Andreu Nin y el PCE

En la medida en que la importancia de la proyección de Andreu Nin ha ido creciendo (ediciones de biografías, reedición de sus obras, actividades de la Fundación que lleva su nombre, etc.), los últimos núcleos que –como LaRepública.es-,  dan vio a plumas como la de José Guillén (¿existe?), que sigue ejerciendo como “abogado” de la trama estaliniana, suelen hacer preguntas como la siguiente: ¿es que no hubieron asesinados en el lado comunista?, ¿es que Nin es el único muerto de la guerra civil?.

Este interrogante lleva implícita una acusación: el “caso Nin” habría sido sobredimensionado por la “guerra fría” y, ahora, lo está siendo por la derecha, tanto por la liberal como por la digamos “revisionista”. Evidentemente, no faltan intereses que tratan de utilizar el caso Nin –como tantos otros-, contra la República liderada por el presidente Negrín, exaltado por una cierta historiografía. Hasta hace cierto tiempo, existió una historiografía (Herbert J.Soutwoorth, Gabriel Jackson), que enfocaba esta historia como parte de lo que luego fueron los Aliados.

Pero para otros historiadores conviene establecer diferenciar. Autores como Antonio Elorza, Francesc Bonamusa, Ángel Viñas, Fernando Hernández Sánchez, si bien tienden a admitir que, en lo fundamental, el Komintern actuó correctamente en defensa de la legalidad del Frente Popular contra la revolución, rechaza  en mayor o menor grado todo el montaje sobre la presunta “Quinta Columna”, según las cuales  Nin y el POUM representaron un extremismo de izquierda contrario al Estado de Derecho y a la República democrática. Vienen a decir que el Komintern (con la colaboración del PCE-PSUC), hizo que la represión contra la izquierda que había tenido un papel central en las jornadas de julio del 36, se convirtiera en una tentativa de reproducir los “procesos de Moscú” en Barcelona,  algo que acabó indisponiendo a la mayoría republicana contra el ascenso de los comunistas en los aparatos de Estado.

Esta rectificación ha venido facilitada por el mayor conocimiento de los datos, pero también por la emergencia de una historiografía que desde los años sesenta, fue revalorizando el hecho revolucionario como el factor que explica la respuesta popular al golpe militar-fascista. Por otro lado, el descrédito y la descomposición del estalinismo, no ha hecho más que a la revalorización de sus críticos, o se del POUM, de Orwell, de Trotsky y por supuesto, de los diferentes autores anarquistas, entre los cuales cabe señalar a Noam Chomski que ya escribió un temprano ensayo denunciado la coalición liberal-estalinista en relación a la guerra española. Esto explica que desde la segunda mitad de los años sesenta, el caso del POUM pasara de apenas merecer una nota a pie de página en obras que no dedicaban mucho más espacio al hecho revolucionario durante la guerra, a ocupar capítulos enteros, así como toda clase de aportes bibliométricos, extraordinariamente por encima de su incidencia real en los hechos.

 

Resulta evidente que la dimensión simbólica de Andreu Nin habría sido muy otra, de haber sido fusilado por el bando militar-fascista. Esto habría resultado “coherente” con un historial de agitador revolucionario que se remontaba a los tiempos de la “Semana Trágica”. Igualmente lo habría sido sí, por ejemplo,  hubiera ocupado el lugar de Joaquín Maurín en el viaje que éste realizó para apoyar el impulso inicial del POUM gallego, coincidiendo con la rebelión militar-fascista. Aunque, de haber sobrevivido como sucedió con Maurín, por una suma de factores muy especiales, Nin habría resultado sospechoso de connivencias con el franquismo como lo sería el propio Maurín, al que le tocó vivir una variación digamos secundaria de la misma campaña.

De haberse dado este cambio, Nin habría sido juzgado, como lo es también Maurín,  como una política clave en la historia del movimiento obrero español en general, y del movimiento comunista en particular, no en vano ambos son considerados como excepciones tanto por la trascendencia de su actuación militante como por los valores de sus aportaciones teóricas y culturales, aportaciones que le confieren una mayor singularidad que la pudieron tener otros, como podía ser el ejemplo de Francisco García Lavid, alias Henri Lacroix, muerto al parecer  en circunstancias igualmente trágicas (según testimonios de peso, fue linchado por las tropas de Lister en la retirada, eso a pesar de que Lacroix hacía años que militaba en el PSOE.

