Argentina. Aportes para la construcción política alternativa

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Con el triunfo de la reconversión capitalista en versión neoliberal en los ´80, tanto en nuestro país como en el conjunto de Nuestra América se instaló la denominada democracia burguesa como modelo de dominación política, con una estabilidad en el tiempo hasta entonces desconocida. Salvo las experiencias de Cuba, Venezuela y Bolivia, este régimen político se mantiene hegemónico hasta nuestros días con turbulencias como las del 2001 en la Argentina, que demuestran por un lado su absoluta carencia estructural para dar respuestas a las necesidades populares y por otro su capacidad de recomposición para absorber el conflicto y retomar la dominación.

Esta “democracia” que logra «legitimar» la explotación del capital sobre la fuerza de trabajo obteniendo la adhesión electoral hacia las expresiones partidarias tributarias del capitalismo, instala conceptos y valores que impregnan un sentido común desde el posibilismo político, pasando por la exaltación del individualismo por fuera de todo proyecto colectivo y culminando con la naturalización de la lógica del capital como suprema y única racionalidad para lograr un desarrollo económico «sustentable».

Es decir, no solo se impone por medio de la coerción, sino que también despliega un consenso en los sectores populares, logrando así la disociación entre lo político y lo social, por lo que los trabajadores protagonizan importantes luchas que se licuan a la hora de la disputa electoral, espacio político privilegiado por las clases dominantes a la hora de relegitimar su poder.

De estas consideraciones se desprende, que a partir del terrorismo de Estado de los años ´70 el capital logra imponer sus intereses por encima de los de los trabajadores, desplegando una estrategia que profundiza tanto los niveles de explotación como los de dominación.

Podemos afirmar que más allá de las importantes luchas de resistencia popular que logran imponer ciertos límites a los intereses empresarios y en ocasiones lograr triunfos transitorios, el capital ha logrado imponer la hegemonía económica, política y cultural de sus intereses.

Los tiempos de Macri en el gobierno

La actual coyuntura histórica de nuestro país, a la hora de ser pensada para la construcción de una alternativa política, debería ser abordada desde los desafíos que plantea este proceso en marcha.

Es decir, el “Republicanismo” de Alfonsín hoy retomado por Macri, la “Revolución Productiva” de Menem, la “Honestidad” de la Alianza y la “Inclusión Social” del Kirchnerismo expresaron construcciones políticas que se enmarcaron en los límites estructurales a favor de los intereses del poder tradicional.

El Pro en todo caso representa rupturas coyunturales con sus antecesores, de importante significación política inclusive, pero muestra a la vez una clara continuidad estratégica en el régimen político inaugurado en 1983.

A la hora de intentar reflexionar sobre un proyecto político alternativo desde los intereses de los trabajadores es imperioso caracterizar la situación general desde la que partimos.

Un análisis que permita definir con la mayor precisión posible los caminos a transitar en la etapa, así como avanzar en la elaboración de un programa alternativo hacia la implementación de un nuevo modelo productivo, que considere entre otras premisas, la defensa de la soberanía energética y nuevas políticas hacia la soberanía alimentaria.

El macrismo con su discurso y su acción devela la matriz de la lucha de clase, cuando expresa abiertamente que su objetivo principal es bajar el costo laboral argentino para favorecer los intereses de los grupos empresarios.

Por eso produce despidos masivos de empleados públicos y privados, impulsa la profundización de la precarización laboral, saquea a los jubilados, transfiriendo enormes recursos al sector sojero, minero y financiero.

Por su parte los trabajadores persisten con su resistencia ocupando masivamente las calles de nuestro país como lo demuestran los últimos acontecimientos de Diciembre/17 y Febrero/18.

Queda demostrado una vez más que la contradicción fundamental en nuestra región (y en el mundo) es entre el capital y el trabajo, que es imposible pensar una solución para los problemas de nuestro pueblo permaneciendo atados a la lógica del capital, que el capitalismo constituye un sistema universal y complejo dentro del cual toda ilusión de humanizarlo no solo se ha mostrado inviable sino que también le ha dejado abierta las puertas a los sectores más concentrados de la economía que hoy en día se encuentran representados por el Pro.

La respuesta popular

A la contradicción entre el Capital y el trabajo se le suman otras asociadas a la depredación de la naturaleza, el patriarcado y renovadas formas de la dependencia y el colonialismo, convocando a una lucha anti-patriarcal, anticolonial y anticapitalista, premisas necesarias para la perspectiva socialista de nuestra civilización.

Este panorama le exige al campo popular la construcción de una herramienta política con los atributos necesarios para la disputa del Poder.

La construcción de Poder Popular es un proceso complejo que aspira a sumar desde la experiencia concreta de masas al conjunto de los trabajadores y trabajadoras de nuestro pueblo a un proyecto estratégico anticapitalista y socialista.

Pero si hablamos de situaciones concretas esta finalidad estratégica debe ser acompañada de mediaciones tácticas dotadas de una flexibilidad política que haga visible el horizonte revolucionario, evitando tanto el oportunismo como el sectarismo.

