Anselm Kiefer, el arte de las ruinas

Por Iñaki Urdanibia

                     

            «Leche negra del alba te bebemos de noche

Te bebemos al mediodía, la muerte es un

maestro venido de Alemania.

Te bebemos noche y día, bebemos,

Bebemos

la muerte es un maestro venido de

Alemania y su ojo es azul

ella te golpea con una bala de plomo

precisa, ella

un hombre habita la casa, tus cabellos de

oro

Margarita

lanza sobre nosotros sus dogos y nos

ofrece una

tumba en los aires juega con las serpientes y sueña, la muerte

es

un maestro venido de Alemania

tus cabellos de oro Margarita

tus cabellos de cenizas Sulamith[…]».

( Paul Celan, Todesfuge )

Cualquiera que se acerque a la capital del Sena tiene la ocasión de visitar hasta el 18 de abril, una exposición que presenta una travesía de la obra del pintor germano desde los años sesenta hasta la actualidad en el Centro Pompidou. Ciento cincuenta obras de entre las que una sesentena de ellas son consideradas como destacadas pinturas de entre las más representativas del arte contemporáneo.

Si Walter Benjamin tomaba al Ángelus novus de Paul Klee como metáfora de las ruinas de la historia, que eran observadas con perplejidad entristecida por el ángel de la historia y Robert Antelme se refería al ángel sonriente de la catedral de Reims como mirada esperanzada y abierta al futuro, no cabe duda de que las pinturas del alemán coinciden más con la mirada de Benjamin.; la caótica situación de la Alemania de posguerra marcó, qué duda cabe, el quehacer del pintor de manera explícita, lo mismo que dejó su impronta en gentes como G. W. Sebald que describió con un naturalismo destacado, y descarnado, la <<historia natural de la destrucción>> para referirse a aquel castigo a la población germana, sistemático y cuando ya la derrota estaba más que consumada, o en otro registro en Kurt Vonnegut que en su brutal novela <<Matadero cinco>> daba cuenta de la destrucción de Dresde.

Sus lienzos, los últimos de enormes dimensiones, son una zambullida en la historia de Alemania, y por extensión del mundo en que vivimos. No son sus obras luminosas representaciones, sino que los tonos grises y oscuros toman el mando en su mirada que desde sus inicios se muestran fieles a plantarse sin cataplasmas ante la desolación de la tierra, tras los combates habidos…sus referencias no son ocultadas por otra parte, ya que los guiños , hasta con citas explícitas que atraviesan algunas de sus obras, a Paul Celan, a la filosofía de Heidegger o a otros mojones tanto científicos como esotéricos, cobran presencia destacada en sus pinturas, que abundan en colores correspondientes a tierras quemadas, a paisajes de la desolación.

El pintor nacido en 1945 en las tierras en donde nace el Danubio, se mostró desde sus inicios comprometido con los temas que preocupaban en su país, sumergido en la querella de los historiadores, al fotografiarse haciendo el saludo nazi en diferentes ciudades alemanas, vestido con el uniforme que había lucido su padre como oficial de la Wehrmacht; tratando con tales actos provocadores dejar constancia de que, en contra de lo que se pudiese decir en un proceso de embellecimiento del pasado, la ideología nacionalsocialista seguía vivita y coleando , en estando latente. Su empeño se centraba en tal época en desvelar los aspectos que ocultaban la dura realidad, y servir de llamada de atención a no bajar la guardia y a luchar contra el olvido.

Es indudable que desde esos primeros pinitos las obras de Kiefer se ha incluido en las corrientes innovadoras del arte de su país, sin obviar su singularidad que supone el situar en el centro de gravedad de su quehacer la preocupación por la Historia , hurgando en los mitos nórdicos que subyacen a la génesis cultural germana.

