No hablaba sólo de teoría.

Harguindeguy contó un episodio que protagonizó en 1974 luego del ataque guerrillero a la guarnición militar de Azul. «Yo había dejado el comando de la brigada blindada de Tandil. Había vuelto al lugar sólo porque mi familia aún estaba allí y festejaba el aniversario de bodas. Cuando volvía de comer con mi mujer y mis cinco hijos, el segundo comandante de la Brigada viene a mi casa. Me avisa que habían tomado la guarnición militar de Azul y que no encontraban al nuevo Comandante de la Brigada. Marché a Azul a tratar de recuperar el cuartel, la gente estaba peleando, nos habían tomado rehenes, hubo muertos de la subversión y algún herido. Se lo interrogó en la herrería del regimiento y la información que se consiguió en el campo de combate se pasó inmediatamente y sirvió para dar varios golpes a las organizaciones subversivas» . Como una picardía narró el equívoco que le sirvió para no dar explicaciones judiciales sobre > el episodio. «Como se hablaba del interrogatorio que hizo un coronel, el juez pregunta qué coronel había allí. Le contestan que no había ningún coronel. Lo que pasaba es que yo acababa de ascender a general. Había vuelto de civil a Tandil, donde no había dejado ningún uniforme de general. Cuando me dijeron lo que pasaba agarré una chaquetilla y un pantalón a mano. Eso me salvó de tener que rendir cuentas», dijo.
Pese a la influencia francesa en la formación de los militares argentinos, Harguindeguy sostiene que el gobierno de entonces, presidido por Valery Giscard D'Estaing apoyaba a la dictadura militar, y narra que su colega francés Michel Poniatowski «vino con cartas credenciales en nombre del Ejército francés para establecer relaciones coordinadas, intercambio de información». Pero según Harguindeguy en los niveles inferiores «el gobierno francés no tomaba medidas internas contra los elementos subversivos. Contra los derechos humanos y contra la opinión pública ha sido muy difícil. El mundo está lleno de hombres proclives a tener una idea progresista, un centro izquierda, socialista», dice. La capacidad de predicción no se destaca en el reportaje, grabado una semana antes de la asunción presidencial de Néstor Kirchner. Según Harguindeguy, «vivimos un momento político muy especial. Yo pensaba en un giro a la izquierda y alguien me dijo: ¿cuándo viste un izquierdista que tomando el poder no se convierte en liberal?». Satisfecho con el hallazgo, Harguindeguy lo >repite, atragantado de risa: «¿Cuándo viste un izquierdista que tomando el poder no se convierte en liberal? El único caso es Castro».