Durante estos años de régimen democrático burgués se desplegaron diferentes conceptualizaciones y proyectos desde el campo popular.

En algunos, impactados fuertemente por la derrota post dictadura militar y con la caída del  muro de Berlín mediante, sostenían que las demandas sociales debían canalizarse por el marco institucional parlamentario, diluyendo todo contenido de clase a las propuestas políticas, sepultando toda posibilidad liberadora en términos antisistema y por lo tanto abandonando la necesidad de la organización autónoma de los sectores subordinados ya sea sindicales o territoriales. Terminar con la corrupción menemista instalando la transparencia republicana era su objetivo de máxima.

La crisis del 2001 y el derrumbe de la Alianza mostraron el carácter inviable y reaccionario de este Proyecto. En este contexto en el marco de las izquierdas nacen corrientes que plantean la construcción de poder popular en la base social impulsando un proceso asambleario al margen de toda participación electoral.

Luego van tomando fuerzas aquellas posturas más proclives a la participación electoral con vistas a tomar el control del Estado para impulsar desde el mismo las transformaciones sociales más de fondo.

Cabe señalar la importante experiencia del FIT en términos electorales, que no logra volcar esa densidad parlamentaria alcanzada, a una acumulación política de masas que permita visualizar un proyecto de poder popular; más aún cuando despliega una práctica sindical que privilegia su acumulación propia por encima de los intereses del colectivo, haciendo de la “diferenciación” el eje de su práctica.

Los caminos de la unidad y la perspectiva por la emancipación

Estos posicionamientos que habilitan seguramente un análisis y reflexión con más profundidad no lograron encauzar un proyecto transformador en nuestra sociedad, la disociación entre lo político y lo social que señalamos al comienzo no fue superada y por lo tanto el régimen de dominación continua vigente bajo la administración macrista.

Desde la Corriente Política de Izquierda nos proponemos aportar a la más amplia unidad del campo popular con la mayor honestidad intelectual a la hora de pensar nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro desde la teoría y nuestra práctica de lucha cotidiana en el ámbito político, sindical, territorial, universitario y cultural.

Como señalara el compañero Carlos Chile los militantes del campo popular debemos despojarnos de toda idea y acción anclada en la creencia de la existencia de una supuesta vanguardia autoproclamada y no ser prejuiciosos a la hora de ensayos que nos permitan explorar y transitar los caminos de la unidad.

Dicho esto enunciamos algunas consideraciones para someter al debate colectivo.

Consideramos que en nuestro país está demostrada una vez más la centralidad que adquiere el movimiento obrero y sus organizaciones sindicales a la hora de confrontar con proyectos de dominación.

En un momento plagado de contradicciones la crisis de la representación sindical convive con la potencialidad de la unidad de acción de las diversas organizaciones que enfrentan al Macrismo.

Lógicamente en esa unidad conviven proyectos antagónicos: El sindicalismo clasista de liberación y el sindicalismo burocrático. Precisamente la unidad de acción no hay que contraponerla con las denuncias a la burocracia; la unidad de acción impulsa el protagonismo de los trabajadores en las calles, en las fábricas, en las aulas para imponer sus demandas políticas como dato insoslayable de la agenda política.

Este dato de la coyuntura nos sirve para decir que el proceso de cambios y reconfiguraciones organizativas en el movimiento obrero, proceso de final abierto, es un acontecimiento que debe aportar a la constitución de los trabajadores como hacedores de una alternativa política en la coyuntura inmediata y en la dimensión estratégica.

La recomposición política de los trabajadores y su centralidad no debemos contraponerlas a los diversos planos de las demandas populares como las de género o medio ambiente, son necesidades comunes del conjunto social subordinado por el Capital.

El tema electoral refiere a la representatividad en la administración del Estado. Acceder a determinados cargos y la administración del mismo por parte de políticas que permitan una distribución del ingreso y de la riqueza a favor de los intereses populares constituye un capítulo importante de la lucha de clases.

Pero esta tarea debe ser vista como tránsito hacia la emancipación social definitiva si entendemos al poder como el conjunto de las relaciones sociales de producción definidas por la lógica del capital. Las elecciones legitiman proyectos populares revolucionarios, plebiscitan, pero no definen el poder.

Como señala el filósofo István Mészaros “Dado lo inseparable de las tres dimensiones del sistema del capital que están completamente articuladas –capital, trabajo y Estado- es inconcebible emancipar al trabajo sin suprimir simultáneamente el capital y también el Estado por igual”.

Insistimos que en la transición emancipadora hacia el socialismo al que aspiramos, la caracterización tanto del sistema de dominación y explotación vigente, el papel asignado al Estado, el protagonismo de la clase obrera, y las vías de la revolución deben constituir ejes fundamentales a la hora de definir caminos de construcción de políticas de poder alternativas al capitalismo.

Hugo Blasco

Manuel Gutiérrez

Carmen López

Buenos Aires, 6 de marzo de 2018 

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