Cualquiera que se asome a la exposición se verá sacudido por los colores de sus obras, por los relieves( vegetales, plomo, metales retorcidos, …) y los mensajes que como queda dicho recurre a compañeros de viaje en lo que hace a la lucha por mantener el deber de memoria ( Celan, Bachmann, Khlenikov, Valery, Céline, Mandelstam, o Genet), si olvidar las huellas del pensamiento hebreo, deuda contraída con su estudio de la Cabala.

Entre el cielo y la tierra, poblados por seres míticos y por la naturaleza hostil , se mueven sus crudos paisajes que empujan al vértigo, y que hacen sentir la situación de los humanos, arrojados al mundo. Unas creaciones que reflejan un universo tenso las de este conmovedor pintor que entrevera a Caín con Abel, al cielo con la tierra, a la muerte con la vida. Todo ello con una monumentalidad espectacular y con unos tonos que rozan por momentos los límites de las grandes narraciones de salvación…pues-según la postura del artista- de la destrucción no nace la nada sino el espacio de la construcción, de la oscuridad la luz prometeica, y de las cenizas de los campos quemados el renacer de nuevos frutos y de cambios de plantas y futuros paisajes.

El impacto que provocan sus cuadros, se siente en la contemplación absorta de los espectadores que se sienten arrastrados a los bordes del desasosiego, haciendo que la revisión, recuperación , reescritura de lo pasado se convierta en inevitable presente en un forzado ejercicio de anamnesis . La capacidad de los lienzos, muy en concreto los de grandes dimensiones, para implicar al observador es enorme y logra que quien mira no pueda escapar de sentirse aludido, de considerarse protagonista de la historia, de la inhóspita soledad de los panoramas sin habitantes.

El recorrido es amplio, total podría decirse, por la obra del artista, y se pueden contemplar obras gráficas en soporte de papel, así como algunos libros ilustrados por el artista ( aspecto, la importancia del libro en su obra- que centró simultáneamente una exposición que se celebró, hasta el 14 de febrero, en la BnF, site Mitterand : L´alchimie du livre). La obsolescencia propia de nuestros tiempos es igualmente visitada por el artista que se sirve de desechos industriales y máquinas enviadas el desguace, que dan color oxidado, rojizo y tonos plomizos que dan el tono a los propósitos del pintor.

Caminos centrales, como despejadas sendas cuya dirección se desconoce, con las lindes con luces cuyo foco de proyección resulta misterioso; atravesados por seres alados, cual mensajeros de Hermes, que parecen airear los hilos que se balancean en medio del desértico plano, sombrío, siempre sombrío.

Una torre, a la que se puede acceder, sirve como ocasión para entrar al taller del pintor , de que se pueden ver cantidad de fotografías, muchas tomadas por él mismo, que nos presentan al artista en acción, recogiendo escenas como materia prima para su futuro tratamiento..

Ruinas, bosques, espadas, serpientes, ángeles y muchas más simbólicas imágenes que hacen pensar y rumiar en busca de un significado subyacente que empuja hacia las representaciones del mal, de la pérdida, de un pasado realmente revuelto y oscuro…que planea por nuestro mundo y por el mundo de Anselm Kiefer, heridas que algunos han tratado de sepultar, a cal y canto, y que ha supuesto encendidas críticas hacia el pintor bajo la acusación de reavivar el pasado..

Historia, identidad, destrucción, mitos, mujeres, …un mundo pictórico que parece alzarse contra el dictum de Adorno acerca de la imposibilidad de escribir poesía ( género extensible a todas las artes) tras la experiencia de Auschwitz; me atrevería a señalar que del mismo modo que los poemas de Paul Celan hicieron desdecirse al filósofo, alma-mater de la escuela de Frankfort, ya que en los balbuceos del poeta vio la poetización adecuada para aquellos tiempos, la pintura de Kiefer-al menos una parte sustancial de ella- es una proyección adecuada a la representación de los desastres vividos….lo que hace que del mismo modo que Maurice Blanchot habló de la « escritura del desastre» en el caso del pintor alemán podríamos hablar de : la pintura del desastre.

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