http://www.pagina12 web.com.ar/ diario/elpais/ 1-24949.html


«Un administrativo»&nbsp


«Yo no estoy condenado a nada. No salgo del país por prudencia», dice. Por eso dejó de visitar a su hijo radicado en Brasil. Esas causas internacionales son inventadas, agrega. Confiado en que la periodista francesa no conozca el caso explica que «hasta un abogado defensor fue puesto preso en el exterior por el único delito de haberlo sido». Se refiere al mayor Jorge Olivera, quien no fue detenido por abogado, sino por el secuestro, violación y desaparición de la ciudadana francesa Marie Anne Erize. Harguindeguy afirma haber sido un administrativo sin injerencia política y niega cualquier responsabilidad personal en la represión. Estos son algunos de los casos que lo desmienten, más allá de su responsabilidad como ministro político de la dictadura: – El juez federal Martín Irurzun lo procesó por el secuestro extorsivo de los empresarios textiles Federico y Miguel Gutheim, quienes fueron forzados a renegociar desde la cárcel un contrato privado con comerciantes de Hong Kong. Carlos Menem lo indultó. – El ayudante y custodio de Harguindeguy Rodolfo Peregrino Fernández declaró que el ministro del Interior había formado una brigada operativa para el secuestro de personas, conducida por el jefe de la ayudantía, subcomisario Icely. El 22 de junio de 1976 el grupo secuestró a Lucía Cullen en su domicilio de la calle Concepción Arenal. Militante de los grupos católicos que confluyeron en Montoneros, Cullen era la viuda de José Luis Nell. El propio oficial inspector de la Policía Federal Fernández gestionó el área liberada para el secuestro ante el vecino Comando de Remonta del Ejército. Luego vio cómo se torturó a la secuestrada con picana eléctrica en el centro clandestino Omega, cerca del Camino de Cintura. En el sótano «había una cama sin colchón a la que estaba atada de pies y manos, totalmente desnuda, Lucía Cullen, con los ojos sin vendar». Sus atormentadores eran el principal Juan Carlos Falcón, a) Kung Fu y el sargento primero Herrera, a) Tortuga. El comisario de la policía de Buenos Aires, Luis Vides, comentó que el lugar estaba «lleno de encanutados» y «muchos están para la boleta».&nbsp
Por orden del jefe de la ayudantía de Harguindeguy, el principal Carlos Gallone también secuestró al periodista Ernesto Luis Fossatti, quien estaba indagando sobre el destino de Cullen. Ni Cullen ni Fossatti reaparecieron. Peregrino Fernández también dijo a la CADHU que Harguindeguy «manejaba en forma personal todos los hechos referentes a la Iglesia». Su ministerio vigilaba a los sacerdotes tercermundistas, «existiendo un archivo de 300 nombres con informaciones detalladas sobre la actividad de cada uno de ellos». Por eso, la información confidencial sobre la masacre de los curas palotinos, el 3 de julio de 1976, se reunió en Interior. Como prueba, Fernández guardó la agenda telefónica de uno de los sacerdotes asesinados. En agosto de 1976, un par de días después del asesinato del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, la Guarnición Militar Salta remitió al ministro Harguindeguy una carpeta que decía «Confidencial» . Contenía los papeles personales que llevaba Angelelli en el auto volcado y que no se agregaron a la causa judicial ni se devolvieron a los allegados del obispo. Fernández fotocopió «parte de esa documentación, integrada por correspondencia original intercambiada con el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, referida a la persecución que sufrían sectores de la Iglesia Católica por su actividad social, un cuaderno de notas y otros papeles». Harguindeguy también tenía toda la documentación sobre el secuestro en mayo de 1976 de los dirigentes radicales Hipólito Solari Irigoyen y Mario Amaya, antes de que se legalizara el caso. Amaya murió en la cárcel porlas torturas recibidas. Harguindeguy también había ordenado contestar en forma negativa a todos los recursos de hábeas corpus presentados ante la justicia por la detención o desaparición de personas.


«Infiltración» Por H. V.&nbsp Harguindeguy


también habló en la entrevista sobre la causa que instruye el juez federal Claudio Bonadío y que hace dos semanas derivó en la orden de detención contra tres miembros de la Conducción Nacional de Montoneros. El ex ministro del Interior se quejó por el procesamiento de los oficiales del Batallón de Inteligencia 601. «Lo increíble es que la denuncia contra miembros del Ejército menciona la contraofensiva estratégica, ellos mismos dicen que estaban en guerra y procesan a los militares por violaciones a los derechos humanos». A Harguindeguy le cuesta hasta hoy admitir que la prohibición de torturar y asesinar es absoluta y no depende de la actividad de la víctima. También contó que los Montoneros intentaron sin éxito impedir el campeonato mundial de fútbol de 1978. «Vinieron con armamento de modelo ruso fabricado en Libia, eran unos proyectiles antitanque que se disparaban con bazuca. Tiraron el primero contra la Casa de Gobierno, luego contra el comando en jefe del Ejército, contra la Escuela Superior de Guerra, la Escuela de Mecánica de la Armada, el Servicio de Inteligencia de Ejército, la Escuela de Estado Mayor de la Fuerza Aérea y una comisaría. Ese fue el único que causó víctimas. Mató un preso común. Eran grupos muy pequeños, disparaban por el techo de un Peugeot». Harguindeguy estimó que en 1979 «la subversión estaba completamente derrotada. Quedaban residuales en Europa». Dijo que «los últimos grupos subversivos [que ingresaron al país] como Tropas Especiales de Infantería o de Agitación ya estaban muy infiltrados, incluso las organizaciones que estaban en el exterior, y prácticamente fueron detenidos todos al cruzar las fronteras». Al rememorar las enseñanzas francesas acerca del uso de la inteligencia, Harguindeguy dijo que «por suerte se logró infiltrar algunas organizaciones subversivas. > Uno de los episodios más relevantes de la lucha contra la subversión por las consecuencias que tuvo fue el rechazo al ataque al regimiento de Monte Chingolo por el ERP; 48 horas antes de producirse, la inteligencia argentina vino a mí, me dijo están por atacar una unidad, no sabemos cuál es, me trajo unos papeles escritos por un sargento armero infiltrado en el ERP». Según Harguindeguy, «sin información no se puede hacer nada».


