Analizando el discurso del Rey

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Debo empezar por confesarlo, señores agentes: soy un mal súbdito (perdón, quise decir ciudadano) que esta Nochebuena no vio el discurso del Rey. La verdad es que no lo soporto. De hecho fue nombrado por Franco. Un momento… ¿es legal decir esto? No estoy seguro. Podrían imputarme el delito de “injurias a la corona”. Aunque si el hecho objetivo de que el Rey fue nombrado por Franco fuera calificado de injuria, se estaría admitiendo que la realidad es injuriosa en sí misma (lo cual me daría la razón). Por otro lado, dado que soy republicano, es natural que no soporte al Rey. De modo que, salvo que el republicanismo sea delito en este reino (perdón, quise decir país), estoy en mi derecho de ser coherente con mis ideas y hablar claramente.

Todos sabemos que estos discursos reales no son más que pura demagogia. No en vano, la propia figura de un jefe de Estado hereditario y vitalicio es una irracional rémora del pasado que nadie con un mínimo de sentido común y vergüenza podrá defender. Sin embargo, la figura de Juan Carlos I no es tan decorativa como interesadamente se nos ha hecho creer. El peso simbólico del monarca, buque insignia del Régimen del 78 (ese engendro deforme, construido a base de ruido de sables y traición carrillista), se vio inmortalizado en aquella escena en la que, en nombre de las multinacionales españoles, mandó callar a Hugo Chávez, cual déspota colonial.

Por eso, hoy he decidido leer ese insoportable discurso en Internet. El Rey empieza por desearnos sus “mejores deseos de paz, prosperidad y felicidad”, para a continuación lamentarse por “un año difícil y complejo, marcado por una crisis económica”. Efectivamente, nadie podrá negar que Juan Carlos I es una figura autorizada cuando se trata de hablar de prosperidad. No en vano, según los Presupuestos Generales del Estado, la Casa Real percibirá en 2011 la friolera de 8'43 millones de euros (es decir, más de 1.400 millones de pesetas). Sin embargo, no creo que el monarca sea quién para hablar de este “difícil año” o de la crisis económica, ya que los Presupuestos de 2010 le otorgaron 8'90 millones de euros (casi 1.500 millones de pesetas) para sobrevivir (holgadamente, quiero pensar) mientras este planeta completaba su último giro alrededor del sol.

Cabe preguntarse: ¿realmente es tan duro vivir sin trabajar, pero cobrando un salario de 741.000 euros al mes? Lo que está claro es que el monarca se equivoca al decir que “nada que valga la pena se consigue sin renuncias y sin entrega”. Supongo que habrá sido un lapsus y querría decir “nada, excepto los cargos hereditarios, como el mío”. Si no fuera ilegal, incluso me atrevería a hablar de 'cinismo', pero no lo he hecho, señores agentes; he empleado un condicional, que me exime de haber afirmado nada. Por cierto que nos habla también el Rey de trabajar “por la igualdad de oportunidades”. ¿Piensa el monarca abolir el derecho de herencia, o preferirá emplear los medios de comunicación para convencerme de que tengo una perfecta igualdad de oportunidades con los hijos de Emilio Botín o Florentino Pérez? ¿O sencillamente piensa decir frases tan emotivas como esa según la cual “de cómo le vaya a España depende cómo le vaya a cada uno de los españoles”? Hombre, Juanca… ¿pero cuál es ese “uno”? ¿El mileurista o el que, como tú, cobra el resultado de multiplicar su sueldo por el elocuente guarismo 741?

A continuación, nuestro preclaro monarca nos obsequia este reto: “la sociedad española no puede dejar que, especialmente, tantos jóvenes carezcan por más tiempo de un trabajo”. Desgraciadamente, el Rey olvida posicionarse en contra del retraso de la edad de jubilación, cuya lógica consecuencia será un incremento del paro entre los jóvenes. El Rey prosigue diciendo que “es preciso seguir adelante con empeño, ganar la batalla al paro con decisión, constancia y firmeza”. Por desgracia, se olvida también de posicionarse en contra del abaratamiento del despido, lastre con el que ni Don Pelayo sería capaz de ganar esta nueva “batalla” al paro. A continuación, nos propone “mejorar en productividad y competitividad, en educación e innovación”. Desgraciadamente, se le pasa posicionarse en contra de la reducción del salario de los profesores, medida que a duras penas (supongo) podrá mejorar la calidad de la enseñanza.

