Amical Mauthausen: verdad y dignidad

 Hace ya muchos años que conocimos al Amical Mauthausen. En 1977, recién acabada la dictadura, tuvimos la suerte de contar con el antiguo deportado Joan Pagès, con quien colaboramos para dar a conocer el terrible documental francés Noche y Niebla que denunciaba el horror de los campos nazis. Las imágenes del documental y el testimonio emocionado de Joan Pagès nos unieron al destino del Amical para siempre. Por esta razón, pasados los años, fuimos de nuevo en su busca al viejo local de la calle Aragón de Barcelona. Allí encontramos a dos combatientes por la libertad y la democracia: los jóvenes luchadores Antoni Roig y Josep Zamora.

L’Antoni Roig era pequeño de estatura, pero a pesar de vivir una vida llena de contrariedades, rebosaba una alegría y una viveza extraordinarias. En 1941, fue deportado a Mauthausen y allí permaneció hasta el día de la liberación del campo en 1945. Después de un tiempo en la cantera, los nazis le asignaron el trabajo de captar emisoras de radio y ese destino le salvó de una muerte segura en las escaleras de la muerte de Mauthausen. A pesar de saber que ese trabajo le podía salvar la vida, prefirió arriesgarse de nuevo y pasar la información recibida para poder insuflar esperanza a sus compañeros que vivían junto a la muerte. Años después, en su labor de miembro activo de Amical Mauthausen, no recurrió jamás ni al efectismo ni al dramatismo para subrayar sus vivencias: todo en él era verdad.

Josep Zamora no estuvo nunca en un campo de concentración, pero, sin mentir, denunciaba con gran coraje las iniquidades del fascismo y el sufrimiento de los republicanos españoles en los campos nazis, entre otros, su padre y un primo hermano. Zamora participó activamente en la resistencia francesa, formó parte de los batallones que intentaron liberar una Espanta abandonada por los intereses americanos, luchó clandestinamente contra el franquismo y formó parte, con una envidiable energía, del Amical Mauthausen de Catalunya.

Cuando les conocimos corrían los primeros años noventa y aún no había llegado el tiempo de los reconocimientos y homenajes públicos. Los dos, con una forma física envidiable, recorrieron Catalunya varias veces: miles de jóvenes pueden dar testimonio de aquel trabajo que les ocupaba infatigablemente todo el día, durante toda la semana. Entonces, era el tiempo de sembrar, de trabajar, de llamar a todas las puertas y de estarse horas y horas en una caseta de la Fiesta de la Diversidad esperando visitas que nunca llegaban.

Cruzada la frontera del s. XXI, Joan Escuer era presidente del Amical Mauthausen, Josep Zamora, secretario general i Antoni Roig secretario de organización. Joan Escuer, delicado de salud, hacía algunas charlas restringidas y Zamora, debilitado por diversos problemas de salud, fue cediendo protagonismo. Antoni, aún lleno de fuerza, continuaba infatigable su tarea de recuperar la memoria histórica. En el año 2003, una nueva junta, con Enric Marco en la presidencia, tomaba el relevo, pero Antoni Roig, aún activo, se mantenía apartado de la asociación.

Antoni Roig no se rindió nunca: a pesar de estar distanciado del Amical, continuaba dando generosamente su tiempo a los jóvenes que le reclamaban. Su dedicación era sincera y no buscaba el reconocimiento público, sólo le obsesionaba la verdad. En la última ocasión que pudimos estar con él –en diciembre de 2003- nos enseñaba sus credenciales del gobierno francés y del austriaco que le reconocían como deportado en Mauthausen y, con rabia contenida, nos decía que jamás creería que Enric Marco fuera un antiguo deportado. Antoni Roig murió unos meses después, en junio de 2004. Un año después, finalmente se ha impuesto la verdad: demasiado tarde para él.

Ni los viejos deportados, ni sus familiares, ni sus amigos se merecen la tristeza de esta historia protagonizada por una persona con afán de notoriedad. Amical Mauthausen viene de muy lejos y todavía tiene que llegar más lejos. El escándalo protagonizado por Enric Marco no puede desdibujar la inmensa tarea de Josep Zamora –fallecido este mes de enero-, de Antoni Roig y de tantos otros como ellos que, durante muchos años trabajaron conjuntamente, no sólo para recuperar la memoria histórica sino también por la dignidad de los viejos luchadores antifascistas que hicieron de la verdad un arma revolucionaria.

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