Analizar la realidad para transformarla

Acceder al conocimiento es afán de la humanidad a lo largo de los siglos, y a este respecto es fundamental la metodología con la que se aborda esa tarea. Por más que para el común de las personas tal cuestión parezca a primera vista carente de efectos prácticos, tal apreciación no deja de ser una conclusión errónea y precipitada por cuanto el criterio con el que se analiza la realidad (de la naturaleza, de las sociedades…) puede contribuir a clarificar o a oscurecer dicho análisis: Dicho en otros términos; las escuelas filosóficas no son neutrales sino que responden a intereses por más que se revistan de un manto pretendidamente aséptico.

El marxismo estableció una división fundamental de los sistemas filosóficos entre materialismo e idealismo y desarrolla una teoría del conocimiento cuya base es el reconocimiento del mundo exterior y el reflejo del mismo en el cerebro humano.

A este respecto Marx y Engels parten de la concepción filosófica materialista, en contraposición con el idealismo.

Lenin, en “Materialismo y Empirocriticismo” comienza polemizando con las tesis idealistas puras de Berkeley (formuladas en 1710), que plantea en resumen que los objetos no existen fuera de la mente sino que son “combinaciones de sensaciones” (no existe lo que no percibimos por los sentidos). Aparte de que dicho autor es elegido conscientemente por Lenin como caricatura del pensamiento idealista, la claridad con la que este negador de la existencia del mundo exterior expone sus intenciones sirve para ilustrar que en filosofía no existe la inocencia ni la neutralidad: El obispo Berkeley afirma que “todas las construcciones impías del ateismo y de la negación de la religión han sido erigidas sobre la doctrina de la materia y la sustancia corpórea”, negando la existencia de la materia por la misma razón por la que obligaron a retractarse a Galileo, el avance de la ciencia y el estudio de la naturaleza cuestionaba el papel central de Dios y, de paso, los privilegios de sus intérpretes.

Así explicita el inefable religioso al considerar el mundo exterior como una “combinación de sensaciones”, suscitada a nuestra mente por la divinidad, a fin de que renunciemos a buscar fuera de la conciencia los “fundamentos” de tales sensaciones, para, en este marco, llegar a conclusiones a favor de “la paz y la religión”.

El materialismo filosófico, por el contrario, parte de que las sensaciones son símbolos, imágenes o reflejos de las cosas. Como explica sintéticamente Nestor Kohan, para la filosofía de la praxis (central en las “Tesis sobre Feuerbach” y en todo el pensamiento marxista) constituye un error grave todo intento de separar al ser humano de la naturaleza, el sujeto del objeto, la actividad de la materia, el ser del pensar y el hacer. En suma: a la teoría de la práctica.

Las tesis del subjetivismo idealista llevadas a sus últimas consecuencias, nos pueden hacer alcanzar conclusiones delirantes: Por ejemplo; Lenin razona que, si los cuerpos son “complejos de sensaciones”, como dice Mach, o “combinaciones de sensaciones”, como afirmaba Berkeley, de eso se deduce necesariamente que todo el mundo no es más que una representación, por lo que no se puede deducir la existencia de otros hombres aparte de uno mismo (Lenin. Materialismo y Empirocriticismo).

Pero, por muy absurdas que nos puedan parecer, esas tesis se repiten y reproducen a lo largo de la historia y hasta nuestros días, no solo en las facultades de letras, sino también en el campo científico. Citemos al respecto a Jacques Monod, bioquímico francés, Premio Nobel de Medicina, que eleva a los altares sus concepciones sobre el azar y la casualidad. Y en el ámbito científico eminentes autores han especulado sobre la “generación espontánea de materia del vacío”, o expresiones equivalentes.

Y ello es así por cuanto, aunque la batalla de las ideas se de en el campo de la ciencia, lo que se trata es de negar la capacidad del ser humano de modificar la realidad, colocando dicha capacidad en una figura ajena y/o superior (sea ésta Dios o el azar), negando la potencialidad transformadora del materialismo dialéctico, como método de análisis de la realidad con la intención declarada de transformarla.