Pero entonces, Nin ya no habría sido el protagonista de uno de los acontecimientos políticos y sociales más representativos de  la Guerra Civil. Un acontecimiento que, con el tiempo, será considera tan importante y revelador como lo pudo ser, por otros motivos,  el de García Lorca, y sobre el que, al igual que había sucedido con el poeta granadino, se desarrollará una ingente investigación y se aportará una vasta producción de libros, artículos, debates, etc. No es por casualidad que con el episodio protagonizado por el juez Garzón, ambos hayan contado como protagonistas  

 

En el caso de Andreu Nin, no siempre fue así. En el tiempo que siguió la derrota de la República y del movimiento obrero, la defensa del legado de Nin fue una actividad desarrollada a contracorriente por sus camaradas y amigos.

El mundo que sigue estará marcado por dos grandes dilemas, primero, el de una II Guerra Mundial  que “había que ganar” contra el mal absoluto que representaba el Eje, y que parecía confirmar que la guerra española fue ante todo la antesala de la contienda mundial,  y segundo, por una “guerra fría” que en el caso español tendrá una traducción específica, derivada del abandono por parte de los Aliados (Gran Bretaña en primer lugar) de la batalla por la libertad en España, y después por la admisión del régimen franquista en el club del “mundo libre”, admisión que tendría como protector los Estados Unidos, convertido en el principal gendarme del imperialismo…Durante estos dos tiempos, las corrientes socialistas digamos clásicas como el socialismo de izquierdas, los anarquismos, y lo que podíamos llamar el comunismo democrático, caerán en la marginación. Marginación que por lo demás, contribuirá a exacerbar sus contradicciones propias, y el POUM quedará reducido a un pequeño grupo de resistentes en el exilio con muchas dificultades, no ya para recomponerse, sino incluso  para mantener una continuidad. No sería hasta la segunda mitad de los años sesenta, que emergería un cierto relevo que se expresó primeramente a través del “sector exterior” del Frente de Liberación Popular (felipes)

Estas circunstancias internacionales –que convertían en “comunista” todo opositor- acabaron favoreciendo la reconstrucción del PCE-PSUC, por encima de las otras corrientes tradicionales del movimiento obrero española, el PSOE y la CNT. En el primer caso porque priorizó una estrategia de “presión internacional” sobre el régimen con los que, en realidad, eran aliados suyos de mayor o menor grado.

En el segundo, porque el extraordinario sacrificio de varias hornadas de resistentes no fue suficiente para superar otras dificultades, aparte claro está de una represión despiadada (que también sufrieron los comunistas). Dichas dificultades fueron las divisiones internas, pero sobre todo, la ausencia de un relavo generacional que sí se daría en los comunistas que, entre otros factores, contaron a su favor con el poderosos movimiento comunista internacional –empezando por la ayuda del poderoso partido comunista francés-, sin olvidar un rigor organizativo cuya eficacia en tiempos de clandestinidad resultaba obvio. Esta recomposición dio de sí hasta para un vasto movimiento marxista-leninista de orientación prochina que en los sesenta acapararía un destacado predomino del espacio político llamado “gauchiste” durante los acontecimientos del mayo del 68 francés, como también lo ocuparon en la Portugal de la “revolución de los claveles”.

 

No sería hasta la segunda mitad de los años sesenta que lo que Pierre Broué llamará “la batalla Nin”, comienza a cobrar relevancia. Bien es verdad que esta “batalla” comenzó el mismo 16 de junio de 1937, cuando Nin fue secuestrado en las puertas del Palau de la Virreina en Barcelona, y desde entonces las contradicciones se sucedieron; la historia dejó de ser un elemento más en las tareas partidarias para pasar a ser una exigencia de primera magnitud. Todo el POUM se implica en esta tarea, sin excluir los sectores que, como el que encabezaba Juan Portela en Valencia, representaba una corriente opuesta a la supuestamente “trotskista” de Nin. El primer documento será un verdadero “J´acusse”, titulado La represión y el proceso contra el POUM, obra de un joven intelectual llamado Ignacio Iglesias, y publicadas en Ediciones del POUM en 1938, una texto vibrante y demoledor.

