(Andalucía) ¿Confluencia o hegemonía?

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¿Quién ha ganado las elecciones del 20D? ¿Quién formará gobierno? ¿Habrá elecciones anticipadas? Son algunas de las preguntas que nos invaden en estos días. Vivimos en un panorama social y político dinámico y complejo, por lo que, observar una única cita electoral, no es suficiente para explicar fenómenos que resultan mucho más complejos, sobre todo en un contexto de incertidumbre, de volatilidad electoral y de fragmentación política como el actual, inéditos desde la transición. Una transición, por cierto, que no debe catalogarse así, sino que fue una transacción, es decir, los mismos que tenían el poder económico en el franquismo lo siguen detentando hoy y es el punto de partida desde donde debemos tirar del hilo para entender el presente, ya que el pacto de élites y su consenso en torno a cuestiones fundamentales, como la Monarquía o la veneración del mercado hoy están en cuestión. Se suele nombrar al 15M como el detonante, como el movimiento de irrupción plebeya que atacaba no sólo los consensos emanados del 78, sino los pilares básicos del neoliberalismo. Es cierto, pero no podemos obviar las marchas de la dignidad, las mareas, las luchas contra la privatización de hospitales o una serie de sucesos de confrontación como son los emprendidos por el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), principalmente tras las expropiaciones en Mercadona y Carrefour. Estos enfrentamientos con el orden establecido ponían en cuestión el régimen del 78 y los gobiernos títeres que los sustentaban, con un mensaje que tenía calado en la sociedad pero que a su vez era profundamente “radical”, en el sentido que atacaba a la raíz de los problemas.

Si viajamos hasta las últimas elecciones generales vividas hace pocos días, debemos de entender que se enmarcan dentro de un proceso que cuenta con estos fenómenos descritos, teniendo en cuenta además los procesos electorales que han venido a confirmar esa senda de ruptura. Quizá aún no somos conscientes de la gran profundización democrática que supone que las principales ciudades del Estado Español -Madrid, Barcelona, Cádiz, Valencia o Zaragoza- no sólo no están en manos del bipartidismo, sino que en esas ciudades gobiernan candidaturas realizadas desde abajo y en clara oposición a las políticas imperantes. Este periodo de crisis en sentido gramsciano, donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de aparecer, parecía que podía culminarse con las elecciones generales de diciembre. Pero no es así, hay que entender que el ciclo aún no se ha cerrado que seguimos en ese proceso de cambio político, por lo tanto, es necesario seguir acumulando poder popular para imponerse pronto en las urnas al bipartidismo.

En esa estrategia política debemos diferenciar entre adversarios y enemigos. Está claro que el adversario a batir es Rajoy y el PP. Pero hay que tener muy claro contra que nos enfrentamos y que debemos combatir a los gobiernos cómplices y sus lacayos electorales pero que nuestros enemigos son aquellos que están detrás y que no se presentan a las elecciones. Hay que enfrentar con contundencia las políticas de derechas y los recortes vengan de donde vengan y no podemos olvidarnos de la otra pata del neoliberalismo que es el PSOE, que suele desempolvar la chaqueta de pana en la campaña electoral para disfrazarse de izquierda. Es misión de la gente decente que aspiramos a un cambio, recordar que ellos fueron quienes privatizaron todo el tejido de empresas públicas, que ellos fueron quienes realizaron una reforma laboral criminal para los trabajadores que el PP sólo ha continuado, que fueron ellos quienes modificaron el artículo 135 de la Constitución, la piedra angular de los recortes.

Si “hegemonía”, ha sido la palabra fetiche de la izquierda en los últimos tiempos, ahora nos inunda “confluencia” o “unidad popular”. Sin embargo, no todos los líderes creen verdaderamente en estos conceptos, simplemente son recitados cual poeta porque adornan el mensaje y quedan muy bien cara a la galería. PODEMOS obtuvo un resultado magnífico en las pasadas elecciones, obteniendo 69 diputados. La otra histórica fuerza rupturista a nivel estatal, IU, bajo la marca Unidad Popular (UP), obtuvo casi un millón de votos que sólo se trasformaron en 2 diputados fruto de un sistema electoral injusto y especialmente hostil históricamente hacia Izquierda Unida. IU consigue representación gracias a Alberto Garzón y su campaña, a nadie se le escapa que con otro candidato IU muy probablemente se hubiera quedado fuera del Congreso de los Diputados. No es necesario unir los votos totales de cada fuerza para descubrir que juntas IU y PODEMOS hubieran superado en votos -y probablemente en escaños- al PSOE convirtiéndose en la clara fuerza alternativa a las políticas de Rajoy. Ese juego de sumas no es el interesante, eso sería una pura confluencia electoral que en mi opinión no es lo vital para el contexto actual. Si donde obtienen las fuerzas del cambio mejores resultados es en Galiza o Catalunya, no es sólo porque se presentaban en confluencia diferentes partidos, sino porque se ha entendido esa candidatura como una candidatura de unidad y principal frente alternativo a las políticas imperantes.

