Aquí no se salva ni dios…

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Por Iñaki Urdanibia

En un texto célebre Ítalo Calvno refiriéndose a los clásicos, señalaba, entre otras cosas, que una de sus insoslayables características era su duración, la permanencia de su capacidad e interpelar a nuestro hoy. Podría completarse las condiciones propuestas por el italiano con algunas propuestas acerca de los buenos libros, que más allá de los gustos y distracciones, personales, ponen el listón alto: así – y sin ningún afán por pasar lista- no me resisto a recurrir a algunas frases de algunos clásicos; Gustave Flaubert afirmaba que « se puede juzgar la belleza de un libro por el vigor de los puñetazos que os ha dado y al tiempo que habéis necesitado para recuperaros ». Parecida era la opinión de Franz Kafka, y cito de memoria: « un libro que merece la pena es aquel que te sienta como un puñetazo en toda la boca…un libro debe ser el hacha que rompe el mar helado en nosotros», siguiendo con el símil del boxeo, dice el luso Antonio Lobo Antunes, clásico en vida, que « los malos libros son aquellos que nos dejan la cara y el estómago intactos. En general venden más por eso mismo, pero no nos tiran a la lona. Cualquier gran libro nos tira a la lona y le quedamos agradecidos por eso, puesto que vivimos a ras de tierra y no logramos levantarnos del suelo sin ayuda ».

Pues bien, hay autores cuyos libros ha dejado honda huella y que aun perteneciendo a épocas pasadas, siguen presentes, forzando interpretaciones y mostrando su influencia. Es el caso, por ejemplo, de Fiodor Dostoievski, muchas de cuyas obras han servido para comentarios e inspiración de no pocos: Jean-Paul Sartre y Albert Camus, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y me quedo corto. En la presente ocasión me voy a referir a un texto que perteneciendo de Los hermanos Karamazov ( II parte, libro V, capítulo V: El Gran Inquisidor) ha cobrado relevancia por sí mismo, don independencia de la propia obra a la que pertenece: Discurso del Gran Inquisidor . No es la primera vez que se publica por separado este texto, acompañándolo de diferentes comentarios y es qué duda cabe que el texto da mucho que pensar, mucho que hablar…: así, recuerdo la edición de Anthropos, en 2006, que lo recogía bajo el título de « La religión : ¿ cuestiona o consuela?. E torno a “La leyenda de El Gran Inquisidor” de F. Dostoievski», con ensayos de José Manuel Almarza Meñica, Jacinto Herrero esteban , Manuel Maceiras Fafián, J. Mayorga y Validmir S. Sloviev. Ahora ve la luz , publicado por Arpa y Alfil Eitores; el texto acompañado de unas anotaciones de George Steiner, Aldous Huxley y Noam Chomsky, con la introducción de Antonio Lozano.

El texto recoge la conversación entre los hermanos Iván y Aliosha que dialogan sobre la fe, la religión la figura de Cristo, la libertad y la esclavitud de los humanos, y otros temas adyacentes. N tal situación Iván expone la historia del Gran Inquisidor y su encuentro con Cristo en un jueves santo, en Sevilla, en el siglo XVI. Jesús no pretende llamar la atención aunque su figura cierto es que atrae al personal que se acerca a él como si de un imán se tratara: le piden curaciones, milagros, etc. y obviamente pone en alerta al siempre vigilante Inquisidor. Este le llama aparte y le lee la cartilla amenazándole, ante el silencio del fundador del cristianismo. Dos posturas se enfrentan y el Inquisidor mosqueado recrimina a Cristo el que haya vuelto a aguar la fiesta en su honor: por una parte, el Inquisidor echa en cara a Jesús el que éste hubiese concedido la libertad a los humanos lo que suponía que teniendo en cuenta la fragilidad de estos no eran capaces de enfrentarse con tan gran responsabilidad; de este modo , les había metido en un callejón sin salida. El Inquisidor a cambio defiende su posición que no es otra de dar pan a los humanos y dejarse de monsergas grandilocuentes e inalcanzables. La libertad supone problemas, el pan satisface las necesidades y conlleva obediencia de quienes lo reciben, aun cuando teman al Inquisidor y obedezcan por el temor al castigo, tiene la vida asegurada sin mayores problemas…lo que –según el gran Inquisidor- les produce satisfacción y conformismo.

Cristo guarda silencio al ver cómo reclamándose de él se ha tergiversado la letra y el espíritu de su mensaje, lo que supone que la institucionalización de sus enseñanzas se han convertido en un corsé para la libertad, y un descenso del mensaje del amor y la compasión a la estrechez de miras y de comportamientos de sus pretendidos seguidores.

Amén – nunca mejor dicho- de las lecturas desde la óptica religiosa ( creyentes : base y jerarquía / religión como consuelo o como acicate para la acción…), el texto abre las puertas a lecturas de índole inmanentes, políticas. Puede mantenerse sin forzar las cosas para nada que Dostoievski se presenta con ciertos tonos proféticos ( malgré lui), se muestra como un anunciador del incendio – y tomo la expresión que usaba Walter Benjamín con respecto a Kafka y a otros, etiqueta que le fue aplicada a él a su vez por Michael Löwry- de lo que luego llegó: tonos inquisitoriales que impedían la libertad en beneficio de una supuesta vida asegurada de los ciudadanos; evito usar el término de justicia e igualdad ya que en tales circunstancias también se cumplía aquello que dijese con indudable tino George Orwel: todos iguales pero unos más iguales que otros.

El texto qué duda cabe de que conserva todo su mordiente y actualidad, que es subrayada en la reciente edición con los comentarios de George Steiner ( que relaciona / compara a Tolstói y Dostoievski ) , de Aldous Huxley que embiste contra el conformismo de la juventud de su tiempo ( dame TV y hamburguesas) , llamando a una reivindicación de la libertad frente a la domesticación y de Noam Chomsky que reivindica la libertad y se alza contra el engaño urdido desde el poder con la inestimable ayuda de los pretendidos intelectuales.

Lecciones que se balancean entre el miedo a la libertad de la que hablase Erich Fromm y la servidumbre voluntaria que rebotase a Etienne de la Boétie…y que indican en la neta dirección de la lucha contra el gregarismo, tras la senda aquellos que como el otro tienen la verdad ( una doctrina que la representa) en el bolsillo interno del chaleco que versificase León Felipe y cantasen Paco Ibáñez o Imanol Larzabal..

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