Pero en el caso de Nin,  hay que señalar un modesto folleto titulado El asesinato de Andrés Nin, escrito por Juan Andrade en 1939, nunca publicado en España, venía a ser síntesis de las informaciones recogidas por el comité ejecutivo del POUM entre 1937 y 1938, estuvo a punto de ser publicado en París por la prestigiosa Editions Spartacus en 1939, pero según cuenta Wilebaldo Solano “la Gestapo destruyó las formas en la imprenta que iba a lanzarlo (era en la época del Pacto Hitler-Stalin) y, por suerte, alguien salvó un juego de pruebas y lo depositó en la Biblioteca Nacional de París.  Eso me permitió obtener una fotocopia años después y entregarla a René Lefebvre, que la editó en 1975, en un librito titulado Espagne: Les fossoyeurs de la Revolution Sociale”, de la que existe una primera edición castellana reciente, firmada por Katia Landau.

Así pues, tenemos que hablar de una respuesta militante en plena guerra española, pero luego la denuncia se mantendría en baja intensidad durante casi dos décadas, justo hasta el momento  de las revelaciones efectuadas por Nikita Kruschev en 1956 con ocasión del XX Congreso del PCUS, cuyo texto fue, por cierto, editado por el POUM en París. Fruto de esta crisis será Yo fui un ministro de Stalin , libro de Jesús Hernández, que fue ministro de Instrucción Pública y miembro del Buró Político del Partido Comunista de España durante la guerra civil, un texto polémico por cuanto Hernández trata de ocultar sus propias responsabilidades, pero sin duda importante , y al que le seguirán otros no menos autocríticas, especialmente la “obra magna” de Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista,  la primera escrita por alguien proveniente del estalinismo que entra “a tumba abierta” en los hechos.    .

 En 1970 aparece el “Assaig biografic” sobre Nin obra de Wilebaldo Solano incluido en la reedición de “Els moviments d´emancipació nacional” (Edicions Catalanes de Paris), en la que trabaja un tal Oriol Puigverd (Josep Benet).

 

Otra contribución decisiva sería la edición en Ruedo Ibérico (París, 1971), de la recopilación titulada Los problemas de la revolución española, realizada por el principal compañero de Nin, Juan Andrade, autor también de un elaborado prefacio  orientado hacia las nuevas generaciones. Después de dar explicar a grandes trazos la vida y la obra de Nin, Andrade concluye con una breve síntesis del “caso”:   “El 16 de junio al mediodía, se presentaron en el local central del POUM varios policías madrileños para proceder a la detención de los miembros del Comité Ejecutivo. Estando sólo presente Nin, invitaron a éste a que les acompañase (los demás miembros del Comité fueron después detenidos durante el curso del día y de la noche, y todos los locales fueron saqueados y clausurados)”.

Todas las vicisitudes pasadas a partir de su detención no se han podido determinar con completa exactitud, pero las confidencias e informaciones recogidas permiten creer que a las tres de la tarde del mismo día en que fue detenido, salió conducido
por policías madrileños hacia Valencia, en un automóvil al que daban escolta otros dos ocupados por agentes de la GPU rusos y polacos. Sólo unas horas estuvo en Valencia, incomunicado en la Dirección general de Seguridad, desde donde fue trasladado a Madrid en las mismas o semejantes condiciones. Allí permaneció
dos días en una casa del Paseo de la Castellana, es decir en una de las numerosas prisiones clandestinas que se denominaban “checas”, porque estaban bajo el mando autónomo y exclusivo del Partido Comunista. Finalmente, se le condujo a un
chalet preparado como prisión especial para él en Alcalá de Henares, pueblo de la provincia de Madrid.

Inmediatamente, el 25 de junio, Mundo Obrero, el órgano oficial del PCE,  publicó un artículo sensacionalista, a toda plana, con el título: “La fuga del bandido Nin”. La infamia inventada por el diario estalinista, era la siguiente: Estando Alcalá cerca del frente de guerra, un grupo de oficiales de Falange había pasado secretamente las líneas y llegado a dicho pueblo; una vez en la prisión secreta, habían maniatado a los carceleros, liberado a Nin, y conducido a éste al lado del gobierno faccioso. Andrés Nin, pues, se encontraba en Burgos…

Llegados a este punto, conviene anotar que no se trata, por supuesto, de renunciar a ningún ideario,  sobre el que seguiremos debatiendo de la mejor manera posible. Se trata ante todo y sobre todo de reconocer abierta y públicamente, que la campaña contra el POUM y el “trotskismo”, el rapto y la muerte de Nin y todo lo demás, fueron actos indignos de la tradición comunista, manifestación de un sectarismo y una ceguera que el paso del tiempo no ha hecho más que colocar en su justo lugar como expresión de la mayor manifestación de anticomunismo realizada en nombre del comunismo…Si el PCE hiciera esto públicamente, habría ganado una batalla moral y política contra sus propios fantasmas interiores.

 

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