Este jefe de Estado, a cuya persona debemos dar culto y cuya cara hemos de padecer en cada moneda, en cada edificio oficial, en cada boda, en cada sede y si te descuidas hasta en el w.c., nos obsequia la solución a todos nuestros problemas: “para salir de la crisis y asegurar nuevos horizontes de prosperidad y de bienestar, necesitamos unidad, responsabilidad y solidaridad”, ya que “no caben actitudes individuales ni colectivas de indiferencia o de egoísmo, que a la postre nos dañan a todos”.

Tan oscura expresión merece ser analizada rigurosamente. ¿A qué egoísmo se referirá el Rey? ¿Al de la SGAE? ¿Al de la CEOE y sus representantes de PSOE y PP? Pero, por otro lado, ¿a quién habrá que unirse? ¿Al FMI y sus recetas neoliberales que arruinaron Argentina, Irlanda, Grecia y que ahora nos quieren arruinar a nosotros también? Todo se va despejando cuando leemos la letra pequeña: “en la Unión Europea con la que estamos comprometidos y por la que siempre hemos apostado”, etc. Dado que la UE y su Constitución Europea proponen un modelo económico neoliberal (el mismo que la CEOE y el FMI arriba mencionados), debemos deducir que los “egoísmos que a la postre nos dañan a todos”, que no se referían a dichos poderes económicos capitalistas, únicamente podían referirse a las reivindicaciones sindicales de la clase trabajadora.

Por otro lado, ¿quién está tan comprometido con la UE? ¿Quién ha apostado siempre por ella? ¿Y, especialmente, qué implican exactamente ese compromiso y esa apuesta? Estas frases impersonales y vacías (pero a la vez capciosamente llenas) son habituales en el discurso. Por ejemplo: “se trata de modernizar nuestro modelo productivo y de generar mayor confianza para reactivar nuestra economía, proyectando al mundo nuevos ejemplos de vitalidad y de impulso como sociedad”. ¿”Se” trata? ¿Quién trata? ¿Quién dice de lo que se trata? ¿Quién ha decidido de lo que se trata? ¿Y, sobre todo, qué implica exactamente esa maravillosa modernidad que, por lo visto, alguien decidió? ¿Tal vez la Reforma Laboral y sus drásticos recortes sociales?

En este discurso, la crisis capitalista no tiene responsables. Ni los especuladores, ni los banqueros, ni la bolsa. El profundísimo análisis del Rey no tiene desperdicio, cuando nos habla de “la superación, el rigor, el sacrificio y la honradez. Valores y virtudes cuya ausencia no es ajena al origen de la crisis”. Ahora bien, eso sí: todos debemos apretarnos el cinturón. El Rey menciona la palabra “sacrificio” en dos ocasiones, de manera tremendamente significativa.

Para ir acabando, el Rey condena a “los terroristas” sin hacer una sola mención a la histórica tregua unilateral, permanente y verificable de ETA. Habla de defender los intereses españoles “en un mundo altamente competitivo”, dando por hecho que hemos de estar a favor de que las multinacionales españolas saqueen la riqueza de los países subdesarrollados que son víctimas del neo-colonialismo. Habla de “mantener nuestros compromisos con la paz”, para a renglón seguido elogiar “a los miembros de nuestras Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad desplazados en otros países”. Parece que Juan Carlos I tiene una curiosa manera de defender la paz, que consiste básicamente en lo siguiente: enviar al ejército a invadir otros países (como Afganistán). De hecho, tan irónica percepción del pacifismo constituye toda una tradición familiar en el linaje bornónico.

Pero… todos tranquilos, aquí no pasa nada. A última hora, el Rey da por fin un argumento convincente, al felicitarnos por los “numerosos triunfos inolvidables en la historia de nuestro deporte”. Eureka. Casi lo olvidaba… Iniesta coge la pelota, tira a puerta y ¡goooool! Dame mi bandera rojigualda (otro legado franquista, y ya van unos pocos), que voy a meterme una raya de cocaína (literal o metafórica)&nbsp y olvidarme de que sigo cobrando una mierda (741 veces menos que otros). ¿Lo ven, señores agentes? Soy inocente. Estoy alienado como el que más. ¿O no ha colado…?

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