Elogio de la tortura&nbsp El 21 de abril de 1977, el obispo de Viedma, Miguel Esteban Hesayne intentó presentar a Harguindeguy, de visita en Río Negro, los casos de secuestros y torturas que se denunciaban en el Obispado. «Regresé de dicha entrevista, angustiado, apenado y embargado de un gran temor por el futuro inmediato de nuestro país», escribió tres días después Hesayne en una carta dirigida a Harguindeguy. El ministro «a cargo del orden interno admite por principio la tortura como instrumento» , recapitula Hesayne. En ese diálogo «no sólo encontré errores», agrega, «sino abierta declaración de principios de acción contrarios a lo más elemental de la moral cristiana». Hesayne dejó constancia por escrito de que «la tortura es inmoral la emplee quien la emplee. Es violencia y la violencia es antihumana y anticristiana, en frase célebre de Paulo VI para sintetizar la doctrina católica, al respecto». El obispo decía haber comprobado con angustia que las Fuerzas Armadas «optan para ganar una batalla muy dura y peligrosa por los principios maquiavélicos, renunciando de hecho a Cristo y a su Evangelio, no obstante los actos de culto católico que programen». Había comprobado que no se trataba de «errores cometidos por algunos» sino que «desde la alta oficialidad se reniega prácticamente del Evangelio al ordenar o admitir la tortura como medio indispensable» . Ante esta «triste realidad, Dios no puede seguir bendiciendo a Fuerzas Armadas que ultrajan criaturas suyas, bajo el pretexto que fuere. Sigue siendo válido siempre aquello afirmado rotundamente por Jesús: Lo que hiciereis al más pequeño, a mí me lo hacéis». Con una clarividencia que pocos tuvieron, Hesayne advierte que «una victoria a costa de actos indignos se convierte pronto en derrota, porque nadie construye ni al margen ni contra Dios. Fuerzas Armadas que torturan no saldrán impunes ante Dios Creador». Si en la historia argentina «hubo pena de excomunión para quienes violaron templos materiales, ¿qué pena merecen los que violan torturando los templos vivos de Dios, que son todo hombre o mujer?», concluye. ***