Porque (conviene recordarlo ahora) el materialismo marxista se aparta de las tesis clásicas del materialismo contemplativo, que combate la religión para renovarla o para inventar otra (Engels: Ludwig Feuerbach), y el instrumento clave del que se vale en su afán transformador el la dialéctica.

Los principios básicos de la dialéctica ya fueron formulados en la antigua Grecia por Heráclito, autor de la famosa frase de que “nadie se baña dos veces en el mismo río” (que algunos achacan erróneamente a Mao), y que formula su tesis central afirmando que el “uno” (la unidad de las cosas), está compuesta por dos contrarios. Aquí vemos admirablemente la idea fundamental de la dialéctica, la lucha en la unidad.

Lenin recoge esta concepción en sus “Cuadernos Filosóficos”, y nos dice: “La división de un todo y el conocimiento de sus aprtes contradictorias es la esenciad e la dialéctica”, y aclara que “la unidad de los contrarios es el reconocimiento de las tendencias contradictorias, mutuamente excluyentes, opuestas, de todos los fenómenos y procesos de la naturaleza (incluso el espíritu y la sociedad)”.

Mao expresa esta misma idea diciendo que existe identidad entre cosas que se oponen una a otra. “Se oponen” significa que los dos aspectos contradictorios se excluyen mutuamente o lucha entre si, “se sostienen entre si” significa que, en determinadas condiciones, los dos aspectos contradictorios se interconectan y adquieren identidad. Sin embargo, la lucha está implícita en la identidad; sin lucha no hay identidad.

La aplicación de todo esto a las sociedades humanas y las contradicciones que encierran, fundamentalmente la de clase, nos lleva al materialismo histórico, método de análisis y de transformación de la realidad social.

Lenin, al final del Capítulo VI de “Materialismo y Empirocriticismo” concibe sin ambages la disputa filosófica como la lucha sin cuartel entre dos “partidos”, el del idealismo y el del materialismo histórico (con algunas posiciones supuestamente intermedias, a las que desprecia por su ambigüedad), una guerra entre razón revolucionaria e idealismo retrógrado.

En nuestros días, al calor de la constatación de la creciente sofisticación de los mecanismos de control social sobre las poblaciones de los países más desarrollados, y de la implosión de los proyectos de sociedades del este de Europa, surgieron tendencias subjetivamente transformadoras que se apartaron de las concepciones materialistas.

Basadas en una lectura idealista de algunos conceptos esbozados por Gramsci, como el de “sociedad civil”, dichas corrientes, denominadas autónomas o, más coloquialmente, postmodernistas, consideran superada la lucha de clases como contradicción fundamental de la sociedad capitalista y, por ende, el papel histórico que el marxismo clásico atribuye a la clase obrera como sujeto revolucionario.

Sin negar la importancia fundamental del consenso social en torno al sistema imperante, sobre todo en las sociedades desarrolladas, problema clave para quienes aspiramos a transformar el mundo en un sentido revolucionario, estas corrientes de pensamiento confunden clase (como concepto objetivo, material), con la conciencia de clase (elemento subjetivo), y no abordan cabalmente, en mi opinión, las contradicciones en el seno del pueblo y, por supuesto, de la clase obrera, algo ya tratado por Mao en 1957.

Por ello se esboza un concepto, el de “ciudadanía”, ambiguo y problemático, carente de base material, ya que no deja de ser una construcción jurídica.

Los problemas reales de la construcción de un proyecto revolucionario en la actualidad deben abordarse sin apriorismos ni clichés, pero cuidando de no dar saltos al vacía que nos conduzcan a la liquidación de los elementos de análisis que nos permitan transformar la realidad. Heterodoxia por supuesto si ésta es necesaria, pero no hagamos una ortodoxia de la heterodoxia sustituyendo las poderosas armas del materialismo y la dialéctico por la confusión y el idealismo.

Francisco García Cediel, militante de Comunistas3

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