Anticapitalismo con el disco rayado

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Hay grupos con pretensiones políticas dedicados a dar la nota, aprovechando cualquier asunto que sirva para ser explotado, y que se autoetiquetan como anticapitalistas. Se trata de desplegar cierto grado de radicalidad de cuando en cuando mostrado así su oposición al sistema, pretendiendo copar algún que otro titular para llamar la atención y dejar constancia de su presencia. En otros tiempos solían ser los niños bien que se aburrían gastando el dinero de papá y querían hacer la revolución por una temporada, dejando luego en la estacada a los ilusionados con el proyecto. Hoy la pretensión no es tan ambiciosa y se queda en cosas de menor enjundia como tratar de levantar el ánimo a los desfavorecidos ante las injusticias sociales, mientras ellos tiran de la teta del capitalismo y colaboran con la sociedad consumista. Se trata de ofertar un anticapitalismo acompasado al ritmo que marcan las modas, de las que es posible extraer argumentos para incordiar, dada la falta de ideas propias. El objetivo suele ser el mismo, sacarse de la manga a alguien con vocación de líder para luego, los que puedan, dedicarse a la empresa capitalista. Pese a tal situación, este anticapitalismo que se recrea en las imágenes y vive de la publicidad no excluye el otro anticapitalismo que vela por la pureza de sus principios de forma discreta y efectiva, alejado de los focos, y que trabaja en el terreno real, más allá de ocurrencias puntuales.

Usando como cobertura las injusticias, en el fondo ese anticapitalismo no aporta nada nuevo, porque sus seguidores repiten una y otra vez el mismo argumento, como si se tratara de un disco rayado. Para acabar con aquellas, resulta que los grupos dedicados a tratar de llamar la atención, para promocionarse en la búsqueda de un futuro cargo político, siguen con la vieja cantinela de quitar el dinero a los ricos para dárselo a los pobres. El lema está tan desgastado que carece de efectividad para vender la mercancía a los futuros compradores, porque no se lo cree casi nadie. Lo que sin duda se pone en evidencia es una falta total de imaginación, de ahí que a quienes aspiran a ejercer el poder habría que recordarles aquello, tan a menudo repetido, de que al poder exige imaginación. Por tanto, hay que reinventarse y ofertar productos originales. Tal sería el caso de, en vez de proponer repartir limosnas como argumento de política social, distribuir racionalmente el trabajo. Aunque quizás esto requeriría demasiado esfuerzo para tan corta inteligencia.

En realidad lo que se pretende no es expropiar a los ricos, porque saben que no lo van a conseguir, sino que se expropie al ciudadano común, víctima de los impuestos crecientes, para atender las demandas del anticapitalismo publicitario y pueda repartirse entre sus seguidores el monto del saqueo generalizado. Hay que tener en cuenta que, en el mundo regido por las reglas capitalistas, los ricos están firmemente asentados en sus puestos, por el momento inmunes a cualquier consigna de moda. Por eso, lo que se evidencia con tales posicionamientos, y dada su falta de originalidad para poner límites al capitalismo, en realidad a la riqueza, es la imposibilidad de enfrentarse de forma efectiva al capitalismo agresivo. Consciente el empresariado de que no son un peligro real para sus intereses, incluso les alienta a seguir en la misma línea, porque así están entretenidos junto a sus seguidores y ayudan a la mejora del negocio. Una vez más, todo está bajo control. Si hay anticapitalistas de tal corte en la escena, incluso si en algún momento prosperan sus demandas propagandísticas, es porque le interesa a las empresas, ya que con sus ocurrencias ampliarán las ventas con cargo a los Estados, porque animan a que el dinero que se regala a los pobres circule. Mientras que, por otro lado, algo más realista, como poner bajo control al empresariado desde un capitalismo social, va quedando aparcado, para que continúe operando el capitalismo de élite.

Añadir a propósito de ese eslogan de los ricos y los pobres, que en el mundo capitalista, donde por cierto viven esos anticapitalistas, los que llaman ricos no lo son, en su mayoría, por casualidad y los pobres, algunos, lo son porque han elegido ese camino. Por tanto, si se respeta a la libertad hay que dejar que cada uno viva como quiera, sin empecinarse en torcer las cosas a base de caridad publicitaria, porque, salvo situaciones puntuales, la mayoría está donde desea estar. Si se encarga al aparato estatal que haga de redentor, se corre el riesgo de que, con ocasión del reparto, el repartidor se inmiscuya demasiado en la vida de los favorecidos con el dinero expropiado a los demás ciudadanos y, por extensión, no quede ni rastro de la intimidad. Por otro lado, si se habla de igualdad, basta con la igualdad legal, porque la igualdad a través del subsidio y la renta mínima acaba generando mayores desigualdades e injusticias que las que se pretendían remediar. Con lo que sería preferible no tratar de hacer el papel de tempranillos de la política y dejar a cada persona con su vida. La justicia social está para otras cosas más realistas y no para atenerse a cantinelas de aspirantes a políticos radicales, a fin de engañar a parte del personal haciéndole concebir esperanzas que acabaran frustrándose.

A reinventarse o a callar, porque la vía de la expropiación y la barra libre no frenará al capitalismo ni a los ricos.

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