EL ROL FRANCES EN LA GUERRA SUCIA&nbsp


La letra con sangre&nbsp


La doctrina que la dictadura aplicó en la guerra sucia nació en las selvas de Indochina y las calles escarpadas de Argel. Fue concebida por el ejército francés para sus guerras coloniales e importada por sus discípulos argentinos sin reflexión sobre sus consecuencias. Hasta el concepto de subversión fue importado. Los franceses también instruyeron al ejército de los Estados Unidos, que aplicó las mismas técnicas en Vietnam. Durante la Operación Fénix, 20.000 personas desaparecieron en Saigón. Por Marie-Monique Robin
Fueron los años más negros de América Latina. El 24 de marzo de 1976, cuando el general Videla tomó el poder en la Argentina, todos los países del Cono sur estaban ya bajo la férula militar. Ejecuciones sumarias, torturas, desapariciones. Stroessner en Paraguay, Pinochet en Chile, todos ejercen una represión feroz en nombre de la lucha contra el comunismo. ¿Cómo se llegó a ello? Sin duda, la sombra de los Estados Unidos planea sobre las dictaduras latinoamericanas. Menos se conoce el rol jugado por Francia en su juventud, especialmente en la Argentina. La investigación comienza en Théoule-sur-Mer, al sur de Francia. Noviembre de 2002. Ex > legionarios, paracaidistas, pieds noirs, o miembros de la OAS, los nostálgicos de la Argelia francesa se reúnen.
– Cuarenta años después de nuestro desarraigo, queremos rendir especial homenaje a todos aquellos de los nuestros que cayeron en defensa de la Argelia Francesa.&nbsp
El decano del agrupamiento es el coronel Lacheroy, de 96 años, quien fue condenado a muerte por su participación en el putsch de los generales de Argelia. Es un testigo fundamental, porque para comprender la influencia de los franceses sobre las dictaduras latinoamericanas es preciso remontar el hilo del tiempo e internarse en la historia de las guerras coloniales. Todo comenzó en 1951, durante la guerra de Indochina. Designado al mando de un regimiento, Lacheroy fue fascinado por la organización del Vietminh, que tenía a raya a los más numerosos y mejor equipados franceses.&nbsp
Coronel Charles Lacheroy: – Llegué a Indochina y enseguida leí de punta a punta el Libro Rojo de Mao Tse Tung. Fue el primero que me hizo comprender que lo que llamaban la retaguardia es más importante que la tropa y que antes de la tropa hay que ocuparse de la retaguardia. El enemigo que tenía enfrente en Indochina era hábil para servirse de la población. Era imposible llegar a un lugar sin que el enemigo lo supiera.&nbsp
Así se conoció la teoría de la guerra revolucionaria. Para Lacheroy, el Vietminh era un agente del comunismo internacional que operaba bajo la máscara del independentismo. Su arma era el adoctrinamiento de la población. En consecuencia, en la guerra revolucionaria no hay más línea del frente porque el enemigo está en todas partes. El 7 de mayo de 1954 los vietnamitas ganan la batalla de Dien Bien Phu, y con ella la independencia. Para los franceses es una humillación. Ex resistente, el capitán Paul Aussaresses asiste al colapso.&nbsp
General Aussaresses: – La derrota fue un shock. La mayoría de los militares franceses descubrieron que había que extraer las lecciones de esa derrota para evitar la misma desilusión en Argelia.&nbsp
Durante la guerra de Argelia el Estado Mayor del Ejército adhirió definitivamente a la doctrina de la guerra revolucionaria, llamada aún guerra subversiva. Su obsesión, cortar al Frente de Liberación Nacional de su retaguardia, es decir de la población. Para eso los franceses innovan. Cuatrocientos mil soldados son desplegados sobre el territorio argelino. Es la técnica de la cuadriculació n, primera aplicación concreta de la teoría de Lacheroy. En enero de 1957, el ministro Robert Lacoste toma una decisión que tendría graves consecuencias. Delega el poder de policía en el coronel Massuh, que comanda la X División de Paracaidistas. Objetivo: aniquilar a la organización político-militar del FLN que multiplica los atentados terroristas en la capital argelina. Comienza así la Batalla de Argel, en la que los paracaidistas cercan [el barrio árabe] la Casbah pararastrear a los colocadores de bombas. Ya son los únicos que mandan. Su jefe, el coronel Marcel Bigeard, un ex resistente que ganó sus galones en Indochina.&nbsp
– Usted dijo que al principio el rol de cana no le gustaba mucho… Coronel Bigeard:
&nbsp – Por supuesto, hubiera preferido enfrentar a combatientes. Está más en nuestra naturaleza que hacer un trabajo de cana. Pero lo aprendimos rápido, éramos paracaidistas.
&nbsp – ¿Por qué le llamaron la Batalla de Argel? Paul Aussaresses:
&nbsp – Era una acción para capturar personas armadas y matarlas.&nbsp
La Batalla de Argel llegará a ser un modelo de la guerra contrarrevolucionar ia. De enero a setiembre de 1957 los franceses inventan o sistematizan técnicas militares que permanecerán largo tiempo en secreto. No hay imágenes de archivo. Sólo las imágenes de una película de ficción ítalo-argelina realizada en 1965 permite reconstruir sus m> étodos. Boicoteada por las grandes redes de distribución, fue muy poco vista en Francia.&nbsp
– ¿Vio la película La Batalla de Argel?&nbsp
Aussaresses: – Sí. Es magnífica. Muy próxima a la verdad. No se puede hacer mejor, está muy bien interpretada. – ¿Quién es el coronel Mathieu de la pel

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