Es decir, no se debe confundir la confluencia electoral con la unidad popular son dos dinámicas totalmente distintas. La confluencia es un aspecto coyuntural, la unidad popular es un proceso mucho más complejo, que está en construcción y que debe tejerse barrio a barrio, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad y que no tiene nada que ver con la marca electoral, ni con las siglas que la sustentan, sino con cuál es la fuerza popular que tiene detrás ese proyecto político de cambio que debe tener una aspiración hegemónica. Por tanto, es tarea de todos los que aspiramos a un cambio de políticas sumar no sólo a PODEMOS, IU, ATTAC, Primavera Andaluza, etc, sino a toda la gente que aspire a un cambio a este proyecto desde abajo, será sólo así un proyecto fuerte y sólido. ¿Es complicado? Por supuesto ¿Es necesario? Sin duda.

¿Por qué en Catalunya SÍ SE PUEDE y en Andalucía parece que NO?

En Comú Podem se convirtió en Catalunya en la primera fuerza política el 20D. Un proyecto como decimos en los que se unen diferentes partidos y movimientos entre ellos EUiA o ICV. Pero lo importante no es la suma de siglas, sino que se entendió esa candidatura como unitaria y que además contaba con el aval de Ada Colau y su gestión al frente del Ayuntamiento de Barcelona. Sin embargo, los datos para las fuerzas del cambio no fueron demasiado buenos en Andalucía, donde PODEMOS obtiene 10 actas de diputado y UP se quedó cerca de obtenerlas en Sevilla, Málaga o Córdoba pero que finalmente no consiguió ninguna. El PSOE aguanta en Andalucía de hecho salva al partido “liderado” por Sánchez de un descalabro aún mayor en el cómputo total. Que el PSOE aguante en Andalucía no tiene nada que ver con cuestiones coyunturales. Se ha puesto encima de la mesa que el resultado del PSOE puede deberse a su percepción por parte de los andaluces de que el adversario es el PP y que la Junta representa una contención, un gobierno de resistencia a esas políticas. Puede haber algo de cierto en este argumento, pero no es lo fundamental.
Existen diferentes modelos para comprender el comportamiento electoral, aunque ninguno de ellos es explicativo por sí solo, sólo nos sirve para comprender a una parte del electorado en un contexto determinado. El modelo de Michigan defiende que lo fundamental es la adscripción partidista, el partido con el que te identifiques, por tanto, es difícil el cambio en el comportamiento electoral que sería un proceso a largo plazo. Ese modelo nos explica una buena parte del electorado andaluz. Un electorado andaluz, que sobretodo en determinadas franjas de edad se identifica y se adscribe -casi de forma total- al proyecto del PSOE porque lo identifica con unos determinados valores que el andaluz siente como propios. Un día me comentaba con pena un amigo que el nacionalismo andaluz se quedaba huérfano ante la desaparición del PA. Nada más lejos de la realidad, por un lado debemos decir que la cultura andaluza -en un momento determinado- se subsumió dentro de la “española” y que además el PSOE se ha erigido como el garante de lo andaluz lo que ha supuesto en nuestra tierra un cortafuegos para el desarrollo del nacionalismo andaluz. Si entendemos que el nacionalismo, en su sentido republicano, es la vocación, la voluntad de pertenencia de un grupo a un proyecto social y político compartido, no hay que remontarse demasiado lejos en el tiempo para entender que Andalucía es una nación que se expresó con claridad el 4 de diciembre de 1977.

La capitalización del PSOE de muchas de las luchas populares andaluzas hace que una parte importante de nuestro pueblo entienda que en el PSOE-A existe la defensa de lo andaluz, que pervive en el recuerdo -entre otros aspectos- por la defensa del Estatuto de autonomía, obviando por ejemplo las luchas populares o las campañas de lucha emprendidas por el SOC.

Por ello esa unidad popular con una vocación hegemónica, es más importante aún si cabe en Andalucía en detrimento de la confluencia puramente electoral, porque nos enfrentamos a un adversario muy poderoso. Es vital por tanto en esa unidad popular de nuestra tierra incluir una defensa del andalucismo rupturista y de recuperación de nuestro pasado de lucha. Todos somos importantes en esa ardua tarea de ir tejiendo la unidad popular, paso a paso, peldaño a peldaño, con esfuerzo, con dedicación, podremos construir una marea en el sur que nos haga dueños de nuestro futuro.

Tony Álvarez, Politólogo.

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